Y hacerlo durar, y darle espacio

En una reflexión que al confinamiento suma la nueva experiencia de la maternidad, Isabel Zapata nos invita a revisar con ella los significados que esta situación puede dejarnos, desde nuestra más amplia identidad colectiva hasta lo más íntimo, en una confusión que puede ser reveladora.

Texto de 10/06/20

En una reflexión que al confinamiento suma la nueva experiencia de la maternidad, Isabel Zapata nos invita a revisar con ella los significados que esta situación puede dejarnos, desde nuestra más amplia identidad colectiva hasta lo más íntimo, en una confusión que puede ser reveladora.

El primero de febrero de 2020, mientras yo daba a luz en la Ciudad de México, 54 personas fallecieron en China por COVID-19. Ese mismo día, España confirmó el primer contagio en su territorio: un turista alemán que se encontraba aislado en un hospital en las Islas Canarias. En ese entonces, las noticias llegaban envueltas todavía en una luz difusa, faltaban 27 días para que se confirmara el primer caso de la enfermedad en México y más de seis semanas para el primer fallecimiento. En casa nos enterábamos de lo que estaba sucediendo en otros países como si estuvieran en otra galaxia, una sin cordones umbilicales ni armarios llenos de pañales. Desde el cuarto de hospital donde mi hija y yo nos encontramos frente a frente por primera vez, era imposible imaginar lo que estaba por suceder. 

A partir del primer contagio la avalancha no ha dado tregua hasta hoy, mediados de abril, cuando escribo este texto desde el confinamiento al que convocaron las autoridades sanitarias. La Jornada Nacional de Sana Distancia, representada gráficamente por una súper heroína de gesto excesivamente optimista, empezó el 23 de marzo y desde entonces la vida, antes compuesta de días y sus noches, se ha convertido en una masa amorfa de pijamas y platos sucios. Al principio las conversaciones y los mensajes en redes sociales se inundaron de ideas para la cuarentena, que parecía entonces —¡oh ingenuidad!— la oportunidad perfecta para aprender un nuevo idioma, terminar la novela, meditar, leer los libros atrasados del buró o convertirse en chef de talla internacional. Pero las cosas han cambiado y ahora, agotados, más bien nos recordamos unos a otros la necesidad de cuestionar esa exigencia de productividad y entregarnos de lleno a la espera y al seguimiento del microscópico enemigo. 

Estar a cargo de una recién nacida durante la pandemia es un reto particular. Mi cuarentena, que empezó desde el primero de febrero, se ha alargado hasta convertirse en una ochentena, en una centena, etcétera. Aunque estoy en mis espacios de siempre, todo es nuevo, pues el cuerpo de mi hija ha impuesto su ritmo sobre los seres —animados e inanimados— que habitamos en esta casa. La perra la protege aunque no entiende del todo qué tipo de criatura hemos invitado a vivir con nosotros y hasta las plantas se alegran cuando la bebé ríe. Yo la veo crecer, entre el terror y el asombro, y mido los días a partir de sus transformaciones. Sobre todo, he aprendido a escuchar: pongo audiolibros mientras come y luego nos sentamos junto a la ventana a oír el canto primaveral de los pájaros, que sólo se interrumpe con el ocasional plato que se rompe en la cocina. (Hemos roto tantos platos últimamente, que a mi esposo le parece que queremos ver las cosas estallar. Creo que tiene razón.) La vecina de arriba habla por teléfono con varias personas al hilo para contarles exactamente lo mismo —casi siempre alguna desgracia ajena— y me distraigo buscando las diferencias entre las versiones que narra. Cuando acuesto a mi hija sobre el cambiador, pongo una oreja en su pecho para oír los latidos de su corazón.

No sé si convenga
ponernos a buscar
lecciones en la pandemia.
Yo, al menos, no sabría por
dónde empezar. Más bien
es momento de detenernos
a observar, a escuchar y
pensar en cómo vamos a
reinventarnos.

En estos días de aprender a hacer todo con una sola mano, reviso obsesivamente mi celular para enterarme de las noticias más recientes. En redes sociales circulan imágenes falsas de animales que disfrutan los espacios vacíos de seres humanos: delfines que nadan felices en los canales de Venecia, orangutanes que se lavan las manos o elefantes borrachos tomando la siesta en una plantación de té. “Da igual que sea falso”, dice José Luis Espejo en un hermoso ensayo sobre las cotorras de Madrid y el silencio en la pandemia, “lo importante para mí es constatar la necesidad de las personas por reconciliarse con el mundo cuando ya no tienen ni idea de cómo hacerlo”. Más allá de las fake news, es un hecho que la pandemia está unida con los hilos invisibles a la manera en que estamos destruyendo el planeta a velocidades insospechadas. No es difícil ver que esta crisis pone en evidencia la insostenibilidad del estilo de vida al que estamos acostumbrados. A veces parece que no pasa nada desde este lento fluir de las horas, pero la verdad es que el futuro se está reconfigurando a gran velocidad. Si bien nos esperan días mejores, no habrá normalidad a la cual volver. 

La presencia de la bebé en casa tiene un doble efecto. Por un lado, verla crecer hace que el tiempo pase más rápido: los mamelucos le dejan de quedar de un día a otro y su peso en los brazos confirma que las semanas, de hecho, transcurren. Pero también sucede lo contrario. Como mi tiempo le pertenece todo a ella, al no haber ayuda doméstica ni de la familia extendida, vivo una especie de dulce esclavitud. No se habla mucho de eso, pero la maternidad, al menos durante los primeros meses, está tocada por el duelo. La persona que fuiste antes de dividirte en dos se desdibuja y, aunque todo está envuelto en una gran cantidad de amor, la sensación de pérdida es aguda. En mis momentos más oscuros, pienso en que la cuarentena sería más fácil si mi hija no existiera; antes de que me explote la culpa, fantaseo con todo lo que tendría tiempo de hacer si no estuviera sujeta a sus necesidades. No llego muy lejos: la premisa constituye una trampa. Si antes intuía que el mundo en el que yo no era madre había dejado de existir, con el coronavirus esto es ya una certeza. Mientras preparo la enésima quesadilla del día, no puedo dejar de pensar en cómo será la vida del otro lado. 

Durante el aislamiento, cocinamos: las redes sociales y los chats se llenan de imágenes de pan de plátano, tacos de guisado, platillos improvisados con lo que hay en la alacena. Es como si de pronto hubiéramos descubierto los ritmos sosegados de la repostería, la lenta cocción de las papas y las zanahorias. Pasamos tanto tiempo en nuestras cocinas porque comer es una actividad que no se detiene, que no puede detenerse. En ese sentido, es notable que muchas de las condiciones que agravan la enfermedad, como la diabetes o la obesidad, se relacionan con la manera en que nos alimentamos y que el alto índice de estos factores en México es uno de los motivos por los que el virus es más letal entre la población joven de nuestro país. ¿Qué vamos a hacer con esta información cuando pase la crisis sanitaria y salgamos de nuestras cocinas a comer en las calles otra vez? No tengo respuesta a esta pregunta, pero la indiferencia y pasividad parecen ya imposibles a la luz de lo que estamos viviendo.

Las cosas han cambiado
y ahora, agotados, nos
recordamos unos a
otros la necesidad de
cuestionar esa exigencia
de productividad y
entregarnos de lleno a la
espera y al seguimiento
del microscópico enemigo.

Pero no sé si convenga ponernos a buscar lecciones en la pandemia. Yo, al menos, no sabría por dónde empezar. Más bien es momento de detenernos a observar, a escuchar y a pensar en cómo vamos a reinventarnos. A veces, cuando salgo a pasear a la perra, hago listas mentales de todo lo que voy a hacer cuando esto acabe. Al contrario de lo que podría pensarse, no son grandes cosas, sino pedacitos de una cotidianeidad que jamás habíamos imaginado tan frágil: comer con la familia, intercambiar unas palabras con la mesera del café, comerme una paleta helada de coco en el parque, caminar codo a codo con mis amigas. 

Una certeza se asoma entre la bruma de incertidumbre: el futuro no es como pensábamos. Bastaron pocos meses —nueve en el conteo personal, algunos menos en el mundial— para que todo, absolutamente todo se transformara. Y aunque de momento, entre proyectos cancelados y mamilas sucias, sea difícil pensar desde el optimismo, quizá para cuando se publiquen estas líneas habrá enseñanzas importantes y destellos de un porvenir que valga la pena. Las grandes crisis, pienso cuando la ansiedad se apodera de mí, siempre han traído grandes transformaciones y los más emocionantes movimientos artísticos, por lo general, responden a momentos de caos. Ya veremos. Mientras tanto es difícil, por no decir imposible, hacer casi cualquier cosa: tras avanzar varias páginas en un libro, me doy cuenta de que no estaba poniendo atención y tengo que volver a empezar; intento ver algo en la televisión, pero el sonido de las uñas de mi perra sobre la duela me distrae; escribo algunas líneas y al día siguiente me dedico a borrarlas. Apenas alcanzo a mandar un par de mensajes en el celular entre uno y otro pañal. Mariana Enríquez lo dijo mejor: “Todo es contradictorio y angustiante. Un escritor, un artista, debe poder interpretar la realidad, o intentarlo al menos. Como persona que trabaja con el lenguaje debería colaborar en la discusión pública. Pensando, escribiendo, interpretando. Pero cada día que pasa, pensar en esta pandemia se convierte en una neblina pesada: no veo, estoy perdida, apenas alcanzo a distinguir mis manos si las extiendo.” Me consuela al menos pensar que estos días tan ásperos al tacto no permanecerán en la memoria de mi hija. Su universo no se habrá sacudido como el mío, para ella lo que venga será lo normal. Cuando se haga mayor y le hable del COVID-19, el mundo de antes le sonará a ciencia ficción. Ya le tocará mostrarme a ella cómo vivir. Por lo pronto, me quedo arrullándola en el sofá y pensando en el mandato de Las ciudades invisibles de Calvino. Son días de buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno. Y hacerlo durar, y darle espacio. EP

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