Escala obligada: Al borde de la Tercera

Las guerras empiezan por motivos cargados de simbolismo, y terminan siempre de manera desastrosa. La Primera Guerra Mundial se desencadenó después del asesinato del duque Francisco Fernando de Austria, en Sarajevo. La Segunda Guerra Mundial, cocinada con fervor en los años de ascenso del Partido Nazi en Alemania, se disparó con la invasión de Hitler […]

Texto de 18/05/17

Las guerras empiezan por motivos cargados de simbolismo, y terminan siempre de manera desastrosa. La Primera Guerra Mundial se desencadenó después del asesinato del duque Francisco Fernando de Austria, en Sarajevo. La Segunda Guerra Mundial, cocinada con fervor en los años de ascenso del Partido Nazi en Alemania, se disparó con la invasión de Hitler […]



Las guerras empiezan por motivos cargados de simbolismo, y terminan siempre de manera desastrosa. La Primera Guerra Mundial se desencadenó después del asesinato del duque Francisco Fernando de Austria, en Sarajevo. La Segunda Guerra Mundial, cocinada con fervor en los años de ascenso del Partido Nazi en Alemania, se disparó con la invasión de Hitler a Polonia.

La Tercera Guerra Mundial, si algo no la detiene, tendrá como protagonista principal a Estados Unidos, y probablemente a una o las otras dos potencias —Rusia y China—, algunos países del mundo árabe —Siria, Irán, Irak y Afganistán— y a las dos Coreas en el extremo oriente de Asia.

El detonador del gatillo será, sin duda, la fiebre incontenible del nuevo inquilino de la Casa Blanca, que aspira por la vía de las armas a cumplir cabalmente el lema principal de su campaña: “Make America great again”.

Los antecedentes de todo esto han tenido una trayectoria fulgurante. Se inician con una campaña presidencial en la que surge una figura semejante a la de Hitler en Alemania, que promete resarcir los empleos y los salarios perdidos a los trabajadores de la industria, recuperar el poderío militar frente a las viejas y nuevas potencias, amurallar las fronteras frente a los enemigos y dominar al mundo basándose en la supremacía de la raza y su armamento. Continúa con su ascenso a la Casa Blanca, donde promueve una alocada carrera de decretos en la que se enfrenta con el poder judicial por cerrar las fronteras a los ciudadanos de Siria, Yemen, Irak, Irán, Somalia y Sudán; pierde estrepitosamente en el Congreso una iniciativa para deshacer el sistema de salud ideado por su antecesor; al cabo de unos días, su gabinete se cimbra y se desmorona con la renuncia o el despido de sus principales asesores, y enfrenta inerme las acusaciones de que Rusia intervino en las elecciones presidenciales a su favor.

En ese contexto confuso y cada vez más adverso, como por sorpresa, aparece la noticia de que en un pequeño pueblo de Siria 84 personas fallecieron por un ataque de armas químicas, y ése es el pretexto que utiliza el nuevo mandatario para lanzar un ataque relámpago a Shayrat —una base militar siria—, en el que mueren 13 personas y son destruidos varios depósitos y seis aviones de guerra.1 El ataque toma por sorpresa al mundo entero, al propio Bashar al-Ásad, que pensaba que tendría en la Casa Blanca un poderoso aliado contra el Estado Islámico, y sobre todo a Vladímir Putin, ya que parte del arsenal destruido pertenecía a los rusos. Otro de los sorprendidos es Xi Jinping, presidente de China, ya que el ataque se llevó a cabo a la mitad de una cena diplomática en la que estaba invitado para discutir el futuro de las economías de las dos potencias, y los misiles lanzados sobre el territorio sirio no le permitieron saborear el postre.

Después de los bombazos, la opinión pública internacional se tornó a favor de Trump. Israel, Australia y Gran Bretaña expresaron de inmediato su apoyo. Los países de la Unión Europea se alinearon con Estados Unidos. Aun Francia y Alemania, cuyos mandatarios se habían distanciado públicamente de las bravuconadas del presidente estadounidense, declararon su repudio al uso de armas químicas.

Tomados por sorpresa, los analistas elaboraron algunas hipótesis de emergencia para tratar de explicar ese desorden súbito del equilibrio internacional. La primera de ellas era que Trump logró salir del callejón sin salida de su propia política interior con un golpe de timón que lo puso al mando del escenario militar internacional, demostrándole a todos los países quién sigue siendo la primera potencia bélica sobre la Tierra. Otra hipótesis, sostenida en los pasillos de las oficinas internacionales, afirmaba que se trató de una cortina de humo para ocultar las relaciones clandestinas entre la Casa Blanca y el Kremlin, y que el ataque destruyó también —temporalmente— todas las sospechas de que Rusia había ayudado al triunfo de Trump. Así se había deslizado la corrosiva idea de que el verdadero triunfador de las elecciones estadounidenses era Putin.

Sin saber a ciencia cierta cuál de las hipótesis pudiera arrojar luz sobre ese repentino desequilibrio internacional, Trump hizo una nueva jugada bélica: movilizó a un portaviones de guerra con su flota desde Singapur hasta el mar del Japón, advirtiéndole a Corea del Norte que si sus demostraciones con misiles arrojados al mar continuaban, las consecuencias podrían ser devastadoras. Kim Jong-un, padre de la nación y líder absoluto del Partido Comunista coreano, respondió con un tono igualmente alarmante: “las consecuencias serán catastróficas”. Días después, en el desfile de conmemoración del nacimiento de su abuelo, su gobierno declaró: “Estamos preparados para un ataque nuclear”.2

Y entonces sobrevino una pregunta que puso a temblar al mundo: ¿A qué obedecía el comportamiento del nuevo presidente de la nación más poderosa del orbe? ¿Se trataba de una estrategia para ponerse por encima de las demás potencias, golpeando a sus aliados (Siria, en el caso de Rusia, Corea del Norte, en el caso de China)? ¿O no existe ninguna estrategia, sino que el presidente se guía únicamente por la brújula enloquecida de sus arranques?

Un elemento adicional, nada despreciable, es que Eric Trump, el tercer hijo del presidente, declaró sin ningún tipo de ironía que su padre había atacado la base de Siria por consejo de Ivanka, su hija. Según él, Ivanka le dijo a su padre que no podía soportar la visión de los niños afectados por el gas sarín, que ella entendía el sufrimiento de esos infantes porque ella misma era madre, y que ya que su padre era el flamante presidente de Estados Unidos, tenía que hacer algo… y lo hizo.3

Y a partir de ese momento, los despliegues militares han estado a la orden del día. El 13 de abril Trump ordenó bombardear Nangarhar, una región de Afganistán colindante con Pakistán, donde el Estado Islámico ha cavado túneles de albergue y evacuación de sus fuerzas en los intestinos de las montañas más abruptas y desérticas. Los aviones de Estados Unidos dejaron caer una bomba denominada GBU-43B (Massive Ordnance Air Blast o MOAB, también conocida como Mother Of All Bombs), que contiene 11 toneladas de explosivos, y que es considerada la más mortífera y dañina después de la bomba atómica. La nube de humo levantada por su caída fue vista a varios kilómetros a la redonda, y el Pentágono declaró en son de victoria que la bomba dio muerte a 36 militantes del Estado Islámico que se encontraban en los laberintos ocultos de la montaña.4

Por otro lado, como si fuera un simple descuido que habría que pasar por alto, la aviación estadounidense bombardeó el poblado sirio de Al Tabqa, provocando 18 muertes de soldados opositores a Bashar al-Ásad, que supuestamente eran aliados de la Casa Blanca. “Lo lamentamos”, declaró el Comando Central de Estados Unidos, y cambió la página del libro.5

Lo que preocupa al mundo entero es la constante repetición de los ataques. Los frentes abiertos son muchos, los blancos atacados se encuentran en diferentes países, y el miedo a un posible ataque nuclear se ha vuelto a poner sobre la mesa de discusiones, de manera más azarosa y convulsiva que en los años más gélidos de la Guerra Fría. Si bien en aquel entonces el equilibrio bélico entre Estados Unidos y la Unión Soviética era un ingrediente que frenaba el desencadenamiento de la guerra, ahora la diversificación de países nuclearmente armados, la apertura indiscriminada de frentes de combate y, sobre todo, el comportamiento impredecible de Donald Trump han elaborado una mezcla explosiva que amenaza con derramarse en cualquier momento.

Lo alarmante es que Trump no está solo en sus febriles intentonas por demoler el mundo. Kim Jong-un, el benjamín de la dinastía que gobierna Corea del Norte desde el pasado siglo, no ha cejado en sus esfuerzos por lograr construir una bomba atómica de largo alcance, que destruya a sus enemigos en cualquier rincón del mundo con tan sólo apretar un botón. Desde hace décadas, ha realizado pruebas atómicas en el interior de una montaña de granito llamada Mantapsan en el norte del país, en la que los disidentes han laborado como mano de obra esclava para cavar varios túneles de gran longitud, con el propósito de hacer pruebas nucleares en el interior.

Y esa escalada ha continuado a tambor batiente. Las pruebas atómicas se han llevado a cabo en diferentes años —2006, 2009, 2013 y 2016—, y su grado de destrucción ha ido en aumento. Si bien en las primeras fases tuvo un crecimiento relativo, logrando construir bombas con capacidad de destrucción tres veces superiores a la detonación en Hiroshima en 1945, en la actualidad han perfeccionado su tecnología y están logrando elaborar bombas con una capacidad destructiva 25 veces superior a la que puso fin a la Segunda Guerra Mundial.6

En la actualidad existen nueve países armados con bombas atómicas, y algunos de ellos podrían participar en una conflagración mundial como la que se prefigura con los ataques demostrativos orquestados por Estados Unidos. Pero la voz de la razón también se escucha en el horizonte. China se ha convertido en su altavoz. Pekín ha declarado, a propósito del ataque a Siria, que “está en contra del uso de las armas químicas, pero que los conflictos deben resolverse por la vía del diálogo, y no mediante el uso de la fuerza”.

¿Podrán los demás países ponerle freno a los desvaríos de un demente? ¿O las propias instituciones del país más poderoso del mundo servirán de contención de la barbarie? El futuro inmediato es impredecible. Y lo que se juega es de vital importancia. A la vuelta de unos años, podríamos vivir en un planeta en ruinas. EstePaís

NOTAS

1 <http://www.telegraph.co.uk/news/2017/04/07/did-donald-trump-strike-al-shayrat-air-base/>.

2 <http://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-39607413>.

3 <http://edition.cnn.com/2017/04/11/politics/ivanka-trump-syria-strike-influence-telegraph/>.

4 <https://www.theguardian.com/world/2017/apr/13/us-military-drops-non-nuclear-bomb-afghanistan-islamic-state>.

5 <http://internacional.elpais.com/internacional/2017/04/13/estados_unidos/1492095611_926984.html>.

6 <http://www.hispantv.com/noticias/coreas/335652/corea-norte-ensayo-nuclear-potente>.



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