Boca de Lobo: A la No Primera Dama el Ejército le trapea los pisos

Aníbal Santiago escribe sobre el papel de la esposa del presidente y las recientes filtraciones a la Sedena.

Texto de 11/10/22

Aníbal Santiago escribe sobre el papel de la esposa del presidente y las recientes filtraciones a la Sedena.

“Cuánta sensatez, inteligencia, vocación democrática, respeto al proyecto de nuevo país”, pensamos hacia mayo de 2018, cuando la esposa del futuro presidente, Beatriz Gutiérrez Müller, avisó que ella pondría fin a la Primera Dama, una figura política anquilosada, de pulpa priista, creada para la extralimitación de atribuciones de una persona que ni queríamos, ni habíamos elegido, ni necesariamente contaba con la capacidad para gobernar porque no había estudiado para ello.

En esos días de hace cuatro años, cuando faltaban apenas siete meses para que su esposo se pusiera la banda presidencial, Beatriz dijo públicamente: “No seré primera dama de México. Tenemos que pensar y actuar diferente; pongamos fin a la idea de la primera dama porque en México no queremos que haya mujeres de primera ni de segunda. El poder presidencial no debe ser de una familia o de un matrimonio, decir ‘primera dama’ es clasista”, exclamó en un acto electoral de su marido.

El movimiento social que encabezaba Andrés Manuel López Obrador estaba a punto de tomar el poder después de casi 90 años de terribles gobiernos federales del PRI y el PAN, y que “la doctora” (dábamos mucha importancia a su título universitario para marcar diferencia con las otras, insufribles primeras damas carentes de doctorado) asumiera semejante compromiso era conmovedor, acorde al nuevo México. La aplaudimos hasta que nos dolieron las manos (a algunos casi les sangran), diciendo con gran sonrisa “qué bárbaro, qué maravilla”. ¿Y entonces, a qué se iba a dedicar la No Primera Dama, esa ciudadana como cualquiera? Como tenía “personalidad propia” se dedicaría a lo suyo, ser profesora universitaria, investigadora y escritora. Así es, mientras su pareja gobernaba ella se quemaría las pestañas en bibliotecas y cubículos académicos repletos de ideas. Adiós, Marthita Sahagún, tú que tan nefasta fuiste y tantos abusos cometiste, mira a esta gran mujer.

Pero la presidencia de López Obrador comenzó y oh, qué hermoso es el poder, aunque no seas presidenta del DIF y proclames “no queremos que haya mujeres de primera ni de segunda”. Muy activa en redes, cuando México estaba conmovido por la desastrosa atención y el déficit de medicinas para atender a niños con cáncer, un usuario de Twitter le sugirió ayudar a de algún modo a los padres y su lucha, e irónica respondió: “No soy médico, a lo mejor usted sí. Ande, ayúdelos”. Después, desde su celular, combatió a aquel al que osara ser crítico con la 4T: “Están muy inquisidores los adversarios de mi esposo, por algo será”. Y entonces dejó unos segunditos la biblioteca (su espacio preferido) para ponerse los guantes y subirse al ring del Twitter, aprovechando los cientos de miles de seguidores ganados desde que es No Primera Dama (ya tiene casi 700 mil): increíblemente, se opuso rabiosamente al Paro Nacional de Mujeres con el que millones de mexicanas se enfrentaban a la violencia machista que tiene en el feminicidio a su expresión suprema. Puso en su cuenta “No al paro nacional, un día más con nosotras”.  Claro, aunque la causa de las mujeres fuera justa, si se sucedía durante el mandato de su marido se volvía en automático injusta. Mujeres, a la chamba, nada de andar flojeando por lo que dicen que sufren.

Beatriz no andaba muy concentrada en la academia. Ya había signos de abuso de poder, atropello. La majadería virtual había crecido hasta volverse conspiración contra aquella iniciativa, absolutamente comprensible, sensible, de las mujeres mexicanas.  Y llegó septiembre pasado; en un acto público donde no tendría por qué estar, el 175 aniversario de la gesta de los Niños Héroes, por un video la observamos, como una reina déspota, exigir a militares que sacaran de la ceremonia encabezada por su hombre al crítico con la 4T Santiago Creel, presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados. Breves palabras, un movimiento de la mano y ¡largo de nuestra fiesta, gorrón! Ante las críticas, respondió que ella solo estaba vigilando los “protocolos y reglamentos militares”. ¿Quién le pidió a la No Primera Dama ser la vigilante de los protocolos y reglamentos militares? ¿Quién la votó para eso? Nadie, pero ella ejercía esa función. El asunto se tornaba cada vez más grave: de líos de Twitter pasaba a usurpar funciones públicas. 

Y bueno, como el poder corrompe —lo ha dicho infinidad de veces su marido— el poder al parecer la corrompió. Por los #SedenaLeaks nos enteramos que en julio de 2020, en plena pandemia, mientras oíamos tres millones de veces “quédate en casa”, ella se fue a pachanguear a Puerto Vallarta y se quedó en un hotel del Grupo Vidanta. Aquí los problemas son dos. Uno, ese grupo empresarial es aliado del gobierno (no seamos malpensados, ella seguro se pagó la estancia). Y dos, subió a una embarcación del Ejército —destinada a búsqueda y rescate— para gozar un paseo marino privado de tres horas y media. La escoltaron en su excursión embarcaciones de la Octava Zona Naval. O sea, la No Primera Dama, la doctora, usó vehículos, recursos económicos y humanos del gobierno para su placer. Lo grave se volvía gravísimo (suena a delito). Pero, momento, no era todo. La reciente filtración de emails oficiales en #SedenaLeaks nos reveló que Beatriz solicitó al Ejército reparar fugas de agua en su vivienda de Palacio Nacional, darle mantenimiento a las cámaras de seguridad y limpiar su hogar (pidió em-ple-a-das del Ejército, “afanadoras”. O sea, para la limpieza, mujeres, sin son tan amables). Es decir, el Ejército, al que su marido ama y respeta como a nada ni nadie el mundo, es para Beatriz un útil conjunto de plomeros, guías turísticos y empleadas domésticas. Menos mal que hace cuatro años nos avisó que basta de primeras damas, que ella sería una mexicana más. EP

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