Cuota de género: La alberca de Horta

Cuota de género es el blog de Abril Castillo en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 13/12/21

Cuota de género es el blog de Abril Castillo en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Para Majo, Karen y Julieta

El viento de Horta suena como el mar.

Me despierta de madrugada y me tardo en entender que es el ruido del aire meciendo brusco los árboles.

Todo es sonido hasta que no logro dormir más.

Ese momento sutil en que lo absurdo deja de tener sentido y no me queda más que abrir los ojos, ver el reloj: son más de las siete.

Cada día es una carta al futuro.

Esperar toda la noche al ratón de los dientes.

Abrir el correo con cartas que llegaron mientras yo dormía, o vacío.

Cada vez son más correos de aquí mismo. Mensajes del presente.

Es de día aunque no lo parezca.

Aquí nada se parece a nada.

Dicen que hay un laberinto, pero nunca he estado.

***

Si esto fuera un fin de temporada, qué mejor que terminarlo en una alberca.

—¿Qué es una alberca? —me dice la señorita de la entrada del deportivo.

O más bien: 

—¿Que quieres usar la qué?

***

La palabra alberca viene del árabe al-birkah. El prefijo al- como artículo “la” y birkah que quiere decir “charco”.

Piscina en cambio viene del latín piscis, “pez” y era un estanque para pescar.

En México las caricaturas son el único lugar donde alguien dice “piscina”.

Sólo en México le decimos alberca a ese hoyo falso relleno de agua donde nadamos. Y también a los verdaderos.

***

—Una alberca es una piscina —le digo—. Perdón, creo que sólo en México le decimos así. Lo que quiero usar es la piscina.

—Nada que perdonar, ya aprendí otra palabra. A la piscina entras por el vestidor de mujeres ahí al fondo y de ahí se conecta —me señala con el dedo un largo pasillo cuyo fin no alcanzo a ver desde ahí. 

Camino un rato por el túnel pasando vestidores de hombres y salas de máquinas de pesas, bicis de spinning, cuartos oscuros. Al fin del pasillo está la última puerta, con el signo de baños de mujeres, esa niña hecha con un círculo y un triangulito de cuerpo. Ya había soñado con este vestidor. En mis sueños había sido un baño público con puros retretes ocupados; por suerte ninguno estaba libre o me habría meado en la cama.

Mariana, mi compañera de piso, me prestó un candado.

Encuentro el que decido que será mi locker y me quedo sentada en la banca de enfrente, escribiendo.

Recibo el mensaje de un amigo cambiando un encuentro de fecha y me pregunto si en vez de decir que no o dudar o sobrepensar nada, qué pasaría si sólo digo: “Sin problema”. Convertirme en un Bartleby invertido. Decir a todo que sí.

—No pasa nada, sin problema —imagino que le contesto, y en esa imagen me fijo qué siento. 

¿Qué se sentirá no tener problema de que las cosas cambien, se ajusten, se muevan de lugar?

Idalia es así: 

—Sin problema, rata —me dice siempre.

***

Voy de nuevo al CAP, el Centro de Atención Primaria de mi zona, la salud pública en España. Me quiero vacunar, pero antes de eso he tenido que empadronarme, hacerme dos PCRs, ninguna de cuyos resultados recibí porque hasta ahora sólo tengo la tarjeta provisional y no aparezco en el sistema, entonces tocó cuarentenarme diez días sin síntomas y perder una clase sobre Natalia Ginzburg, formarme de nuevo en el CAP y decir que hace cinco meses me vacuné con Janssen, que quisiera ponerme el refuerzo que, tal como dice en su web, ya están poniendo. 

La señorita del CAP me da cita para vacunarme un día antes de Navidad y me dice que mi tarjeta de salud definitiva llegará en seis meses.

No ve mi boca porque traigo mascarilla, pero me río. No me río de risa, sino de un sentimiento que ya no sé cuál es. Veo su maldad en los ojos.

—¿Seis meses? —le pregunto, incrédula—. Ya me habré ido para entonces —pienso—.

Me dijeron antes que en un mes máximo llegaba —le digo—. A Dani le llegó en dos semanas —susurro sólo para mí.

—A veces tarda un mes —reconoce—. Pero últimamente tarda seis meses —y da por terminada la conversación, con esa voz que usan los narradores de historias de terror para asustar al público, o un niño grande a uno más pequeño.

Sé que no es cierto lo que me dice.

Me llevo la hoja donde me citan para vacunarme en la biblioteca dentro de dos semanas. No me pude vacunar en la Vasconcelos en México, pero me vacunaré entre los libros de Horta.

Paso por la biblioteca y está cerrada. Imagino que si agarro en un buen día a los encargados, si no hay mucha gente, si les muestro mi tarjeta provisional, quizá pueda vacunarme hoy.

O al día siguiente.

Y si no, ya tengo cita para el 23 de diciembre.

***

Abro el celular en el gimnasio y aunque donde estoy no hay señal, decido responder el mensaje y que se mande al rato que salga. Mandar un mensaje para ser otra y a la vez seguir siendo yo, como testigo de qué se siente ser una distinta.

Ante el cambio de planes y de día respondo: “Sin problema”.

Me desvisto, guardo mis cosas, cierro el locker. Y me voy a nadar, después de dos años de no haber pisado una alberca.

***

Desde Horta puedes tomar la línea verde o la azul. 

Yo siempre he vivido al lado de una línea verde y trabajado al lado de una línea azul. Los metros son como ríos. El agua te sigue a todas partes, sin importar el país en el que estés. 

En Horta me siento en casa.

Depende del día y la hora, decido si irme a la escuela que está en el centro por la línea verde, aunque tenga más subidas, o por la azul, donde hay que esquivar más transeúntes. De la verde me gusta cruzar el parque vacío y el mural del sistema solar de la estación Valldaura, me recuerda a mi mamá. Por la noche, procuro regresar por la azul; luego de muchos días e intentos, aprendí a salir en la mera plaza D’Eivissa, que tiene un restaurante italiano que me recuerda a La Posta de Coyoacán, una churrerría a la que no he ido, y un camino lleno de bares, gente y un poco más de luz.

***

Horta significa “huerta”.

Valldaura quiere decir “valle de aura”.

La palabra aura es brisa, viento o soplo.

Y es también el nombre de Mariana, su apellido.

Por ambos caminos puedes llegar a Campoamor.

***

La alberca de Horta es más profunda que todas las albercas en las que había nadado, y eso ayuda a dar la marometa en cada nueva vuelta. Recupero el giro luego de unos intentos donde trago agua por la nariz; se siente como cuando te meten el hisopo por la nariz al hacerte una PCR. Eso dice Santiago y es cierto. Para entender qué tan honda es pongo el cuerpo como flecha vertical y me hundo, los brazos estirados hacia arriba y con las plantas en el piso, no alcanzo la superficie con los dedos. Debe tener más de dos metros. 

Me echo a nadar y en el contacto de mi cuerpo con el agua en una alberca vacía de personas, hilo todo lo que estaba desecho, desamarrado, desprendido en un tejer que junta mi mente con la piel y lo que siento. Y salgo ya vacía de algo que me pesaba y que dentro del líquido me sostiene en un equilibrio que por naturaleza solo puede durar lo que dura un latido.

Nado vueltas sin contarlas, pero no puedo evitar ver el tiempo en el reloj de enfrente. A la media hora me estiro en horizontal, la vista hacia las ventanas del techo. 

Al lado hay una alberca más pequeña con fuentes de hidromasaje. Con el golpe suave y firme del agua, la piel se me asienta otra vez en el esqueleto. Paso ahí un rato más. No sé cuánto.

***

Afuera el viento sigue soplando fuerte.

Caen las hojas. 

El cielo está bien azul.

Un lugar hecho de agua.

Una línea verde, la misma, para llegar a un nuevo paraíso. EP

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