Olímpicas Flávia Saraiva, la gimnasta de las despensas para pobres

El periodista Aníbal Santiago retrata a una serie de mujeres que están haciendo historia en el deporte. Son las Olímpicas y, en esta entrega, presentamos a Flávia Saraiva: “Al fin, Tokyo 2020 está a semanas. “Sé lo que tengo que hacer, puedo ganar la medalla”, dice.”

Texto de 30/04/21

El periodista Aníbal Santiago retrata a una serie de mujeres que están haciendo historia en el deporte. Son las Olímpicas y, en esta entrega, presentamos a Flávia Saraiva: “Al fin, Tokyo 2020 está a semanas. “Sé lo que tengo que hacer, puedo ganar la medalla”, dice.”

En el zaguán de su casa, Fabia apilaba en bolsas las despensas básicas que desde las alturas de Río de Janeiro, en el barrio popular de Paciência, darían de comer a otros pobres como ellos. Arroz, aceite, frijol, atún, que iban formando torres atrapadas por bolsas de plástico colocadas por sus dos hijos. Joao, el mayor, y Flávia, la más chica, la ayudaban a ordenar sobre el mosaico gris todo eso que más tarde venderían con su esposo João en otras zonas partiendo desde aquí, el límite oeste de la ciudad, donde los cerros, abruptos, infranqueables, frenan a las favelas que se expanden como lava con un: “hasta aquí”. 

Cuando salían de casa para hacer los recorridos con los que muchos cariocas tendrían para comer varios días a cambio de unos reales —que a la vez servirían a la familia Saraiva para hacer su vida— la pequeña Flávia veía muchas cosas, su paisaje de siempre. 

Lo primero, las pilas de grava y arena para la construcción, amontonadas en la calle junto a su portón blanco, que con el paso de los años se hacían viejas en espera de que sus dueños algún día tuvieran para pagar la mano de obra del soñado segundo piso y la casa se ampliara. La niña también veía las enredaderas de cables negros y mugrientos que, como en toda Latinoamérica, serpentean entre calles, fachadas, letreros: telas de araña plásticas que dan al aire tonos lúgubres que recuerdan que aquí nada va demasiado bien.

Y aunque en esa misma calle lo que menos había era vegetación y el cemento lo tapiaba todo, un sobreviviente milagroso se mantenía en pie pese a la contaminación, el ruido, la tala ilegal, el imperio de la construcción: una goiabeira. Sí, afuera de la casa de Flávia se alzaba un árbol que daba guayabas empanizadas de dióxido de carbono, pero al que la niña encontraba virtudes. Había visto el mundo siempre desde abajo, desde una perspectiva preocupante porque su estatura rondaba apenas el 1.30 mts. Pero en ese árbol, por las tardes, escalando daba un estirón. Desde los cuatro años lo trepaba, y hacía piruetas, giros, saltaba de rama en rama enrollándose con sus piernas poderosas; encontraba recovecos para acomodar los brazos e ir trasladándose como bothrops, la típica serpiente venenosa del sur de Brasil. Se la vivía cabeza abajo, observada por sus vecinos de la periferia de Río de Janeiro: veían esa niña diminuta fundirse con las ramas y asistían a un acrobático circo gratis.

Cuando cumplió siete años, una prima de la familia, maestra de educación física, sugirió a Fabia que explotara la inquietud de su hija y la llevara a gimnasia. Sin mucha idea ni demasiadas expectativas fueron al Club Flamengo. Ahí, las sorprendió que aplicara la prueba de aptitudes una señora en silla de ruedas. Después de verla unos minutos en el gimnasio Claudio Coutinho, Flávia fue aceptada por aquella entrenadora, Georgette Vidor, célebre ex gimnasta que justo 20 años antes, en 1997, había sufrido un accidente en el autobús que transportaba a su equipo. Siete murieron y ella sobrevivió, parapléjica.  

La gimnasta de la simpatía

Con el sí de Georgette volvieron a casa, en un camino que fundó nuevas vidas. Algo distinto corría en su cuerpo breve, y también algo poderoso se había desarrollado en ese árbol que aún existe y que hoy es un monumento vivo para el barrio de Paciência. Las familias se unen para ver en la tele las competencias alrededor del planeta que protagoniza su vecina Flávia, la atleta olímpica y medallista panamericana y del mundo que trasladó la fiebre deportiva —siempre desbordada por el futbol en las calles, la playa, el Maracaná— hacia la gimnasta artística. Paciência, algo impaciente, piensa mucho en Tokio 2020. 

Flávia nació en 1999, año en que Brasil se sumió en una de las peores crisis de su historia, causó pánico por su inestabilidad a los mercados financieros internacionales y en ese país pareció firmar una defunción económica de la que aún no hay resucitación. Al inicio, la destreza fuera de serie de Flávia no significaba demasiado a las golpeadas cuentas del hogar porque las victorias eran regionales y los premios eran simples medallas; faltaba mucho tiempo para que Petrobras y otras grandes marcas la patrocinaran. Pero a sus 10 años las preseas ya eran decenas, cubrían los muros del cuarto infantil, y no había que ser muy perspicaz para advertir lo que se estaba gestando: fue convocada a selección. 

La alegría fue grande, pero ser una de las mejores brasileñas le implicaba a ella y su mamá viajar cuatro horas de ida y vuelta hasta el centro de entrenamiento nacional, en el municipio de Tres Ríos. Se fueron horas sobre ruedas por cientos, fortunas en boletos de camión, hasta que la Confederación Brasileña de Gimnasia entendió que era cruel que una menor entrenara hasta 10 horas al día seis días a la semana y tuviera su hogar a 129 kms. A los 13 años se fue a vivir con sus compañeras de equipo a esa ciudad deportiva, su catapulta al mundo: en 2014, pisó la impresionante y sobrepoblada ciudad china Nankín para participar en los Juegos Olímpicos de la Juventud 2014. Medía aún 1.33 metros: si la observaban era, sobre todo, por sus dimensiones.

Contra todos los pronósticos que encumbraban a asiáticas y estadounidenses, Flávia fue plata en viga de equilibrio, plata en All-Around y oro en solo. Cuando volvió a Río, los ojos de la población la miraban distinto: “Esa fue mi aparición internacional, empecé a estar en los medios, me volví famosa y empezaron a saber quién soy”, dice la mujer de 21 años con 633 mil seguidores en Instagram. 

Flávia arrancaba la conquista de su especialidad, y de la gente. La pantalla mostraba su nerviosa risa constante, sus gestos ultra expresivos. Seducidos y acaso bloqueados para expresar de otro modo lo que “Flavinha” despertaba, la emparentaron con una palabra que se repetía en periódicos, portales, cápsulas de tv, y que simplificaba su magnetismo: “simpatía”. 

Y entonces lo que era parte de su vida, darse una escapada a la Praia da Brisa cercana a casa para disfrutar en el anonimato la arena y el mar con sus amigas, se volvió evento público. “Me gusta sentir el cariño de la gente. Siempre me dejo sacar fotos —aclara—, sé lo que significa para ellos. Aquí la vida no es fácil”. Aunque tampoco debe serlo recibir en cualquier paseo abrazos por montones, incansables solicitudes de selfies, plumas y más plumas para autógrafos. Ella ríe, como si todo eso fuese una broma pasajera del destino. Lo que sí la contraría es el vértigo de destinar años y años de su vida a competencias que se escurren como jabón en las manos: “La paralela dura 40 segundos, salto 20 segundos, y entrenaste 4 años para esos segundos”.

Todavía en 2015 el universo de la gimnasia reaccionaba atónito con el “¡mide 133 centímetros!” y al llegar a los Panamericanos de Toronto lo que se destacaba era que fuera la atleta más bajita de la competencia. Su desempeño fue enterrando el tema: la chica de brackets ganó bronce por equipo e individual, y sobresaltó corazones en salto, barra, asimétricas, piso. A ella, en cambio, la sobresaltaba la historia de su ídola, una gimnasta de la otra punta del continente, la estadounidense Simone Biles, 25 veces medallista en campeonatos mundiales y víctima de abuso sexual por parte del médico de la selección Larry Nassar. 

Atenta, Flávia estudiaba su genialidad.

“Los peores meses de mi vida”

Ese año Flávia ganó oro en piso y plata en barras asimétricas en la Serie Mundial de Gimnasia Artística de Sao Paulo, y se ganó un espacio en los Juegos Olímpicos 2016 en su ciudad, Río. No tenía idea de lo que sería la recepción en la Jeunesse Arena: “Ver a 15 mil personas gritar mi nombre me hacía temblar las piernas”, admitió.  Pero se calmó, soportó la mirada tensa y expectante de su gente. En la clasificación de barra fija fue tercer lugar, dos debajo del primer lugar que ocupó Simone Biles. Durante el evento, su heroína, sorprendida por algo, se le acercó para hacerle una pregunta: algo muy profundo debió sentir la sudamericana. En la final quedó quinta, dos puestos debajo de Simone, que ante el micrófono de O Globo declaró lo inimaginable. “Pensé que la medalla iba para Flávia. Se lo merecía, su serie fue mejor”.

A partir de entonces, un llamativo crecimiento físico llevó a Flávia hasta el 1.45 mts, su altura definitiva, en teoría una ventaja para lo que vendría. Pero al deporte le gustan los caminos escabrosos. En 2017, durante la final Koper Slovenia WC Gymnastics, hizo una doble pirueta y media seguida de un salto mortal muy elevado. Hasta ahí, todo bien. Pero su cuerpo, que debía girar y en un instante dejar la cara a centímetros del suelo, no completó el movimiento. Su cabeza golpeó dramáticamente el piso y su tobillo hizo una horrible flexión. 

Bajo los acordes alegres de big bad voodoo daddy, Flávia cayó. Dos segundos se quedó inerte. Al empujar con los brazos para levantarse y concluir del modo que fuera su presentación, por el dolor no logró sostenerse. Desvanecida, fue auxiliada por dos médicos.

Parte de aquel año y del siguiente debió rehabilitarse de la lesión en su pie y la espina dorsal, y se perdió el Campeonato Mundial de Gimnasia Artística Montreal 2017. ¿La etapa más dura de su vida? No, aclara ella misma. Flávia volvió, se recuperó, ganó una decena de medallas internacionales más, tres bronces en los Panamericanos Lima 2019 y un día de marzo del año pasado llegó la pandemia.

Con las prácticas suspendidas por la tragedia de un país que pronto llegará al medio millón de muertes por el coronavirus, Flávia asumió la postergación de los Juegos Olímpicos Tokio 2020, se resignó a los video-entrenamientos de su técnico Francisco Porath y acondicionó su casa. Para una gimnasta, sin embargo, ninguna arena es replicable: los techos le impedían saltar, algo insustituible en su deporte. Luego de cerca de 20 semanas de confinamiento y entrenamiento virtual, los protocolos la devolvieron a las prácticas con el resto de su equipo. “Fueron los peores seis meses de mi vida”, declaró, feliz de poder ponerse las mallas otra vez.

El virus, sin embargo, entró a su cuerpo. Testeada como el resto de los seleccionadas cada semana, el 5 de diciembre de 2020 dio positivo a COVID-19. Aunque con síntomas leves, otra vez a casa para terminar el año que la humanidad nunca olvidará. Al fin, Toko 2020 está a semanas. “Sé lo que tengo que hacer, puedo ganar la medalla”, dice. En viga, suelo y All-Around, su apuesta es total. La chica que hace unos años trepaba la goiabeira para que la vida mejorara es implacable con su misión. Quizá porque entiende de este modo su vida: “La gimnasia es mi aire. Sin ella, muero”. EP

RECIBE NUESTRO NEWSLETTER

DOPSA, S.A. DE C.V
T.  56 58 23 26 / 55 54 66 08 /
56 59 83 60

Morelos 23,
Del Carmen,
Coyoacán,
04100,
Ciudad de México