Boca de lobo: Qatar 2022 – El Cristo argentino salvó del pecado

Aníbal Santiago escribe sobre el partido entre Argentina y Australia en Qatar 2022.

Texto de 05/12/22

Aníbal Santiago escribe sobre el partido entre Argentina y Australia en Qatar 2022.

El partido de octavos de final sumaba solo segundos, vivía esos instantes lerdos en los que suele suceder poco, y a Lionel Messi ya le sucedía mucho: estaba atrapado en un calabozo cuyas paredes eran los defensas de Australia, que lo tenían esposado y con grilletes en los tobillos. “Muy bien, atrápenlo a él que yo soy libre”, pareció decir el delantero Julián Álvarez, que canjeó por su propia figura el protagonismo del astro: como un niño feliz y enloquecido por algo tan simple como pisar un césped —sin meditar mucho todo lo que se jugaba Argentina— Julián corrió por toda el área rival, robó pelotas, pidió otras que nunca le llegaron. No solo tiene el acné adolescente, sino toda la potencia energética de quien todavía está creciendo.

El resto de la albiceleste, en cambio, jugaba metiendo segunda, no más; conservadora, precavida, mesurada, curada de espanto ante la mala sorpresa de hace dos semanas ante Arabia Saudita y todas las espantosas sorpresas que desde hace 32 años se ha llevado en las últimas ocho Copas del Mundo en que ha participado sin ser campeón. 

Australia era un jeroglífico imposible para el cuadro dirigido por Lionel Scaloni. Argentina monopolizaba la pelota pero tocaba lateral, iba y venía en un ida y vuelta somnífero, espeso, interminable y sin solución. Pero cuando parece que el enigma jamás se resolverá salvo un milagro, el milagro es Messi. El rosarino se vio un segundo liberado de la marca personal, y fue suficiente. Para él, lo es una partícula infinitesimal de tiempo. Se la robó —literalmente se la arrebató— a Nicolás Otamendi, su compañero, que de golpe retrocedió (“juegue, maestro”). Messi respondió “basta, ordenemos la oficina” y en un tiro con mediana potencia pero infinita justeza la puso en la red y venció a Mat Ryan.  

En la segunda parte, el técnico Scaloni gritaba mucho, quizá vaticinaba problemas y quería arrancar del sueño a su equipo. El mejor jugador hasta ese momento, Julián Álvarez, le hizo caso. Quitó una pelota a un despistado arquero australiano y la acomodó suavecito para el 2-0. Fue en ese momento que Argentina reaccionó: metió tercera, cuarta, quinta, se animó a desplegar sus triangulaciones supersónicas que enloquecían al líbero Milos Degenek y su zaga. Y otra vez, en la Copa del Mundo de lo inaudito, lo inaudito surgió: Enzo Fernández cabeceó un disparo fulminante de Craig Goodwin y la bola, desviada, entró a su arco. Autogol y descuento para los australianos, que sumaban en 77 minutos cero remates entre los tres palos. ¿Se venía otra increíble voltereta mundialista? 

Messi, que había caminando el campo en largos lapsos para administrar sus 35 años, arremetió con velocidad para intentar él mismo el tercero, y con múltiples asistencias al goleador Lautaro Martínez, una máquina de errar ante la portería. Los arranques de juventud de Lionel no cristalizaron, y en los cinco minutos finales Australia se acordó que tenía potencial para ser otro en un duelo que lo podría despedir de Qatar 2022. Una barrida de Lisandro Martínez cuando la pelota iba al fondo, y una atajada de Emiliano “Dibu” Martínez en la última jugada —en el llamado lance del “Cristo”— dieron la victoria a una Argentina que terminó sudando sangre. Australia tiró una vez al arco en 97 minutos, y ese remate casi fue la hecatombe. Lo último que vimos fue una eufórica montaña humana encimándose al arquero argentino: saliendo a atajar con los brazos abiertos, igual que Jesús en la cruz, había salvado del pecado a su selección. EP

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