Prohibido asomarse: Banalidad

La promesa En el desierto, el profeta no tiene más poder que sus palabras. Toda su autoridad se basa en el verbo. ¿Y qué dice? Lo que afirman todos los profetas: debemos creer en sus palabras pero sobre todo en la fe que tiene en sí mismo. La misión –¡Corre! —indica el camarógrafo. El plano […]

Texto de 23/02/16

La promesa En el desierto, el profeta no tiene más poder que sus palabras. Toda su autoridad se basa en el verbo. ¿Y qué dice? Lo que afirman todos los profetas: debemos creer en sus palabras pero sobre todo en la fe que tiene en sí mismo. La misión –¡Corre! —indica el camarógrafo. El plano […]

La promesa

En el desierto, el profeta no tiene más poder que sus palabras. Toda su autoridad se basa en el verbo. ¿Y qué dice? Lo que afirman todos los profetas: debemos creer en sus palabras pero sobre todo en la fe que tiene en sí mismo.

La misión

–¡Corre! —indica el camarógrafo.

El plano general muestra una fila de hombres hincados sobre la arena. Van vestidos con monos naranja. Llevan vendas sobre los ojos. Detrás un hombre espera bajo la resolana y el viento arrea sus trapos fúnebres.

“Con lo que saquemos nos compraremos los mejores cuatro por cuatro. Yo quiero uno de seis cilindros, motor en ‘v’” —piensa imaginándose a bordo del vehículo como si se tratara de un comercial televisivo. Con la mano derecha aferra el cuchillo.

Mira hacia la cámara que se cierra sobre un plano medio y procede a degollar al primer hombre. El objetivo es captar el martirio. Las venas cercenadas arrojan chisguetes de sangre. Los cuerpos se deshojan y caen pero sus convulsiones son invisibles. Lo que interesa documentar es la eficacia primitiva para cegar la vida. Un cuchillo basta aunque no sea igual que una guillotina y mucho más humilde que la electricidad.

A Ennio Morricone le habría gustado componer “El abyecto, el banal y el horrible” para esta secuencia. En cambio, alguien que espera la muerte se concentra en el sonido del mar.

Su nombre

“¿Y si tuvieran nombre?”.

La pregunta lo inquieta obligándolo a refugiarse en la repetición de palabras que a fuerza de repetir han perdido su significado. ¿Acaso reza? ¿En eso consiste la fe? Nunca lo sabrá. Si tuvieran nombre, tendrían historia. En cambio siendo víctimas —míreselas desde donde se las mire—, quienes caen son cuerpos en modo alguno distintos del estremecimiento que sacude a los cerdos en el matadero.

–¡Lo tengo todo! ¡Se van a cagar de miedo!

Mientras ejecuta a los rehenes, recuerda otros nombres. No solo eso: también donde vivía cada uno, a qué hora salía y entraba, cuándo amanecía y dormía. Allí están, todavía calientes. Avanzan desde el fondo del patio del colegio que regresará para destruir. No dejará piedra sobre piedra.

“Les arrancaré los intestinos, los clavaré en el suelo y los haré correr hasta el último aliento”.

–¡Va!

No se desviará un ápice del surco cósmico.

Emigrar

–Aquí —lamenta la mujer estremecida por el frío— no tenemos historia ni somos nadie.

Para confirmarlo quien examina sus pasaportes ni siquiera puede pronunciar su nombre. El único fragmento de identidad al que se aferran surge distorsionado y ajeno de la boca del oficial que estampa sus documentos de mala gana.

–Vienen a quitarnos el pan de la boca —murmura convencido de ser víctima de un despojo.

Los trucos de la memoria

Quienes parten se convierten en seres melancólicos. Recuerdan un escenario donde el polvo es vergel. La ansiedad que asaltó sus días, una existencia que florecía bajo la sombra benéfica del olivar. Así tendría que haber sido y así es en las ensoñaciones que les permiten negociar sus pasos en una ciudad donde ni siquiera el sol brilla igual para todos. Prefieren mirar cuanto tienen delante con los ojos del recuerdo. Si se ciñeran al presente, descubrirían que intercambiaron la miseria por el desprecio.

Nacimiento del vengador

Se revuelve en un cobertor de algodón y tiene aspecto de renacuajo sanguinolento. La ira lo contorsiona porque lo que apenas acaba de ser echado del vientre no conoce el miedo. Hiede pero todavía lo ignora.

La comadrona lo aleja de sí.

Fue el miedo

Se contorsiona en brazos de su madre, quien en lugar de inclinarse sobre el bebé, lo esquiva. Le repugna el olor a repollo podrido y, aunque jamás lo confesaría, lo quiere lejos.

“Fue el miedo, ¿qué más?” —lamenta Ghaneyah.

Si quien llora hasta ponerse morado no existiera, se libraría de las agrias disputas que sostiene con Jassim. Su marido insiste en que en su familia jamás ocurrió algo semejante y se lo echa en cara cada vez que está de mal humor. A pesar de sus cuidados y de bañarlo tanto y con tanto ahínco que pasará sus primeros años plagado de alergias y rascándose hasta sangrarse, el chico huele mal.

La madre atribulada acepta que no es posible limpiar tal suciedad.

Boca de cloaca

–¡Boca de cloaca! —le gritan los compañeros en la escuela.

–Mohammed Boca de Cloaca, ¿quieres un bocadillo? No gracias, no gracias, que yo solo como caca —corean a su alrededor los niños que se llevan las manos al rostro como quien se protege de un miasma mortal.

–¡Apestas!

Se lleva la mano a la boca, como si de esa manera fuera posible disimular el mal olor.

–¡Aquí huele a pedo!

Aunque sean diarios y ya debiera haberse acostumbrado, estos ataques lo mortifican. Y sin embargo es preferible ignorarlos porque si contestara a cada una de sus pullas tendría que liarse a golpes con ellos dentro y fuera de la escuela. De regreso a casa por el sendero está desierto, abre la boca y exhala sobre su palma abierta que huele inmediatamente.

Acepta su destino. Su boca es un estanque. Y en él, hay cosas muertas.

La fotografía escolar

Tres filas de niños colocados ante la cámara, los más pequeños enfrente. Uno mira atento al objetivo con la curiosa seriedad de quien intuye un misterio. Algún día el mundo sabrá quién es a partir de esta imagen, aunque entonces será difícil relacionar al niño asombrado con el adulto que blande un cuchillo. Por el momento está protegido. Nadie puede moverse un ápice ni hablar antes de que el fotógrafo dispare.

–¡Listos! ¡Digan “chis”!

En el último momento es imposible evitarlo. Se cubre la boca con una mano diminuta. Así lo identificarán con estupor algunos compañeros.

Retazos

Las píldoras de anís que ingiere constantemente no contrarrestan la fetidez. Cuando se olvida de respirar únicamente por la nariz y echa el aliento en la cara de sus interlocutores, es difícil contener la náusea.

–Nací sin intestinos —le confía de perfil al Imam.

El tracto digestivo de Mohammed mide menos. El alimento se fermenta y corrompe. Ha padecido varias operaciones para añadir circunvoluciones entre la boca y el ano, pero a juzgar por el hedor no han tenido éxito.

Apenas suturadas, las entrañas se le pudren.

Escena original

Incluso los justicieros tienen un origen. Mohammed sabe que independientemente de sus esfuerzos jamás será aceptado. En sus vagabundeos cuenta con tiempo para alimentar el odio que dirige contra todo lo que le rodea. Le apena pensar que detesta a sus padres, quienes se esforzaron por darle un hogar y labrar un futuro. Le resultan intolerables por sumisos. Al resto le prendería fuego.

Regresa a casa soñando hacer volar el mundo en pedazos. Este es el capital con el que llega a la universidad, donde se matricula en administración de empresas y sistemas de información.

“Ese. Y aquel también. Y todas esas putas. Ojalá reventaran ahora mismo”.

–Allí nos vemos —le dice a un compañero con quien asiste brevemente a la mezquita.

Alá no veda la entrada al paraíso a los guerreros que padecen halitosis.

Navidad

–Esta música es una mierda.

Mientras se seca después de haberse ejercitado en el club, Mohammed escucha y asiente. Nadie tendría que ser sometido incesantemente a las canciones imbéciles que celebran la navidad como si se tratara de algo universal.

–Malditos perros —susurra rociándose liberalmente un desodorante con aroma de detergente para limpiar baños—, sus días están contados.

Venganza

Su rencor no es resultado de la pobreza. Lo suyo es pasión por el exterminio. No por amor al profeta sino para ajustar cuentas.

–Los infieles nos han esclavizado para robar nuestras riquezas. Son sanguijuelas que se han alimentado con nuestra sangre. Quieren suprimirnos. Eso quieren. Pero ¿vamos a permitírselos?

Pasea la mirada entre ruinas. Rumia su orgullo, pero no se le escapa calcular cuánto pagarán esos almacenes de iniquidad que los infieles llaman museos por los pedazos que comprarán a precio de oro y que transportarán en condiciones de alta seguridad, para garantizar el sigilo en el que los conservarán hasta que su hipocresía consienta exhibirlos.

–¡Usurpadores!

Bajo el resplandor el odio es adictivo.

La vulnerabilidad secreta

Como la mayoría de sus compañeros de armas, todavía no cumple treinta años. En nombre de Alá han sido elegidos para restituir al mundo su integridad original que los infieles han mutilado.

A diferencia de la mayoría, Mohammed oculta un secreto abominable: le gustan los Beatles. Es lo único que conserva de su cultura británica.

Temible como es, su vulnerabilidad lo convierte en un animal acorralado y atemorizado.

Ejecuciones

El lunes toman un poblado. Se reservan a las mujeres jóvenes, que reúnen en la plaza del mercado. Después de despojarlas, las desnudan para tasarlas. Las hermosas son repartidas como regalo a los jefes para que hagan con ellas lo que quieran. A las menos agraciadas se las abandona para que los guerreros las gocen. Las últimas son reservadas para transportarlas a través del califato y venderlas como prostitutas. Con el petróleo, constituyen una fuente de ingresos.

Quienes ordenan las ejecuciones saben que son inútiles. Los verdugos coinciden en que su tarea carece de sentido. Pero incluso admitiendo su inutilidad continúan la carnicería. Es la fatalidad. Las últimas en llenar la fosa común son las viejas, que ya no sirven para ser gozadas ni vendidas.

En el video, Mohammed se consagra como justiciero de Alá. Así tejen sus mentiras de sangre.

Los estudiosos

–Es legítimo esclavizar a las mujeres de las aldeas que conquistamos, decapitar a los infieles y arrastrar sus cadáveres entre las piedras porque son menos que cerdos. ¡Somos los únicos despiertos en un tiempo que duerme!

Eso dice Abu Bakr al-Baghdadi, graduado de la Universidad de Bagdad y árbitro en teología y moral. Los estudiosos del Libro asienten vislumbrando el paraíso. Ya cuelgan los racimos de vid sobre sus jetas. Debajo de los trapos fúnebres llevan Adidas.

El transcurso burlado

Eran 200 pero ahora son 5 mil.

Abdelhamid, Younes, Essid, Hussein, Yousof, Omar, son los vengadores de una deidad ancestral que ha burlado el transcurso instalándose en el tiempo actual que aspira a liquidar. Provienen de una era geológica que se alimenta a sí misma mediante el exterminio. No hace falta más que retórica porque pensar sería una blasfemia. Entender implica una voluntad ajena a su convicción, perteneciente a un mundo ajeno a la ley.

Fueron 15 mil pero ahora son 30 mil. La promesa de un califato anticipa el paraíso en el mediterráneo, en París, en Londres, en el mundo entero. En nada difiere de cualquier utopía. El tiempo contiene pliegues en los que el origen y el destino se confunden mediante la violencia embriagadora.

Celebridad

Entrevistado por un noticiero, quien fuera su jefe en Abu Dhabi declara que fue el mejor empleado que jamás haya tenido.

–Me asombra —declara sinceramente absorto.

Quienes lo despreciaron riéndose de él, tiemblan al reconocerlo. Quizá sonríe gozando su prestigio aterrador. Por fin ha logrado ser excepcional. Sin embargo, como cualquier celebridad, sabe que su fulgor es fugaz.

El vengador lleva ropajes que ondean mecidos por ráfagas de viento. Ya no tiene que taparse la boca porque lleva la mitad del rostro cubierto por un trapo luctuoso. El gusto por los uniformes revela la íntima banalidad de quien aspira al poder absoluto. 

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