PROHIBIDO ASOMARSE: Imágenes de la nación

Me despierta el repiqueteo de la lluvia en las ventanas cuyo compás acompañará el resto del día. En la distancia, las colinas suavizan sus contornos y las frondas de los árboles se difuminan. Es 15 de septiembre y cuando llego a la embajada no ha dejado de llover. Sin perder la sonrisa pintada, una china […]

Texto de 22/11/17

Me despierta el repiqueteo de la lluvia en las ventanas cuyo compás acompañará el resto del día. En la distancia, las colinas suavizan sus contornos y las frondas de los árboles se difuminan. Es 15 de septiembre y cuando llego a la embajada no ha dejado de llover. Sin perder la sonrisa pintada, una china […]



Me despierta el repiqueteo de la lluvia en las ventanas cuyo compás acompañará el resto del día. En la distancia, las colinas suavizan sus contornos y las frondas de los árboles se difuminan. Es 15 de septiembre y cuando llego a la embajada no ha dejado de llover. Sin perder la sonrisa pintada, una china poblana se enjuga discretamente el rostro.

La representación está por comenzar.

—¡Vivan los héroes que nos dieron patria!

Veinte años de asumir la difícil costumbre de estar lejos —frase que tomo prestada de José María Pérez Gay, que en paz descanse— me impiden conocer la marcha cotidiana de los acontecimientos en el país. Mi relación con el terruño puede o no resonar en la experiencia de otros, y por eso exige ser resumida en primera persona.

Para el exiliado, septiembre es el mes de la nostalgia por lo que cree haber dejado atrás. La memoria es prima de la loca de la casa y como la imaginación edita lo que seguramente sucedió de otro modo. La celebración del día nacional lo comprueba al ser un ritual dedicado a invocar fantasmas que hibernan el resto del año.

—¡Vivan!

Me pierdo en reminiscencias. La primera escena del nacionalismo por todos tan celebrado ocurre los lunes a primera hora en el colegio.

—¡Firmes! ¡Ya!

El inspector abulta el pecho y cárdeno procede a dar la siguiente orden.

—Marchar ¡ya!

Avanzamos cuidando de hacerlo como si juntos formáramos un solo cuerpo, pero lo hacemos a destiempo, como un gusano súbitamente fragmentado. La fila sigue al portaestandarte que el más alto sostiene. Damos la vuelta al ruedo bajo la mirada del inspector y regresamos al punto de partida.

—Altooo ¡ya!

Recordar la escena original que ocurre en una mazmorra católica implica viajar atrás en el tiempo y en el espacio. También supone reconocer que la patria evocada ya no existe. Quizá José Emilio Pacheco tenga razón e Ítaca jamás fue. Para mí sus últimos vestigios fueron sepultados a fines de siglo, de manera que las imágenes que aparecen son incongruentes con el presente, edificios, calles y plazas que desaparecieron bajo la presión demográfica, el desarrollo urbano caótico, la incompetencia y la venalidad de las autoridades, y en general la indiferencia —y la complicidad— de una ciudadanía que aparentemente sólo puede acceder a la conciencia mediante la ira, transformando al antes Distrito Federal y hoy Ciudad de México en un esperpento futurista.

Quiero creer que aquel ritual del inicio de semana afirmaba una pertenencia y que el inspector nos daba algo para acompañarnos una vez traspuestos para siempre los muros del colegio donde él ya no nos vigilaría.

—¡Viva Allende!

Quienes habitan en el vientre del monstruo son ajenos a lo que fue y sólo pueden vislumbrar aquella época mediante fragmentos captados en las fotografías y acaso en algunas películas. En ellas, el sol se filtra a través del follaje para centrarse en una buganvilia deslumbrante, la gente reposa un rato bajo la sombra escuchando el murmullo del agua en una fuente cercana, y en la plaza se escuchan los tañidos que llaman al ángelus. Son las imágenes de una ciudad provinciana, el “rancho grande” que creció incontenible devorando cuanto encontraba en su trayectoria fatal.

Al hablar de la patria me restrinjo a la capital. El centralismo de una república federativa sólo de nombre asfixia al resto, marginándolo. Mi país es flanqueado por volcanes tutelares cuya especificidad desapareció conforme el valle fue amortajado con un sudario de esmog. Entonces la Torre Latinoamericana era el edificio más alto al que la gente ascendía, los oídos tapados y mareada al salir del elevador, para tener el gusto de saber lo que se sentía ver el mundo desde la cúspide de la modernidad.

—¡Viva!

La celebración oficial de la patria implica aplaudir un nacionalismo que se nutre del rechazo hacia lo diferente, xenófobo y malinchista a la vez, ya que ambos son caras de la misma moneda. Odiamos lo que no tan secretamente deseamos. Basta darse una vuelta por Polanco para ver nuestra versión de Rodeo Drive. La ciudad que se extiende hacia el norte es otro país en cuyos centros comerciales cae nieve artificial en Navidad. La esquizofrenia recorre las monumentales catacumbas del nacionalismo. Ese apego es una manifestación patriotera: “dime de qué presumes y te diré lo que te hace falta”. El orgullo que resulta de un accidente geográfico poco tiene que ver con el compromiso que sería deseable para encaminar el destino aciago de un país en el que la crisis ha dejado de serlo para convertirse en estructura: estamos como estamos no por accidente sino por voluntad. Lo nuestro no es coyuntural, sino ideológico.

—¡Viva Hidalgo!

El acartonamiento de la celebración transfigura a los héroes que jamás dudaron ni se pusieron alegres ni tuvieron mancebas, como el cura. Así que la Patria que septiembre honra es sobre todo la relación entrañable con una puesta en escena a partir de la cual relacionarse con un paisaje, con pueblos hechos de piedras desiguales que señalan umbrales ante la cadena de montañas azules.

—¡Viva!

La Patria, recuerdo, iba ataviada de vestal clásica, la túnica impoluta subrayando su anatomía maciza. La idolatría adopta imágenes diversas, las capas de una cebolla en cuyo centro se guarda una esencia intransferible, como la soñaron los románticos que aspiraban a la originalidad. Desnuda en el parque, la Patria portaba en ambos brazos jarras de las que vertía agua nutricia en el estanque donde se reflejaba su corporalidad desmesurada. Su pureza participa de la virginidad de la señora muy hermosa que se apareció allá en el cerro y que Paz asocia con nuestra madre Tonantzin.

En la era del posmodernismo global y del entierro de la verdad, la esencia nacional en el corazón de la cebolla territorial es un valor que ha perdido su fuerza aglutinante dejándonos huérfanos. Quizá siempre lo estuvimos. Y no estaría mal pensarlo así si eso nos permitiera reconstruirnos sin agobios redentores ni ejercicios verticales de una administración que siendo débil debe aprender a negociar.

O quizá preferimos el martirio que no aflige a la patria sino a ciudadanos concretos que no son las víctimas de los masiosares, sino de los señores de siempre, las águilas que devoran a las sirvientas, como lo sintetizó Jesusa Rodríguez hace ya varias lunas. La inequidad social escandalosa no es novedad en la patria, ni el racismo que mantiene hoy, como antier, a las comunidades indígenas en la miseria, sometiéndolas a la abyección pero valorándolas como las “raíces” de una identidad vergonzosa.

—¡Viva Josefa Ortiz de Domínguez!

Su posición al final de la nómina no desmerece la calidad heroica de su zapateo. ¿Por qué no llamarla Josefa Ortiz? ¿O es concepto?

Aunque el nacionalismo es sexista, xenófobo, retrógrado y, para usar un término en boga cuando fue construido para privilegiar a una idea de la historia, acomplejado, no es menos cierto que otra forma de pertenencia aflora ante desgracias más tangibles que los vaivenes de la política exterior norteamericana. 1985 fue definitivo para liberarse del oxímoron de la revolución permanente. El tejido social reveló la agencia de la que carecía un sistema decrépito y paralizado después de la catástrofe.

—¡Viva!

Al terremoto siguió su réplica, a la que algunos llamaron el “terremato”. Si algo nos une es el ingenio. Entonces la gente abandonó sus hogares para llevar alivio a quienes lo necesitaban. La sociedad civil mostró que era más poderosa que la cobija mojada cuyo peso continúa agobiándola.

El himno suena tartamudo y belicoso y algunas voces se alzan fervorosas recordándome las de las viejas en misa en Cuernavaca.

—Quiero pedir un momento de silencio —dice el embajador.

La respuesta ante el temblor del 19 de septiembre de 2017 confirma la solidaridad de las personas, su voluntad real y práctica de ayudar a los semejantes, su capacidad de empatía sin restricciones. Son los auténticos héroes aunque sean anónimos. Esas personas que escarban entre los escombros con las manos desnudas para rescatar víctimas, que llevan medicinas y albergan y confortan a quienes lo necesitan, son la patria. El resto es farsa.

Inclinamos la cabeza no sólo pensando en Chiapas y Oaxaca, y tres días después de la fiesta nacional sabemos que el momento de silencio se extiende para honrar a un país que no se merece a la clase empresarial madrugadora ni a la clase política que se lo disputa. Después del 68, el 85 confirmó el principio del fin de un sistema destartalado e indiferente frente a sus obligaciones, y ojalá que la tragedia del 2017 contribuya a lograr la transición democrática que todavía esperamos. Hago votos porque el próximo junio la conciencia del poder que emana de los ciudadanos encuentre un cauce a la altura de la administración que necesitamos. EP



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