COVID-19, la enfermedad infecciosa del siglo XXI que cambió nuestras vidas

En tres años nuestras vidas cambiaron radicalmente a causa de la pandemia. En este texto, Rafael Lozano hace un exhaustivo recuento de la evolución global de la enfermedad y su impacto en México.

Texto de 20/02/23

En tres años nuestras vidas cambiaron radicalmente a causa de la pandemia. En este texto, Rafael Lozano hace un exhaustivo recuento de la evolución global de la enfermedad y su impacto en México.

Tiempo de lectura: 17 minutos

En diciembre de 2019, mientras la mayoría de las familias de los países occidentales empezaban a distraerse en los preparativos de las fiestas de fin de año, una misteriosa neumonía proveniente de Wuhan, capital de la provincia de Hubei en China, empezaba a diseminarse por esa ciudad. Aunque hay controversia sobre cuándo surge el caso índice de la epidemia de COVID-19, existe cierto acuerdo en que éste se registra el 1 diciembre de 2019: se trata de un hombre de 55 años que vivía en la provincia de Hubei.

Días después, el 12 de diciembre se internó el primer paciente en el hospital central de Wuhan y el sábado 11 de enero se registró la primera muerte provocada por esta infección respiratoria desconocida: un hombre de 61 años que frecuentaba el mercado de mariscos. Curiosamente, al día siguiente, 12 de enero, la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó un comunicado que indicaba “…hay pruebas bastante concluyentes que el brote se originó por exposiciones en un mercado de pescados y mariscos de la ciudad de Wuhan. Este mercado cerró el 1 de enero de 2020 y, por el momento, no se ha registrado ningún caso de infección entre el personal sanitario y no hay pruebas claras de que el virus se contagie entre personas.

Pasaron dos semanas, y el 23 de enero, la OMS —apoyada en las recomendaciones de la primera reunión del Comité de Emergencias del Reglamento Sanitario Internacional— publicó un comunicado en el que concluyó que la neumonía que se propagó en Wuhan no era una Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional (ESPII). Este mensaje se corrigió una semana después.  Al terminar una prolongada segunda sesión del mismo Comité de emergencias, el director general de la OMS emitió una declaración oficial: “el nuevo coronavirus 2019 sí es una Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional” (PHIEC, por sus siglas en inglés).  Este hecho es relevante pues se trató de una declaración formal de la OMS que alertaba al mundo de un evento extraordinario que constituía un riesgo para la salud de los estados miembros a través de la propagación internacional de una enfermedad. Lo anterior implicaba una situación grave, repentina, inusual o inesperada que afectó la salud publica más allá de la frontera nacional del estado afectado y requiere acción internacional inmediata. En otras palabras, se trataba de una crisis sanitaria de alcance mundial que debía resolverse con la solidaridad y cooperación de los países.   

En paralelo se movía otro tipo de información y la comunidad científica del mundo se encontraba en alerta máxima. El 7 de enero de 2020, la revista Nature recibió el artículo que mostraba la secuenciación genética del virus que había provocado la neumonía severa de un paciente internado el 26 de diciembre en el hospital central de Wuhan. El estudio concluía que “se trataba de una nueva cepa de la familia Coronaviridae (2019-nCOV) y que había una similitud de 89.1% con un betacoronavirus que se había encontrado previamente en murciélagos”. Si bien el artículo fue aceptado el 28 de enero y publicado hasta el 28 de febrero, los hallazgos filogenéticos estaban ahí. Dado que este trabajo contaba con el respaldo de la reputación científica de los autores y con información de interés mundial se difundió en línea en la segunda semana de enero. Lo mismo sucedió con otro artículo publicado en línea por The Lancet el 24 de enero de 2020, cuyos hallazgos eran aún más relevantes para la comunidad científica y para autoridades de salud de los países. El articulo revelaba que el nuevo coronavirus se transmitía entre humanos y el contagio podría venir de personas asintomáticas. Además, éste articulo mostró información de interés para los y las trabajadoras de la salud y para el público en general. Los síntomas más comunes fueron fiebre en 98% de los casos, tos 76% y fatiga 44%; los menos comunes fueron dolor de cabeza, expectoración, hemorragia nasal y diarrea. De los 41 pacientes internados, un tercio fue transferido a la unidad de cuidados intensivos, 80% necesitaron ventilación asistida por la dificultad respiratoria aguda y la mitad falleció. Un mes después, otro estudio de 1,099 pacientes internados con diagnóstico confirmado por laboratorio de 552 hospitales en China coincidió con los síntomas más comunes, pero añadió que había pacientes que se presentaban sin fiebre y sin hallazgos radiológicos que evolucionaban rápidamente a disfunción respiratoria. Este estudio reportó que 5.0 % que ingresaron en la UCI; 2.3 % se sometieron a ventilación mecánica invasiva y 1.4 % fallecieron.

En dos meses el mundo ya conocía el código genético del virus que ocasionaba la neumonía grave (2019-nCOV) y la forma de hacer los diagnósticos en los laboratorios. Las series de casos publicadas arrojaron datos de los síntomas principales y de la necesidad de contar con capacidad de respuesta hospitalaria por la gravedad de una proporción no menor de los casos confirmados. Además, se confirmó que efectivamente este virus se transmitía entre humanos y por asintomáticos. En contraste, existía incertidumbre sobre el tiempo de incubación de la infección, no se conocía ningún manejo farmacológico, ni se contaba con una vacuna que generara inmunidad. La paradoja es que antes de que la OMS emitiera la alerta de una emergencia internacional, el conocimiento científico de la epidemia estaba sembrado en las mentes de quien debería tenerlo.

“El lento procesamiento para generar políticas de salud originó que varias de ellas se volvieran ineficaces a medida que se revelaba más conocimiento sobre el virus.”

El lento procesamiento para generar políticas de salud originó que varias de ellas se volvieran ineficaces a medida que se revelaba más conocimiento sobre el virus. Por ejemplo, en un principio, la OMS aconsejó que las mascarillas solo deberían ser usadas por profesionales de la salud o pacientes en el hospital, pero luego de establecer que había posibilidades de transmisión de persona a persona, se hizo evidente que todos deben usar una máscara (cubrebocas) en público para evitar transmitir o contraer el virus.

El retraso en la comunicación de los hechos al inicio de la pandemia sumado a un constante reclamo de que la evidencia necesaria para mover la maquinaria gubernamental en salud no era suficiente, condujo a políticos de muchos países a dudar y en ocasiones a negar el poco conocimiento acumulado hasta ese momento. Un escepticismo racional incomprensible y retardatario hizo evidente la mala gestión de la pandemia meses después. ¿Por qué era importante actuar antes de que llegara el primer caso a los países? Posiblemente no querían precipitarse ni generar pánico en la población. Aunque las autoridades sanitarias de los países argumentaban que contaban con la experiencia en el manejo de epidemias pasadas y que las cosas estaban bajo control usando los sistemas de vigilancia epidemiológica empleados para las epidemias respiratorias del pasado, el panorama era poco halagüeño para el mundo pues el manejo médico era genérico para una enfermedad respiratoria que evolucionaba rápidamente a un padecimiento sistémico. Se internaban pacientes que necesitan ser intubados y la letalidad de estos casos eran superior al 80%.

Llega a México el nuevo coronavirus

La neumonía por SARS-COV-2 aparece en México 89 días después de que empezó en el mundo. El 28 de febrero se confirmó oficialmente por la autoridad sanitaria que el primer caso positivo ocurrió un día antes. Ese día, según el reporte de la OMS, se habían acumulado 83 652 casos y 2 858 defunciones en el mundo, aunque la mayor parte de ellos se había registrado en China, la epidemia abarcaba 51 países y México ya era uno de ellos. En esos momentos nadie imaginaba que un país que subía al escenario de la pandemia del siglo XXI tres meses después de que ésta empezó, se volvería uno de los cinco protagonistas centrales de la pandemia por el número de casos letales que aporta. De 2020 a 2023 de las 6.8 millones de muertes reportadas a Our World in Data los países que más contribuyen son: EUA 16.5%; Brasil 10.4%; India 7.8%; Rusia 5.8% y México 4.8%. Si se incluyen todas las muertes por COVID-19 y no solo las reportadas, el total mundial asciende a 18.1 millones y la contribución de los países mencionados cambia poco en términos relativos.

“nadie imaginaba que un país [México] que subía al escenario de la pandemia del siglo XXI tres meses después de que ésta empezó, se volvería uno de los cinco protagonistas centrales de la pandemia por el número de casos letales que aporta.”

Dos semanas después del primer caso en México, los casos positivos de COVID-19 fuera de China se habían multiplicado 8 veces y el número de países afectados se duplicó, llegando a 114. Los casos superaban las 118 mil y el epicentro había dejado de ser China y pasaba a Europa. La OMS, muy preocupada por la propagación exponencial de la enfermedad y su gravedad (a esa fecha se registraban 4 300 muertes, y decenas de miles de personas luchaban por su vida en los hospitales); así como con los alarmantes niveles de inacción de los países, determinó que la COVID-19 podía caracterizarse como una pandemia. Para la OMS, “pandemia” no es una palabra que se deba usar a la ligera. Enunciarla conlleva una gran responsabilidad internacional.

“Para la OMS, ‘pandemia’ no es una palabra que se deba usar a la ligera. Enunciarla conlleva una gran responsabilidad internacional.”

En ese mismo comunicado, el director general de la OMS llamó a los países a tomar medidas para contener el virus. “Deberíamos redoblar la apuesta y ser más agresivos, hemos hecho sonar la alarma de forma alta y clara…les recuerdo a todos los países que activen y amplíen sus mecanismos de respuesta a emergencias; informen a sus pueblos sobre los riesgos existentes y sobre la forma de protegerse contra ellos. Encuentren, aíslen, hagan pruebas y rastreen contactos; preparen sus hospitales; protejan y formen a sus recursos humanos para la salud”, además se recomendaba a los países “alentar a las personas con síntomas respiratorios leves a aislarse, y a practicar el distanciamiento físico”. Estas recomendaciones se hicieron incluso a los países sin casos reportados.

En México, la tarde del 11 de marzo, en la conferencia de prensa del informe diario del COVID-19, la autoridad sanitaria del país confirmó el anuncio del director de la OMS y las medidas que tomaría el gobierno mexicano con respecto a la pandemia. La preocupación de la prensa, por las preguntas que hacían a los funcionarios del gobierno, se relacionaba con lo que había mencionado el director general de la OMS: “esto no es solo una crisis de salud pública, es una crisis que afectará a todos los sectores, y por esa razón todos los sectores y todas las personas deben tomar parte en la lucha”.1 Las estadísticas oficiales de COVID-19 en México mostraban 11 casos confirmados, 49 sospechosos y 264 negativos.

Ocho días después se registró la primera defunción por COVID-19 en el país y ese mismo día en una reunión extraordinaria el Consejo de Salubridad General acordó que “se reconoce la epidemia de enfermedad por el virus SARS-COV-2 en México como una enfermedad de atención prioritaria”.2  Lo anterior dio origen al decreto presidencial publicado en el Diario Oficial de la Federación el 30 de marzo en el que se declaran acciones extraordinarias en las regiones afectadas de todo el territorio nacional en materia de salubridad general para combatir la enfermedad grave de atención prioritaria generada por el virus SARS-CoV2 (COVID-19). A esa fecha la autoridad sanitaria federal reconoció 1 094 casos y 28 defunciones.

A partir de entonces se montó un sistema de selección de casos con COVID-19 en los hospitales designados a atender pacientes con la enfermedad que funcionó lo mejor que pudo. El sector público del sistema de salud mexicano se partió en dos. Los hospitales que solo atendían a pacientes con la COVID-19 y los que atendían todo lo demás. Se realizaban pruebas de confirmación diagnóstica solo a los pacientes que cumplían con las definiciones operativas de casos sospechosos. El Lineamiento estandarizado para la vigilancia epidemiológica y por laboratorio de la enfermedad respiratoria viral, publicado en abril de 2020 establecía que la “vigilancia epidemiológica de COVID-19 cambiará de vigilancia nacional a vigilancia centinela […, misma que] se realizaría en 475 unidades activas del Sistema de Vigilancia Epidemiológica de la Influenza (SISVEFLU) creado en 2006. Según el Lineamiento, se tomarían muestras al 10% de los casos sospechosos leves y 100% de casos sospechosos con dificultad respiratoria en todas las unidades del país. La población mexicana, encerrada en sus casas, se enteraba de la pandemia a través de conferencias vespertinas que todos los días ofrecían la autoridad sanitaria y por los medios de comunicación que tomaron un rol muy activo.   

Una gráfica para tres años de pandemia en México

En la Gráfica 1 se resumen 37 meses de pandemia en México, equivalen a 1 124 días de casos confirmados, hospitalizaciones y muertes por COVID-19 en un país de 129 millones de habitantes. En la gráfica superior se representan las seis olas de casos confirmados. En cambio, en las gráficas de hospitalizaciones (intermedia) y muertes (inferior), la sexta ola, asociada a la presencia de la subvariante B.A.5 de Omicron, prácticamente no se distingue por su baja severidad. De acuerdo con las estimaciones del Instituto para la Métrica y Evaluación para la Salud en 2020, México acumuló 1.56 millones de casos positivos, la mayor parte debidos a la variante ancestral y a las variantes alfa y gama del SARS-COV-2. Ese año se internaron 21% de los pacientes y murieron 331 523 por COVID-19, aunque “oficialmente” solo se reportaron 200 086 defunciones confirmadas. Al mismo tiempo que inicia la vacunación en el mundo, enero de 2021, una nueva ola ataca a la población mexicana. El mes de enero de 2021 fue el más letal de la pandemia en México. Entre diciembre, enero y febrero se acumulan 200 mil defunciones y 153 mil hospitalizaciones. El daño ocasionado por la infección respiratoria al país estaba hecho. No hay registro en los últimos cincuenta años de una causa de muerte tan letal en México, ni de un impacto tan terrible al sistema hospitalario del país.

Para el verano de 2021 la variante Delta del SARS-COV-2 generó una nueva ola de casos, hospitalizaciones y muertes en el país. Aunque se había avanzado en la vacunación de mayores de 60 años, la población enfrentaba una variante muy letal. Se trataba de una variante de propagación rápida, que además se escapaba fácilmente de la inmunidad generada por las vacunas. La infección poco a poco empezó a cobrar más vidas y las unidades hospitalarias incrementaron las admisiones de pacientes graves. De julio a septiembre de 2021 fallecen por COVID-19 más de 110 mil personas y se hospitalizan 112 mil.  Al concluir la tercera ola de SARS-COV-2, se habían acumulado dos terceras partes de las vidas perdidas en los tres años de pandemia y 60% de las hospitalizaciones.

A final de 2021 y principios de 2022 apareció en el planeta la variante Omicron con una velocidad de propagación impresionante. En pocas semanas había infectado a millones de habitantes del planeta y México no fue la excepción. A esas fechas fue claro que las vacunas evitaban los casos severos y en consecuencia las muertes por las infecciones virales, pero no la aparición de nuevos casos. Muchas personas habían recibido su esquema completo e incluso refuerzos, pero también había grupos de población no vacunados, los menos por motu proprio; los más, por falta de abasto. A pesar de que era una variante más benigna, en comparación con las anteriores, algunos de los pacientes tuvieron que ser internados para estabilizar su función respiratoria. La cuarta ola, a diferencia de las anteriores, fue fundamentalmente de casos positivos y de personas infectadas. De hecho, en la gráfica se observa el pico de 1.3 millones de casos positivos en enero de 2022, aunque en ese invierno (diciembre, enero y febrero) se concentró una quinta parte de los 8 millones de casos positivos que se han acumulado en tres años de pandemia.

En 2021 se estiman 2.5 millones de casos de ellos 11.7% fueron hospitalizados y 362 003 muertes por COVID-19 aunque solo se reportaron 222 297 defunciones. En 2022, debido a la ola de Omicron y su subvariante B.A.5., los casos positivos aumentaron a 3.2 millones; en contraste, las hospitalizaciones y las defunciones siguieron descendiendo, internándose ese año solo 2.7% de los pacientes con COVID-19 y se estimaron 60 649 defunciones por COVID-19 (seis veces menos que en 2020 o 2021). Para la mitad del año INEGI reportó resultados preliminares mencionando que de enero a junio de 2022 se registraron 30 680 defunciones por COVID-19. 

Impacto demográfico del COVID-19 en México

La demografía es una disciplina que estudia a las poblaciones humanas en tanto su estructura de edades y evolución en el tiempo. Para conocer cuántos somos —además de contarnos en los censos— tenemos que saber cuántas personas nacen y cuántas mueren. Asmismo, de las que nacieron, cuánto tiempo sobrevivieron. Un indicador muy sensible a esta dinámica de la población es la Esperanza de Vida al Nacer (EVN), pues se trata de una medida que resume el nivel general de mortalidad de una población en un momento determinado. Aunque se habla de vida, se calcula usando las muertes. Históricamente la EVN ha sido empleada como un indicador de progreso social ya que sintetiza en una cifra los resultados logrados por la disminución de la mortalidad general en toda la población en el paso del tiempo.

Por ejemplo, en 1950 según la División de Población de Naciones Unidas el mundo presentó una EVN de 46.5 años y para el año 2000 aumentó a 66.5 años, es decir, en medio siglo se incrementó 20 años la EVN o 0.7% de crecimiento anual en ese periodo. Las defunciones en el mundo en 1950 fueron 48.8 millones y en 2000 57.9 millones, pero la población aumentó de 2.5 mil millones a 7.7 mil millones. Por lo mismo la tasa de mortalidad disminuyó de 19.5 a 8.5 por mil habitantes. En las siguientes dos décadas la EVN mantuvo un crecimiento de 0.46% anual, pero a partir de 2020, la esperanza de vida a nivel mundial cayó de 72.8 años en 2019 a 72.0 en 2020 y 71.0 en 2021, en otras palabras, una década pérdida de progreso a nivel mundial al disminuir 1.8 años la EVN por la pandemia de COVID-19.

“a partir de 2020, la esperanza de vida a nivel mundial cayó de 72.8 años en 2019 a 72.0 en 2020 y 71.0 en 2021, en otras palabras, una década pérdida de progreso a nivel mundial al disminuir 1.8 años la EVN por la pandemia de COVID-19.”

En México, como se mostró en la sección anterior, el impacto del COVID-19 fue devastador. No recuerdo en mis años de estudiar la mortalidad en México que una sola causa concentrara más de 25% de las muertes en un año y que en la población entre 50 y 64 años agrupara un tercio del total de muertes. A pesar de que esta proporción es muy alta, es superada por Perú, Ecuador y Bolivia. De acuerdo con las proyecciones de 2018 del Consejo Nacional de Población de México (CONAPO) se esperaban para 2020, 776 mil defunciones en el país y en 2021, 791 mil. Sin embargo, INEGI registró 1.1 millones de muertes para México en ambos años. Es decir, 1.4 veces más muertes observadas que las esperadas. Por eso no debe extrañar la caída de la esperanza de vida de 4 años entre 2019 y 2020 que anunció la ONU el año pasado.

Según las estimaciones de la ONU en 2019, la Esperanza de Vida al Nacer en México era de 74.2 años y doce meses después cayó a 70.1 años, es decir, una cifra similar de EVN estimada para 1991. Treinta años de progreso perdido. En la región, entre 2019 y 2020 o 2021, Colombia pierde 3.9 años, Perú 3.8, Ecuador 3.6 y Bolivia 4.2; en todos los países la regresión es de una década perdida, incluyendo Brasil y Chile (Ver Gráficas 2 y 3). Desafortunadamente mientras no se actualicen las proyecciones de población del CONAPO, se seguirán usando proyecciones internacionales para medir el impacto del COVID-19 en la EVN de México.

¿Qué secuelas está dejando la infección respiratoria?

En términos generales, una “secuela” es la consecuencia o el resultado de algo por lo regular de carácter negativo. En medicina, la secuela es el remanente que deja una enfermedad o un traumatismo. Se considera secuela cuando no se puede resolver completamente el problema de salud y por lo mismo, éste deja huellas que quedan grabadas en el cuerpo o en la mente. Por ejemplo, una cicatriz que no desaparece después de curada la herida o de una cirugía; una impresión que queda en el ánimo de la gente después de un hecho desafortunado. La pandemia destruyó hogares, desmembró familias, defenestró la confianza de la sociedad en las instituciones de salud. La pandemia nos cambio la vida, al modificarnos el sentido del tiempo y mantenernos encerrados varios meses. Nos hizo cambiar el sentido de urgente y le dio entrada a lo más urgente y a lo urgentísimo. Las salas de urgencias de los hospitales entraron en esta dinámica y nos la transmitieron. La narrativa oficial poco a poco empezó a eliminar el futuro expandiendo el uso del presente. La pandemia sacó muchas cosas buenas de los seres humanos, como la solidaridad, el apoyo, la generosidad, pero desafortunadamente hasta estos valores se agotan después de meses de encierro y sin opciones de trabajo. La pandemia sacó lo peor de algunos que aplaudían al personal de salud y luego los rociaba de cloro para que no fueran a contagiarlos de la plaga. Muchos aprovecharon el encierro de otros para saquear establecimientos cerrados como las escuelas y apropiarse de bienes públicos o privados de los demás.

“La pandemia destruyó hogares, desmembró familias, defenestró la confianza de la sociedad en las instituciones de salud. La pandemia nos cambio la vida, al modificarnos el sentido del tiempo y mantenernos encerrados varios meses. Nos hizo cambiar el sentido de urgente y le dio entrada a lo más urgente y a lo urgentísimo.”

La lista de consecuencias por la pandemia es vasta y este no es el lugar apropiado para enunciarlos. Sin embargo, haremos un comentario sucinto a las secuelas clínicas post-agudas del COVID, mejor conocidas como COVID largo o de larga duración. Se ha dicho que la mayoría de las personas que contrajeron COVID y no fallecieron se recuperan, aunque la evidencia actual parece indicar que entre 10% y 20% de la población experimenta diversos efectos a medio y largo plazo después de recuperarse de la enfermedad inicial. Entonces estamos hablando de millones de personas con esta enfermedad o secuela debilitante, multisistémica (afecta el corazón, los pulmones, los riñones, el páncreas, el sistema inmune, el sistema neurológico, el tracto gastrointestinal, los vasos sanguíneos, el aparato reproductivo) y que actualmente las opciones de diagnóstico y tratamiento son insuficientes. Por lo mismo, una proporción significativa de personas con COVID prolongado pueden tener discapacidades de por vida.

Según un artículo publicado en la revista Nature, al menos 65 millones de personas en todo el mundo tienen COVID de larga duración, pero es probable que el número sea mucho mayor debido a muchos casos no documentados. Los autores estiman “una incidencia de 10 a 30% de los casos no hospitalizados; 50-70% de los casos hospitalizados y 10-12% de los casos vacunados. El COVID largo se asocia con todas las edades y gravedades de la enfermedad en fase aguda, con el mayor porcentaje de diagnósticos entre las edades de 36 y 50 años, y la mayoría de los casos de COVID largo se encuentran en pacientes no hospitalizados con una enfermedad aguda leve.”

Para algunos puede tener sentido extrapolar estas proporciones a México, pero el bajo número de pruebas para detectar casos durante los tres años no permite conocer la realidad de la pandemia. Puede ser más de un millón de personas que padecieron COVID y que ahora tienen secuelas. Sin embargo, no hay protocolos de manejo adecuados, ni sistemas de registros dedicados. La narrativa de que COVID-19 solo tenía secuelas respiratorias condujo a una comprensión tardía de los impactos neurológicos, cardiovasculares y otros multisistémicos de COVID-19. Los proveedores de atención al COVID prolongado todavía se enfocan de manera desproporcionada en la rehabilitación respiratoria, lo que resulta en el mejor de los casos en registros administrativos sesgados. Sin duda se requiere con urgencia implantar una política dedicada a diagnosticar y tratar a las personas con secuelas del COVID o con COVID largo, para eso se necesita invertir en investigación y desarrollo, así como capacitar a los recursos humanos que están al frente de los servicios de atención.

Comentarios finales

El 30 de enero de 2023, el director general de la OMS compartió con el mundo el resultado de decimocuarta reunión del Comité de Emergencia del Reglamento Sanitario Internacional (2005), donde decía que la pandemia de COVID-19  sigue siendo una emergencia de salud pública de importancia internacional; que aunque la infección por SARS-COV-2 sigue siendo peligrosa por la capacidad de causar daños sustanciales a la salud de población y a los sistema de salud, el comité reconoció que la pandemia puede estar acercándose a un punto de inflexión. El comité admitió que la fatiga pandémica y la percepción pública del riesgo de enfermar y morir por COVID-19 han llevado a reducir drásticamente las medidas sociales y de salud pública (máscaras y distanciamiento social). Además, la vigilancia y secuenciación genética ha disminuido dramáticamente en los países lo que dificulta el seguimiento de las variantes emergentes.

Los servicios de salud en el mundo no solo luchan contra el COVID-19 sino que también lo hacen contra otras infecciones virales (influenza y virus sincitial respiratorio) y el COVID largo. Esto lo hacen con menos personal y, en el mejor de los casos, con trabajadores de la salud muy fatigados. Una columna del New York Times fechada el 5 de febrero de 2023 señala que en Estados Unidos los y las doctoras no solo están agotados por el exceso de trabajo, sino también desmoralizados del sistema de salud en el que trabajan. Lo mismo sucede con el personal de enfermería que dejó los hospitales para buscarse empleos menos complicados y con menor responsabilidad.

Si bien la inmunidad de la población mundial ha aumentado y ya se cuenta con medicamentos específicos contra el virus, la declaración del director de la OMS llega al mundo con pocas novedades y recomendaciones generales: mejorar la notificación de los datos de vigilancia; continuar ajustando las medidas relacionadas con los viajes internacionales; combatir la infodemia; prepararse para eventos a futuro y con ellos evitar que ocurra el ciclo de pánico-negligencia. Ante las mismas argumentaciones, incertidumbre y contradicciones, las preguntas son ¿cuánto tiempo más la OMS mantendrá la emergencia sanitaria internacional? y ¿qué hará cada país después de tres años de pandemia, seguirán con el ordenamiento internacional o relajarán aún más las medidas de vigilancia epidemiológica?

En México hay mucho que hacer ante los estragos el COVID-19 y sus secuelas. Más allá de seguir buscando culpables y errores cometidos, hay que elaborar y ser creativos en la manera de recuperar la confianza que la población perdió ante las instituciones de salud. La narrativa tiene que buscar eliminar el “presentismo” y volver a incorporar el futuro en el imaginario colectivo. Más que seguir contando los daños y el impacto, hay que prepararse para futuras epidemias y responder más profesionalmente para beneficio de la población.

Al inicio de este texto se mostró la fragilidad de la sociedad y de las agencias internacionales para privilegiar los intereses políticos por encima de los intereses colectivos. Definitivamente, el país necesita garantizar coberturas adecuadas de las vacunas, del diagnóstico de laboratorio, así como mayor acceso a tratamientos antivirales. Estas actividades no pueden seguir como medidas de emergencia, tienen que pasar a los servicios de rutina. Asimismo, es conveniente destinar más recursos a los sistemas de notificación obligatoria y a la expansión de los sistemas de información cuando sea necesario. El rezago de datos generó muchos problemas de la gestión de la pandemia.

En gran medida se ha construido una mitología moderna alrededor de la ciencia y el conocimiento. El negacionismo y el terraplanismo emergen como alternativas para muchas mentes frágiles y agotadas. Es por eso que la sociedad en su conjunto debe luchar por recuperar la confianza en la ciencia y la tecnología, y usarla en su beneficio. No es un acto de fe, es la convicción que deriva de millones de muertos y de pacientes que no lo logran recuperarse, incluyendo en ellos un contingente importante de trabajadores de la salud. La muerte no siempre significa negación de la vida, a veces tiene la paradójica capacidad de aumentarla. Al estudiarla y conocerla al detalle nos damos una oportunidad para revalorizar nuestra existencia y estar preparados para lo que sigue, sin embargo, como dicen los clásicos, la historia no termina aquí y falta mucho por escribirse. EP

  1. https://www.who.int/es/director-general/speeches/detail/who-director-general-s-opening-remarks-at-the-media-briefing-on-covid-19—11-march-2020 []
  2. https://www.dof.gob.mx/nota_detalle.php?codigo=5590161&fecha=23/03/2020#gsc.tab=0 []
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