Olímpicas Evelyn Akhator, la basquetbolista de las calles inundadas

“¿Y Evelyn? Avasalladora, con marcas de todos los colores. Para ese momento, su discurso moderado mutaba por uno temerario: “No me preocupa a quién tengo enfrente, voy por lo que quiero”.”

Texto de 31/03/21

“¿Y Evelyn? Avasalladora, con marcas de todos los colores. Para ese momento, su discurso moderado mutaba por uno temerario: “No me preocupa a quién tengo enfrente, voy por lo que quiero”.”

“Qué alta, qué alta, qué alta, qué alta”. Evelyn Akhator apenas alcanzaba catorce años, y oía entre sus compañeras de Secundaria, vecinos, amigas, la misma frase que concluía con un consejo en un momento de la vida en que el que pocas veces se buscan consejos: “Deberías jugar basquetbol”. La adolescente nigeriana no sabía si tomarlo como una premonición o un tormento: a la agotadora reacción social por su altura (1.91 mts), se sumaba que si les hacía caso abandonaría el atletismo, el deporte al que su papá, James, un hombre que luchaba contra el desempleo, le pidió consagrarse.

Pero los clubes, calles, parques, los patios de las fábricas de su tierra lodosa de casas de lámina, Benin City, le avisaban con la euforia basquetbolera de miles de mujeres que ahí hallaría algo más acorde con su esencia: los encuentros de amigas, la sonrisa compartida y la alegría de la victoria colectiva. El basquetbol popular era la conquista femenina del espacio público en una nación donde una de cada tres mujeres es golpeada.

Evelyn decidió que sí: adiós a una pista que nunca le había fascinado, y que la obligaba a un esfuerzo solitario. Pero la hoy figura y capitana de la Selección nigeriana que irá a los Juegos Olímpicos Tokio 2020 sabía lo que el cambio de deporte causaría. Como si fuera una ceremonia, reunió a su padre, su madre Benedicta y sus cuatro hermanas mayores. Solemne, les daría la noticia. De diversas maneras y con seis diferentes voces, ese día recibió un mismo mensaje: no. “Mi papá no me golpeó —declaró Evelyn— pues yo ya había pasado ‘la etapa de los golpes’, aunque me amenazó, igual que una hermana. Pero yo era terca y no los oí”. 

Su hogar la vislumbraba como la futura Mary Onyali, multicampeona corredora olímpica y mundial nigeriana que todo un pueblo adoraba. El básquet era un deporte barrial por el que el pueblo sale en masa para volcarse como público en cualquier partidito. Es decir, olía fuerte a pobreza.

El debate atletismo vs basquetbol duró meses, hasta que su mamá optó por dar su aprobación aunque no diciéndole “sí”. Sorprendió a Evelyn regalándole unos tenis-bota como los que necesitaba para jugar. “Y eso era algo muy caro”, recuerda la basquetbolista. 

““Probé el básquet y me enamoré”. Desde su ciudad de 1.5 millones de habitantes a las puertas del Golfo de Guinea, Evelyn fue desplegando una impactante potencia encestadora que admiraban otras regiones.”

Año tras año, en Nigeria la lluvia es un monstruo. Miles y miles de toneladas de basura se generan en ciudades y pueblos y taponean las alcantarillas. Más de la mitad de sus habitantes, 112 millones de personas, ven cómo su pobreza extrema (la de quienes ganan menos de 1.9 dólares al día) flota en arrabales inundados de aguas negras: “Cuando llovía me quitaba esas botas y caminaba descalza para que no se estropearan”.

Evelyn pidió unirse al equipo de su escuela en 2009, la aceptaron y recibió un jersey amarillo. Su número sería el 13, el que ha sido su eterno símbolo de rebeldía. Con el 13 jugó en casi todos sus clubes y en la Selección nigeriana de basquetbol bicampeona de África y hoy octava del mundo. Con el 13 ha anotado cualquier cantidad de puntos en las ligas profesionales de Estados Unidos, Rusia, Turquía, Francia, España. 

“Probé el básquet y me enamoré”. Desde su ciudad de 1.5 millones de habitantes a las puertas del Golfo de Guinea, Evelyn fue desplegando una impactante potencia encestadora que admiraban otras regiones. 

Es decir, aunque su familia bloqueara con un tanque militar su puerta, no habría modo de que abandonara un juego que ya le daba señales fascinantes. “Por los torneos empecé a ganar dinero que llevaba a casa. Y cuando en un campamento fui la Jugadora Más Valiosa y les llevé una computadora portátil, supieron que no me detendrían: a partir de ese instante se volvieron completamente solidarios”.

En cuatro años, Evelyn recorrió los puntos más lejanos de una nación con casi 1 millón de kilómetros cuadrados: magnífica encestadora y ágil para los rebotes, fue seduciendo al complejo mosaico geográfico nacional de 36 estados. 

El First Bank, el banco más poderoso de Nigeria y del oeste de África, apuntó sus binoculares hacia Benin City y la llamó para ofrecerle un contrato. La querían en su equipo de la Liga Femenil Nigeriana de Basquetbol, las Elephant Girls. Aún una menor de edad que no terminaba la preparatoria, viajó 323 kms hacia el poniente para iniciar una vida independiente como jugadora. 

De una atmósfera provinciana pasó a instalarse en Lagos, la capital del país, una ciudad que con el conurbado suma 21 millones de habitantes. Una megaurbe delirante que ya le hacía pensar en una vida distinta en algún lugar remoto y tranquilo. Impulsada por su madre, en sus días estelares con el equipo azul, cuando ya la fama acechaba, aplicó para estudiar y jugar en algún equipo de College de Estados Unidos. La aceptación, sin embargo, no llegó.

Las negativas eran golpes duros, pero ninguno como el de una tarde poco antes de cumplir 18 años. Su ropa daba vueltas en una secadora de una lavandería, cuando notó que su familia llamaba a su celular una vez y otra y otra. Decidió no responder hasta que la ropa estuviera seca y volviera a casa. Al final, fue tal insistencia que atendió: “mamá  tuvo un accidente en su coche”, le dijo su único hermano ese día de enero de 2013. No había detalles de la gravedad del choque en Benin City. Evelyn debía esperar. Al rato lo supo: “mamá murió”, le dijeron. 

Benedicta, su mejor amiga e impulsora de su nueva vida, había sido víctima en un accidente dentro del caótico tráfico nigeriano. “Cuando falleció, yo casi lo dejo todo —acepta Evelyn—. Pensé que todo había terminado. Ella era mi inspiración”.

La vida se detuvo, y también el deseo por el deporte. Se sumió en el silencio y la inactividad. Un pastor cercano a la familia y su entrenador de secundaria se enteraron de su reacción y la llamaron a reconsiderar. La memoria de su mamá podía ser la fuerza para volver: “Me pidieron nunca olvidar quién soy. Eso me trajo de regreso”.

Retornó a la duela e insistió con la búsqueda de una beca. De pronto, lo impensable: la buscaban en Marianna, una ciudad de Florida con 6 mil habitantes, casi un pueblo. El Chipola College, una institución estadounidense pequeña, discreta y desconocida para el mundo, la quería en sus aulas y sus canchas. Hizo las maletas.

Nigerian pidgin

Con aire en medio de la asfixia, “nerviosa y temblorosa”, Evelyn voló 10 mil kilómetros sobre el mar hasta llegar al campus de su nuevo equipo de uniforme dorado. Le sobraba voluntad pero le faltaba algo: el idioma. Prácticamente no entendía lo que le decían ni se podía expresar en inglés porque creció comunicándose en pidgin, la lengua creole que hablan cerca de 40 millones en su país. 

No hicieron falta demasiadas palabras para que le cambiara la cara a un equipo de básquet que jamás había estado en la cima. Le bastaron señas, frases lentas que tropezaban y claro, su destreza.

Líder en puntos y rebotes en sus tres años en Chipola, dirigió la construcción de un equipo de excelencia que en 2015 obtuvo el campeonato nacional por primera vez en casi siete décadas.

El ascenso de categoría era natural. De puntería prodigiosa, recibió ofertas de las universidades de Texas, Tennessee, Florida y Kentucky, a la que eligió. El portal Kentucky.com guardó el instante en que se dio por primera vez la mano con su entrenador, Matthew Mitchell, que le dijo: “Esto es muy loco: una chica de Nigeria y un tipo de Mississippi”. Dos individuos de muy distintas coordenadas planetarias trabajarían juntos, y darían forma a la catapulta desde la que ella ha recorrido el universo élite del básquet. Con las Wildcats de la NCAA el desempeño de Evelyn se convirtió en algo maravilloso: el basquetbol colegial de Estados Unidos no le apartaba la mirada. 

Pensó que era buen momento para ser algo distinto a lo que era, más allá del deporte. Desde las aulas buscaría desarrollar habilidades que en algún momento lucharan contra la espantosa miseria de su país: se graduó en Desarrollo Comunitario y Liderazgo, y concretó una viejísima idea, instruirse en enfermería, una disciplina profesional metida en las venas de su país. Sus padres habían sufrido de niños la Guerra Civil de Nigeria o Guerra de Biafra, entre 1967 y 1970. El conflicto dejó 1 millón de personas asesinadas. La muerte en masa, sumada a la terrible crisis de salud y el hambre atroz, esparció en el planeta las fotos de niños biafreños, en huesos y agónicos, sin atención médica. La conmoción mundial por los pequeños detonó el nacimiento de la ONG Médicos Sin Fronteras, ganadora del Premio Nobel de la Paz en 1999. La enfermería corre en las venas de Nigeria como una actividad insustituible, reivindicadora de lo esencial. Y Evelyn se acercó a ella en el hospital de la Universidad de Kentucky.

“Al conocer el lugar de dónde viene, nos hace ser más humildes”, declaró el entrenador asistente Adeniyi Amadou. La sensibilidad de los entrenadores iba mucho más allá de lo deportivo. África los sacudía. “Me conecto a un nivel profundo y por muchas razones”, reconoció Evelyn sobre su vínculo con sus coaches. Y cuando las grabadoras se acercaban para que les explicara la magia de sus actuaciones, daba una fórmula que no esperaban: “Para mí, el básquet es 20 % físico y 80 % mental. Si juegas estando feliz, todo irá perfecto”.

El paso al profesionalismo se dio en 2017, cuando la delantera de 22 años fue seleccionada en un draft por las Dallas Wings, equipo joven pero tres veces campeón en la mejor liga del mundo, la WNBA (Women’s National Basketball Association). La novata no atinaba a decir gran cosa a la prensa, más que cumplía un sueño. Eso sí, mostraba su enorme sonrisa blanca, símbolo de la jugadora que ahora tiene 26 años. 

Ya se volvía una consentida de la afición quizá porque no prefabrica en su imagen: es quien es. En las entrevistas la jugadora se carcajea, grita, responde agarrándose la cara, canta canciones de su ídolo Kizz Daniel, baila al estilo shaku shaku, reta divertida a los periodistas si la incomodan y confiesa lo que quiere, sin los filtros que impone la fama, como que el estrella de la NBA Kevin Durant es su “crush”. 

Jugó una temporada en Dallas, y empezó su travesía por el mundo, sorprendente, extraña. Sin escalas, pasó del calor texano a la tundra asiática: Siberia. El equipo ruso Dynamo-GUVD de Novosibirsk, la capital de ese territorio helado, le ofreció un contrato, y Evelyn lo aceptó. Ahí, dice, sufrió lo que nunca antes. “Regresaba de la tienda, unos veinte tipos se dirigieron a mí usando la palabra que empieza con n (sic). Empecé a llorar y me apuré. Me lastimó mucho”.

La “mala manera”

La evolución de Evelyn como basquetbolista atrajo a su Selección, hundida en una crisis larguísima en el basquetbol africano. Fue convocada varias veces pero se negaba a ir. ¿Las razones? Nadie las sabía; el público nigeriano se molestaba. Mucho después hizo una suerte denuncia de lo que, supuso la opinión pública, era violencia. “No me gusta cómo se dirige a las deportistas en Nigeria: de mala manera”. 

En 2017, finalmente, aceptó ponerse la casaca verde en el Campeonato Africano Femenino de Basquetbol 2017, en Mali. Con Las Tigresas, como se las apoda, nadie se ilusionaba. “Me interesa ayudar al equipo, pero también ser una buena compañera”, aclaró, como para que se supiera el orden de sus prioridades. Pero aquel campeonato revolucionó a un país. Evelyn fue líder de rebotes en cuatro de los seis partidos, y en puntos en tres de los seis. En la final contra Senegal anotó 15 de los 58 con que Nigeria venció a Senegal.  Las Tigresas se alzaban campeonas. “Lloré”, admitió varias veces cuando la consultaban sobre cómo vivió romper la racha triste de Nigeria en el baloncesto de su continente. Una muchedumbre feliz las recibió en el aeropuerto. 

“¿Y Evelyn? Avasalladora, con marcas de todos los colores. Para ese momento, su discurso moderado mutaba por uno temerario: “No me preocupa a quién tengo enfrente, voy por lo que quiero”.”

Al año siguiente, en la Copa Mundial de Baloncesto Femenino de 2018, en España, Nigeria alcanzó un inédito octavo lugar, algo impensado para un representativo africano.

Y en 2019, en el más reciente Campeonato Africano Femenino de Basquetbol, en Senegal, Nigeria ganó en la final a las anfitrionas, otra vez, y su equipo clasificó a los Juegos Olímpicos Tokio 2020. ¿Y Evelyn? Avasalladora, con marcas de todos los colores. Para ese momento, su discurso moderado mutaba por uno temerario: “No me preocupa a quién tengo enfrente, voy por lo que quiero”. 

Y entonces el dinero —que hacía nueve años alcanzaba para unos tenis que cuidaría como un tesoro para extenderles la vida— se multiplicó.  En los últimos tres años jugó en el Besiktas de Turquía, el CB Avenida de España, y el Flammes Carolo de Francia. Manda dinero a su padre y sus hermanas: “Quiero ayudar a mi familia: es algo que mi mamá hubiera querido de mí. Ella siempre trabajó duro”. 

A inicios del año pasado, cuando se alistaba para participar con Las Tigresas en los Juegos Olímpicos, la pandemia la detuvo. “Me rompe el corazón (ver al mundo así) y aunque esto ha afectado mi salud mental, hay una realidad: nosotros no podemos controlar a la pandemia, pero sí cómo reaccionamos a ella”, dijo en un Zoom.

Puso un gimnasio en casa para sustituir los entrenamientos y en plena pandemia, en mayo de 2020, lanzó la fundación “Benny A Foundation”, llamada como el sobrenombre de su madre. La basquetbolista suspendió su confinamiento para viajar a su país y con cubrebocas repartir alimento, junto con sus brigadas, en varios enclaves pobres.  

A su Instagram, al que a veces aprovecha para modelar la ropa Shein que la patrocina, también lo usa para señalar las injusticias de Nigeria, un país en sangre. La noche del 20 de octubre pasado, la Armada Nigeriana abrió fuego contra el movimiento End SARS que protestaba en la ciudad Lekki contra la brutalidad policial. Asesinó a 12 personas. Nueve días más tarde, Evelyn posteó un video de su cara y escribió: “Cada vez que pienso en Nigeria, en los jóvenes, en la Masacre de Lekki y en cómo el gobierno la encubre, pienso en esta canción de Prinx Emmanuel: Sé que Dios no nos avergonzará incluso cuando luchen contra nosotros

En la hermosa ciudad de Charleville-Mézières juega con su equipo, Flammes Carolo, aprende francés y recuerda el día que con 14 años decidió ser basquetbolista. “Estaba destinada. Y antes de empezar recé para que todo esto ocurriera”. 

Hoy piensa en los Juegos Olímpicos de Tokyo, inminentes, pero también en su mamá, Benedicta, y lo que de ella quiere heredar: “su sonrisa —dice—, su cariño y su ética de trabajo”. EP

*** Con información de kick442.com, UK Sports Newsletter, Kentucky.com, Arise News, Channels TV, YoTube, Instagram Pinching.com, OPunc.com, WJHG-TV, Nigeria Basketball Federation.  

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