Jalisco canta en Sevilla (y otros fenómenos de la post viralidad anticipados por FIL Guadalajara 2020)

La feria de libros más importante de habla hispana, la FIL, se volvió virtual. Y en esa virtualidad puede reflejarse un poco del futuro que nos espera. Gracias a lo que surgió en una charla de la iniciativa De muro a muro, Nicolás Alvarado puede venir acá y darnos una probada del mundo que está por venir. Y hay que estar atentos y preparados.

Texto de 15/12/20

La feria de libros más importante de habla hispana, la FIL, se volvió virtual. Y en esa virtualidad puede reflejarse un poco del futuro que nos espera. Gracias a lo que surgió en una charla de la iniciativa De muro a muro, Nicolás Alvarado puede venir acá y darnos una probada del mundo que está por venir. Y hay que estar atentos y preparados.

Quien sea un asiduo de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara sabrá que, entre otras cosas, la FIL supone hacer pierna: termina la sesión que no querías perderte en el Auditorio Juan Rulfo y tienes seis minutos para atravesar a toda velocidad el pabellón del país invitado y el área de comidas, subir a trompicones las escaleras y llegar, tarde y confundido, a presentar el libro que te toca en la Elías Nandino; después te encomiendas a que alguien tan diestro como Claudia Marín —una veterana de la Feria, que se la ha rifado conmigo desde Canal 22 y desde Televisa, desde la UNAM y desde la UDG; cuando reportero, cuando autor, cuando presentador, cuando funcionario y ahora que soy parte del equipo organizador— se las haya ingeniado para encontrar una ruta por la salida de emergencia para evitar los tumultos que se arremolinan ante los rockstars de la literatura y el pensamiento, y depositarte, sano y salvo —aunque con la corbata de diadema—, en el set de entrevistas donde habrás de proferir sentencias ojalá que inspiradoras pero sin muchas proposiciones subordinadas, no vaya a ser que se note que estás echando el bofe.

Este año, que la FIL hubó de ser celebrada a distancia —como casi todo en este mundo— entre el 28 de noviembre y el 6 de diciembre, no cambió la dinámica, aunque las distancias fueron más cortas: la Sala 1 era la recámara, donde streameaba del iPad a la tele para monitorear un foro pregrabado que organizaba; en la 2, habilitada en mi estudio, tenía ya la computadora encendida para moderar una mesa en vivo; y la 3 campeaba en el comedor, a donde hube de traer la de mi mujer para conectarme a una que producía, y para la que debía verificar encuadres, súpers y conexiones antes de su inicio. (Otra cosa: los 14 años en que me dediqué a producir y conducir televisión me vinieron de perlas pues este año, en esencia, la FIL fue un canal de tele.) (Y una más: todo esto sucedió no en Expo Guadalajara, y ni siquiera en Jalisco, sino en la la Ciudad de México. Pero bien podría haber sido Chapala, Tepetongo, Puerto Príncipe o, sí, Sevilla.)

“En el fondo lo que estamos haciendo hoy aquí es la prueba del futuro”, dijo, desde Roma, Sergio Benvenuto, psicoanalista y editor de ese European Journal of Psychoanalysis que dedicara desde un muy temprano abril un dossier a lo que devendrá el mundo no en la pandemia sino después de ella. “Cada vez será menos el trabajo el dispositivo que nos ponga en contacto con los otros, como no sea a través de internet, como estamos haciendo ahora nosotros… Me habían invitado a Guadalajara —a ir a Guadalajara—; por la pandemia no ha sido posible. Hacemos todo esto a través de internet, pero incluso después de la pandemia seguiremos haciéndolo así. Porque, además, será cada vez más difícil ir a Guadalajara. O venir a Roma.”

El contexto de sus palabras fue el coloquio De Muro a Muro, que organizo hace cuatro años para FIL Guadalajara, que tiene por objeto reflexionar sobre los nuevos paradigmas en un mundo en transformación, y que este año tuvo un tema obligado: El nuevo (des)orden post viral. Si bien a lo largo de su historia ha contado con pensadores de la talla de John Keane, Gilles Lipovetsky, Rob Riemen o Irvine Welsh, este año nuestra tasa de bateo ha sido histórica: para hablar de economía Jacques Attali (desde París) y Nora Lustig (desde Washington); para abordar la globalidad Mohamed ElBaradei (nuestro primer Premio Nobel, desde Viena) y los filósofos Hartmut Rosa (Jena) y Rocco Ronchi (Milán); y, para ocuparse del virus como metáfora de un mundo que sigue esa lógica en tantos frentes, Ian Buruma (Nueva York) y Enrique Krauze (CDMX). ¿A qué atribuir el éxito de la convocatoria? A que nadie se vio obligado a cruzar un océano para venir a la Feria sino que todos participaron desde su casa, desde su estudio, cuando más lejos desde su oficina.

Acaso hayan de cambiar entonces las Ferias del Libro. Pero, como aventura Krauze, no son lo único que ha de transformarse cuando hay “consecuencias a largo plazo que hoy sólo podemos vislumbrar… por ejemplo sobre nuestra forma de trabajar: ¿de qué formas tendrá esta pandemia consecuencias duraderas, o no, sobre nuestra forma de trabajar en la oficina?”. Más aún, ¿cómo afectará esto nuestra forma de aprender? “¿Son las universidades resabios del pasado?”, sigue el historiador “¿El tamaño de las universidades? ¿La necesidad de asistir a clases presenciales? Incluso la dudosa utilidad de la asistencia personal para el conocimiento y la creatividad [está en cuestionamiento]. ¿Qué hará el Covid con las universidades y con las escuelas? Con nuestra forma de trabajar, de aprender, con la forma en que nos relacionamos”.


“En el fondo lo que estamos haciendo hoy aquí es la prueba del futuro”

O con los restaurantes, como ilustrara Benvenuto con una anécdota en apariencia nimia pero poderosamente reveladora de la serie de reconversiones industriales hoy en curso en el mundo: “Un joven que quiere incursionar en la industria restaurantera, en el campo de la hospitalidad, me pidió un consejo… y le dije ‘Según yo, fracasarás si abres un restaurante barato para quienes van a trabajar en las oficinas porque se trabajará cada vez menos en las ellas: en 15 años habrá menos comedores empresariales, menos cafeterías para grandes grupos de personas que van a trabajar. Debes dedicarte a los restaurantes de lujo porque, en cambio, habrá gente que querrá frecuentarlos para las ocasiones especiales; según yo ésos son los que tendrán éxito en el futuro”.

Las compañeras de mesa de Benvenuto, sin embargo —la experta en política social Suhayla Bazbaz Kuri y la geógrafa humana Mariana Gabarrot, ambas mexicanas y por tanto más conscientes de los problemas allende las clases medias—, exhiben reparos: el panorama que dibuja el italiano es en todo ajeno no sólo a nuestras comunidades indígenas sino a las clases populares urbanas de todo el mundo que no pueden trabajar desde casa: “La enfermera que no puede aplicar inyecciones por internet, el plomero que no puede ocuparse de las tuberías por internet, el albañil que no puede pegar ladrillos por internet”, tercia (e ilustra) el urbanista francocolombiano Carlos Moreno, asesor de la alcaldesa parisina Anne Hidalgo. Para ellos concibe su propuesta de La Ciudad de 15 minutos, aglomeración policéntrica que reduce no sólo la necesidad del automóvil sino la del transporte público “en situaciones de contacto físico, de muchedumbre” y que ofrece “una mejor funcionalidad para que aquellos que no teletrabajan y que tienen que transportarse puedan hacerlo con menos dificultades”. 

Cierto, revira Benvenuto, pero eso no impedirá un éxodo urbano igualmente importante: “Lo que yo quería poner en evidencia eran las tendencias históricas generales: cómo ha evolucionado, por ejemplo, en un siglo la relación entre los cultivos y los servicios. Hace un siglo, incluso en Europa Occidental, si un tanto por ciento eran campesinos y el 10 por ciento trabajaba en los servicios, hoy es lo contrario. No quiero decir obviamente que todo mundo trabajará en casa pero sí que será más importante para un cierto tipo de actividades el trabajo en casa, y que esto cambiará completamente nuestra relación con la ciudad”. Mientras lo escucho, no puedo evitar pensar en centros históricos como el de Detroit o el de Sao Paulo, que empezaban a recuperarse de periodos de decadencia, miseria y crimen, y cuyos procesos habrán de verse necesariamente interrumpidos por esta desenfatización de lo social.

Sólo para las clases medias, entonces, queda el recurso de la tecnología para mantenerse conectadas —“esto estaba ya adviniendo”, recuerda Benvenuto: “la pandemia no hará sino acentuar la velocidad de procesos que ya venían en curso: por ejemplo el hecho de que ya no vayamos al cine sino que veamos las películas en televisión a través de Netflix”— pero esa herramienta también se revela falaz, como señalara, en otra mesa, Hartmut Rosa. Gracias a la tecnología, advirtió, “mientras por un lado aumentamos el control, siempre existe el riesgo de perderlo por el otro, y de sentirnos totalmente impotentes. Es, de hecho, posible ver esto a escala cotidiana en nuestra vida. Por ejemplo, con los teléfonos inteligentes y las casas inteligentes y los autos inteligentes, nos hemos vuelto casi omnipotentes. Con un clic de mi mano, de mi pulgar, puedo hacer la luz brillante o la noche oscura, puedo hacer que la habitación esté muy caliente o muy fría, puedo hacerla muy ruidosa —tocar música fuerte— o tocar música suave. Somos casi omnipotentes… pero sólo hasta que la pila falla”.

Se anticipa, pues, una brecha digital que cobrará relevancia no sólo mayor sino más lacerante. Vuelvo a Benvenuto: “En una sociedad que estará cada vez más basada en internet, y en otras cosas como el conocimiento de la lengua inglesa, quien quede fuera se verá en desventaja. Y por lo tanto habrá nuevos pobres cuyo problema será vivir en los estratos sociales que, en la medida en que no tengan acceso a internet —por ejemplo, los más ancianos—, efectivamente quedarán relegados a los márgenes sociales: ése es el verdadero problema social del futuro. ¿Quién se quedará sin acceso a internet y quien no tendrá acceso a toda una serie de inforrmaciones que resultan fundamentales para vivir hoy el día a día?”. Una nueva “masa marginal”, se responde, “excluída de los grandes proyectos de comunicación”, que redunda “no ya en una polarización de tipo económico sino en una polarización de tipo cultural”, terreno fértil para el auge ya en curso de los populismos.“Necesitamos discutir, informarnos y debatir”, recomienda, desde su propia mesa en diálogo con Buruma, Krauze. “Quizás la palabra clave aquí sea debate”. Como cada año, la FIL trató de contribuir a ese ejercicio público, más necesario que nunca. Las sesiones de este año de De Muro a Muro, disponibles para consulta en www.demuroamuro.mx, son no sólo prueba de ese espíritu sino una primera carta para la navegación de un mundo por venir por el que ya empezamos a dar los primeros pasos, temblorosos pero inevitables. EP

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