Boca de lobo: Qatar 2022 – Messi convierte el desierto en un mar de gaviotas y brisa fresca

Aníbal Santiago escribe sobre el partido entre Argentina y Croacia en Qatar 2022.

Texto de 15/12/22

Aníbal Santiago escribe sobre el partido entre Argentina y Croacia en Qatar 2022.

Hasta donde sé, el gesto ha pasado desapercibido: al minuto 69 de la semifinal, en medio campo, donde mal pensamos que no sucede nada, estaba pasando mucho: un saque de banda. El problema, o la fortuna, mejor dicho, es que ese saque de banda lo estaba observando Lionel Messi, y por eso una jugada anodina como cientos en cualquier partido, era, en realidad, un tesoro. El más rico, centelleante, abundante sobre la faz de la tierra. Monedas, collares, piedras preciosas, pulseras. Zafiro, oro, rodio, diamante. Y futbol.

¿Qué pasó en ese saque de banda que Argentina estaba haciendo contra Croacia? Muy discretamente, Lio dijo algo a quien estaba unos cinco metros a su derecha, Julián Álvarez, su gran aliado en Qatar. En seguida agitó el brazo derecho y después el izquierdo, en algo que verbalmente interpretamos como “anda pa’llá”, su conocida frase. Ese “allá” estaba tres metros detrás suyo. Julián lo observó, escuchó y, como un hijo obediente, hizo caso a la orden. Trotó hasta ponerse tres metros atrás de Lionel, que le volvió a decir algo (podríamos jurar que fue “me la vas a devolver”) y vio cómo el saque de banda volaba en una parábola sobre su cabeza. ¿Quién recibió el saque? Julián, que como se lo pidió su maestro se la devolvió como pudo —con la pelvis— a Lio: y ya sabemos lo demás. El astro recibió el pase de pelvis y surcó la banda del campo, recorrió como equilibrista extremo el límite del acantilado, a nada del abismo. Y no hizo eso como un pibe que recorre la llanura de La Pampa, sin obstáculos y en la absoluta libertad de la hierba fresca donde pastan las vacas argentinas, sino que su desbandada supersónica la realizó con la marca furiosa, el estorbo insoportable, la rémora chupadora de una especie de jefe de la Guardia Pretoriana al que la Copa del Mundo se había rendido por su implacable poder destructivo y que, como centinela de Nerón, incluso máscara usaba: Josko Gvardiol (hasta en su apellido lleva a un guardia). Pues ese guardia no pudo, pese a que el balón estuvo siempre a centímetros de sus pies. ¿Por qué no se la arrancó? Porque un guardia 15 años más viejo y 16 centímetros más pequeño, pero más hábil que él, protegía la pelota. Messi no necesitó una armadura de acero, sino su ritmo incontenible, una gambeta, modificaciones en la velocidad, un falso cambio de dirección y su intromisión al área con decenas de pasos cortos, pasitos uno tras otro que mareaban de solo verlos (ni hablar lo que será perseguirlos). Mientras esa corrida de solo 11 segundos, pero de vida eterna en la memoria del futbol ocurría, Julián, el escudero de Lionel, 12 años y 7 meses menor, después de pasarla con la pelvis había recorrido 50 metros hasta entrar al área blindada de los croatas. Cuando estuvo adentro, bien adentro como en el patio casero de su pueblo, Calchín, recibió un pase que Messi le dio con la derecha. Porque a Messi también la derecha le sirve. El chico de 22 años ya solo tuvo que poner la parte interna del pie para batir el marco de los europeos. Agradecido, lo primero que hizo fue correr a abrazar a Messi, hasta hace 11 años su ídolo, el jugador al que en la Copa América 2011, aún siendo un niño, le había pedido la foto que estos días vimos en redes. 

No lo sabremos jamás, pero da la impresión que desde el momento en que Messi agitó los brazos a Julián para que se pusiera atrás tuyo y le dijo algo como “andá pa’llá y vas a devolvérmela”, sabía todo lo que en el futuro inmediato iba a pasar. Igual que el genio ajedrecista capaz de prever lo que ocurrirá 20 jugadas adelante, el rosarino ya sabía que vendría su desborde y el acompañamiento del delantero de su equipo.

Messi convirtió un saque de banda, algo usualmente seco e infértil, yermo como un desierto, en un mar de brisa fresca sobrevolado por gaviotas. Porque solo él es capaz de maravillarnos con ese paisaje sin necesidad de desiertos, mares, gaviotas ni brisa fresca, sino sólo un rectángulo de césped y una pelota, tantos y tantos queremos que en el partido del domingo ante Francia, al fin salga campeón. EP

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