Elecciones gallinero

Gracias por la provocación, gran Leonardo I. Deliberación acechada Deliberar y representar, tales son las funciones esenciales de un sistema democrático, nos lo recuerda Leonardo Curzio en el espléndido ensayo publicado en estas mismas páginas. En ese orden de ideas sin una deliberación plena cualquier democracia estará coja, es imperfecta, contrahecha, deforme. Pero, ¿qué implica […]

Texto de 19/08/17

Gracias por la provocación, gran Leonardo I. Deliberación acechada Deliberar y representar, tales son las funciones esenciales de un sistema democrático, nos lo recuerda Leonardo Curzio en el espléndido ensayo publicado en estas mismas páginas. En ese orden de ideas sin una deliberación plena cualquier democracia estará coja, es imperfecta, contrahecha, deforme. Pero, ¿qué implica […]

Elecciones gallinero

Gracias por la provocación,

gran Leonardo

I. Deliberación acechada

Deliberar y representar, tales son las funciones esenciales de un sistema democrático, nos lo recuerda Leonardo Curzio en el espléndido ensayo publicado en estas mismas páginas. En ese orden de ideas sin una deliberación plena cualquier democracia estará coja, es imperfecta, contrahecha, deforme. Pero, ¿qué implica esa plenitud? Lo primero sería garantizar una verdadera, auténtica y amplia libertad de expresión. Sin libertad plena el debate es circo. Maromas, saltos espectaculares, disfraces, trucos. Existencia de partidos políticos, relevo sistemático en el poder, división de poderes, son parte esencial de ese venero original de la representación, pero el debate en libertad les antecede. Teóricos serios, Jared Diamond entre otros, han caracterizado a sistemas electorales sin libertad deliberativa como democracias “iliberales”, es decir, democracias ciegas.

Por supuesto que el debate, como bien lo señala Leonardo, debe tener fronteras, límites establecidos para la supervivencia y el buen funcionamiento de cualquier democracia. Por ejemplo, convocar al derrocamiento de la democracia, al estilo Maduro, no puede estar en el menú de los quehaceres democráticos. La Constitución alemana, surgida después de la Segunda Guerra Mundial, es otro ejemplo de esos límites: una democracia debe dar entrada a todas las ideas salvo aquellas que socavan su esencia. Sólo así se establece un verdadero “mercado de ideas”, acertada expresión de Leonardo Curzio, mercado al cual asiste el ciudadano elector en libertad a escoger aquellas que más le convencen. Giovanni Sartori —¡cómo se le extraña en estos tiempo convulsos!—, en un texto muy controvertido, La sociedad multiétnica (Taurus), recordaba ese código democrático básico que todos los ciudadanos deben compartir. Ojo, deben, no es optativo, hasta ahí llega la tolerancia.

La democracia también supone adopción voluntaria, y no tanto, de un código. No se puede adoptar parcialmente. Estamos en la frontera de la imposición. Caso típico es la secrecía electoral en comunidades indígenas que quieren seguir utilizando el voto a mano alzada por ser catalogado como uso y costumbre. La democracia rompe costumbres. Un gran liberal, como lo fue Sartori, sabe que el “mercado de las ideas” debe estar normado para sobrevivir y garantizarle al ciudadano libertad. Hay enemigos de su funcionamiento que deben ser detectados y delatados.

La función representativa de las democracias, sobre todo de las recientes, ha vivido muchas modificaciones. Pensemos en Italia oscilando de la representación proporcional a la mayoritaria una y otra vez. Curiosamente son las democracias más antiguas —Inglaterra y Estados Unidos— las que menos cambios aceptan. Explicar cada cuatro años cómo funciona el Colegio Electoral en la elección presidencial estadounidense se vuelve cada vez más complicado en un mundo donde la mayoría de los electores espera que gobierne aquel candidato que más votos ciudadanos obtiene. La representación está bajo escrutinio permanente.

En contraste, lo que no hacemos con la misma frecuencia es analizar los cambios que sufre el “mercado de las ideas”, cambios que tienen que ver con la exposición y transmisión de las propuestas, pero también con los cambios en la forma de razonar del elector. En la transmisión destaca el papel de los medios de comunicación y ahora el de las redes sociales. El gran debut de los medios de comunicación en la política podría tomar como piedra de toque el famoso debate televisado entre Richard Nixon y John F. Kennedy, aquel en que la barba crecida del primero le jugó una mala pasada. Desde entonces y dada la creciente influencia que han cobrado, los debates no han hecho más que volverse cada vez más complejos y abigarrados e incluso obligatorios por ley, como en el caso mexicano. El análisis del rol de las redes apenas empieza.

Pero hay otro nivel en este rubro de análisis que galopa sin que logremos una radiografía precisa: la forma de razonar la política. Toda herramienta modifica nuestra forma de pensar. Yuval Noah Harari realizó una excelente recopilación de esos cambios en De hombres a dioses. En esa línea de razonamiento estamos ante una nueva revolución del “mercado de las ideas” y ciertos peligros merodean. Los medios masivos de comunicación (radio y televisión), cuyo papel en las campañas está muy regulado, han ido perdiendo espacio frente a nuevos actores, las redes sociales en particular. El asunto es de fondo. La exposición pública en el “mercado de las ideas” partía de un supuesto esencial: la confrontación y deseable derrota de las mentiras. Al final del día, las verdades vencerán, ésa ha sido la premisa. La mentira siempre ha estado presente en el discurso político, pero la confrontación ha servido para mitigar sus efectos. Recordemos que los clásicos de la epistemología, John D. Bernal, Thomas S. Kuhn y por supuesto Karl Popper, exigían y confiaban en ese mecanismo intrínseco, esencial, de la confrontación que conduce a la verificación por terceros. Cualquiera que afirme en la plaza pública, deberá probar con hechos sus dichos y éstos serán sometidos al escrutinio de cualquiera. Es justo esa confrontación y corroboración la que distingue a la política del circo. Lo que se afirme en la plaza pública deberá pretender un contenido de verdad. Pero algo está trastocando este mecanismo en grave detrimento de la democracia.

II. ¿Y los terceros?

Pero nuestros tiempos modernos, para recordar a Chaplin, nos trajeron sorpresas. Wikipedia nació creyendo y apostando a una inteligencia social, colectiva, capaz de sustituir al pensamiento enciclopédico. Pero a los pocos años de andar, el fantástico sistema tuvo que admitir que la verificación requería de un trabajo especializado, llamémoslo enciclopédico. Wikipedia lo ha ido incorporando sistemáticamente. Los dos mundos conviven en paralelo exponenciados por Wikipedia y el pensamiento científico y enciclopédico. Pero es evidente que estamos en un periodo de ajuste. El hecho es que hoy podemos consultar la Enciclopedia Británica en línea, y los enciclopedistas son necesarios, por eso Wikipedia acude a ellos.

Durante muchos años hubo falsedades en línea en la información de Wikipedia —la mentira supone una intención falsaria que no podemos generalizar—, que estuvieron expuestas y no fueron corregidas por la inteligencia colectiva, si es que algo así existe. WikiTribune es una muy atractiva nueva herramienta para delatar y acotar las mentiras en política. Ojala fragüe. El asentamiento de verdades, por supuesto, relativas, nunca absolutas, requiere de un trabajo regido por principios científicos de corroboración. Los seres humanos, ante esa ambigüedad, creamos la ciencia, y eso nos distingue como especie. Pero a la vez seguimos conviviendo entre dogmas y falsedades sin mayor reparo. En los años setenta autores como John D. Bernal estaban convencidos de que el triunfo del pensamiento científico sobre el mágico y mítico no tardaría demasiado. Hoy, esa premisa, ese paradigma, está en crisis.

La permanencia de las religiones en pleno siglo xxi es muestra de ello. Alrededor de 3 mil millones de seres humanos consultan la red diariamente, pero pueden seguir creyendo en la justicia divina o en la inferioridad de la mujer. Eso difícilmente va a cambiar en el corto plazo. Convivir con dogmas y falsedades es parte de la supervivencia del ser humano. El asunto no es nuevo para las democracias. Sí lo es su dimensión. Recordemos el argumento: las herramientas, léase la pala, el cuchillo, la locomotora, la televisión o un celular, han modificado la forma de razonar del ser humano. Las herramientas tienen pros y contras, pero no son suma cero. Escribir a mano desarrolla ciertas zonas cerebrales que estamos perdiendo con el teclado. Debemos de asumir esos cambios en el pilar deliberativo de las democracias contemporáneas.

III. Superficiales, dispersos… alterados

Dos características muy evidentes son resultado de nuestras nuevas formas de adquirir conocimiento y comunicarnos: la superficialidad y la dispersión. Nicholas Carr, odiado por muchos por su cuestionamiento a las bondades infinitas de las nuevas tecnologías, lo sintetizó en el título de su conocido texto Superficiales, que lleva como complemento ¿Qué está haciendo el Internet con nuestras mentes? Paradójicamente estamos rodeados de posibilidades de conocimiento, traemos enciclopedias en nuestros celulares, pero a la par cada día tenemos menos disposición de ir al conocimiento profundo. Es en ese territorio de la comodidad o flojera digital donde la posverdad se despliega a sus anchas.

La segunda característica, la dispersión, está siendo estudiada cada día con mayor interés y preocupación. Sus efectos sobre el proceso enseñanza aprendizaje son terribles. Somos prisioneros de las “microconversaciones” que producen “microatención” (ver ”La era de las mentes dispersas”, de Joseba Elola, El País, 25 de junio del 2017). Superficialidad y dispersión están instaladas en el debate político y afectan la calidad de nuestras democracias. La dispersión también facilita la invasión de las posverdades.

Superficialidad y dispersión, pero hay más. Me permitiría agregar otra categoría: vivimos alterados (Alterados, Taurus, 2010). La alteración se plasma, entre otras muchas formas, en las “sobremesas gallinero”, tan comunes hoy en día. En ellas todos interrumpen a todos sin permitir que alguien desarrolle una idea clara. Todos persiguen a todos haciendo sorpresivos zigzags argumentativos, nada más lejano a la forma de despegar de los flamingos, armónica, coordinada. Parece que las “sobremesas gallinero” se han trasladado a la plaza pública. Nada de que asombrarse, es la forma como estamos razonando, tanto en casa como en la arena pública. ¿Por qué debía ser diferente?

Superficialidad, dispersión y alteración se expresan en decisiones como el brexit o la elección de Donald Trump. Es en esa condición que la llamada posverdad ha encontrado un territorio fértil. Ahora deberemos revisar a profundidad el carácter deliberativo de las democracias, pues de un debate superficial, disperso y alterado no podemos esperar buenos resultados. Gilles Lipovetsky lo ha fraseado de una forma distinta. El autor francés acude a la ligereza como sello de nuestros tiempos. Pero, ¿qué se puede hacer?

IV. Linimento

Quizá lo primero sería introducir tiempos obligatorios de cavilación para aminorar el carácter reactivo de una decisión electoral. Son un poderoso linimento. Reaccionar siempre será un grado inferior de la decisión que razonar. En esto las imágenes nos juegan las contras. Una imagen puede provocar un fenómeno viral en millones, pero no necesariamente es resultado de una cavilación mínima. Si las democracias se montan en el frenesí de asentar que lo rápido es, en sí mismo, mejor, habremos caído en la trampa. Pensar rápido, pensar despacio (Debate, 2013), del nobel Daniel Kahneman, es un excelente desarrollo del tema. Necesitamos sacar a la democracia de las microconversaciones que conducen a las elecciones gallinero que podrían ser manejadas con tuits. Allí las posverdades llevan todo que ganar.

Por supuesto, como liberal que soy, me opondría a cualquier limitación que afecte la libertad de expresión, incluidos los tuits u otras redes sociales, por más barbaridades que leamos en ellas. Pero, entonces, ¿cómo lograr parsimonia en la forma de decantar una decisión política? Dar tiempo, darnos tiempo para la reflexión, imponerlo como un nuevo requisito de la salud deliberativa de las democracias, ése es el reto. Insisto, el tiempo pareciera un factor determinante, pero es sólo un primer paso. El elector francés votó en primera vuelta en un peligroso porcentaje por Marine Le Pen. Por fortuna la segunda vuelta, 15 días después, introdujo mayor racionalidad que trabajo en contra de una derecha cavernaria asentada ya en una de las democracias que es referente universal. En total, el proceso francés, con sus dos dobles vueltas, se lleva alrededor de seis semanas. El carácter impulsivo que surge de la superficialidad, la dispersión y la alteración, se modera obligando a un mayor tiempo de cavilación.

V. ¡Falso!

Segundo, recuperemos a Popper. ¡Falso!, decía el gran filósofo alemán, gritar con voz en cuello: ¡Falso! Sin entrar en la contraargumentación, ése es el primer paso. Que Mr. Trump haya podido ganar una elección en la primera potencia económica del mundo afirmando que el calentamiento global no existe, también es responsabilidad de las comunidades científicas que no gritaron con suficiente fuerza: ¡Falso! El porqué de la falsedad quizá sea demasiado complejo para una sociedad atrapada en la superficialidad, la dispersión y la alteración. Pero ni siquiera eso —la evidente falsedad— se logró acreditar frente a los electores del energúmeno que hoy gobierna los Estados Unidos.

VI. Diques y anclajes

Un riesgo muy claro de las elecciones gallinero es que dan rienda suelta a los impulsos más bajos del ser humano, la ira, por ejemplo, sobre la cual ha escrito William Pfaff (The Wrath of Nations). La ira no desaparece en ninguna sociedad, pero sí puede ser atemperada. La ira es un claro enemigo de cualquier democracia. Si bien es cierto que, como decía François Mitterrand, la primera vuelta es la expresión de los deseos, y la segunda es una confrontación con la realidad, la ira debería expresarse en una primera vuelta que, por ende, no debe ser definitiva. No hay forma de impedir que la ira llegue a las urnas, de hecho, es mucho mejor que escoja ese mecanismo de expresión, a la acción directa. Las emociones siempre han rondado a la política; allí está el sólido texto de Martha C. Nussbaum (Political Emotions) que presenta a la emoción como algo intrínseco al ser humano, pero que debe ser racionalizado y encauzado, tanto en la política como en la aplicación de la justicia. Las emociones necesitan nuevos diques. La ciencia es un anclaje obligado. Los intelectuales públicos, el pensamiento, deben actuar como diques.

Facilitar el camino a la ciencia y al pensamiento pareciera un tratamiento necesario y urgente en tiempos de superficialidad, dispersión y alteración. Recientemente Daniel W. Drezner (The Ideas Industry) publicó un texto estrujante. La tesis es simple, los llamados líderes de opinión han desplazado a los intelectuales públicos. La función de estos últimos, pensar y articular realidades y propuestas, está siendo sustituida por sound bitesThe Financial Times lo resumió con un encabezado inolvidable: “Los que hablan rápido superan a los intelectuales”.

De nuevo, esa ansiedad por reducir los tiempos en muchas de las actividades humanas, del transporte a la alimentación con fast food, no puede ni debe apoderarse de la fase deliberativa de la política. Es una amenaza grave. Pareciera que las buenas decisiones políticas riñen con la obsesión por la velocidad. Cada época está troquelada por ciertas características, y la nuestra no es la excepción.

El racismo, la xenofobia, los odios religiosos, la furia han estado y estarán presentes y, sin embargo, la democracia ha podido avanzar. El carácter “líquido” de la modernidad, tal y como lo caracterizara Zygmunt Bauman, el brillante sociólogo-filósofo polaco, puede encontrar nuevos cauces institucionales. Para ello lo primero es retratar con claridad las acechanzas. Las elecciones gallinero son una de ellas. EstePaís

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