Un llamado a la audacia: la austeridad en tiempos del coronavirus

César Morales Oyarvide escribe acerca de la política de austeridad y sus medidas frente a la contingencia del COVID-19.

Texto de 08/04/20

César Morales Oyarvide escribe acerca de la política de austeridad y sus medidas frente a la contingencia del COVID-19.

En medio de la epidemia del COVID-19, la austeridad republicana vuelve a ser objeto de debate. Entre el paquete de medidas económicas para hacer frente a la contingencia, presentadas por el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) el domingo 5 de abril, el anuncio de un nuevo recorte salarial en el gobierno ha sido una de las más comentadas. A continuación intento explicar, desde mi posición de funcionario público y partidario de la Cuarta Transformación, lo que me parece positivo del recorte, lo que encuentro cuestionable y, por último, lo que considero preocupante. Lo hago desde un supuesto: en momentos extraordinarios como los que impone esta crisis la crítica es más necesaria incluso que en tiempos de normalidad.

1. Durante el cierre de la campaña que llevaría a AMLO a la presidencia, pocos anuncios fueron tan celebrados como la reducción de los privilegios de la alta burocracia. Yo mismo celebré entusiasmado la medida en el acto en que anunció esta medida, en el Estadio Azteca. Como empleado gubernamental, reducir el salario de los altos funcionarios me ha parecido siempre una cuestión de justicia. En 2018 expresé públicamente mi apoyo al programa de austeridad propuesto por AMLO como presidente electo, conciente de que el cargo que ocupaba sería uno de los que pasarían por la rasuradora.

Casi dos años después, es imposible negar que en la crisis del COVID-19 la mayoría de los funcionarios públicos de nivel medio o alto gozamos de una situación de privilegio. En medio de esta pandemia, nuestra situación económica no sólo es más holgada que la de la mayoría de los mexicanos, sino también más segura. Quienes formamos parte de sectores no esenciales del gobierno hoy podemos trabajar desde casa, con un sueldo que llega cada quincena. En algunos casos esto podría representar incluso un ahorro neto, ante la ausencia de gastos como transporte, gasolina, comida y hasta tintorería.

Reducir nuestro salario es una forma de dejar claro que esta crisis sólo la podremos superar entre todos y que habrá que “jalar parejo”. El nuevo recorte en el gobierno sería un equivalente financiero a la medida sanitaria de quedarse en casa, que se aplica no sólo para evitar contraer la enfermedad, sino sobre todo para evitar esparcirla. Ambas son acciones de solidaridad colectiva en las que a los trabajadores del Estado nos corresponde dar el ejemplo. En ese sentido, la medida es más que aplaudible. 

2. Dicho lo anterior, comencemos con lo discutible. El problema más serio de la aplicación de este recorte es que se obtendrá muy poco al apretarle más el cinturón a la burocracia —ya de por sí adelgazada— y puede tener un costo muy alto. La inclusión de trabajadores que sólo bajo una definición muy generosa podrían considerarse altos funcionarios —como los subdirectores de área— y la suspensión de un derecho laboral como el aguinaldo no sientan un buen precedente, especialmente en un proyecto político que tiene en el ámbito laboral algunos de sus mayores logros.

No pocos médicos y especialistas que están en la primera línea de batalla contra el coronavirus —además del Dr. López-Gatell— van a resentir el recorte. ¿Es justo exigirles a esos funcionarios un sacrificio adicional? En un contexto en que la falta de personal e insumos sanitarios se ha vuelto un asunto urgente, ¿es prudente? Nuestra experiencia reciente muestra que estas medidas generan tensiones dentro de la administración pública, no sólo en los que las sufren sino también en quienes las instrumentan: basta ver qué ha pasado con la instrucción de eliminar las direcciones generales adjuntas: nadie se atreve a aplicarla, pero tampoco a contradecirla.

¿Qué podría aligerar estas resistencias? En primer lugar, que el sacrificio se acompañara de un mensaje de dignificación del servicio público, algo que —salvo para las Fuerzas Armadas— el domingo pasado brilló por su ausencia. En segundo lugar, que se dé a esos recursos un destino acorde con la solidaridad interclasista que demanda la crisis, en lugar de fondear megaproyectos de largo plazo. Una forma podría ser canalizándolos a los trabajadores esenciales que hoy arriesgan su salud sin recibir el trato de héroes que tiene el personal sanitario y con peores salarios: camilleros, choferes, empleados de limpia, cuidadoras; algo similar a lo que la historiadora Tithi Bhattacharya ha llamado un “pago por pandemia”. Otra alternativa sería usarlos para comenzar a apoyar a la población que, pese a no ser beneficiaria de los programas sociales del gobierno, necesitará ayuda para poder quedarse en casa y sobrevivir a una crisis que —aunque parezca democrática— va a enseñarse con los más vulnerables, sobre todo con los pobres urbanos.

3. Este último punto está vinculado con aquello que me parece preocupante. Ni las medidas anunciadas por el presidente —invertir en infraestructura, reforzar los programas que benefician a ancianos, niños con discapacidad, jóvenes y población rural— ni sus fuentes de financiamiento —extinción de fideicomisos y uso del Fondo de Estabilización de Ingresos Presupuestarios— deberían menospreciarse. Son urgentes y necesarias. La pregunta es: ¿son suficientes?

El principal problema con el recorte salarial de los funcionarios es la lógica que lo respalda: que la receta con la que vamos a hacerle frente la crisis sanitaria, económica y social más profunda del siglo sea de nuevo la austeridad. A reserva de la implementación de nuevas medidas en el futuro —algo que el presidente ha condicionado pero que aparentemente comienza a considerar con cierta apertura—, extraña la reticencia a implementar una política económica expansiva.

Un ejemplo que ha generado molestia es de la deuda pública. Pareciera que abrir la posibilidad de pedir prestado —a través, por cierto, de líneas de crédito que ya se tienen— sería inevitablemente una señal de que hacemos lo mismo que nuestros adversarios, que usaron este instrumento para “rescatar” a millonarios, y no una oportunidad para mostrar que somos distintos, manejando los recursos de forma transparente, responsable y en beneficio de las mayorías. Defender que para salir de una crisis de la magnitud de la se avecina basta con echar mano del ahorro es una señal de incapacidad, ya sea por convicción propia o por presiones externas, para salir del canon de la ortodoxia económica. Y eso en un proyecto político popular es por lo menos preocupante. 

4. Mención aparte merecen algunas de las reacciones hacia quienes el domingo mostraron alguna discrepancia, dentro o fuera del lopezobradorismo. “Neoliberal de izquierda” fue un calificativo muy usado, tan apropiado los que en su afán de contradecir al gobierno se descubren keynesianos, como para quienes, defendiéndolo, sacrifican en el altar de la coherencia cualquier atisbo de heterodoxia. Esta apelación a la coherencia resulta sorprendente en un contexto de crisis. Se recuerda, con razón, que en el plan y los compromisos del gobierno siempre ha sido explícito el rechazo a los nuevos impuestos y al endeudamiento. Lo que no queda claro es si también lo estaba enfrentarse a la epidemia más grave de los últimos cien años. 

No se malentienda: aquí no hay disenso alguno con los postulados de la 4T, especialmente el de que, por el bien de México, deben estar primero los pobres. Lo que hago es un modesto llamado a la reflexión sobre si los métodos que se habían trazado para alcanzarlos siguen siendo los mejores en estos tiempos extraordinarios. Se cuenta que cuando a Keynes se le cuestionó alguna vez un cambio de postura, el célebre economista respondió lo siguiente: “Cuando los hechos cambian yo cambio de opinión. ¿Usted qué hace?”. Lo mismo podríamos preguntarnos hoy. Más que de intransigencia, las crisis han de ser tiempos de adaptación. Como gobierno, limitar desde hoy nuestras alternativas de respuesta ante la emergencia resultaría tan riesgoso como seguir tratando con paracetamol una infección de coronavirus que se ha convertido en neumonía, como dijo bien Carlos Brown.

5. Históricamente, las crisis han sido usadas por las élites para avanzar agendas que recortan libertades, socializan pérdidas y privatizan ganancias. Lo que hoy vivimos producto del COVID-19 no es ninguna excepción: triunfa la xenofobia en Hungría, el tecnoautoritarismo de China se nos presenta como modelo y las grandes fortunas harán caja en Europa y Estados Unidos. El gobierno mexicano ha hecho muy bien en dar la espalda a estas falsas salidas. Hoy mismo, 7 de abril, el presidente señaló que, más que solicitar a Hacienda exenciones, los grandes empresarios deben comenzar a pagar lo que le adeudan.

Pero las crisis también pueden ser algo más: la oportunidad de imaginar nuevos horizontes democráticos, de convocar un nuevo pacto social que se traduzca en uno fiscal justo, de poner en marcha políticas redistributivas que sólo un contexto así permite siquiera ensayar. De buen grado o a la mala, hoy el mundo discute la creación de impuestos a las grandes fortunas, se plantea la nacionalización de empresas privadas en sectores estratégicos y se suspende el cobro de servicios básicos cuya alza hace poco generó grandes protestas. Medidas como la de una renta básica —universal o no— que hace dos días parecían todavía utópicas, hoy ganan respaldo incluso dentro de gobiernos de derecha y diarios neoliberales como el Financial Times abogan por una mayor intervención del Estado. Entiendo que a algunos les moleste tener a esos improbables compañeros de viaje, ¿pero no se trata de esto la hegemonía? El tiempo que vivimos requiere, como nunca, de la unidad nacional. Hay quienes no han querido escuchar ese llamado —aquellos que, aún en medio de la tragedia, solo velan por sus propios intereses— ni lo escucharán. Para los demás, vienen meses de solidaridad y sacrificios. Es hora de defender lo construido; sí, pero no de limitarnos a reforzar el camino andado. En especial para el gobierno, este ha de ser también un momento de imaginación y audacia; como hubiera dicho José María Morelos y Pavón, citando a Danton: “Audacia, más audacia, siempre audacia”. EP

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