Una nueva ortodoxia: la renuncia [comentada] de Bari Weiss

Tras meses de una intensa guerra dentro del New York Times, Bari Weiss, escritora y editora moderada de aquel diario, renunció alegando que había sido víctima de bullying por parte de sus colegas izquierdistas, quienes, asegura, han convertido al periódico en un lugar radical, hostil e iliberal que abandonó sus principios con tal de quedar bien con los usuarios de Twitter. El autor de este texto utiliza la carta de renuncia de Weiss para ensayar acerca del conflicto cultural generalizado que se vive en Estados Unidos durante la era Trump.

Texto de 05/08/20

Tras meses de una intensa guerra dentro del New York Times, Bari Weiss, escritora y editora moderada de aquel diario, renunció alegando que había sido víctima de bullying por parte de sus colegas izquierdistas, quienes, asegura, han convertido al periódico en un lugar radical, hostil e iliberal que abandonó sus principios con tal de quedar bien con los usuarios de Twitter. El autor de este texto utiliza la carta de renuncia de Weiss para ensayar acerca del conflicto cultural generalizado que se vive en Estados Unidos durante la era Trump.

En julio 14, la escritora y editora Bari Weiss renunció a su puesto en el New York Times. La renuncia de Weiss cobra gran importancia debido a que sirve como una ventana desde donde podemos analizar la guerra cultural que se está dando en Estados Unidos y la batalla por sus medios liberales. Inmediatamente después de la renuncia de Weiss, Andrew Sullivan, un importante columnista conservador alineado con Weiss, renunció a su puesto en la revista New York. La era Trump ha puesto presiones de muchos tipos en los medios políticos estadounidenses y, aunque Trump se vaya el año que entra, la cultura estadounidense nunca será igual que antes. Es imposible saber en dónde terminará todo esto.

A continuación, la renuncia [comentada] de Bari Weiss.
Querido A.G. [Sulzberger, editor del New York Times]:

Es con una gran tristeza que escribo para informarte que lo dejaré [el periódico].

Me uní al equipo con gratitud y optimismo hace tres años. [Cuando Trump ganó la presidencia (hace más de tres años) y Estados Unidos, de repente, se radicalizó —hacia la izquierda y la derecha—, muchos centristas se vieron perdidos en el espectro político. Hasta ese momento, la política estadounidense era predecible hasta llegar a lo aburrido. Por lo general, demócratas y republicanos nominaban para la presidencia a hombres blancos y viejos graduados de alguna universidad Ivy League. El establishment lo era todo. De allí que el enfrentamiento entre Hillary Clinton y Jeb Bush, en el 2016, fuera visto como algo poco menos que inevitable. (Hillary, claro, no es un hombre blanco, sino una mujer blanca, pero tiene una visión política tan centrista y desabrida que incluso mencionarla aquí me está resultando aburrido. Es decir, nadie poderoso le temía a una —a otra— administración Clinton.) Así, la lista de los presidentes estadounidenses de los últimos treinta años se hubiera visto de la siguiente (deprimente) manera: 1989-1993 Bush (Quien había ocupado la vicepresidencia desde 1981.) 1993-2001 Clinton 2001-2009 Bush 2009-2017 Obama (Con H. Clinton de Secretaria de Estado, 2009-2013.) 2017-2021 o 2025 Bush o Clinton. Pero llegó Trump —casualmente, un hombre blanco y viejo graduado de una universidad Ivy League— a destruir la hegemonía. Grandes representantes del conservadurismo —por ejemplo, el opinólogo George Will, David Frum, el ex asesor de George W. Bush, y el asesor de campañas electorales Steve Schmidt— quedaron a la deriva. De allí salieron los gritos de ¡¿Dónde quedó mi digno y honesto partido Republicano?! La realidad es que el partido Republicano siempre ha sido un asco, pero antes era un asco que les daba trabajo y prestigio a estos derechistas de la vieja escuela. Ahora llegaba un arribista de Queens a destruirles todo por lo que tanto habían trabajado. Tal vez para echar una red más amplia y atrapar a aquellos lectores conservadores y anti Trump, el New York Times contrató a plumas más conservadoras (y muy anti Trump), entre los que sobresalen Bari Weiss y Bret Stephens, ambos provenientes del conservador Wall Street Journal.] Fui contratada para traer voces que de otra manera no hubieran aparecido en tus páginas: gente sin publicaciones previas, centristas, conservadores y otros quienes nunca hubieran visto en el Times un hogar. La motivación era clara: el fracaso del periódico en anticipar el resultado de las elecciones del 2016 les enseñó que no tenían mucho contacto con el país que cubren. […]

Fue un honor ser parte de ese esfuerzo. […] Estoy orgullosa de mi trabajo como escritora y editora. Entre los nombres que traje a nuestras páginas están: [aquí Weiss pone una larga lista de nombres que van desde el democristiano honkonés Derek Lam y el disidente venezolano Wuilly Arteaga, hasta víctimas de abuso o acoso sexual como Rachael Denhollander y Monica Lewinsky.]

Pero las lecciones que debieron seguir a la elección —lecciones sobre la importancia de entender a otros americanos, la necesidad de resistir el tribalismo, y la importancia que tiene en una sociedad democrática el libre intercambio de ideas— no fueron aprendidas. [Algo central para Weiss y sus compañeros centroderechistas es que el tribalismo estadounidense y la llamada “cultura de la cancelación” —en la que si dices o escribes algo ligeramente controversial (o simplemente considerado ligeramente controversial), tu vida queda arruinada para siempre—impiden el libre intercambio de ideas.

Es innegable que la “cultura de cancelación” está fuera de control. Allí tenemos al lingüista Steven Pinker, víctima de una petición por parte de sus colegas en la academia para sacarlo de la Sociedad de Lingüistas de América debido a seis tweets (nada polémicos) que escribió durante varios años. Otro ejemplo notable es el escritor canadiense Hal Niedzviecki, quien, tras escribir un artículo arguyendo que los escritores deben tener la libertad de imaginar las experiencias de gente de otras culturas —por ejemplo, que un hombre blanco podría, en teoría, escribir una novela desde el punto de vista de un hombre negro—, fue denunciado por tener un enfoque frívolo frente a la apropiación cultural. La Unión de Escritores Canadienses, cuya revista Write publicó el ensayo, de inmediato salió a disculparse. (No sé si me interesaría una novela protagonizada por un personaje negro escrito por un hombre blanco, probablemente no, pero, ¿necesitamos que quien haya expresado la idea de que esa novela debería existir pida disculpas?) Ahora, claro, en el uróboro que es la cultura de la victimización, resulta que quienes denunciaron a Niedzviecki se están denunciando entre ellos.]
En su lugar, emergió un nuevo consenso en la prensa, pero tal vez especialmente en este diario: la verdad no es un proceso de descubrimiento colectivo, sino una ortodoxia entendida por un grupo pequeño de iluminados cuyo trabajo es informarnos a todos los demás.

Twitter no aparece en el comité editorial del New York Times. Pero Twitter se ha convertido en su director editorial. [Tras un caótico día de protestas contra el asesinato de George Floyd por parte de policías de Minneapolis, el Times publicó en Twitter la foto de la primera plana del día siguiente. El titular decía: “Mientras se extiende el caos, Trump promete ‘Terminarlo ahora’”. Parecería que —incluso para los que estamos horrorizados por el asesinato de Floyd y a favor de que la gente sea libre de expresar su enojo en las calles—, era obvio que Estados Unidos había estallado en caos. Y sí, Trump, como buen autoritario, prometió “ponerle fin” al caos. Parecería, entonces, que el titular era sensato e incontrovertible. Pero la diputada demócrata por Nueva York Alexandria Ocasio-Cortez, respondió al tuit diciendo: “Tienen que estar bromeando.’” (¿Bromeando? ¿Así de escandaloso era el titular?) Para no quedarse atrás, el alcalde demócrata de San Antonio, Julián Castro, opinó que el Times, con ese titular, había tenido un penoso “fail”: “El presidente,” escribió Castro, “está actuando como un dictador en ciernes”. (Como si el periódico hubiera alabado las palabras de Trump.) La presión fue tal, que el Times cambió el titular a: “Trump amenaza con enviar tropas a los estados”.] A medida en que la ética y las costumbres de [Twitter] se han convertido en los del periódico, el periódico se ha ido convirtiendo más y más en un espacio performativo. Las historias se eligen y son contadas de tal manera que satisfagan a un público muy específico, en lugar de permitir que los lectores curiosos lean acerca del mundo y luego saquen sus propias conclusiones. A mí me enseñaron que los periodistas tenían la tarea de escribir el primer borrador de la historia. Ahora, la historia misma es sólo otra de las cosas efímeras moldeadas para obedecer a una narrativa predeterminada.

Mis propias incursiones en Wrongthink [malpensamiento, un término que nos remite a 1984 de Orwell y que significa básicamente opinar algo que va en contra de la ideología dominante] me han hecho un sujeto de constante bullying por parte de colegas que están en desacuerdo con mis puntos de vista. [¿Puede un adulto ser víctima de bullying? ¿No es esa una desgracia reservada para los niños? Sucede que en el uróboro que es la cultura de la victimización, incluso quienes denuncian a la cultura de la victimización, como Weiss, se consideran víctimas.] Me han tachado de Nazi y racista; he tenido que ignorar comentarios como: “otra vez estás escribiendo de los judíos”. [En el uróboro que es la cultura de la victimización, a uno lo pueden acusar de Nazi y, al mismo tiempo, de ser demasiado projudío.] […] Algunos de mis colegas insisten en que debo ser extirpada si es que esta compañía quiere ser realmente “inclusiva”. [En el uróboro que es la cultura de la victimización, la exclusión es permitida sólo en defensa de la inclusión.] […] Otros empleados del New York Times me acusan públicamente en Twitter de ser una mentirosa y una fanática, sin miedo a que este acoso sea castigado. Nunca lo es. [En el uróboro que es la cultura de la victimización, quienes dicen defender la libertad de expresión a toda costa quieren también que se castigue a quienes los critican.] […]

Parte de mí desea decir que mi experiencia es única. Pero la verdad es que la curiosidad intelectual —sin mencionar el atrevimiento— se ha convertido en un riesgo en el Times. [Y en la revista New York y en Twitter y en todas partes. Ciertas facciones de la izquierda, tristemente, se han entregado a la mojigatez.] ¿Para qué editar algo que rete a nuestros lectores, o escribir algo valiente, sólo para pasarlo por el difícil proceso de convertirlo en algo ideológicamente puro, cuando mejor podemos asegurar nuestra estabilidad laboral (y obtener más clics) publicando nuestro artículo de opinión número 4,000 arguyendo que Donald Trump es un peligro único para el país y el mundo. [Trump, en efecto, es un peligro único para los Estados Unidos y el mundo, pero, ¿servirá de algo estárselo repitiendo a lectores que, además, ya lo saben? Con esto está de acuerdo la izquierda socialista-sandersiana, una parte de la izquierda estadounidense que no ha caído en las tentaciones de la “cancel culture”. Algunos de los titulares de los artículos de opinión del Times en los últimos días: “Toda la democracia liberal está en grave peligro en este momento”; “¿Dónde quedó la indignación? Los americanos se están enfermando y muriendo mientras Trump juega a la política”; “American Horror, protagonizada por Donald Trump”. Como dice Weiss, el mismo artículo, una y otra vez, siempre recibido con fuertes aplausos de los lectores del Times.] Y la autocensura se ha convertido en la norma.

Las pocas reglas que quedan en el Times se aplican con gran selectividad. Si la ideología de una persona está de acuerdo con la nueva ortodoxia, ella y su trabajo no reciben escrutinio. Todos los demás viven aterrados del thunderdome digital. [Wikipedia: Thunderdome es una arena para peleas en jaulas de acero que aparece en la película distópica Mad Max: Beyond the Thunderdome.] El veneno en la red es permitido con tal de que esté dirigido a los blancos correctos.

Artículos de opinión que hace dos años se hubieran publicado sin problema, ahora meten a su editor en serios apuros, si no es que lo llevan al desempleo. [El 3 de junio, el senador ultraconservador Tom Cotton publicó en el Times un artículo de opinión en el que abogó por el uso de las fuerzas armadas en contra de los manifestantes. El diario, claro, no avaló dicha opinión, sino sólo consideró digno del interés público permitir que el senador la expresara. Tras una revuelta dentro del periódico y un alud de tuits indignados, el diario pidió disculpas y James Bennet, el editor que publicó el artículo, renunció a su puesto.] Si se percibe que un texto podría inspirar una reacción adversa internamente o en las redes sociales, la editora o escritora ni siquiera lo propone. Si se atreve a sugerirlo, es inmediatamente dirigida a tierras menos peligrosas. Pero cuando insiste y publica un texto que no promueve las causas progresistas, sólo lo logra después de un proceso en el que cada línea es masajeada y negociada con gran cautela.

Dos días y dos empleos [Además de la renuncia de Bennet, el editor de artículos de opinión Jim Dao fue “reasignado” a la sala de redacción] le tomaron al periódico para declarar que el artículo de Tom Cotton “no cumplió con nuestros estándares”. También, adjuntamos una nota del editor en un texto de viajes a Jaffa poco después de su publicación porque “no abordó importantes aspectos de la composición e historia de Jaffa”. [De Jaffa fueron expulsados —injustamente, claro— más de medio millón de palestinos en 1948. Pero, ¿por qué habría que mencionar eso en un artículo de viajes?] Sin embargo, sigue sin haber una nota anexada a la adulatoria entrevista que le hizo Cheryl Strayed a la escritora Alice Walker [Autora de El color púrpura], una orgullosa antisemita que cree en los Illuminati reptilianos. [Walker es una admiradora del teórico de la conspiración inglés —y exportero del Coventry City— David Icke, quien ha usado el texto antisemita Los protocolos de los sabios de Sion para argumentar que el mundo está controlado por reptilianos.]

El [Times], cada vez más, reporta para aquellos que viven en una distante galaxia, aquellos cuyas preocupaciones están muy alejadas de las vidas de la mayoría de la gente. Esta es una galaxia en la cual, para citar un par de ejemplos recientes, el programa espacial soviético es aplaudido por su “diversidad”; es condonado el doxeo de adolescentes en nombre de la justicia; y donde se piensa que, entre los peores sistemas de castas en la historia de la humanidad, junto a la Alemania Nazi, están los Estados Unidos.

Incluso después de todo esto, confío en que la mayoría de las personas en el Times no comparten esas opiniones, pero se dejan intimidar por los que sí las comparten. ¿Por qué? Tal vez porque piensan que su fin lo justifica. Tal vez porque creen que estarán protegidos por asentir, mientras la moneda de nuestro reino —el lenguaje— es degradado al servicio de una siempre cambiante lista de causas justas. Tal vez porque hay millones de desempleados en este país y se sienten afortunados por tener un trabajo en una industria en contracción. […]

Todo esto es un mal augurio, especialmente para jóvenes escritores independientes y editores tomando nota de lo que tendrán que hacer para avanzar en sus carreras. Regla Uno: expresa tu opinión bajo tu propio riesgo. Regla Dos: nunca comisiones un texto que va en contra de la narrativa. Regla Tres: nunca le creas a un editor que te pida que nades contracorriente. Eventualmente, el editor cederá ante las masas, te reasignará, y te dejarán solo. [Este párrafo es, por decirlo de alguna manera, confuso. Weiss se pinta como una escritora valiente que va en contra de la narrativa oficial, que le da voz a los que de otra manera no la tendrían, que dice lo que la nueva ortodoxia no quiere escuchar. Pero, ¿cuál fue su castigo? ¿No caerle bien a sus colegas? Weiss se está pintando como mártir cuando la realidad es que, de no haber renunciado, seguiría teniendo un muy buen puesto en el periódico más importante del mundo. No es precisamente Mandela encerrado en la Isla Robben.]

Para estos escritores y editores hay un consuelo. [¡Que pueden trabajar en el New York Times!] Mientras que lugares como el Times y otras instituciones que solían tener grandes estándares periodísticos traicionan sus principios, los americanos siguen hambrientos por consumir noticias precisas, opiniones vitales y un debate sincero. [Los americanos —y las personas de todo el mundo— tienen hambre de muchas cosas, pero, desafortunadamente, no de noticias precisas, opiniones vitales, y un debate sincero. Queremos noticias que confirmen nuestras opiniones, opiniones con las que estemos de acuerdo y debates sangrientos que sean entretenidos.] Oigo de estas personas diariamente: […] América es un gran país que merece un gran periódico.

No quiero decir con esto que este periódico no siga teniendo a unos de los más talentosos periodistas del mundo. Los tienen, pero esto sólo hace que el ambiente iliberal sea aún más desgarrador. Seguiré siendo una dedicada lectora del trabajo de estos periodistas. Pero ya no puedo cumplir la misión para la que me trajiste, la misión que Adolph Ochs [quien fuera el dueño del New York Times] describió así en 1896: “Hacer de las columnas del New York Times un foro para la consideración de todos los temas de relevancia pública, y que con tal fin invite una discusión inteligente desde todos los puntos de vista.”

La idea de Ochs es de las mejores que me he encontrado. Y siempre me he consolado con la noción de que las mejores ideas siempre terminan por imponerse. [¡Falso!] Pero las ideas no pueden ganar por sí solas. Necesitan una voz. Necesitan una audiencia. Sobre todo, deben estar respaldadas por personas dispuestas a vivir por ellas.

Atentamente,

Bari [y Pablo]. EP

DOPSA, S.A. DE C.V
T.  56 58 23 26 / 55 54 66 08 /
56 59 83 60

Dulce Olivia 71,
Villa Coyoacán,
Coyoacán,
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Ciudad de México