Ocios y letras: Bicentenario de Luis G. Inclán, charro, impresor y novelista

A Luis G. Inclán (1816-1875) le bastó escribir Astucia para darle a la historia de las letras mexicanas un episodio de la vida campirana del bajío como utopía nacionalista. El liberalismo y la fe cristiana propician la armonía necesaria para explotar y contemplar la naturaleza. La novela, cuyo largo subtítulo es El jefe de los Hermanos de la […]

Texto de 24/09/16

A Luis G. Inclán (1816-1875) le bastó escribir Astucia para darle a la historia de las letras mexicanas un episodio de la vida campirana del bajío como utopía nacionalista. El liberalismo y la fe cristiana propician la armonía necesaria para explotar y contemplar la naturaleza. La novela, cuyo largo subtítulo es El jefe de los Hermanos de la […]

A Luis G. Inclán (1816-1875) le bastó escribir Astucia para darle a la historia de las letras mexicanas un episodio de la vida campirana del bajío como utopía nacionalista. El liberalismo y la fe cristiana propician la armonía necesaria para explotar y contemplar la naturaleza. La novela, cuyo largo subtítulo es El jefe de los Hermanos de la Hoja o los charros contrabandistas de la Rama, tiene la estrategia narrativa del popular folletín. El ranchero e impresor Inclán se asume como novelista y no tiene reparos en revelar sus influencias, el lema de los Hermanos de la Hoja es el de Los tres mosqueteros y las aventuras se asemejan a las de El conde de Montecristo. Como sabemos, la novela por entregas llegó de Francia y propició una preferencia por el suspenso y la identificación de estereotipos. En México, el primer escritor que se interesó por el género fue Manuel Payno, quien se entusiasmó por Los misterios de París, de Eugenio Sue, y observó la atracción que ejercía sobre los lectores. Comenzó a escribir El fistol del diablo en 1846. Al respecto, Margo Glantz dice:

Manuel Payno es una figura fundamental en la literatura del siglo xix, en El fistol del diablo, trata someramente un tema que se abordará con mayor profundidad en Los bandidos de Río Frío: la orfandad de la mujer; es decir, se cuenta —como uno de los ejes principales— la historia de una o varias mujeres menores de edad que al perder a sus padres quedan desvalidas y en manos de un tutor o marido que las explota, persigue y arrebata, generalmente, su fortuna. Este tema es importante porque la novela de folletín en México surgió, sustentada en parte, en la idea liberal de que por ser la mayoría del público lector femenino, podía funcionar para despojar a las mujeres del ideal religioso que regía su vida.

El ejemplo de Payno no tardó en ser seguido por autores como Justo Sierra O’Reilly, quien comenzó a publicar en 1848 La hija del judío, en el periódico yucateco El Fénix, la cual es considerada la primera novela histórica en México.

En 1865, Luis G. Inclán publicó la primera entrega de Astucia, novela que se convirtió en uno de los primeros éxitos de circulación de la literatura nacionalista, pero considerada de rango menor durante mucho tiempo, hasta que Carlos González Peña la estudió y demostró, en 1931 (le dedicó su discurso de ingreso a la Academia: “Luis G. Inclán en la novela mexicana”, al cual respondió Victoriano Salado Álvarez), que no solamente valía por recoger expresiones y formas propias del español mexicano, como habían reconocido años antes Joaquín García Icazbalceta y Federico Gamboa, sino como un documento bien escrito e “insustituible” para adentrarse en la vida de México.

Astucia es —opina Emmanuel Carballo— una obra ingenua, regocijante, que cuenta las bellaquerías y generosidades de un grupo de contrabandistas de tabaco. Los personajes son simpáticos, sueltos, convincentes. En sus palabras, pensamientos y actos reflejan su tierra de origen. Son mexicanos porque sí, porque no les queda otro remedio. No juegan a ser mexicanos (como los personajes de otros tantos novelistas de la época), se comportan fatalmente como tales.

En la crítica literaria hay coincidencia en destacar el valor de rescate de giros populares propios del campo, al grado de considerar que Luis G. Inclán fue quien dio verdaderos pasos hacia la liberación de México de España con el uso de mexicanismos y refranes. Antes de Astucia, todos los escritores importantes, incluido Altamirano, creían que era necesario replantear la novela nacional a partir del paisaje, la historia, las situaciones y crear personajes mexicanos, pero no se daban cuenta de que escribían de acuerdo con los cánones que venían de España, y trabajaban con un lenguaje pulido, gramaticalmente cuidado y académico. Luis G. Inclán, según Glantz, hace irrumpir con fuerza el lenguaje coloquial en la literatura y “con ese acto revoluciona el estilo en las letras mexicanas”.

Carlos González Peña acudió a los trabajos de José de Jesús Núñez y Domínguez para recordarnos cómo se hizo hombre de campo y luego impresor y escritor. Nos informa que Luis Gonzaga Inclán nació el 21 de junio de 1816 en el rancho de Carrasco, municipio de Tlalpan; que estudió latinidad y filosofía en el Seminario Conciliar de México durante tres años; que abandonó sus estudios y regresó al hogar paterno, donde su padre, don José María, lo regañó y lo hizo trabajar mucho hasta que se convirtió en administrador (“Durante quince días su hijo vivió la dura existencia del labriego. Pero como la vocación la traía en la sangre y era listo y resistió asperezas, a poco ascendió a peón, luego a segundo, más tarde a capitán, y, en suma, a administrador, o sea lo más elevado de la jerarquía”); que tuvo ese mismo puesto en otras haciendas, así como en las plazas de toros de Puebla y de la Ciudad de México; que, instigado por su padre, se trasladó a Michoacán, donde vivió siete años para mejorar sus conocimientos sobre los cultivos de la tierra caliente; que en tierra purépecha pasó los años de su juventud (“fijando para siempre en su imaginación costumbres y paisajes, tipos, decires y episodios que más tarde aprovecharía al trocar de nuevo, por virtud de extraño retorno, la pala y el azadón por la pluma”); que en 1836 regresó a su tierra y se casó con María Dolores Rivas, con la que tuvo dos hijos, que a poco tiempo quedaron huérfanos de madre, y que en 1842 celebró sus segundas nupcias con Petra Zúñiga y Negrete, con quien tuvo otros dos retoños.

Hacia 1847, Inclán compró una imprenta que se encontraba en la calle León número 5, cerca de Santo Domingo 12, y luego estableció una empresa litográfica en San José el Real número 7, donde daba a la estampa imágenes religiosas. “Había en él una doble personalidad: la del caballista y hombre de campo, y la del sedentario vecino de ciudad, que a serlo se veía reducido por azares de la existencia. Gustó siempre de los deportes rudos, y en ellos ganaría fama, que no fortuna, en la capital misma, de tiempo atrás […] Mas no por ello se desentendería del tipográfico y del litográfico, que le daban de comer, y a los que pronto se aficionó”.

Entre las obras que tenemos noticia que sacó de su imprenta dedicada a papeles de carácter popular como corridos, oraciones y estampas religiosas, destacan El jarabe (1860), de Niceto de Zamacois; la séptima edición de El periquillo sarniento (1865), de José Joaquín Fernández de Lizardi, y por supuesto, los dos tomos ilustrados de su novela Astucia (1865-1866). Murió el 23 de octubre de 1875 en la Ciudad de México.

Importa rescatar sus Reglas con que un colegial puede colear y lazar, al parecer su primera obra publicada en 1860, en la que deja testimonio de su formación: “la práctica y experiencia adquiridas en más de veinte años de ejercicio en diversas partes, distintos terrenos y con multitud de animales”; estas Reglas son una suerte de doctrina del arte charro ilustrada por él mismo, en la que expone, entre otras cosas, las diferentes formas de colear yeguas, mulas o burros, explica las distintas maneras de usar la reata, de montar y desarrollar otras habilidades de aquellos hombres amantes de los caballos. Y que Inclán era charro de corazón lo demuestra su siguiente obra, Recuerdos de Chamberín (1860), folleto que, según González Peña, es una “tosca elegía al caballo muerto”, y, evidentemente Astucia, su obra mayor que prefigura nuestro Robin Hood.

Hay noticias de otras creaciones de Inclán de carácter popular, incluso de dos novelas inéditas: Los tres Pepes y Pepita la planchadora, y de un proyecto de diccionario de mexicanismos. Inclán fue un gran narrador espontáneo que, si bien no poseía excelentes recursos literarios, tuvo la capacidad de vaciar y comunicar sus experiencias en forma sincera y amena, por lo cual no debe extrañar la vigencia que tienen las historias de sus personajes y el lenguaje que emplean en estos tiempos en que nos acechan verdaderos y temibles bandidos.  ~

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