Ocios y letras: La sangre devota de López Velarde

Fuensanta: dame todas las lágrimas del mar. mis ojos están secos y yo sufro unas inmensas ganas de llorar. Yo no sé si estoy triste por el alma de mis fieles difuntos o porque nuestros mustios corazones nunca estarán sobre la tierra juntos. Hazme llorar, hermana, y la piedad cristiana de tu manto inconsútil enjúgueme […]

Texto de 16/12/16

Fuensanta: dame todas las lágrimas del mar. mis ojos están secos y yo sufro unas inmensas ganas de llorar. Yo no sé si estoy triste por el alma de mis fieles difuntos o porque nuestros mustios corazones nunca estarán sobre la tierra juntos. Hazme llorar, hermana, y la piedad cristiana de tu manto inconsútil enjúgueme […]

Fuensanta:

dame todas las lágrimas del mar.

mis ojos están secos y yo sufro

unas inmensas ganas de llorar.

Yo no sé si estoy triste por el alma

de mis fieles difuntos

o porque nuestros mustios corazones

nunca estarán sobre la tierra juntos.

Hazme llorar, hermana,

y la piedad cristiana

de tu manto inconsútil

enjúgueme los llantos con que llore

el tiempo amargo de mi vida inútil.

Fuensanta:

¿tú conoces el mar?

Dicen que es menos grande y menos hondo

que el pesar.

Yo no sé ni por qué quiero llorar:

será tal vez por el pesar que escondo

tal vez por mi infinita sed de amar.

Hermana:

dame todas las lágrimas del mar…

“Hermana, hazme llorar…”

Ramón López Velarde

Ignoro si hay muchas corrientes sanguíneas tan apasionadas y devotas como la de Ramón López Velarde (1888-1921); lo que sabemos todos es que sus poemas han sido reconocidos como piezas clave de nuestra literatura. La vigencia de La sangre devota, su primer libro, cuyo centenario celebramos en este espacio, confirma la singularidad e intensidad de la poesía velardiana.

La vida de un poeta está en sus poemas, advierte Guillermo Sheridan en la imprescindible crónica literaria de aquella breve y luminosa existencia (Un corazón adicto: La vida de Ramón López Velarde, FCE, 1989). En efecto, en esos versos están el niño y el adolescente educado en el seno de una familia religiosa de clase media de Zacatecas que viaja a Aguascalientes cuando su padre es nombrado notario público, que pasa por dos seminarios (Seminario Conciliar y Tridentino de Zacatecas y Seminario Conciliar de Santa María de Guadalupe de Aguascalientes) y en esos años de educación sentimental conoce a Josefa de los Ríos, una prima segunda que era ocho años mayor que él, durante unas vacaciones en Jerez, su pueblo natal, de quien se enamora profundamente y será la Fuensanta de sus versos.

López Velarde continúa su formación en el Instituto de Ciencias de Aguascalientes, donde hace estudios preparatorios para la carrera de abogado, la cual concluye en San Luis Potosí en 1908, año en que muere su padre. Muestra interés por la vida pública y la política en 1911, al obtener el título de abogado, desempeñarse como juez de primera instancia en el pueblo de Venado, en San Luis Potosí, y tener ocasión de adherirse abiertamente a las ideas de Francisco I. Madero. Eduardo Correa se convierte entonces en una suerte de mentor suyo, y en 1912 lo invita a colaborar en el periódico La Nación.

En pleno conflicto revolucionario, en 1914, el poeta se muda a la Ciudad de México junto con su familia; en la capital se encuentra con Pedro de Alba, Enrique Fernández Ledesma y la plana de colaboradores de Revista de Revistas; se adentra en el periodismo cultural y en su propia escritura a lo largo de los agitados dos años siguientes, de tal suerte que en 1916 decide editar La sangre devota, poemario que había formado seis años antes. Saturnino Herrán, el pintor (vida paralela a la del poeta, nace en 1887 y muere tres años antes que él) que capta como nadie la poética de su casi paisano (bien conocida es la rancia vecindad entre Zacatecas y Aguascalientes), ilustra la portada y la casa Revista de Revistas se encarga de la edición que alcanza un tiraje de mil ejemplares cuya peculiaridad es colocar en la parte inferior de la página el título de cada uno de los treinta y siete poemas. Entre algunos de los más conocidos están “Tenías un rebozo de seda”, “Viaje al terruño”, “Pobrecilla sonámbula”, “Domingos de Provincia”, “Mi prima Águeda”, “En las tinieblas húmedas…”, “Para tus dedos ágiles y finos”, “Hermana, hazme llorar…”, “Boca flexible, ávida…”, “Tus hombros son como una ara…”, “Y pensar que pudimos…”.

Prueba de la pronta aprobación del poemario procede de la pluma de Julio Torri: “Con elegante portada de Saturnino Herrán, publica nuestro excelente amigo López Velarde un tomo de poesías. Las hay en La sangre devota muy bellas, que recuerdan vagamente al panteísmo de Francis Jammes; otras, de originalidad no rebuscada, delatan al poeta que va descubriendo su camino, y que empieza a dominar los recursos de su arte. López Velarde es nuestro poeta de mañana, como lo es González Martínez de hoy. Y como lo fue de ayer, Manuel José Othón”. La opinión de José Gorostiza ratificaba el ingreso del poeta a la plaza mayor de la poesía mexicana:

En el 1916 publicó La sangre devota. En los nerviosos círculos literarios, unificados a la sazón bajo los signos de Amado Nervo y de Enrique González Martínez, en una especie de simbolismo ceremonial y sentencioso, la aparición de este libro amargo, lleno de sinceridad y de aspereza había causado en unos, admiración, y en otros, los más, desasosiego. […] Entre él y su espectador, franco o furtivo, saltaba como una chispa la duda de si, a pesar de la lozanía de su juventud, no nos hallábamos frente a un hombre completamente destrozado.

En 1917 López Velarde es nombrado secretario particular del secretario de Gobernación, Manuel Aguirre Berlanga, compañero suyo en la Escuela de Leyes y en el Partido Antirreeleccionista de San Luis. Ese mismo año codirige durante unos meses junto con González Martínez y Efrén Rebolledo la revista Pegaso. En 1919 aparece Zozobra, su segundo poemario, que tiene buena recepción. Al ser asesinado Venustiano Carranza, López Velarde pierde el empleo, pasa algunas penurias y gracias a la intervención de algunos de sus amigos ante José Vasconcelos, es invitado a participar en sus proyectos educativos; colabora en el primer número de El Maestro, revista en la cual, como parte de las celebraciones por el centenario de la consumación de la Independencia, publica el ensayo “Novedad de la Patria”, y luego, en el número tres, “La suave Patria”. El 19 de junio de aquel 1921, cuatro días después de haber cumplido treinta y tres años, muere de una bronconeumonía.

En su “Examen de Ramón López Velarde”, José Luis Martínez (Literatura mexicana: siglo XX, 1910-1949, Conaculta, 1990) observa cómo el amor frustrado es un sentimiento que tiene en La sangre devota una amplia gama de registros que parten de la castidad y la inocencia hasta el fracaso de los afanes eróticos del poeta. Añade que “la pureza provinciana” del libro existe como un deseo insatisfecho o como una lejanía nostálgica: “Me estás vedada tú… Soy un fracaso/ de confesor y médico que siente/ perder a la mejor de sus enfermas/ y a su más efusiva penitente”. El crítico observa que “En muchos otros poemas podría señalarse la nostalgia por la felicidad perdida de la provincia y las lágrimas vertidas por esa tristeza vaga que es al fin la conciencia de la imposibilidad de recobrar un mundo definitivamente ido”.

En Ni sombra de disturbio (Auieo, Conaculta, 2014), Fernando Fernández reúne cinco ensayos sobre Ramón López Velarde. En el primero traza un interesante “retrato” del poeta donde advierte cómo “el jovencísimo López Velarde vive la belleza femenina como una experiencia personal y subjetiva”; cita una carta que Correa, el amigo y confidente del poeta, escribe a un tercero contándole que el gusto de López Velarde va más por el lado de los años que por el de la hermosura. Le parece que aquellos primeros años de escritura de López Velarde fueron muy intensos: “Tengo en la cabeza un hervidero de asuntos poéticos. Versos casi completos me fluyen a toda hora”. Considera Fernández que una de las cosas más significativas que separan los primeros poemas del joven jerezano de los de la versión de 1916 de La sangre devota es el descubrimiento de Baudelaire: “En abono de mi sinceridad/ séame permitido un alegato:/ entonces era yo seminarista/ sin Baudelaire, sin rima y sin olfato”. No obstante, a Fernández le interesa demostrar que existe continuidad entre los treinta y cinco primeros poemas, dispersos en diarios de provincia o álbumes, rescatados y editados por José Luis Martínez (Ramón López Velarde, Obras, FCE, 1990), y los que forman La sangre devota.

Octavio Paz dedicó varias reflexiones a la poesía de López Velarde; resumía en alguna ocasión que “Su obra participa de las corrientes de la época, a pesar de la lejanía geográfica e histórica en que vivió”, y sentenciaba: “No, López Velarde no es un poeta provinciano, aunque el terruño natal sea uno de sus temas: los provincianos son la mayoría de sus críticos. Poemas como “El mendigo”, “Todo”, “Hormigas”, “Tierra mojada”, “El candil”, “La última odalisca”, “La lágrima” y otros cuantos más —en verso y en prosa— lo hacen un poeta moderno, lo que no podía decirse, en 1916 o 1917, de casi ninguno de sus contemporáneos en lengua española”. José Emilio Pacheco, por su parte, considera que “López Velarde cierra espléndidamente el modernismo y, al mismo tiempo que Tablada, lo convierte en modernidad, piedra de fundación de nuestra poesía contemporánea. Sólo el concepto que identifica el modernismo con una de sus maneras, la de Prosas profanas, ha hecho que no se considere modernista a López Velarde, privando a esta gran época renovadora del mayor poeta que tuvo entre nosotros. Las influencias le sirvieron para despertar su originalidad, sus gustos son modernistas”.

Alfonso García Morales, estudioso de la literatura mexicana de las primeras décadas del siglo xx, refiere que el poeta nacional, moderno y católico que fue López Velarde, experimentó en su corta vida “una profunda evolución literaria”, que tras “superar iniciales prejuicios antimodernistas, adoptó el modernismo sentimental y provinciano que caracteriza la mayor parte de los poemas de su primer libro, La sangre devota”. Añade que antes de publicarlo “él ya se había abismado en la búsqueda de una expresión personal cada vez más atrevida y moderna, que desconcertó a muchos de sus contemporáneos, y que dio como resultado los poemas de Zozobra y las prosas del póstumo El minutero (1923)”. Concluye el crítico español que “En el México de 1915 a 1921 la cultura finisecular fue dando paso al nacionalismo y la vanguardia, y el joven López Velarde se convirtió en la alternativa más original y polémica al poeta consagrado Enrique González Martínez”.  ~

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