Sinapsis: Azar

Columna mensual

Texto de 08/11/19

Columna mensual

En octubre siempre me ocurren los hechos más importantes. No lo planeo, pero ha sido así o, quizá, la baja parte de mi mente, el inconsciente, orilla mis esfuerzos para que el mes de octubre sea como la desembocadura de un río en el mar. Aunque el mes que me corresponde ahora es noviembre. No he escrito las columnas en esta revista con el pensamiento puesto en lo que ocurrirá, pero noviembre es el mes del Día de Muertos, y todos nos vamos a morir. Decía Clarice Lispector en alguna parte que escribir es como lanzar una piedra a lo hondo de un pozo. Estoy de acuerdo. Escribo ahora desde mi localización en tiempo real: sé que algunas cosas van a ocurrir, y cuando esta columna aparezca, habrán ocurrido. Es la conjugación de las predicciones. Tuve un amigo que me llamó Casandra, alguna vez, por mis facultades adivinatorias. Me arriesgaré bastante y empezaré por decir lo que considero posible: estaremos solos, cada quien en su sitio de operaciones, cada cual en su oficina vital; nos miraremos desde la lejanía, para hacernos creer que estamos atentos a lo que nos ocurra; pensaremos que el mundo atraviesa una crisis sin precedente. Es del todo posible que la recesión económica mundial cobre cuerpo y se nos ponga delante con sus maneras implacables. Hablaremos de cualquier cosa que ocurra en las redes sociales, sin tener grandes ideas sobre lo que sucede en la vida real. Honraremos a nuestros muertos. No nos disfrazaremos porque no hace falta: así somos.

Planeo, eso sí, buscar al astrólogo que me ha dado señales desde hace tiempo. La carta astral es camino y fuga de las aspiraciones individuales, y figura, además, aquellos aspectos en los que —ni modo— nacimos estrellados. En las estrellas se halla el verdadero mapa de localización, de ubicación, y no en el Waze, como nos han hecho creer.

Tuve una amiga que me leía el tarot. Quiero buscarla para que me lo lea de nuevo. Ella sabe muchas cosas acerca de los símbolos, porque conoce de manera especial a los gatos. Ojalá, entonces, en este momento que este texto sale a la luz, yo sepa qué me depara el destino a través de las cartas. Mi adivinación deja de lado los avatares de mi propia historia. Me cuesta encontrar ciertas pistas sobre mi destino. Supongo que a los lectores les ocurrirá lo mismo. No es fructífero, por otro lado, preguntarse acerca del porvenir: ¿tiene sentido hacerlo? Lo que viviremos está fuera de control. Quizá las personas que acostumbran hacerse revisiones generales de salud una vez al año sientan que van ganándole tiempo a su propia vida. Sin embargo, la previsión es semejante a los temblores. Puede saberse que estaremos enfermos, pero no con exactitud cuál será nuestra enfermedad. Temblará, pero no sabremos cuándo y cuál será la magnitud.

Por eso el azar conviene. Vale decir que lo probable señalado por los astros se inscribe de manera oculta en nuestras acciones o que la puerta que abre una carta de tarot posibilita las situaciones. El secreto del destino se guarda en las preguntas. Son fundamentales en el I Ching, por ejemplo.

Lo cierto es que el tiempo va deprisa. Cuando nos detenemos a valorarlo, ya hemos envejecido. Es demasiado tarde, entonces, para retomar lo que no sucedió. La nostalgia no perdona los retrasos: es puntual. Lo que no ocurrió es, probablemente, aquello que nos quitará el sueño, ya que somos animales de costumbres perdidas. No solemos encontrarnos listos para vivir lo que se nos presenta. Tal vez, por lo mismo, los escritores lanzamos piedras a los pozos, como preguntas imposibles de responder. Así como la nostalgia aparece hasta en la sopa, es del todo cierto que una sola acción puede representar el fin de una experiencia o el principio de otra que no alcanzamos a ver. Frente a este panorama desdibujado y borroso, recibimos noviembre, el penúltimo mes del año. Principio o final de cualquier historia posible, porque la adivinación termina cuando el texto concluye. Así, volvemos a olvidarnos que alguna vez quisimos construir el porvenir, equivocándonos de nuevo. EP

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