México y Estados Unidos: ¿Interdependencia con diversificación?

La relación diplomática entre México y Estados Unidos está por cumplir 200 años. En este texto, María Cristina Rosas analiza los principales ejes en los que se ha cimentado el intercambio entre ambos países y plantea que debe apuntalarse con una mayor integración e interdependencia, pero diversificadas.

Texto de 06/09/22

La relación diplomática entre México y Estados Unidos está por cumplir 200 años. En este texto, María Cristina Rosas analiza los principales ejes en los que se ha cimentado el intercambio entre ambos países y plantea que debe apuntalarse con una mayor integración e interdependencia, pero diversificadas.

En diciembre de 2022 se cumplirán 200 años desde el establecimiento de relaciones diplomáticas entre México y Estados Unidos. En estas dos centurias, ambas naciones han sufrido profundas transformaciones, comenzando con las territoriales y siguiendo con las políticas, las económicas, las sociales y las culturales. 

Hace 200 años, Estados Unidos emergía como un poder de gran relevancia en el continente americano, habiendo superado los intentos de reconquista de la Gran Bretaña, lo que coadyuvó al desarrollo del sentimiento de nación. Por su parte, México, con fuertes divisiones internas, sucumbió ante los embates de su vecino del norte, quien se apropió de más de la mitad del territorio nacional lo que, de todos modos, no detonó el sentimiento de nación. Habría de producirse la Intervención francesa para que despertara finalmente ese sentimiento de identidad entre los mexicanos frente a un mundo hostil hacia la segunda mitad del siglo XIX. Ello no resolvería, por supuesto, los numerosos desafíos de una relación con una potencia que, tras la guerra de Secesión, ascendía como poder global.

A pesar de los cambios políticos, económicos, sociales y culturales en ambos países, hay elementos que se mantienen sin grandes modificaciones y que permean la relación. Uno de ellos es la geografía. México y Estados Unidos comparten 3,152 kilómetros de frontera que se extiende desde el noroeste de Tijuana a la desembocadura del Río Bravo —o Río Grande como le llaman allá— en el Golfo de México. Esa frontera común es compartida por millones de personas a ambos lados, quienes la cruzan diariamente con fines diversos: entre ellos los comerciales, de estudios, de salud, turísticos, esparcimiento, y para asuntos tan sencillos y cotidianos como cargar combustible, hacer las compras de la semana o acceder a medicinas y servicios de salud. La frontera genera sinergias que integran a ambos países, pero también fuerzas que los separan; a propósito, por ejemplo, respecto a la migración indocumentada que fluye desde el territorio mexicano.

Los niveles de desarrollo tan disímbolos entre ambos países perviven a lo largo de la historia. Estados Unidos —primera economía mundial— y México —decimosexta— convergen, a pesar de ello, en una creciente integración e interdependencia, misma que queda de manifiesto en la suscripción, primero, del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) que entró en vigor el 1 de enero de 1994 y en su sucesor, el Tratado México, Estados Unidos, Canadá (T-MEC), cubriendo aristas del comercio en bienes —de los que el automotriz es la columna vertebral—, más sectores como el agropecuario, el textil, además de compras del sector público, barreras técnicas al comercio, comercio electrónico, servicios financieros, aspectos ambientales, laborales, propiedad intelectual y corrupción, por citar sólo algunos. En este entramado comercial y de inversiones, claramente hay ganadores como el sector automotriz, el aeroespacial, el cementero, el farmacéutico y el de electrónica, en tanto hay otros, como el agroalimentario, que han tenido dificultades para adaptarse a un mercado norteamericano en el que convergen dos de las grandes potencias productoras de granos básicos del orbe como lo son Estados Unidos y Canadá, el otro socio comercial en el TLCAN/T-MEC.

El TLCAN y el T-MEC han sido importantes también por otra razón. Pese a la historia de agravios de Estados Unidos hacia México en distintos momentos, el TLCAN vinculó de manera definitiva a ambas naciones, conforme a la premisa de que se comportarían, en adelante, como socios y clientes confiables —a riesgo de enfrentar los mecanismos de solución de controversias cuando así no lo hicieran—. La apuesta mexicana con el TLCAN, cuando se anunció el inicio de su negociación en 1990, tras la década perdida y en un contexto de final de la guerra fría, denotaba el reconocimiento a que, a pesar de la dependencia comercial y de inversiones con Estados Unidos era definitiva, había que normarla, de manera que se contaran con instrumentos que dieran certidumbre a la relación. Más importante es que con el TLCAN se superó la imagen de Estados Unidos como enemigo de México, para reemplazarla por la de aliado y socio comercial. También, México ha ocupado de manera alternativa, el primero o segundo lugar entre los socios principales de Estados Unidos, representando actualmente el 14.6 por ciento del comercio exterior total de los estadunidenses con el mundo.

“…el comercio es apenas uno de los tres pilares de la relación bilateral, cimentada además en la migración y la agenda de seguridad.”

Con todo, el comercio es apenas uno de los tres pilares de la relación bilateral, cimentada además en la migración y la agenda de seguridad. A la inversa del comercio, donde ha sido posible construir una relación predecible —claro, no exenta de dificultades, pero que no se interrumpe—, los temas migratorios y de seguridad se han caracterizado por enormes tensiones bilaterales. Estados Unidos, un país construido gracias a la migración de personas de diversas partes del mundo, experimenta cambios demográficos fundamentales donde la población blanca disminuye en tanto la hispana y la asiática crecen, lo que genera problemas de coexistencia pese a los beneficios que todas esas comunidades reportan al país de las barras y las estrellas. La pérdida de más de la mitad del territorio mexicano a mediados del siglo XIX dejó a una parte de la población mexicana “cruzada” por la nueva frontera, residiendo en otro país pero trabajando y abonando a la expansión de la que muy pronto sería una gran potencia mundial. Claro que los beneficios que reporta la población de origen mexicano no se quedan en Estados Unidos. Como es sabido, el envío de remesas a familiares y amigos en México constituye una fuente de ingresos fundamental para el país, lo que ha permitido mantener el consumo y cierta calidad de vida en los destinatarios de estos recursos. Durante la pandemia de SARS-CoV-2, por ejemplo, las remesas fueron oxígeno puro para una economía duramente golpeada por el cierre de actividades económicas con el consecuente desempleo. Con todo, la incertidumbre que enfrentan millones de mexicanos en Estados Unidos de cara a las deportaciones, sus derechos humanos más fundamentales y la promesa de una reforma migratoria que parece lejana, vaticinan tiempos difíciles para la relación bilateral.

El rubro de la seguridad no es menos importante. México enfrenta la crisis de seguridad más grave de toda su historia, con tasas de homicidios récord en el presente gobierno y una reticencia a colaborar con Estados Unidos en el combate de la delincuencia organizada. La militarización de la seguridad pública hace temer un empoderamiento de los cuerpos castrenses en la vida cotidiana de los mexicanos, con posibles abusos y excesos que violentarían sus derechos humanos. Más grave es la confusión que aqueja al presente gobierno entre seguridad nacional y seguridad pública, la que queda de manifiesto en la decisión de desaparecer al Centro de Investigación en Seguridad Nacional (CISEN), que dependía de la Secretaría de Gobernación (SEGOB) y el nacimiento de un Centro Nacional de Inteligencia (CNI) bajo la tutela de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (SSPC), lo que genera un enorme vacío en lo que toca a la inteligencia justamente para la seguridad nacional. Este vacío abona al empoderamiento de la delincuencia organizada, la que, incluso, ha usado el confinamiento de la pandemia del SARS-CoV-2 a su favor, mientras que Estados Unidos observa alarmado la violencia rampante en México y el flujo de fentanilo y otros estupefacientes que han contribuido a reducir la esperanza de vida de su población. A pesar de que se ha buscado que el tráfico ilícito de estupefacientes sea un tema abordado desde la salud pública en los dos países, la realidad es que se ha privilegiado el enfoque criminalístico, lo que impide atacar el problema desde la demanda que, presumiblemente, reduciría el consumo de drogas. 

La corresponsabilidad en el manejo de este tema no tiene el mismo nivel de compromiso en Estados Unidos que en México, puesto que es el segundo el que enfrenta los estragos de la lucha contra la delincuencia organizada —aportando recursos materiales y humanos, y pagando la factura respectiva en víctimas fatales y heridos—, en tanto que el primero contribuye de menor manera en lo humano, en lo financiero y en lo político. El Entendimiento Bicentenario sobre Seguridad, Salud Pública y Comunidades Seguras entre México y Estados Unidos, acordado el 8 de octubre de 2021 por ambos países, sustituye a la Iniciativa Mérida que, a pesar de haber contribuido con recursos risibles al combate de la delincuencia en México vía capacitación de cuerpos de seguridad y suministro de equipo como helicópteros —por montos de 420 y 590 millones de dólares, respectivamente—, fue crucial en la corresponsabilidad reconocida por Washington en la existencia del problema. Con todo, la nueva ley de seguridad nacional de México de diciembre de 2020, centrada en limitar la cooperación con cuerpos de seguridad extranjeros —léase, sobre todo estadunidenses—, limita el espectro de la colaboración entre ambos países.

“Si bien los desencuentros entre México y Estados Unidos son abundantes, la interacción entre ambos países, gobiernos y sociedades, es continua.”

Si bien los desencuentros entre México y Estados Unidos son abundantes, la interacción entre ambos países, gobiernos y sociedades, es continua. Con todo y que la relación entre los dos países padece por los estereotipos, esta fluye. Además, estos también han cambiado. La narrativa de lo difícil que es dormir con un elefante —se entiende, Estados Unidos— y el riesgo de que cuando el elefante se mueva un poco provoque un terremoto en quienes están cerca, ha venido siendo reemplazada por lo que el exembajador de Estados Unidos en México, Jeffrey Davidow, refiere como el encuentro entre el oso y el puerco espín. En el libro del mismo nombre, publicado en 2003, Davidow dice que Estados Unidos es un oso que por su misma condición y fortaleza actúa torpemente y que, en ocasiones, pasa largos periodos de hibernación en los que ignora la presencia de su vecino el puercoespín: México. Ese pequeño y temeroso animal, a pesar de su aparente vulnerabilidad, tiene espinas que lo protegen de una posible embestida del oso. Estados Unidos tiene todo a su favor para pisar al puercoespín, pero no lo hace dado que se llevaría una tremenda y dolorosa espinada. ¿Vale la pena que lo haga? Las consecuencias negativas irían más allá de las púas en las patas del plantígrado. 

Hay varios ejemplos de ello, por ejemplo cuando, en medio del escándalo por Wikileaks, el entonces presidente Felipe Calderón pidió la remoción del embajador estadunidense Carlos Pascual al gobierno de Obama, o bien, más recientemente, la reforma a la citada Ley de seguridad nacional de México tras el arresto y posterior liberación del General Salvador Cienfuegos en Estados Unidos, acusado, entre otras cosas, de delitos de narcotráfico y delincuencia organizada. El gobierno mexicano decidió “castigar” la cooperación en materia de seguridad con Estados Unidos, a manera de represalia. El libro de Davidow sugiere que la relación entre mexicanos y estadunidenses ha estado marcada por la arrogancia, el resentimiento y el desconocimiento de ambos y que eso no cambiará en el futuro. Y en los ejemplos referidos, el puercoespín mexicano le propinó tremenda espinada al oso, lo que muestra que interdependencia entre ambas naciones es una realidad.

Si hay un país que es estudiado en México, ese es Estados Unidos. Los centros de estudios que cubren al vecino país del norte son abundantes y generan numerosos libros, coloquios, informes, revistas, etcétera. Pero toda esta masa de conocimiento sigue pareciendo insuficiente. Del otro lado de la frontera también hay diversos centros de estudios mexicanos que, no obstante el encomiable esfuerzo que realizan, están en circunstancias similares. De lo que tradicionalmente ve Estados Unidos en México vienen a la mente textos clásicos como Vecinos distantes. Un retrato de los mexicanos de Alan Riding (1989) y Mexamerica. Dos países un futuro de Lester Langley (1988) que revisan la complejidad de la relación, los desencuentros constantes y el desafío que, por ejemplo, según Langley, los mexicanos en Estados Unidos plantean a la multiculturalidad y al pretendido melting pot. Riding, por su parte, daba cuenta de la corrupción de la clase política mexicana y su impacto en la relación bilateral. De manera más reciente Andrew Seele y Peter H. Smith han trabajado el análisis de la relación con otra narrativa, enfatizando la gestión política de la misma en Mexico and the United States: the Politics of Partnership (2013). Seele ha autorado también Vanishing Frontiers: The Forces Driving Mexico and the United States Together (2018), centrada en la interdependencia económica generada más allá de la inevitabilidad de la vecindad geográfica. Craig Dear ha hecho su contribución con A tale of two Eagles (2017), enfocado en la historia de la cooperación militar entre ambos países, que viene a sumarse al extenso trabajo que sobre las fuerzas armadas mexicanas ha desarrollado Roderic Ai Camp.

Tristemente al trabajo académico y de funcionarios, diplomáticos y organismos no gubernamentales que intentan explicar la complejidad de la relación bilateral se suman visiones estimuladas por la industria del entretenimiento donde las narcoseries y películas como Savages, Traffic y hasta Coco, amén de las redes sociales, reproducen estereotipos sobre México y los mexicanos que no le hacen ningún favor al conocimiento del país por parte de las audiencias estadunidenses, ni tampoco a las mexicanas. 


En este sentido, es deseable que en la celebración por los 200 años de relaciones diplomáticas entre México y Estados Unidos se genere una narrativa distinta sobre unos y otros, basada en un conocimiento más profundo de la historia, evolución y necesidades existentes en ambas sociedades. Hace 200 años Estados Unidos no era una superpotencia. Hoy tampoco. Ello debería llevar a México, no sólo a saber más acerca de su vecino del norte, sino a valorar la diversificación real de sus relaciones con el resto de las naciones, recordando que, pese a la permanente vecindad geográfica con Estados Unidos, la globalización revela que el mundo ni empieza ni termina en la Unión Americana, y que, si este país concreta su declive definitivo, México estará en serios aprietos. La apuesta debería ser en favor de una creciente interdependencia, sí, pero con diversificación, en un momento en que México es un socio comercial cada vez más importante para la Unión Americana. EP

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