Un lugar llamado fosa común

Mediante este foto-reportaje, Eber Huitzil nos invita a reflexionar sobre aquellas y aquellos que, a causa de la indolencia del Estado, terminan sepultados en esos espacios de indeterminación comúnmente llamados fosas comunes, pero también sobre la labor esperanzadora de diversos colectivos y personas que han luchado por devolverles su identidad a estos difuntos sin nombre.

Texto de 03/11/23

Fosa común

Mediante este foto-reportaje, Eber Huitzil nos invita a reflexionar sobre aquellas y aquellos que, a causa de la indolencia del Estado, terminan sepultados en esos espacios de indeterminación comúnmente llamados fosas comunes, pero también sobre la labor esperanzadora de diversos colectivos y personas que han luchado por devolverles su identidad a estos difuntos sin nombre.

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Este texto fue escrito el sábado 28 de octubre del 2023

En estas fechas, la muerte en México generalmente la pintamos de noche, entre la luz de velas que rompen la oscuridad, entre la romería que gobierna un par de veladas en los panteones. Pero acá, apenas unos días antes de esta celebración, hay otra forma bajo un fuerte sol otoñal, bajo la luz enrojecida que atraviesa una gran lona, principal refugio contra el sol castigador en el fondo de una cañada.

“Bajo esta luz rojiza, se escucharán las voces de distintas personas: trabajadores del panteón y la alcaldía hablarán sobre lo significativo del camino para llegar a este evento, sobre la importancia de honrar a los muertos.”

Este sábado, a mediodía, hay una ofrenda en el panteón de Dolores, un altar colorido justo en la entrada de lo que se llama fosa común. Un espacio que, para los ojos ajenos, es difícil de delimitar pero que, básicamente, es un largo pasillo que empieza en una pendiente y rodea una loma de este panteón; y este espacio se distingue del resto porque acá lo común son unas cuantas cruces de hierro dispersas de tanto en tanto. Para llegar ahí hay que caminar a través de todo el panteón, seguir su terreno inclinado hasta el fondo, dar vuelta a la izquierda y continuar hasta llegar al lado de donde la barranca marca el límite, el final.

Insisto, acá, a mediodía, el misticismo de la muerte no está implicado con la noche, las velas, el aroma a copal; acá, está implicado con otro tipo de actos, con el grupo de personas que se han reunido para hablar poco, pero sentir mucho, para hacer un corte de caja de una labor que está a medio camino: encontrar y devolver la identidad a algunos de los cuerpos que se encuentran enterrados en este pedazo de panteón.

“Ni una sola persona en la faz de la tierra sabe cómo hacerme”, dice un lápiz parlante en el ensayo de Leonard E. Read, “I, pencil”. Al margen de la defensa de “la mano invisible” del mercado que hace Read al final de su texto, traigo esta cita a colación porque la idea sobre la que gravitan las palabras jactanciosas de este lápiz, la maravilla sobre la que reflexiona, es que toda producción de objetos humanos, en realidad, implica un gran trabajo de intercambio, cooperación y apoyo mutuo, como diría Kropotkin.

Y quizás sea asombroso en términos de objetos y tecnología, pero hoy acá la cooperación tiene otro objetivo compartido e igual de asombroso. Bajo esta luz rojiza, se escucharán las voces de distintas personas: trabajadores del panteón y la alcaldía hablarán sobre lo significativo del camino para llegar a este evento, sobre la importancia de honrar a los muertos. Un representante de la Comisión Nacional de Búsqueda dirá —asumiendo la realidad de un país donde existen “dobles desapariciones”, la de la muerte sin identificación y la de las autoridades que pierden cuerpos— que las fosas comunes no pueden seguir siendo una opción para tratar a las personas que mueren sin ser identificadas.

Luego, tocará el turno de Quique, un hombre de 53 años que dirige el Caracol, una organización que, en Ciudad Monstruo, trabaja con poblaciones callejeras desde hace 30 años. Quique no puede hablar. A Quique, se le quiebra la voz: “Aunque somos profesionales, nos duele lo que le pasa a la gente de calle”. Duele saber que hay que realizar un ingente trabajo, días y horas de coordinación, llamadas, reuniones, mapeos, cruce de bases de datos, colaboración de distinto tipo, de distintos saberes para que, entre ese intercambio, entre tanto cruce de personas se sepa exactamente dónde están los cuerpos de aquellas con los que un día cruzaron camino en la calle. La calle que se volvió su hogar, de donde fueron recogidas —con o sin vida— para desaparecer en los vericuetos institucionales y burocráticos, y que finalmente, después de mucho tiempo volvieron a encontrar aquí, en este espacio, en esos cuadrados de tierra removida donde ahora sabemos que se encuentran Herme, Belén, Heleuterio. El Caracol supone que otros 5 conocidos —Lalo, Mario, Ulises, Juana y Laura— también están aquí, pero no hay total certeza porque vivir en la calle implica perder identidad y tener problemas con los datos personales.

“No queremos terminar en la fosa común”, reflexiona Bere en voz alta, alguien que ha vivido en la calle por muchos años —de la que ha logrado salir, dice, gracias a el Caracol— y que hoy, con sus dos hijas, viene a rendir tributo a dos mujeres que conoció en las entrañas de una ciudad que las ha tratado con la punta del pie. Hoy lleva flores de cempasúchil y las acompaña un fraile dominico a las cruces de Herme y Belén para que las bendiga, mientras Chucho ha asumido el reto de lograr mantener encendida una vela frente a una de esas cruces.

Esas pequeñas cruces resaltan entre los montículos de tierra removida y anónima. Sobre ellas la atención de las personas reunidas se centra en silencio una vez que el fraile dominico ha terminado de lanzar agua bendita. Ahí, con la mirada clavada alrededor de esa paradoja de sentires que se enredan irremediablemente, se ve, en silencio, para adentro. Sucede lo que se supone que tiene que suceder en día de muertos: recordar, reflexionar, compartir, homenajear, hacer un espacio entre el dolor —acentuado por la indiferencia, la injusticia que trajo hasta aquí a cada persona enterrada— y el cariño. Acá, pese a lo mucho que falte por hacer, se ha ganado una batalla contra el olvido. Pero faltan muchas más batallas que ganarle a la inhumanidad.

“Acá, pese a lo mucho que falte por hacer, se ha ganado una batalla contra el olvido. Pero faltan muchas más batallas que ganarle a la inhumanidad.”

P. D. Don Ismael, un hombre con una prominente herradura de pelo alrededor de sus labios, con su gorra y camisa fajada y desabrochada en los botones superiores, ha sido una pieza fundamental en esta historia. Desde 2005, asumió la difícil labor de acomodar en la tierra cada uno de los cuerpos que la ciudad y sus instituciones deciden enviar aquí.

Pero Don Ismael intuía algo cuando se trataba de ir acomodando bajo tierra cada uno de los cuerpos que ha enterrado en la orilla de esta loma, en esta fosa común, que comparte el cuerpo de Guadalupe Posadas, los restos de gente devorada por el sismo de 1985, la gente que cotidianamente muere en la calle, en albergues, las y los sin nombre que seguirán llegando aquí.“ Alguien va a venir a buscarlos”, se dijo don Ismael y con su libreta y un lápiz, —sí, un lápiz— ha permitido que hoy, en este territorio de tumbas difíciles de reconocer, existan unas 3 con nombres, para que familias y amigos sepan a dónde llevar flores, sin importar si, como siempre, les toca acomodarse, sobrevivir en la orilla de la ciudad. EP

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