Juegos Olímpicos Deporte entre balas, cadáveres y otras desgracias

El medallero mexicano durante las olimpiadas en Japón es un reflejo de diversas problemáticas que asolan al país. En contraste, y a pesar de las expectativas bajas debido a la pandemia, Tokio 2020 registró numerosos records rotos. ¿Existe en México un sistema que fomente las prácticas deportivas de alto rendimiento?

Texto de 11/08/21

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El medallero mexicano durante las olimpiadas en Japón es un reflejo de diversas problemáticas que asolan al país. En contraste, y a pesar de las expectativas bajas debido a la pandemia, Tokio 2020 registró numerosos records rotos. ¿Existe en México un sistema que fomente las prácticas deportivas de alto rendimiento?

En Tokio, los Juegos Olímpicos concluían con los deportistas del mundo recibiendo desde lo alto del estadio algo que primero fue una lluvia de estrellas y después se volvió una cascada luminosa que se desparramaba sobre la pista atlética donde se realizaron las pruebas más fantásticas: la belleza bañaba a los prodigios deportivos del mundo. En México, horas más tarde, nuestro deporte era algo muy distinto: en una canchita amateur de Guanajuato, el partido entre Santa Ana del Conde y VAG Zona Piel del torneo Mi Barrio se suspendía, no porque el árbitro silbara el final, sino porque sicarios de dos bandos se enfrentaban ahí: era momento no de jugar, sino de asesinar. 

En Tokio, donde al inicio flotaba el temor del bajo desempeño porque por la pandemia miles de atletas habían suspendido por meses sus entrenamientos y competencias, el domingo pasado el Comité Olímpico Internacional cerraba las cuentas con 20 marcas mundiales batidas, algo fuera de serie. En el mismo momento, en México recibíamos estas noticias: primero, los cárteles de Guanajuato habían cumplido su misión. Tres personas fueron asesinadas en ese campo de futbol del pueblo de Santa Ana del Conde. 

Y la segunda noticia: a años luz de la excelencia de otros países, nuestros Juegos Olímpicos concluían con cuatro bronces, y nada más: éramos número 84 en el medallero mundial, detrás de países tan pobres como Turkmenistán, Namibia y Kazajistán, y éramos 11 del medallero de Latinoamérica, detrás de Bahamas y Puerto Rico. 63 países alcanzaron al menos un oro (el 31% de los que acudieron), y entre ellos no estaba México.

¿Y qué tiene que ver la violencia de la delincuencia organizada con Tokio 2020? La respuesta: todo. Si la vida nos regala símbolos día a día es para que a través de ellos sepamos qué somos, dónde estamos, qué hacemos. Mientras el planeta festejaba la altísima calidad de los juegos pese al virus que tantas vidas y esperanza se ha llevado, en una cancha cualquiera, en un escenario promedio del deporte mexicano, jugadores, árbitros y familiares corrían despavoridos para que un partido de futbol, lo que debería ser espacio de encuentro social, actividad física, recreación y salud, no los transformara en un número más de otra masacre como las que sufrimos semana a semana.

Que una niña o un adolescente mexicano se encaminen en alguna disciplina deportiva obedece al azar […] jamás a un sistema estructurado que los acerque razonada y masivamente a una disciplina que no sea el futbol.

Seamos justos, los disparos y homicidios en un campo deportivo mexicano tampoco son cosa de cada domingo. No, pero sí son el microcosmos, la representación a escala de lo que es nuestro deporte, y por lo tanto nuestro país. En una entidad desangrada por el narco, jugar futbol puede ser tu cadalso, el césped de tu respiración final. Las instalaciones de nuestro deporte popular —la base desde la que tendría que alzarse la pirámide deportiva cuya cúspide es el alto rendimiento— son además escenario de la destrucción. Cualquier cancha de futbol rápido o basquetbol en cualquier colonia de cualquier ciudad es la imagen de la ruina de un país en guerra. Salvo excepciones, en el deportivo barrial que sea habrá pisos rotos, rejas caídas, bardas desmoronadas, aros desvencijados, basura, porterías como cuevas demolidas entre orines. Desde luego, parte de la culpa la tendrán algunos usuarios, que en un afán de destrucción atávico rompen metódicamente algo que no sienten suyo. Pero por otro lado, nuestro deporte popular, cimiento del espectáculo que en unos Juegos Olímpicos vemos emocionados aunque sea nuestra madrugada, son tierra del desamparo: el poder político deja a su suerte (muy mala) lo que debería catapultar la prosperidad social. Y a muy pocos les importa que los niños mexicanos tengan que hacer deporte en escenarios penosos. 

Y si las instalaciones son una lágrima, no hablemos de la instrucción deportiva. ¿Cuántos de nuestros hijos fueron scouteados y les detectaron talento para ser waterpolista, tirador con arco, nadadora, voleibolista, esgrimista? Que una niña o un adolescente mexicano se encaminen en alguna disciplina deportiva obedece al azar, a la anécdota (“un día una prima me llevó…”, “una tarde un entrenador me vio corriendo…”), jamás a un sistema estructurado que los acerque razonada y masivamente a una disciplina que no sea el futbol.

Y entonces, si la organización de lo elemental se produce con esfuerzos individuales, de hormiguitas, y el Estado se desentiende de su juventud, no hay mucha esperanza de llenarnos de oro en el alto rendimiento cada cuatro años, y resulta un albur el cálculo de la directora de la CONADE Ana Guevara —investigada por corrupción, para colmo— de que volveríamos de Japón con 10 medallas.

El abandonado deporte popular no puede engendrar nada bueno. Y sí, muchas cosas malas: llegamos a Tokio entre serias acusaciones de corrupción en la cúpula, criterios de escritorio a veces insólitos a la hora de elegir deportistas o el retiro de apoyos a atletas, como la gimnasta Alexa Moreno: tuvo que sacar de su lanita para comprar aparatos de entrenamiento. 

El deporte es termómetro del país. Por eso duele que en México, justo el día que inició el nuevo ciclo olímpico hacia París 2024, existiera una cancha entre balas, sangre y cadáveres. Ya no sería insólito que en la nueva política deportiva se despliegue, junto a los campos deportivos, a la Guardia Nacional con armas de alto poder.EP

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