Varianza: Entropía y la arquitectura de Frank Gehry

La arquitectura de Gehry subraya las leyes de la física no sólo por la mecánica que mantiene a sus edificios en pie sino porque éstos son también una metáfora de la segunda ley de la termodinámica. Uno de los conceptos que evocan los físicos constantemente al reflexionar sobre el tiempo es el de entropía. Éste […]

Texto de 25/12/16

La arquitectura de Gehry subraya las leyes de la física no sólo por la mecánica que mantiene a sus edificios en pie sino porque éstos son también una metáfora de la segunda ley de la termodinámica. Uno de los conceptos que evocan los físicos constantemente al reflexionar sobre el tiempo es el de entropía. Éste […]



La arquitectura de Gehry subraya

las leyes de la física no sólo por la mecánica

que mantiene a sus edificios en pie sino

porque éstos son también una metáfora de

la segunda ley de la termodinámica.

Uno de los conceptos que evocan los físicos constantemente al reflexionar sobre el tiempo es el de entropía. Éste fue concebido para describir los cambios termodinámicos de un medio y puede ser interpretado como el grado de desorden de un sistema cerrado.

La observación de los fenómenos térmicos en la naturaleza nos muestra que ocurren siempre en una dirección. El calor pasa de los cuerpos más calientes a los más fríos, y una configuración ordenada de moléculas de gas en una caja abandonada a su suerte acabará en la dispersión de los átomos hacia un arreglo que se desfigura en el espacio disponible. Nunca vemos que el humo que se genera al encender un cerillo se ordene tomando una forma cubica o piramidal, siempre se difunde extendiéndose en la habitación hasta desaparecer de la vista. Las moléculas de humo se esparcen ocupando de manera uniforme el espacio vacante.

Los sistemas evolucionan hacia aquellos arreglos que mayor probabilidad tienen, y eso significa que pasan del orden al caos. Todo busca el equilibrio, y la reorganización necesaria para lograrlo aumenta la entropía de los sistemas cerrados. Equilibrio térmico es desorden.

La naturaleza tiende a la máxima entropía porque el caos tiene más maneras de lograrse que la disposición ordenada de los objetos. Así, por ejemplo, un acomodo de tres átomos en triángulo puede lograrse de seis diferentes maneras permutando los átomos en las tres posiciones posibles. En cambio, los mismos tres átomos desordenados en el mismo espacio tienen un inmenso número de maneras de colocarse. Cuando algo tiene muchos modos de ser lo mismo, la probabilidad de llegar a serlo es mayor. El universo avanza en esa dirección y el constante incremento de entropía define la flecha del tiempo.

La vida es el resultado de un orden extremo. Para que exista, la entropía disminuye localmente en esa isla meticulosamente estructurada del universo que es nuestro organismo. Sumergidos en el cada vez más incoherente y aleatorio océano cósmico, estamos nosotros, como un extremo del orden y la complejidad que se pudo alcanzar en contra de la tendencia universal. Así, la naturaleza produce plantas, animales y sociedades organizadas que se oponen al destino inexorable de las cosas. Ese orden delimitado que somos degenera lentamente hacia el final que se le presenta como un arreglo de corpúsculos tan probable como uniforme y exánime.

La arquitectura clásica en la que el acomodo de los ladrillos admite numerosas combinaciones y arreglos diversos para lograr el mismo edificio tiene también una entropía grande, pero no la mayor posible: “En Roma se utilizaba de preferencia el ladrillo eterno, que sólo muy lentamente vuelve a la tierra de la cual ha nacido y cuyo lento desmoronamiento e imperceptible desgaste se cumplen de modo tal que el edificio sigue siendo montaña aun cuando haya dejado de ser visiblemente una fortaleza, un circo o una tumba”.1

Para las edificaciones hechas de ladrillo, el montón de arcilla es más probable que el arreglo apilado de tabiques que forma muros, y por eso es que su final será eso y no otra cosa. Una montaña de tierra tiene muchas maneras de configurarse y entonces los edificios tienden a ese estado con mayor probabilidad de existir. Un montón de tierra sigue siendo el mismo si intercambiamos un grano de arcilla por otro. Hay millones de maneras de ser el mismo montón de tierra.

El arreglo lineal de adobes que constituye una pared también se puede obtener al intercambiar las piezas entre sí. El muro clásico de tabiques tiene una probabilidad grande de ser lo que es porque el número de opciones que lo origina no es el único. Hay muchas maneras de disponer los ladrillos que formarán el mismo muro. La entropía de estas construcciones es grande antes de ser máxima en su destrucción.

Los edificios de Frank Gehry, arquitecto canadiense asentado en Estados Unidos, en cambio, están formados por piezas únicas e irrepetibles que sólo ensamblan en el lugar exacto. Son construcciones que aspiran a la entropía cero y que, con certeza, consiguen mayor orden que la arquitectura clásica. La arquitectura de Gehry nos recuerda un poco a los seres vivos en su oposición a lo irremediable. Desafiando la aniquilación inminente, la baja entropía los hace más vulnerables porque el orden extremo es insostenible. Las obras de Gehry representan un solo camino cuando la arquitectura clásica es siempre una posibilidad de tantas que existen para llegar a lo mismo.

Puede parecer curioso que el interés de los físicos por entender el tiempo pase por reflexiones sobre arquitectura. No será la primera vez que un físico como Lee Smolin retome la profesión constructora para meditar sobre la más inquietante propiedad física de nuestra existencia, que es su fugacidad. En su más reciente libro se posiciona contracorriente. Tuvo que escribir Time Reborn para explicar por qué es necesario defender la existencia del tiempo real ahora que muchos físicos se inclinan, lentamente, por la idea del tiempo como ilusión. En este ejercicio discordante acaba citando a la arquitectura de Gehry.

La relación profunda entre el tiempo y la edificación no debería extrañarnos. A fin de cuentas, la arquitectura es una extensión del tiempo tan corto que vivimos. “[…] esos muros que apuntalo están todavía tibios del contacto de cuerpos desaparecidos, manos que todavía no existen acariciarán los fustes de estas columnas”.2

La arquitectura es quizá la expresión de uno de los deseos más profundos del ser humano. La muerte que se aproxima es el mejor motivo para prolongar nuestro tiempo en estructuras que queremos perennes, como un sustituto de la inasequible eternidad.

Construir es colaborar con la tierra, imprimir una marca humana en un paisaje que se modificar así para siempre, es también contribuir a ese lento cambio que constituye la vida en las ciudades. Cuántos afanes para encontrar el emplazamiento exacto de un puente o de una fontana, para dar a una ruta de montaña la curva más económica que será al mismo tiempo la más pura.3

La información es la base de las configuraciones y del orden. Cuando la información aumenta, la entropía disminuye. Hay más información en un muro construido con piezas diferentes en el que debemos especificar su forma y posición exacta para lograr el resultado deseado, que en un muro de ladrillos. La posición de tabiques es tan arbitraria que no se requiere de mayores datos para su colocación. En la arquitectura tradicional, los constructores no requieren de tanta información como en las obras de Frank Gehry.

La vida de los vegetales es orden local que las plantas mantienen mientras reciben luz solar con baja entropía para luego reflejarla en desorden. De esta forma, la existencia misma está en los principios físicos que definen la dirección en que avanza el tiempo. Para los edificios de Gehry el futuro está también en la dirección en que la entropía aumenta. No se pueden reordenar sin dejar de ser lo que son porque constituyen el límite mismo del orden.

Construir es la búsqueda de relevo para nuestra breve existencia amenazada siempre por el aumento ineluctable de entropía. Gehry no será la excepción, aunque de alguna manera ya lo es con el gran formato y la singular belleza. EstePaís



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