¡Cuidado! ¿De qué hablamos cuando hablamos de cuidado?

En este texto, Teresa Rodríguez de la Vega reflexiona en torno al concepto de cuidado y su relación con el concepto de reproducción social.

Texto de 02/02/22

En este texto, Teresa Rodríguez de la Vega reflexiona en torno al concepto de cuidado y su relación con el concepto de reproducción social.

Su importante presencia, tanto en profundidad como en extensión, en el debate académico, militante, legislativo y en el ámbito de la política pública, da testimonio de la fertilidad teórica de la categoría de cuidado, así como de su utilidad como herramienta de análisis e intervención en la identificación, caracterización y atención de problemáticas concretas; todo ello, además, con perspectiva de género.

En estas líneas realizo una valoración general del concepto de cuidado en relación con otro concepto; uno del que se ha valido el feminismo de sello marxista para trazar el perímetro de un conjunto análogo de fenómenos y problemáticas: el concepto de reproducción social. En términos generales, dicho perímetro encierra al vasto universo de las actividades, generalmente realizadas por mujeres, que sostienen la vida. 

La cuestión que quiero proponer aquí es la siguiente: tratándose de conceptos cuya semántica delimita más o menos el mismo universo de fenómenos, ¿qué servicios específicos nos presta el concepto de cuidado respecto al de reproducción social? En las siguientes líneas, articulo tres ejercicios reflexivos en torno a esta pregunta. 

1.

La definición genérica de cuidado como “la acción de ayudar a un niño, niña o a una persona dependiente en el desarrollo y el bienestar de su vida cotidiana” (Batthyány Dighiero, 2015: 10), nos podría llevar a restringir su uso a situaciones que implican actividades de apoyo a personas físicamente imposibilitadas para satisfacer sus necesidades elementales, ya sea por su corta o avanzada edad o por alguna condición particular. Pero al referirnos a personas que dependen de otras para “el desarrollo y el bienestar de su vida cotidiana”, no necesariamente estamos hablando de niños, niñas, viejos, viejas o personas enfermas o con alguna discapacidad. Un joven que trabaja como mesero 12 horas diarias en un lujoso restaurante de Ciudad de México y regresa a su casa en la zona metropolitana después de 2 horas adicionales de traslado, depende, al llegar a su casa, del trabajo de otras personas para alimentarse, vestirse y descansar algunas horas en un espacio más o menos acondicionado para tal efecto. 

“Un joven que trabaja como mesero 12 horas diarias en un lujoso restaurante de Ciudad de México y regresa a su casa en la zona metropolitana después de 2 horas adicionales de traslado, depende, al llegar a su casa, del trabajo de otras personas para alimentarse, vestirse y descansar algunas horas en un espacio más o menos acondicionado para tal efecto”.

De ahí la importancia de que cuando hablemos de cuidado, nos esforcemos por no perder de vista el hecho de que “para que exista un trabajador incorporado plenamente al mercado y liberado de cualquier carga doméstica, tiene que haber varias personas que asuman el cuidado de otros a lo largo de todo su ciclo vital” (Durán, 2018: 88). Así pues, el universo de las personas que necesitan ser cuidadas no es más chico que el universo de las personas cuyas necesidades son satisfechas en las labores de la reproducción social, categoría con la que el feminismo marxista se ha referido a “la enorme cantidad de servicios sociales que la organización capitalista del trabajo transforma en actividad privatizada descargándolos en las espaldas de las amas de casa […]; servicios sociales en tanto sirven a la reproducción de las fuerzas de trabajo” (Dalla Costa, 1977: 40). 

2.

Otra aparente especificidad del concepto de cuidado respecto al de reproducción social, es su énfasis en que las relaciones a las que nombra tienden a implicar cierto intercambio o vínculo afectivo —el que se establece entre la persona que cuida y la que es cuidada— (Batthyány Dighiero, 2015: 10). No estamos ante un mero detalle. Y es que esta especificidad corre el riesgo de abrirle la puerta a un uso eufemístico de la categoría de cuidado que la despojaría de su potencia crítica y estratégica. Nancy Fraser, Cinzia Arruzzo y Tithi Bhattacharya insinúan este riesgo al plantear que:

[…] las sociedades anteriores no conocían una división clara entre «producción económica» y reproducción social. Solo con el advenimiento del capitalismo se separaron esos dos aspectos de la existencia social. La producción se trasladó a fábricas, minas y oficinas, donde se la consideró «económica» y se la remuneró con salarios en efectivo. La reproducción fue relegada a «la familia», donde se feminizó y llenó de emotividad, clasificada como «cuidado» en cuanto opuesta a «trabajo», realizada por «amor» en contraposición al dinero (2019: 62).

En este pasaje, el famoso Manifiesto de un feminismo para el 99% parece advertirnos que ciertos usos de la categoría cuidado pueden ocultar una especie de proyección ideológica de la división capitalista entre producción y reproducción social; proyección ideológica que contribuiría a la invisibilización del trabajo doméstico. De ahí la importancia de insistir, como hacen Batthyány Dighiero y Durán, en el hecho de que cuando hablamos de cuidado estamos hablando de trabajo. 

Es, pues, un común denominador entre las categorías de cuidado y reproducción social el identificar a las actividades que sostienen la vida como trabajo, lo que las visibiliza como fenómenos de naturaleza económica y plantea una crítica a las visiones, ya sean marxistas o liberales, que reducen el análisis económico a las actividades directamente involucradas en la producción y el intercambio de mercancías.

En este sentido, María Ángeles Durán plantea que “el cuidado es la gran riqueza invisible de las economías modernas” (2018: 88), del mismo modo en que Silvia Federici sostiene que “tras cada fábrica, tras cada escuela, oficina o mina se encuentra oculto el trabajo de millones de mujeres” (2018: 30-31). 

“…el hecho de que la categoría de cuidado enfatice las dimensiones afectivas del trabajo feminizado que sostiene la vida, no sólo implica el riesgo identificado, sino que la dota de una peculiaridad sociológica muy importante en términos de la escala analítica en la que se mueve”.

Ahora bien, el hecho de que la categoría de cuidado enfatice las dimensiones afectivas del trabajo feminizado que sostiene la vida, no sólo implica el riesgo identificado, sino que la dota de una peculiaridad sociológica muy importante en términos de la escala analítica en la que se mueve. Y es que mientras que la categoría de reproducción social se mueve en una escala analítica declaradamente sistémica al poner el acento en la importancia del trabajo —generalmente no remunerado— que realizamos las mujeres para los mecanismos de reproducción del sistema capitalista, la idea de cuidado pone el énfasis en la relación entre la persona que cuida y la que es cuidada. Al hacerlo, el concepto de cuidado se mueve en una escala analítica que nos obliga a tocar base en la experiencia vital de las mujeres que cuidan. Al mismo tiempo, nociones como cuidatoriado, cadenas de cuidado o crisis de cuidado, dan fe de la vocación sistémica e integral de los esfuerzos analíticos que se han articulado alrededor de la categoría del cuidado desde finales del siglo pasado.

3. 

Una última especificidad identificable en la categoría de cuidado respecto a categorías como las de reproducción social o trabajo doméstico, es que con su ayuda podemos inscribir el análisis de las actividades que sostienen la vida en el ámbito del así llamado “enfoque de derechos” (Pautassi, 2007). En este sentido, cuando hablamos de cuidado no sólo visibilizamos el trabajo doméstico, emocional y reproductivo que realizamos las mujeres y pugnamos hacia su reconocimiento material y simbólico, sino que enfocamos el problema desde otro muy importante punto de vista: el del derecho al cuidado.

Tal y como queda transparentemente expuesto en propuestas como la de Laura C. Pautassi en torno a la necesidad de universalizar el derecho al cuidado, esta última especificidad del concepto de cuidado es de enorme importancia no sólo por su alcance teórico, sino porque la dibuja como un concepto de investigación-acción que permite articular el análisis descriptivo-explicativo de la crisis que las actividades que sostienen la vida atraviesan a escala local, regional e internacional, con el diseño de políticas públicas capaces de hacerle frente. EP


Bibliografía citada

Arruzzo, Cinzia, Nancy Fraser, y Tithi Bhattacharya (2019). Manifiesto de un feminismo para el 99%, Herder, Barcelona. 

Batthyány Dighiero, Karina (2015). Las políticas y el cuidado en América Latina. Una mirada a las experiencias regionales. CEPAL, Santiago de Chile. 

Dalla Costa, Mariarosa (1977), “Las mujeres y la subversión de la comunidad” en Mariarosa Dalla Costa y Selma James, El poder de la mujer y la subversión de la comunidad, Siglo XXI, México. 

Durán, María Ángeles (2018), “Las cuentas del cuidado” en Revista Española de Control Externo, Vol. XX, Núm. 58, pp. 57-89, Madrid.

Federici, Silvia (2018). El patriarcado del salario. Críticas feministas al marxismo, Traficantes de sueños, Madrid.

Pautassi, Laura C. (2007). El cuidado como cuestión social desde un enfoque de derechos, CEPAL, Santiago de Chile.

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