Travesías: Un viaje lamentable

Un personaje singular dentro del mundo forense fue Frank Bender (1941-2011), pues su interés en el tema de la resolución de crímenes inició cuando su trabajo como fotógrafo era su profesión, y en ese tiempo él estaba lejos de ser un jovencito. Pronto llegó a desarrollar su labor como escultor con los cráneos de víctimas: […]

Texto de 17/01/17

Un personaje singular dentro del mundo forense fue Frank Bender (1941-2011), pues su interés en el tema de la resolución de crímenes inició cuando su trabajo como fotógrafo era su profesión, y en ese tiempo él estaba lejos de ser un jovencito. Pronto llegó a desarrollar su labor como escultor con los cráneos de víctimas: […]

Un personaje singular dentro del mundo forense fue Frank Bender (1941-2011), pues su interés en el tema de la resolución de crímenes inició cuando su trabajo como fotógrafo era su profesión, y en ese tiempo él estaba lejos de ser un jovencito. Pronto llegó a desarrollar su labor como escultor con los cráneos de víctimas: gracias a una intuición extraordinaria lograba reconstruir los rasgos faciales, lo que permitía una identificación más eficaz de las personas. Uno de los primeros casos que le dieron cierta fama fue el de una niña negra a la que su padrastro había asesinado. Bender hizo una pieza de plastilina y barro que permitió a sus familiares identificar a la pequeña, que fue encontrada debajo de un puente en Filadelfia.

Luego de una carrera que brilló por sus hallazgos, Bender fue invitado por Robert K. Ressler, un profesor de criminología y experto en perfiles criminales, a Ciudad Juárez, en un acto de cooperación entre Estados Unidos y México. Todo había comenzado con la violación y asesinato de una menor de trece años, Alma Chavira Farel, y el homicidio de Angelina Villalobos, una adolescente embarazada de dieciséis años que fue estrangulada con un cable de televisión. Esto en el año de 1993. Una década más tarde, el profesional Bender tuvo la posibilidad de venir a esta parte del país en medio de cientos de crímenes sin resolver, con algunos presuntos culpables y un auténtico desorden de policías, fiscales y procuradores, todo lo cual apuntaba al caos.

¿Qué vería Frank Bender en un espacio habitado por el crimen como lo era la Ciudad Juárez de aquel tiempo? Un cuarto del Hotel Lucerna, algunos restaurantes, varios campos desérticos, el aspecto exterior de las maquiladoras, un club de striptease, paradas de autobuses y varios puestos callejeros de tacos. Esto para un investigador puede ser una buena señal en su trabajo, que lo tuvo ocupado casi todo el tiempo realizando los cinco bustos que le encargó el Gobierno de Chihuahua. Sólo que la realidad de Ciudad Juárez tuvo esa parte opresiva que tienen los espacios donde se cometen crímenes con una regularidad pasmosa. Se podía hacer muy poco y las restricciones policiales eran en verdad rudas. Tanto el Gobierno estatal como el federal declaraban la posibilidad de encontrar al culpable o a los delincuentes que estaban tras los feminicidios, pero eso sólo eran palabras, pues los servicios para atender semejante emergencia eran de última clase; se confundían tejidos humanos o se ignoraban, todo parecía estar al margen de las circunstancias. Esto en un caso que rebasaba por muchas razones lo que pasaba en otros estados de la República.

Un libro que resulta por demás interesante es La chica de la nariz torcida: Muerte y obsesión en la vida de un escultor forense (Alba, Barcelona, 2009), del escritor neoyorquino Ted Botha, donde se hace un recuento de la vida de Frank Bender. Es un reportaje magnífico que pone de relieve la vida del artista. Es preferentemente Botha quien hace una suerte de apartado sobre los casos resueltos por los bustos de Bender y sus tres viajes a Ciudad Juárez.

Frank Bender fue un hombre que realizó su labor forense sin recibir grandes cantidades de dinero, y esto lo tuvo al borde de la quiebra; sólo algunos encargos lo sacaron a flote cuando pensó que se hundía completamente. Todo esto al margen de series policiacas como CSI: Crime Scene Investigation, que han dado lugar a la impartición de carreras afines en distintas partes de México. Sin olvidar, además, que la profesión de criminólogo es un trabajo donde los hedores forman parte del panorama —incluso Bender estaba imposibilitado de quitarle la pestilencia a la calavera del llamado “Hombre del maizal”— y se tiene que manipular restos que estuvieron varios días podridos o agusanados. ¡En fin! Cosas que es mejor ver por televisión sin meter las manos en semejantes asuntos.

El hecho es que Bender vivió aventuras en Ciudad Juárez, sobre todo cuando lo fotografiaron al confundirlo con un agente de la dea, o cuando hicieron que lo acompañaran cuatro guardaespaldas que apenas y lo dejaban respirar a gusto. Fueron estos viajes los que le causaron un impacto brutal y decisivo. Esto en especial porque la idea de la autoridad chihuahuense se caía ante las evidencias de su fracaso o su necesidad de mantener a salvo a aquellos que habían perpetrado los crímenes atroces, en uno de los puntos fronterizos donde la ley se pasaba por donde fuera sin intervenir en los hechos. Todo lo cual terminó cuando policías y narcos se cansaron de la zona y el hecho se trasladó al Estado de México.

Habría que mencionar aquí que el libro mayor sobre los crímenes de Ciudad Juárez es Huesos en el desierto (Anagrama, Barcelona, 2002), de Sergio González Rodríguez, un texto que costó varias agresiones al autor que casi le roban la vida.

Lo que aparece en el libro de Botha es apenas el comienzo de un trabajo inagotable que sigue con una Chihuahua al garete con un exgobernador priista, César Duarte, otro de los muchos ladronzuelos que vistieron el poder con sus atracos y que se evaden de una justicia dormida que permite todo a sus niños consentidos. El caso de las muertas de Juárez es uno de los ejemplos policiacos que nunca deberían seguirse, pues se trata de un trabajo de investigación incierta de una cantidad de crímenes que son parte de la historia universal de la infamia. Viajeros trabajadores como Frank Bender padecieron ese remolino sin tregua y lo vivieron desde uno de los ángulos interiores, con la parte que correspondía a unos gringos invitados a colaborar con un caso que jamás se resolvería. Ahora el otro caso que tampoco tiene visos de resolución y que le ha costado una parte sustancial de popularidad y poder a Peña Nieto, es el de los normalistas de Ayotzinapa. ~

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ANDRÉS DE LUNA es doctor en Ciencias Sociales por la UAM y profesor-investigador en la misma universidad. Entre sus libros están El rumor del fuego: Anotaciones sobre Eros (2004), Fascinación y vértigo: La pintura de Arturo Rivera (2011) y Los rituales del deseo (2013). Su publicación más reciente es Cincuenta años de Shinzaburo Takeda en México (2015).

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