Pantalla dividida: La edad del trol

En su más reciente entrega, Luis Reséndiz habla del efecto que las opiniones en redes sociales pueden tener en las decisiones que toman los productores de cine. “Internet, que nos dio la democratización de las voces y una ventana a un universo de ángulos que desconocíamos, también nos dio una de las peores cosas que le han pasado a la cultura popular: la edad del trol”.

Texto de 07/02/20

En su más reciente entrega, Luis Reséndiz habla del efecto que las opiniones en redes sociales pueden tener en las decisiones que toman los productores de cine. “Internet, que nos dio la democratización de las voces y una ventana a un universo de ángulos que desconocíamos, también nos dio una de las peores cosas que le han pasado a la cultura popular: la edad del trol”.

Todos lo hemos visto suceder: en una movida para conseguir que la creciente porción de espectadores socialmente conscientes se acerquen a sus mercancías, las productoras corporativas de cine y televisión integran un reparto racial y sexogenéricamente diverso para su próximo estreno. De inmediato, las hordas de troles se levantan pesadamente, incorporándose tras el sueño imperturbable que duermen bajo sus puentes, y se encaminan al teclado, donde vierten su ira en fotografías y tuits y posts y videos en todas las redes sociales posibles. “¡Lo están haciendo por quedar bien!”, dice un seguidor de la trilogía de El Hobbit, de Peter Jackson, que adapta un libro de trescientas diez páginas en nueve horas de cine. “¡Si no fuera porque lo están pidiendo, ni siquiera lo harían!”, dice otro sujeto que exige que lancen el Snyder Cut de Justice League, un director’s cut que, según él, convierte a la película en una obra maestra y en la película que redefinirá los alcances del cine de superhéroe. “¡En esa época ni siquiera pasaba eso!”, exclama uno más, seguidor incondicional de Star Wars.

Uno de los efectos de las redes es la amplificación. En Twitter, aprobar una opinión dentro de la interfaz de la red —a través de cualquier interacción con el tuit en cuestión— implica también su difusión. Así, posturas que solían permanecer en los márgenes de la conversación pública ocupan ahora lugares centrales, apoyadas y refrendadas por los medios, que en la economía del clic morboso deciden dar cabida a discursos estúpidos, extremos o francamente peligrosos. Internet, que nos dio la democratización de las voces y una ventana a un universo de ángulos que desconocíamos, también nos dio una de las peores cosas que le han pasado a la cultura popular: la edad del trol.

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Pocas franquicias han experimentado a tal grado la tiranía del trol como Star Wars. Si usted pertenece a los cientos de millones de personas que vieron el Episodio VIII , Los últimos Jedi, probablemente sepa que en esa película se subvirtieron varios de los lugares comunes de la franquicia. El piloto bravucón Poe Dameron sufre una serie de reveses que le demuestran que haría bien en pensar antes de actuar y, sobre todo, en escuchar a las mujeres de mayor experiencia que lo rodean y a las que suele pasar por encima cuando está en medio de un arranque de envalentonamiento imprudente. Finn, el héroe cobarde de la Resistencia, recibe una serie de reconvenciones a manos de una mujer, Rose Tico, encarnada por la actriz Kelly Marie Tran, la primera mujer asiática-estadounidense en obtener un papel protagónico en la saga. Sobre todo queda bien establecido que Rey, la heroína de esta nueva serie de películas, no desciende de ninguno de los personajes principales de la franquicia: es hija de unos chatarreros que la vendieron por comida cuando era niña y la abandonaron a su suerte en el desértico planeta Jakku.

Nada de eso permaneció para la última entrega de la saga en cines, escrita y dirigida por el connotado fan y cineasta J. J. Abrams: El ascenso de Skywalker, que pretende terminar de una vez por todas la dendrología del árbol genealógico de la familia Trotacielos, y es quizás un ejemplo paradigmático de un filme que parece escrito por los threads más populares de Reddit. Los últimos Jedi es una de las películas de la franquicia mejor recibidas por la crítica —en mi nada humilde opinión, por ejemplo, es quizá la mejor de Star Wars, junto a El imperio contraataca y Rogue One: Una historia de Star Wars—, y también una de las más taquilleras, sólo detrás de El despertar de la fuerza, y sin embargo, la mayoría de sus aportes a la mitología de Star Wars fueron rechazados por un sector de fans que aseguraban que esas aportaciones deformaban el mito y transformaban el sentido de la saga que han estado siguiendo por años. Este mismo sector de fans se ocupó de atacar a Kelly Marie Tran mediante insultos que apelaban a su condición de mujer de ascendencia asiática y a su peso —uno de ellos, un grotesco tuit de Paul Ray Ramsey, vlogger de derechas que coquetea con el peor racismo—, y la cosa llegó a tal grado que Tran dio de baja su cuenta de Twitter de forma aparentemente definitiva.

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El ascenso de Skywalker es una película que parece que no terminó de pasar el tiempo que le correspondía en el horno. Cierto: hay momentos de buen espectáculo cinematográfico, pero esto es casi que lo mínimo esperable en un filme de Star Wars. Tampoco es que pida uno que el guion lo firme Billy Wilder, pero acá estamos ante un grado de torpeza que suele reservarse a blockbusters con menos pretensiones. Una de las principales razones por las que la película falla, sin embargo, es porque parece pasar demasiado tiempo obsesionada con reescribir la mitología que Los últimos Jedi se ocupó de retocar: en vez de permitirle a Rey convertirse en una heroína sin necesidad de incorporar al personaje a algún linaje, el guion la convierte en una descendiente del insólita e inexplicablemente resurrecto Emperador Palpatine, el principal villano de la saga y enemigo y artífice de la familia Skywalker; en vez de que Poe Dameron continúe su aprendizaje como un general que reconsidera y madura, el filme lo convierte en un vaquero ligador intergaláctico sin ningún rastro de ingenio; en lugar de continuar el camino que aprovechaba el vasto universo de la saga para traer a nuevos personajes al centro, la cinta despojó a Kelly Marie Tran de su puesto como coprotagonista y la relegó a decir un par de líneas y a mantenerse lejos de la acción durante la mayor parte de la película.

Por supuesto, es imposible saber si estas decisiones se tomaron siguiendo las directrices que los troles de derecha se encargaron de esparcir por redes sociales y foros de todo el internet, pero tampoco es difícil intuir que al menos algunas de esas opiniones fueron conocidas y quizá discutidas por los creadores: que el filme se ocupe de marcar tantas casillas de las exigencias de aquellos fanáticos es demasiada coincidencia como para no invitar a la suspicacia. El resultado en pantalla, sin embargo, fue decepcionante en todos los sentidos: no sólo la crítica recibió mal a la película, que mientras escribo estas líneas acaba de empatar a la vilipendiada La amenaza fantasma como la entrega peor calificada de la historia de la franquicia, sino que las mismas audiencias abandonaron los cines.

Pese a que difícilmente la película puede considerarse un fracaso, gracias a una recaudación que supera ya los mil millones de dólares, sí ostenta la peor caída de taquilla para una cinta de Disney que haya cruzado esa marca: 92.5% de descenso en audiencia para su cuarto fin de semana. El tamaño del negocio de Disney hace que rara vez una película de Star Wars pierda dinero —ha sucedido una sola vez, con Han Solo: Una historia de Star Wars—, pero eso no quita que el filme haya resultado decepcionante para un espectro mucho más amplio de espectadores de lo que resultó Los últimos Jedi. La última entrega de la que es, irrebatiblemente, la saga más grande de la historia del cine culminó con una película desarticulada, marcada por la imposibilidad de explorar nuevos caminos y aferrada a la mitología que construyó hace más de cuarenta años.

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El desplome en taquilla de El ascenso de Skywalker demuestra una realidad que, pese a su obviedad, a veces pasamos desapercibida: el ruido al que estamos expuestos en internet no es, necesariamente, el ruido que domina la conversación o las preferencias del resto de los espectadores materiales, los que pagan su boleto o membresía o encienden la televisión. Sin embargo, habría que preguntarse de dónde sale, entonces, la resonancia que alcanzan aquellas voces y las razones por las que parecen influir tanto en los productos culturales que consumimos —y en la cobertura que reciben esos mismos productos culturales—. Un buen caso sería el desempeño de Jodie Whittaker como el Doctor de Doctor Who, aquella venerable institución de la televisión británica.

Whittaker asumió un papel protagónico que desde 1963 estuvo ocupado por hombres, y su elección causó una oleada de indignación a lo largo y ancho de internet. Viejos fans de la serie —o al menos, personas que aseguraban ser viejos fans de la serie— reclamaron el cambio de género de El Doctor. Los medios —que a menudo caen en estas trampas de la viralidad— amplificaron el mensaje que diseminaban unos cuantos y lo convirtieron en una tendencia que cruzaba el internet para llegar al resto de los medios: los fans, decían las notas de prensa ansiosas por capturar los clics, están molestos con el cambio de género de El Doctor. El hecho inicial, una nota benigna respecto a una nueva etapa de un viejo personaje, se convierte, gracias a la capitalización de la indignación, en un suceso noticioso en el que parecen librarse todas las batallas de las guerras culturales: el casteo de Whittaker pasa a representar una instancia misándrica, según los inconformes, o una cruzada indispensable para la igualdad de género, según quienes defienden la elección de reparto. La escaramuza es elevada a batalla épica gracias a la intervención de medios y comunicadores que asumen el papel de ocoteros en un asunto, de entrada, nimio o inocuo.

Y, sin embargo, Jodie Whittaker ha gozado de saludables índices de audiencia desde que comenzó su estancia en Doctor Who. Todo el odio y todo el rechazo que los troles lograron acumular no llegaron a nada: incluso en unos años en los que el número de televidentes en Reino Unido se ha reducido de forma generalizada, La Doctora de Whittaker ha sabido mantener unos saludables índices de audiencia, y también en Estados Unidos la recepción del programa ha sido bastante cálida. ¿Qué pasó? Entre otras cosas, el cambio de Whittaker atrajo, probablemente, a mayor número de espectadores de los que alejó: el ruido de las redes, amplificado por medios inescrupulosos, no soportó el peso de la realidad.

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No es de extrañar que muchos de los troles que se dicen fans a ultranza de estas franquicias, fundamentalmente hegemónicas en todo sentido, recurran al insulto racista, sexista o xenófobo a la hora de rechazar los cambios que sufren sus productos culturales, o que alineen sus filias políticas a las de figuras ultranacionalistas. En un mundo donde el Estado parece haberse retraído de forma generalizada, los ciudadanos nos encontramos cada vez más lejanos de las grandes decisiones políticas, por lo que volcamos nuestra frustración a través de quejas furibundas contra obras de ficción. Así, y de forma inesperada, el campo de los productos culturales se ha convertido en uno de los principales frentes de batalla de la versión digital, perpetua y mundial de las guerras culturales que se libraron en el siglo xx. El peso de una opinión cambia cuando las opiniones pueden modificar lo que se ve en las películas más vistas del mundo; el futuro de esta influencia se antoja, al mismo tiempo, como un enfrentamiento crucial o una cortina de humo. Quizá para cuando lo sepamos sea ya demasiado tarde. EP

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