Mi experiencia como médico internista en la primera línea frente al COVID-19 (segunda parte)

¿Cómo separar a un médico que súbitamente se convierte en paciente de su parte humana? En esta crónica el autor, un médico internista, relata su experiencia como enfermo de COVID-19.

Texto de 31/07/20

¿Cómo separar a un médico que súbitamente se convierte en paciente de su parte humana? En esta crónica el autor, un médico internista, relata su experiencia como enfermo de COVID-19.

¿Cuántas anécdotas tendremos todos los seres humanos con los médicos? Hay simples historias de agradecimiento, otras terribles de repudio, algunas más de amistad, lo cierto es que siempre hay un médico cercano al círculo en el que nos desenvolvemos.

La sociedad moderna no puede entender su funcionamiento colectivo sin un sistema que proporcione bienestar, y este bienestar involucra la salud. Es difícil conocer a alguien que no haya requerido un servicio de salud, a veces necesario, a veces por vanidades superfluas, pero siempre solicitado como un ansiolítico ante la cotidianeidad.

Separar al médico salvador del ser humano que es resulta uno los motivos de mayor conflicto tanto para el paciente que aqueja una molestia seria como para el médico que intenta auxiliarlo. Un enfermo acude a un hospital o a una cita médica tratando de acallar algún malestar, algún padecimiento que limita su calidad de vida y pocas veces como profilaxis. Ahora, separar a un médico que súbitamente se convierte en paciente de su parte humana es más complicado aún.

¿Deberé ir al súper a comprar papel de baño? ¿Será muy egoísta ir a comprar una botella de vino para la cena? ¿Estaré exponiendo a mis vecinos si uso el elevador, aunque viva en el séptimo piso? ¡No voy a ver a mis padres hasta octubre! En mi mente revuelan incasablemente todo este tipo de dudas.

Por mi condición de trato permanente con pacientes enfermos estoy obligado a guardar doble cuarentena, soy portador asintomático hasta no demostrar lo contrario. Cargar esta peste es un motivo suficiente para caernos de rodillas y dejarnos vencer, pero el orgullo y la visión del héroe forjada en las redes sociales nos obligan a mantenernos firmes, inquebrantables, esperando simplemente a que el virus penetre el epitelio nasal y se apodere de nuestro cuerpo para ser visto como otro humano más, igual de susceptible, igual de vulnerable, capaz de llorar, capaz de sentir, pues.

Es simplemente una bomba de tiempo, la infección ronda afuera de la puerta, a los médicos nos cubre por el frente, por la retaguardia, por los flancos, por el techo y por el suelo.

Resulta común que en los primeros momentos después de despertarse, una persona tenga congestión nasal y dolor de garganta. La culpa puede ser de una copiosa cena, altamente ácida, acompañada en ocasiones de alguna bebida alcohólica, que generan un reflujo que irrita las vías respiratorias superiores. Las frescas temperaturas matutinas que acompañan el inicio de nuestras actividades con frecuencia producen otra condición frecuente llamada “rinitis vasomotora” Es decir, una inflamación de la nariz que genera prurito, escurrimiento nasal y estornudos de forma transitoria. Nuestra indiferencia ante estos síntomas era tan común en tiempos prepandemia que difícilmente las conversaciones matutinas giraban alrededor de nuestras frecuentes molestias. Trasladémonos al contexto actual. Esa diminuta partícula de polen que genera paroxísticamente un acceso de estornudos es motivo de una paranoica condena. La tos generada por el humo del desafinado camión de la basura nos traslada imaginariamente, en automático, a una sala hospitalaria en espera del fatal desenlace. Por fortuna, la mayoría de las ocasiones somos víctimas de nuestra creativa mente y los síntomas son pasajeros. Sin embargo, el virus es real y nos acosa de una forma no tan selectiva. Según especulaciones de la OMS, entre el 70 y 75% de la población humana adquirirá la infección en algún momento. Muchos, a pesar de portar el virus, permanecerán asintomáticos, a mi juicio el principal y más grave problema.

¿Qué pasa cuando tu médico se enferma? ¿Quién lo atiende? ¿Y si el médico muere quién le llora?

Todos los que hemos tenido un conocido infectado con el nuevo coronavirus nos solidarizamos y enviamos deseos de ánimo al aire con el objetivo de que estos eludan el confinamiento y lleguen hasta el ser querido. Imagine, lector, que el infectado es un médico oaxaqueño que acudió a la ciudad para realizar su especialización médica y no cuenta con familia cercana que responda por él ante la desgracia. Ante su futuro, con el pulmón infectado, este médico debe esperar un desenlace incierto. Y si muere lejos de Oaxaca, el protocolo funerario es una situación impensable para mi mente que trata de alejarse de la depresión.

Los residentes

Habíamos notado que Iván, el médico residente de urgencias que nos apoyaba en el servicio de medicina interna, tenía alrededor de 4 días con tos y algunos malestares; él los minimizaba haciendo notar su problema de asma, diagnosticado desde su infancia. No teníamos motivos para no creerle. Sin embargo, algo no se veía bien en Iván, a pesar de que no aquejaba disnea (sensación de falta de aíre) y sus signos vitales eran normales exceptuando su oxigenación: el oxímetro en su dedo indicaba entre 85 y 89%. Él continuaba insistiendo en que era su asma, que en ocasiones previas le había sucedido lo mismo: “Un par de inhalaciones con combivent y ya está”, decía. Aquella lógica Ockhamniana no nos convencía a los demás médicos del servicio.  Haciendo uso de nuestra jerarquía laboral le solicitamos de inmediato que se realizara una tomografía pulmonar. Los resultados convirtieron a Iván en un embustero, la imagen de neumonía atípica lo contradecía, aquellas consolidaciones periféricas y la ocupación intersticial revelaban la verdad. 

La tomografía suele ser hasta ahora el método más sensible para diagnosticar COVID-19 ante la tardanza de los resultados de la prueba PCR tomada con un hisopo en el tejido nasofaríngeo. No había duda, Iván se iría al cuarto rentado donde vivía en los escasos momentos en los que no se encontraba en el hospital. Iván, como muchos residentes de los hospitales, llegó a la Ciudad de México a realizar el curso de especialización en urgencias, en su caso desde Oaxaca. No es que fuéramos médicos crueles y por falta de humanismo lo enviáramos a su casa; por fortuna su estado físico era tan bueno que no cumplía criterios médicos para que se hospitalizara; es decir, su frecuencia cardiaca y respiratoria eran normales, la presión arterial era estable y la saturación de oxígeno nunca bajó de 85%.  Recordemos que lo normal para la altitud de la ciudad de México es arriba de 90%. El tratamiento requerido podía ser autoadministrado y, claro, en caso de cualquier síntoma grave de inmediato sería hospitalizado.

De pronto Iván pasaría los próximos 14 días en un cuarto, entre acetilcisteina, ivermectina, clorquina y azitromicina, todas estas medicinas con muy poca evidencia científica de aportar algún beneficio contra la enfermedad, pero que son usadas como un dogma de fe. Sin contacto humano, con descorazonadas videoconferencias e interminables llamadas de sus amigos y familia, su vida sería así por 14 días. Al quinto día de su confinamiento la prueba PCR confirmó lo que la tomografía había anticipado, el diagnóstico sospechado fue positivo.

Iván mejoró, sus síntomas desaparecieron excepto la anosmia (incapacidad de percibir olores). Con ella aún debe luchar, aunque ahora eufemísticamente puede llamarse hiposmia.

Al quinceavo día Iván regresaba puntual al hospital, sin un solo rasgo de derrota en su rostro, con su habitual entusiasmo, como el héroe que es, repuesto, dispuesto a regresar a la batalla, sin una sola queja; en términos religiosos, ofreciendo la otra mejilla.

Con pocos días de diferencia, Zury, otra residente de urgencias al auxilio del servicio de medicina interna iniciaba su tragedia. Su frágil figura, su menuda complexión y su tímido carácter desentonaban con su entusiasmo y su profesionalismo. Jamás llegué más temprano que ella, jamás me permitió hacer algún trabajo que me correspondiera porque siempre se anticipaba. 

“Dos semanas antes se quejaba de una intensa cefalea, quizá era un pródromo; para otros se trataba de una situación meramente tensional. Es tan nueva la enfermedad que no podemos saber qué manifestación clínica expondrá la temida patología.”

Dos semanas antes se quejaba de una intensa cefalea, quizá era un pródromo; para otros se trataba de una situación meramente tensional. Es tan nueva la enfermedad que no podemos saber qué manifestación clínica expondrá la temida patología. Con los días, Zury hacía más notoria su sintomatología: cansancio, malestar general, irritabilidad, pero, ¿quién no, se encuentra ante la posibilidad y el derecho de padecer lo mismo en estas circunstancias? Lo obvio se empezaba a condensar cuando la fiebre apreció, el cansancio que aparentaba ser un desvelo más se convirtió en una fatiga extrema ante actividades simples como dar 4 pasos, además la disnea se intensificaba.

Sus ojos vidriosos como los describía Cortázar en Rayuela, fueron los primeros que se asomaron ante la puerta de entrada de la oficina. Las lágrimas resbalando en sus mejillas impulsadas por la gravedad confirmaban el diagnóstico aún sin habernos dicho una sola palabra sobre el resultado de la prueba. “Oigan, mi prueba salió positiva”. Enmudecimos, nos petrificamos por la noticia y ella se alejó de la oficina. No sabíamos si seguir tras de ella o, con el instinto natural de supervivencia, dejar que escapara. Igual que Iván, sus signos vitales eran estables, lo que permitía que evitara la hospitalización.

Ella sí es de la Ciudad de México, pero de igual forma habitaba en un cuarto rentado cerca del hospital para evitar largos traslados hasta Iztapalapa, lugar en el que vivía con su familia. En su tomografía pulmonar la imagen de neumonía atípica era aún más dramática que la de Iván. Lo favorable para sobrevivir al COVID-19 era su edad y la ausencia de otras enfermedades; de tratarse de alguien con unos veinte años más o con diabetes, el destino habría evitado que Zury continuara por los pasillos del servicio de urgencias atendiendo a cientos de contagiados.

Corresponderá a Iván y Zury, y no a mí, explicar cada una de sus emociones cuando hagan una remembranza de los hechos, ya que ellos son los dueños de sus recuerdos y sus palabras.

Ahora me solidarizo al ponerme en sus zapatos. Sepan las leyes darwinianas y la genética por qué el virus infiltra los intersticios pulmonares en algunos hasta privarlos de oxígeno y por qué para otros sólo ha sido evidente la anosmia y un vago dolor muscular.

Mi experiencia

La imagen de un señor entre los 65 y 75 años de edad, con falla respiratoria, intubado, conectado a un respirador artificial, con la irremediable necesidad de norepinefrina para mantener su presión arterial adecuada y que la sangre pueda alimentar sus tejidos, me lleva inevitablemente a la imagen de mi padre como potencial paciente del hospital. La señora hipertensa de 60 años, con respiración agitada y ataques de tos que no ceden, tendida, con el oxigeno conectado a través de una máscara facial, me hacen pensar en que mi madre podría ocupar esa cama. Evitar ser el responsable de contagiarlos es sencillo si evito el contacto con ellos. 

Pero, cuando llego a casa y mi compañera de vida me espera con emoción, cómo evitar el contacto, cómo evitar compartir el café del desayuno, cómo distanciarme. No tengo las respuestas, el obseso sentimiento de culpa y de responsabilidad me atacan día a día. “Tú serás la causa de que ella se contagie”, me acusaba yo mismo.

Un día, al llegar del hospital a mi casa, me habló con desgano de su cefalea, de la debilidad en su cuerpo y dolores musculares. Mi negación, como defensa, me explicaba que se trataba de estrés laboral. Cuando comenzó a estornudar y perdió el olfato, no tuve duda, la había contagiado; o quizá no, ella también pudo haber adquirido la infección cuando debió evacuar con precipitación el restaurante donde trabajaba en Polanco, olvidando los protocolos de seguridad, durante el temblor del 23 de junio. 

Un domingo típico en mi vida incluye aprovechar el día para el lavado de ropa. Debido a mi incapacidad para identificar el olor del jabón y del suavizante de telas, asumí el diagnóstico, no tenía alguna otra molestia. Al día siguiente notifiqué a mi jefe, se me hizo la prueba de PCR y en 3 días el diagnóstico se confirmó. Debía seguir el proceso habitual de empleado: al ser trabajador estatal me correspondía tramitar la incapacidad en el ISSSTE. Así que acudí a la clínica del la Colonia Del Valle, la incapacidad que me otorgó la doctora que me atendió con amabilidad fue de catorce días. 

Luego de que transcurrieran 5 días desde el inicio de la anosmia, pensé que había triunfado y no iba a tener ninguna molestia más. Sin embargo, el inicio del sexto día me golpeó. Me sentía lento y pesado. Levantar los brazos resultaba un esfuerzo enorme, como si todos los movimientos los realizara sumergido en agua. En la zona dorsal y lumbar de mi espalda la hiperestesia, con el mínimo contacto con el colchón o la superficie de mi playera, me impedía permanecer en una sola posición. Una discreta disnea me oprimía el tórax, era tan sutil que quizá había pasado desapercibida en los días anteriores hasta que la hice consciente. Intenté abrir el pastillero para consumir ibuprofeno, pero la capacidad de oposición de mi dedo pulgar con el índice se había perdido. Me tomó un minuto hacer algo que lleva 2 segundos. La zona frontal y malar de mi cabeza me dolían, sentía una opresión intensa que aumentaba con cualquier movimiento. Tenía hambre. Esa sensación de hueco en el epigastrio existía, pero con sólo imaginar el consumir cualquier alimento mi cuerpo se arqueaba y unas nauseas súbitas rechazaban la idea. Así permanecí por 2 días, las fugaces molestias se esfumaron al tercero y comenzó a invadirme el deseo de hiperfagia; desde mi perspectiva. señal de recuperación.

He sufrido 2 fracturas nasales, una fractura del antebrazo, 3 cirugías diferentes, múltiples esguinces en los tobillos. Me dio influenza en 2 ocasiones y, con seguridad, puedo decir que jamás viví lo que sentí al tener COVID-19. Ni la ruptura sentimental más dura, ni la perdida de algún familiar, me han dejado la cicatriz en el alma que hoy porto debido a este virus.

En mi vanidad ya no puedo tener esa imagen de superhombre invencible e inmune. Ahora la fragilidad humana me abraza para recordar que los aromas nos rodean y nos seducen para hacer notoria nuestra existencia. Soy un caso exitoso de supervivencia a la infección por SARS-CoV-2, pero recordemos al personal médico que da su vida batallando contra la enfermedad, para que nunca dudemos de la vocación de médicos y enfermeros. 

Celebremos con entusiasmo la vida de los que aún están con nosotros, para que no lo lamentemos si nos abandonan. EP

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