Una experiencia del terremoto

No me tocaba: por azares del destino, hace unos meses la Escuela de Humanidades y Educación cambió sus instalaciones. Originalmente, mi cubículo estaba en el primer piso del edificio que se conoce como Oficinas 3. Ese inmueble se conectaba con las otras construcciones donde están los salones de clase por medio de los puentes que fueron los que se vinieron abajo en este sismo. Cuando temblaba, lo primero que yo hacía era salir de la oficina y correr por el puente del edificio de las cúpulas. De no ser porque se dispuso esa mudanza, es posible que allí hubiese quedado aplastado. Cosas del destino. JFS

Texto de 22/10/17

No me tocaba: por azares del destino, hace unos meses la Escuela de Humanidades y Educación cambió sus instalaciones. Originalmente, mi cubículo estaba en el primer piso del edificio que se conoce como Oficinas 3. Ese inmueble se conectaba con las otras construcciones donde están los salones de clase por medio de los puentes que fueron los que se vinieron abajo en este sismo. Cuando temblaba, lo primero que yo hacía era salir de la oficina y correr por el puente del edificio de las cúpulas. De no ser porque se dispuso esa mudanza, es posible que allí hubiese quedado aplastado. Cosas del destino. JFS

Una experiencia del terremoto

Hace unos tres meses, a los de Humanidades nos mandaron a la planta baja de la biblioteca; me tocó un cubículo tamaño miniatura que se inundó a las pocas semanas con los torrenciales aguaceros. Refunfuñaba porque me habían movido de mi zona de confort. Tardaron semanas en reparar los daños y tuve que trabajar con mis asistentes en los pisos superiores de mi nuevo alojamiento; pero, por fin, la minioficina quedó en condiciones de ser utilizada. Corrieron varios días de calma y sosiego. Dije en mis adentros: ahora sí podré emprender el trabajo académico y de investigación como Dios manda. El
fin de semana del 16 y 17 de sep­tiembre junto con el lunes 18 los había dedicado a preparar mi clase sobre “las mujeres en la Revolución mexicana” y “el proceso de pacificación e in­dustrialización en México 1928-1965” para la materia So­ciedad, Desarrollo y Ciudadanía.

La mañana del 19 la dediqué a ver las noticias sobre las elecciones en Alemania. En eso estaba cuando sentí el chicotazo: “vámonos”, les grité a mis asistentes. En el corto trayecto que hay entre mi cubículo y el espacio a cielo abierto oí que detrás de mí comenzaban a caer vidrios, plafones y quién sabe qué otro tipo de materiales. Lo único que quieres en ese instante es salvar la vida. Y cuando uno ve que está a salvo, lo siguiente es pensar en la familia; saber cómo está. Pero era imposible porque allá adentro en la oficina había dejado el celular, la computadora, las llaves del coche, el portafolio. Otra cosa más que me vino a la cabeza: este terremoto fue más duro que el de 1985. ¿En qué condiciones habrá quedado la ciudad?

Lo que era voz común en la comunidad del Tec de Monterrey (Campus Ciudad de México), desde hace años, es que esos edificios habían sido diseñados para aguantar temblores de gran magnitud. No dudo que sea cierto; lo que no está diseñado para aguantar sacudones como el que sufrimos este 19 de septiembre son los ventanales y las fachadas. Muchos de los 40 heridos que se contabilizaron tienen que ver con este hecho.

Si yo lo sentí tan fuerte estando en la planta baja y cerca de la salida, hay que imaginar lo que sintieron los que estaban en el cuarto piso: tardaron en bajar, pálidos del susto, demacrados, algunos de ellos en shock. Ahora agradecía que me hubieran cambiado de oficina.

Los que nos reunimos en la plaza de “el caballito”, que da al estacionamiento, frente al Periférico, fuimos cientos de personas (la comunidad Tec está compuesta por 8 mil estudiantes, profesores, directivos, empleados y trabajadores). Nos movimos hacia la explanada que está enfrente del Cedetec, donde hay oficinas y materiales de las áreas de robótica, ingeniería y mecatrónica. Nos encontramos con otros colegas. Alberto Hernández me dijo que los puentes se habían caído. Volví la mirada hacia el lado de los edificios y quedé impactado: efectivamente, ocho puentes, cuatro de cada lado, ya no estaban; formaban un montón de escombros.

Lo paradójico es que se había cumplido con el simulacro en punto de las 11 de la mañana: cada quien siguió las instrucciones de los encargados de protección civil. Pero una cosa es el simulacro y otra la realidad. Después del temblor todo era confusión: unos buscaban a sus novios y novias, a sus amigos; otros daban órdenes de que nos moviéramos hacia el cenote (una especie de fuente hundida que está en el centro del campus); unos más decían que mejor nos moviéramos hacia el lado del Periférico porque había una fuga de gas.

En los primeros momentos, conformamos una masa atemorizada y asombrada: lo que vi fue gente en crisis nerviosa, estudiantes cargando en “sillita” a una chica con la pierna vendada del muslo al tobillo; a otra joven herida la llevaban cargando a la enfermería; un trabajador con la cabeza vendada.

Comenzaron a llegar los padres de familia buscando desesperadamente a sus hijos. Gritaban sus nombres a voz en cuello. Cuando se encontraban, los abrazos eran efusivos, enternecedores. Entre ellos el que me di con mi esposa Wendy, que estaba en el Costco que está enfrente del Tec. Allí corrió el rumor de que parte del Tec se había caído. Pegó la carrera para buscarme y milagrosamente nos encontramos en medio de aquel tumulto.

Algunos alumnos tomaron picos y palas para montarse sobre los escombros y tratar de rescatar a sus compañeros. Como pudieron, fueron improvisando utensilios para ir removiendo el cascajo. Del Cedetec sacaron materiales que les podrían ser útiles. Muchachos y muchachas iban y venían con más voluntad que coordinación; pero se les veía en sus caras y actitudes la determinación de hacer frente a la contingencia. Por desgracia, cinco jóvenes perdieron la vida.

En este tipo de eventos, te vas enterando de las cosas paulatinamente: el Colegio Enrique Rébsamen, el multifamiliar de Tlalpan, los edificios de la Condesa, el de Álvaro Obregón, el drama de San Gregorio, en Xochimilco.

Si geológicamente el subsuelo se movió, el subsuelo social de México respondió movilizando a los jóvenes. Es la sociedad civil que despertó en 1985 y que ahora vuelve a tomar la iniciativa.  EstePaís

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JOSÉ FERNÁNDEZ SANTILLÁN es profesor del Tecnológico de Monterrey (CCM). Discípulo y traductor del filósofo italiano Norberto Bobbio. Ha sido Fulbright-Scholar-in-Residence en la Universidad de Baltimore (2015); profesor visitante de la Universidad de Georgetown (2013), e investigador visitante en la Universidad de Harvard (2010). Entre sus libros se encuentra Política, gobierno y sociedad civil, Fontamara, 2013. Fue miembro del consejo editorial de la revista Este País. Es investigador nacional nivel III del SNI.

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