Encuestas electorales: pasado y futuro

La política no debe ser sustituida por procesos pretendidamente neutros y científicos.

Texto de 03/07/23

La política no debe ser sustituida por procesos pretendidamente neutros y científicos.

Tiempo de lectura: 7 minutos

El pasado reciente ha revelado una tendencia preocupante en las encuestas electorales. Lo pudimos presenciar en las elecciones del Estado de México, donde varias casas encuestadoras pronosticaron una ventaja de hasta 20 puntos para la candidata de MORENA, Delfina Gómez, pero al final su margen de victoria fue de tan solo 8 puntos. No es un caso aislado. Lo hemos visto en muchas partes de Latinoamérica e incluso en países desarrollados. Un ejemplo notable fue el plebiscito constitucional en Chile, donde las encuestas otorgaban una ligera ventaja a la opción “Rechazo”, y al final ésta obtuvo una holgada victoria de 18 puntos sobre el “Apruebo”. Algo similar ocurrió en Brasil en 2022, cuando todas las encuestas situaban a Lula 10 puntos por encima de Bolsonaro, y al final terminaron casi empatados. Esto sin mencionar los casos de Trump en 2016, el Brexit o, más recientemente, el caso de Erdogan en Turquía, quien ganó sin problemas a pesar de que todas las encuestas lo daban como perdedor.

Algunos antecedentes

¿Qué explica esta disparidad entre las encuestas y los resultados electorales? En pocas palabras: cambios sociales y tecnológicos que han puesto la encuesta como método de investigación social en una crisis. Para dar algunos antecedentes, se pueden identificar tres momentos clave en su desarrollo. El primero es su invención entre los años 1930 y 1960, periodo en el cual se sentaron las bases teóricas y conceptuales que hoy nos resultan familiares: representatividad, sesgos, marco muestral, cuestionarios, etc. El segundo momento es su expansión entre 1960 y 1990, debido, en gran medida, al auge del teléfono fijo entre las clases medias y bajas. Finalmente, el tercer momento es de crisis y adaptación, que comienza en 1990 y continúa hasta nuestros días, y se caracteriza por dos circunstancias: en primer lugar, la reducción en el número de participantes en encuestas telefónicas y entrevistas presenciales; en segundo lugar, la aparición de internet y nuevas tecnologías.

Estas dos circunstancias han supuesto una fuerte crisis para una de las metodologías más tradicionales para realizar encuestas: el muestreo aleatorio por marcación digital, que se basa en los directorios telefónicos como marco muestral y permite que un grupo significativo de residentes en una jurisdicción determinada tenga la misma probabilidad de ser seleccionado para participar en una encuesta. La expansión de la telefonía móvil y la tendencia entre los jóvenes a comunicarse a través de mensajes en plataformas de internet en lugar de realizar llamadas ha provocado una disminución en la tasa de participación en tan sólo unos años. Según el Pew Research Center, entre 1997 y 2018, la tasa de participación en sus encuestas telefónicas pasó del 36 al 6 por ciento.

“La expansión de la telefonía móvil y la tendencia entre los jóvenes a comunicarse a través de mensajes en plataformas de internet en lugar de realizar llamadas ha provocado una disminución en la tasa de participación en tan sólo unos años”.

Todo esto es para decir que hoy en día es más complicado realizar encuestas telefónicas, ya que las poblaciones objetivo son cada vez más esquivas. Por otro lado, regresar a las encuestas cara a cara no siempre es la mejor opción pues introducen sesgos de deseabilidad social, son muy costosas y pueden ser incluso materialmente imposibles de llevar a cabo. Hoy en día hay muchas áreas en México donde recolectar datos y realizar encuestas es una tarea de alto riesgo debido a la presencia de grupos criminales. No quiero decir que estas metodologías sean obsoletas. Lo que señalo es que las casas encuestadoras se enfrentan actualmente a una tormenta perfecta: 1) por un lado, tasas de participación a la baja, tanto en teléfono como en modo presencial; 2) un aumento en los costos impulsado por la baja participación y la inflación; 3) alta demanda de datos más abundantes y de mejor calidad en tiempos más reducidos.

Y en eso que llega, como un deus ex machina, el internet. En efecto, vino a revolucionar las encuestas como herramienta de investigación social al resolver el nudo gordiano en el que se encontraban. Por un lado, permitió llegar a millones de usuarios que están conectados día a día. Por el otro, redujo significativamente los costos, al punto de que hoy en día cualquier persona puede realizar una encuesta en Google. Además, abrió la posibilidad de recopilar datos de manera masiva y en tiempo real.

Fantástico, ¿no? Pues no. Realizar encuestas por internet también tiene sus propias dificultades. Veamos algunas.

Encuestas en línea

Por principio, digamos que las encuestas por internet solo consideran a la población usuaria de internet. Esta población suele ser pequeña en países pobres debido a la baja penetración de internet y/o estar sesgada hacia varones jóvenes. Incluso, en países desarrollados, hay un sesgo hacia la población joven que naturalmente pasa más tiempo en línea. Sin embargo, quizás el mayor problema es que no existe un marco muestral; es decir, no hay una base de datos con los nombres, correos electrónicos y un NIP para cada usuario de internet en todos los países. En pocas palabras, no sabemos quiénes son ni cuántos están en el ciberespacio. Esto contrasta con lo que vemos en encuestas telefónicas y cara a cara, donde sí hay un marco muestral. En el caso de las encuestas telefónicas, durante mucho tiempo ese marco fueron los directorios telefónicos que incluían el nombre y teléfono de los habitantes de una ciudad específica. Para las encuestas cara a cara, siempre cabe la posibilidad de utilizar el censo de población.

“…quizás el mayor problema es que no existe un marco muestral; es decir, no hay una base de datos con los nombres, correos electrónicos y un NIP para cada usuario de internet en todos los países”.

Para solucionar este problema, muchas casas encuestadoras en línea han creado sus propios marcos muestrales en forma de paneles al invitar o reclutar a usuarios de internet. De manera similar a un rompecabezas que va formando una imagen, los paneles intentan reproducir en miniatura a la sociedad en toda su diversidad, de manera que sean una representación fiel de la población de un país en términos de género, edad, ingresos, etnicidad, lengua, etc. Una vez que se ha armado el panel, entonces se podría realizar un muestreo aleatorio en el que todos los panelistas tengan la misma probabilidad de ser seleccionados para una encuesta que, en teoría, sería representativa.

Fácil, ¿verdad? Pues otra vez no.

Panel o no panel

El problema radica en que los paneles tienden a estar sesgados en cuanto a quiénes incluyen y excluyen en sus bases de datos. Esto es particularmente notable en Latinoamérica. Investigadores de LAPOP (Latin American Public Opinion Project) de la Universidad de Vanderbilt publicaron a principios de año un informe que revela que las casas encuestadoras que utilizan paneles en la región tienen un fuerte sesgo hacia sectores educados y de ingresos medios y altos. Además, señalan que a estas empresas les resulta muy difícil reclutar y conseguir individuos en estos grupos que contesten sus encuestas. El resultado es que las encuestas basadas en estos paneles recogen únicamente las voces de individuos con mayor nivel de educación y propensión a participar políticamente que el promedio. Y aún no he mencionado el sesgo de no respuesta, que suele ser alto entre los panelistas, quienes comprensiblemente pueden ser reticentes a expresar su opinión en temas delicados debido a la falta de anonimato. Para algunos analistas, todo lo anterior explica, en cierta medida, la sorpresiva derrota de Clinton en 2016, precisamente porque los paneles tenían una representación insuficiente de ciudadanos sin estudios universitarios que en su mayoría apoyaban a Trump, y/o muchos panelistas resultaron ser “trumpistas de clóset” (shy Trumpers).

Como vemos, lograr un nivel aceptable de representatividad en una encuesta en línea es un trabajo complicado. Gran parte del trabajo realizado actualmente tanto en universidades como en laboratorios de tecnología consiste en encontrar una fórmula que permita aprovechar las ventajas de internet, respetando los principios metodológicos que garanticen un nivel aceptable de representatividad, y hacerlo de manera transparente y clara. A propósito, y para una total transparencia, me desempeño como Especialista de Investigación en RIWI Corp. (Real-Time Interactive World-Wide Intelligence), una empresa que recoge datos de opinión pública fundada en la Universidad de Toronto en donde intentamos hacer precisamente eso: combinar metodologías novedosas con avances tecnológicos.

Errar es de humanos, rectificar es de sabios

Ahora bien, una de las preocupaciones actuales con las encuestas es que hemos tenido una muy mala racha con ellas. Vale aclarar que las encuestas se pueden equivocar, ya lo creo que sí. Y a posteriori es fácil encontrar explicaciones: voto oculto, muestra sesgada o insuficiente, interpretación equivocada o abusiva por parte de los medios de comunicación o actores políticos, entre otros. Equivocarse no es, sin embargo, indicativo de manipulación. Esto es política y sorpresas veredes. Sin embargo, hay una línea roja muy clara entre equivocarse y hacer fraude. Como mencioné al principio, en las recientes elecciones en el Estado de México, el partido MORENA fue sancionado por ofrecer resultados de encuestas sin metodología, puras invenciones. Esto demuestra la gran tentación que sienten los políticos de utilizar una herramienta de investigación, con sus fortalezas y debilidades, como arma política contra sus adversarios.

“en las recientes elecciones en el Estado de México, el partido MORENA fue sancionado por ofrecer resultados de encuestas sin metodología, puras invenciones”. 

Hay, no obstante, formas mucho más sutiles (o menos burdas) de manipulación. Aquí pienso, por ejemplo, en el mecanismo que el partido MORENA ha decidido utilizar para seleccionar su candidato presidencial. Dejando de lado el hecho de que están violando la ley con actos anticipados de campaña (la ley establece que las campañas para 2024 deben comenzar en noviembre), la convocatoria llama la atención porque establece que la “Comisión de Encuestas de Morena definirá la metodología, cuestionario y marco muestral”, y advierte que sus resultados “serán inapelables”. Estos tres elementos, como hemos visto, no son insignificantes. Son aspectos fundamentales de una encuesta y se requiere una gran capacidad técnica para llevarlos a cabo correctamente. O dicho de otro forma, dejan un amplio margen para introducir sesgos, por pasiva o por activa.

 En efecto, hemos visto que la selección de la metodología tiene un impacto determinante en los resultados. Por ejemplo, una encuesta telefónica dará más peso al sector de adultos mayores y subestimará el voto joven, mientras que una encuesta en línea hará lo contrario. Una encuesta cara a cara necesariamente introducirá un sesgo de deseabilidad social, aún más tratándose de una encuesta organizada desde el oficialismo. No hay metodología perfecta, pero es necesario conocer a detalle el método al momento de interpretar los resultados. Además, está el tema del marco muestral. ¿Se encuestará a toda la población adulta del país?, ¿o solo a aquellos que tengan credencial de elector? Dentro de este grupo, ¿solo se encuestará a los votantes probables?, y entre estos, ¿solo a los simpatizantes de MORENA? Si es así, ¿dónde y cómo piensan encontrarlos? Y por cierto, ¿quién eligió a los integrantes de esta inapelable Comisión de Encuestas? Eso también es clave.

“Las encuestas no se “ganan”. Se ganan las elecciones. Las encuestas nos brindan una señal en un momento y espacio determinados, sujetos a limitaciones de método y tecnológicas”. 


Reitero: todo esto debe considerarse al interpretar los datos resultantes de una encuesta. Las encuestas no se “ganan”. Se ganan las elecciones. Las encuestas nos brindan una señal en un momento y espacio determinados, sujetos a limitaciones de método y tecnológicas. No es factible ni deseable caer en una “encuestocracia” donde decisiones eminentemente políticas sean sustituidas o disfrazadas de procesos pseudo-científicos. EP

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