Tipos inmóviles: La veta fantástica de Benito Pérez Galdós, a cien años de su muerte

Columna

Texto de 12/01/20

Columna

Este enero se cumplen cien años del fallecimiento del escritor canario Benito Pérez Galdós (1843-1920), a quien debemos célebres novelas como Doña perfecta (1876), Fortunata y Jacinta (1887), Marianela (1878) o los Episodios nacionales (1873-1912), los cuales están compuestos por cuatro series de diez novelas y una última de seis, que no llegó a ser concluida. En ellos se retratan los acontecimientos más importantes de la historia de España a partir de 1805, inspirados por los relatos sobre la guerra de Independencia que le narraba su padre, Sebastián Pérez, quien fue coronel del ejército.

Pérez Galdós, oriundo de Las Palmas de Gran Canaria, llegó a Madrid en 1862, en donde conoció a Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza, y a Leopoldo Alas “Clarín”, entre otros intelectuales. En la capital española, mientras residía en el barrio de Salamanca —tras haber vivido en la calle de Las Fuentes, a un costado de la Plaza Mayor, entre otros sitios—, publicó sus primeras dos novelas: La fontana de oro, que debe su nombre a un café homónimo —ahora pub irlandés— ubicado en la céntrica calle de la Victoria, y La sombra, en 1870. La primera está ambientada en la década de 1820 y mezcla hechos históricos acontecidos durante el reinado de Fernando vii con personajes ficticios —a la manera de los Episodios—, mientras que la segunda permite vislumbrar el interés de Galdós por la literatura no mimética desde una edad muy temprana, pues se trata de una novela fantástica publicada por entregas a partir de noviembre de 1870 en la Revista de España, dirigida entonces por José Luis Albareda, que vio la luz como libro en 1871.

Después de su publicación, la crítica le prestó escasa atención, en comparación con sus obras de corte realista, entre otros motivos porque el propio Galdós llegó a afirmar que “no valía nada”. Germán Gullón también destaca su posición de “primeriza”, y no sólo por su cronología, sino porque “una cierta tiesura en la técnica de composición, revela que la mano del autor es todavía poco experimentada”.

Además de tratarse de la primera novela de Galdós, el hecho de haber sido publicada por entregas determinó el cierre de los apartados de La sombra, pues era necesario que motivaran el interés del lector por procurarse la siguiente entrega. A pesar de estas cuestiones estilísticas, en el siglo XX diversos investigadores destacaron su relevancia y dedicaron buen número de páginas a debatir ciertos rasgos de esta obra, sobre todo en torno a su categorización dentro del género fantástico.

La trama gira en torno al doctor Anselmo, un hombre solitario y excéntrico que pierde a Elena, su mujer, a causa de la aparición de Paris —el personaje clásico— en su casa, un atractivo joven surgido de una pintura. Anselmo cuenta que, al poco tiempo de casarse, comenzó a escuchar voces en la habitación de su esposa cuando ella se encontraba a solas. Una noche, mientras deambulaba por los salones de su residencia, se dio cuenta de que la imagen de Paris había desaparecido de un lienzo que lo representaba a él y a la mítica Helena reposando en una gruta. Al entrar en los aposentos de su mujer, vio la ventana abierta y una sombra que saltaba a través de ella. Luego, al bajar a los jardines, distinguió la figura de una persona idéntica a la del cuadro que colgaba en su salón.

Después de este primer fenómeno sobrenatural, la figura de Paris vuelve a aparecer en el cuadro, pero Anselmo se enfrenta con su encarnación en otras ocasiones. En uno de esos encuentros, lo persigue hasta que su contrincante se refugia en un pozo, y el doctor intenta asesinarlo arrojándole unas rocas. Más adelante, se bate en duelo con él y logra herirlo; sin embargo, el hombre, quien afirma ser el “demonio de la felicidad conyugal”, es inmortal.

Conforme avanza la novela, Anselmo va dando muestras de un comportamiento disparatado. Y la trama da un giro cuando aparece en su casa un apuesto joven de mala fama llamado Alejandro, quien resulta ser amigo de la familia de Elena de tiempo atrás. La aparición de este hombre, idéntico al Paris de la pintura, provoca en el protagonista una total confusión y una serie de ataques de ira que causa tal daño psicológico a su mujer, que ésta muere. En el presente de la narración, Anselmo vive solo con su delirio y sus experimentos, sin saber a ciencia cierta qué ocurrió en realidad, si las apariciones de Paris fueron reales o si todo fue producto de su imaginación.

Al momento de la escritura de La sombra, la literatura no mimética no gozaba de reconocimiento en España. Se estaba dejando atrás el Romanticismo, y las historias que incluían elementos sobrenaturales, como las Leyendas de Bécquer, solían ser atribuidas a terceros, es decir, que los narradores afirmaban haberlas escuchado en boca de alguien más.

En ese contexto, los autores de narraciones fantásticas las escribían con cierta timidez y llegaban a minimizar la producción literaria de este género, como ocurrió con La sombra. De este modo, los sucesos narrados en ella nos llegan, aparentemente, de segunda mano: de la boca de Anselmo, pero filtrados por un narrador, quien juzga de disparatado todo cuanto relata el protagonista, como si fuera una especie de mediador entre el mundo delirante de la historia y el racionalismo de la época.

Por ello, en la novela se ha observado cierta influencia cervantina, y una relación entre la dicotomía locura/cordura de Anselmo y el narrador con aquella del caballero de la triste figura y su escudero. Sin embargo, la razón imperante en Sancho Panza flaquea ante el delirio de don Quijote, y lo mismo le ocurre al narrador de La sombra ante la contundencia de los hechos narrados por su protagonista, pues el plano de lo real y las fisuras provocadas por los hechos extraordinarios no siempre pueden describirse en términos absolutos.

Otro vínculo entre la novela de Galdós y la obra cervantina es el tratamiento de los celos, manifiesto en el relato “El curioso impertinente” —narrado a manera de historia autónoma en Don Quijote—, o bien, en El celoso extremeño, una de las novelas ejemplares.

Además de La sombra, la obra de Galdós ofrece una serie de relatos que se encuentran entre lo fantástico, lo maravilloso y lo alegórico. En uno de ellos, titulado “La conjuración de las palabras” (1868), la acción ocurre “en un gran edificio llamado Diccionario de la Lengua Castellana, de tamaño tan colosal y fuera de medida, que, al decir de los cronistas, ocupaba casi la cuarta parte de una mesa”. Ahí dentro, una mañana se escucha un gran ruido de voces, choques de armas, roces de vestidos y relinchos. Se trata de una guerra entre las palabras del Diccionario, las cuales llevan “fuertes y relucientes armas, formando un escuadrón tan grande que no cupiera en la misma Biblioteca Nacional”. En esta escena van por delante los Artículos, quienes cargan los escudos de sus señores los Sustantivos, los cuales van detrás con resplandecientes armas y cascos con plumas, y, junto a ellos, los Pronombres. También marchan los Adjetivos, los Verbos, los Adverbios y las enanas Preposiciones. El motivo de la disputa, expone el narrador, es que los escritores españoles hacen mal uso de la lengua, pues introducen en los libros vocablos extranjeros y trastornan el sentido de los castellanos. Al dar su opinión sobre el tema, ciertas palabras de peso —la Razón y la Filosofía— entablan discusiones con sustantivos como Mal e Infierno, en las que intervienen también otros como Religión y Política. En medio del caos aparecen el Honor y la Moral, seguidos del verbo Matar y de la Paz. En fin, ese día hubo muchos heridos que “aún están en el hospital de sangre o sea Fe de erratas del Diccionario” y determinaron congregarse de nuevo para examinar los medios de imponerse a la gente de letras.

Esta peculiar narración, con tintes satíricos y políticos, forma parte del libro Cuentos fantásticos del autor canario, publicado por Cátedra en 2004. El volumen incluye un total de doce relatos “inverosímiles” escritos entre 1868 y 1897, tales como “Celín”, “La princesa y el granuja” o “¿Dónde está mi cabeza?”. Este último, escrito en primera persona, narra la historia de un hombre que amanece sin dicha parte del cuerpo: “Imposible exponer mi angustia cuando pasé la mano de un hombro a otro sin tropezar en nada…” El protagonista, aterrado, intenta sin éxito pensar en las causas de su decapitación y concluye que su cabeza debió de haber sido separada del tronco “por medio de una preparación anatómica desconocida, y el caso era de robo más que de asesinato”. Se trata de un relato de tintes tragicómicos similar a “La nariz”, de Nikolai Gogol, en el que el personaje sigue vivo a pesar de la mutilación. Confundido por su pérdida, le pide a su ayuda de cámara que busque su testa en el gabinete, la sala o la biblioteca, a ver si da con ella. Ante su fracaso, el hombre incompleto acude al médico, quien trata de tranquilizarlo afirmando que la extremidad existe; sólo deben averiguar en dónde está. Tras un minucioso recorrido por las calles de la ciudad, la cabeza finalmente aparece en el escaparate de una tienda llevando una espléndida peluca.

Además de La sombra y esta serie de cuentos, escritos de manera esporádica a lo largo de su vida, la narrativa de Galdós se mantuvo inmersa en el realismo decimonónico y de comienzos del siglo xx, y lo mismo ocurrió con sus obras dramáticas, entre las que se encuentran Realidad (1892), La loca de la casa (1893), El tacaño Salomón (1916) y Santa Juana de Castilla (1918), entre muchas otras. No obstante, dos textos más dan fe de su gusto por la literatura no mimética: la novela El caballero encantado (1909) y la pieza La razón de la sinrazón (1915) —esta última definida por su autor como “fábula teatral absolutamente inverosímil”—, las cuales se incluyen dentro del ciclo llamado “novelas mitológicas” y cuyos protagonistas sufren una serie de transformaciones y cambios de personalidad.

Benito Pérez Galdós fue un escritor prolífico que abrevó tanto de la historia de su propio país como de los hechos insólitos que acudían a su imaginación para crear ficciones de una manufactura impecable. No llegó a obtener el premio Nobel por cuestiones políticas —aunque fue propuesto en tres ocasiones—, pues el catolicismo tradicionalista evitó a toda costa que un republicano de ideas anticlericales recibiera dicho galardón, pero la historia de la literatura se ha encargado de legarle un sitio entre sus máximos exponentes. Igualmente, la ciudad de Madrid y sus habitantes recordarán siempre el paso de este canario por sus calles, a quien rendimos homenaje en el centenario de su aniversario luctuoso. EP

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