El transitar de la vida

Vivimos en una sociedad llena de prejuicios y heteronormas; particularmente para las personas trans es un reto romperlos. En este ensayo, Eliza Sonrisas cuenta su personalísima experiencia y la manera en la que trata de transformar el futuro. #VisibleEnEstePaís🌈

Texto de 12/11/21

Vivimos en una sociedad llena de prejuicios y heteronormas; particularmente para las personas trans es un reto romperlos. En este ensayo, Eliza Sonrisas cuenta su personalísima experiencia y la manera en la que trata de transformar el futuro. #VisibleEnEstePaís🌈

Antes de abrir los ojos y despertar por la mañana, yo ya era mujer. Siempre lo he sido, pero hoy lo veo con claridad y puedo nombrarlo. Durante toda mi vida lo supe, pero no tenía la información y las herramientas para expresarlo.

Tallé mis ojos, prendí la cafetera y, aún un poco dormida, encendí el reproductor de música; me miré al espejo y sonreí.

Esta soy yo, esta es mi vida, pensé. Soy afortunada, mejor dicho privilegiada, por poder mostrar al mundo una imagen congruente entre mi identidad y cómo decido expresarla: no todas tienen esa posibilidad y eso me sigue perturbando.

El camino no ha sido fácil. Vivimos en una sociedad llena de prejuicios y barreras absurdas que oprimen e invisibilizan lo que se sale de la norma, lo que confronta imposiciones que mucha gente no se atreve a cuestionar: romper lo establecido incomoda, duele.

Yo soy Eliza, una mujer orgullosamente trans que sólo quiere reír, llorar, sentir y vivir, como cualquier otro ser.

Tomé mi taza de café mientras revisaba las notificaciones de mis redes sociales, como siempre había comentarios lindos sobre mis fotos, invitaciones, uno que otro meme y, sí, también un par de insultos habituales. Qué fuerte, ¿no? Habituales.

“El camino no ha sido fácil. Vivimos en una sociedad llena de prejuicios y barreras absurdas que oprimen e invisibilizan lo que se sale de la norma, lo que confronta imposiciones que mucha gente no se atreve a cuestionar: romper lo establecido incomoda, duele”.

Nací el 8 de agosto de 1988. Durante mis primeros años de vida no existía el internet, o al menos no era accesible para la mayoría de la población, por lo que la comunicación y las interacciones humanas eran muy distintas; no quiero decir si era peor o mejor, sólo era diferente. Fui la segunda hija de tres, el jamón del sándwich como se dice coloquialmente. Crecí en una unidad habitacional donde tuve la oportunidad de crear amistades con quienes nos reuníamos en las áreas comunes a jugar bote pateado, las escondidillas, las “trais”- Siempre he sido atrabancada, inquieta, me gusta correr, gritar, saltar; por lo que rápidamente encontré en los deportes un lugar donde sentirme libre.

En aquellos años estaban muy marcados los roles de género, los niños hacían actividades de desgaste físico; las niñas se sentaban a jugar con muñecas, juegos de menos impacto como el hula hula, la liga o simplemente platicar. Por razones evidentes, yo siempre estuve del lado del futbol, el básquet o el tochito que, siendo honesta, siempre lo disfruté y lo sigo haciendo, pero en ocasiones mi mamá le pedía a mi hermana mayor llevarme con ella para cuidarme mientras ella jugaba con sus amigas. ¡Claro! Yo hacía tremendo berrinche: ¿cómo un “niño” iba a estar jugando a la casita?, ¿qué dirían sus amigüitos? Aunque en realidad, yo por dentro sonreía.

Mi hermana me lleva 3 años y medio, dormíamos en el mismo cuarto y compartíamos todos los espacios de la casa. No nos llevábamos bien: yo siempre la molestaba; probablemente era mi forma infantil de acercarme a alguien que admiraba, ¡porque vaya que me inspiraba! Sin embargo, debo confesar que de forma constante entraba en conflicto: me preguntaba por qué yo no podía ser así y qué se sentiría poder expresarme libremente. Así que, en secreto, comencé a usar sus prendas, leer sus revistas y escuchar su música; en definitiva, me sentía plena al hacerlo. 

Tiempo después llegó mi pubertad, con ella el internet y el descubrimiento de las relaciones sexo-afectivas. Las chicas movían algo dentro de mí; era una rara combinación entre admiración y atracción. Yo, al tener una expresión masculina pero una sensibilidad y empatía hacia las mujeres, no tuve problema en acercarme y entablar noviazgos. Mi disfraz de hombre encajaba perfecto con mi orientación y los roles de género que disfruto, pero había algo más que no me dejaba tranquila, algo que mermaba todo lo que podía ser motivo de felicidad, ¿por qué tenía que ser así?

En ese tiempo, a mi casa llegó la primera computadora con la capacidad de recibir señal de internet: una vieja Compac Presario alimentada con discos gratuitos de American Online con periodos de prueba para navegación. Fue entonces que se abrió mi mundo: comencé a visitar páginas y páginas que me arrojaba el buscador al escribir “¿Qué pasa si me gustan las mujeres, pero siento que soy mujer?” Las respuestas aún eran escasas y confusas, pero cada día escarbaba un poquito más.

Para entonces, mi hermano menor venía en camino y mi relación con mi hermana se había transformado; yo la entendía mucho más y también comprendí que éramos iguales, la necesitaba conmigo. Abrí mis primeras redes sociales, HI5 y MySpace, espacios que me permitían explorar nuevas realidades más allá de mi burbuja heteronormada. Había un espectro diverso que yo no había visto, recuerdo ver personas que se denominaban “emos”, que usaban maquillaje y ropa que estereotípicamente no correspondían con su género. Esto me parecía asombroso, pero rascándole un poco más llegué a perfiles de personas crossdressers, aquellas que se travisten sólo en espacios cerrados o seguros. Eso me incitó a abrir un perfil secreto, mi primer nickname fue “superlovelygirl”; agarré mi primer celular con cámara de mínima resolución, me arreglé, tomé un par de fotos y le di la bienvenida al mundo digital a esa chica que, por el momento, sólo podía vivir ahí.

“Nadie sospechaba que dentro de esos pantalones cholos y una cara con semblante enojado, vivía una mujer tierna que pedía a gritos ser visible”.

Transcurrieron muchos años de esa forma; mi vida seguía “normal”. Nadie sospechaba que dentro de esos pantalones cholos y una cara con semblante enojado, vivía una mujer tierna que pedía a gritos ser visible. Esa necesidad era tan fuerte que comencé a compartir mis fotografías con gente de confianza; un círculo reducido, pero seguro, entre ellas, mis hermanos. Curiosamente su respuesta siempre era muy similar: “Wow, qué curioso, nunca sonríes en las fotos, pero en estas te ves feliz”. Y era cierto; era una mujer de sonrisas que no se permitía compartirlo por temor, porque no estaba lista y porque sabía que abrirme era necesario, pero también peligroso.

Actualmente, el espacio digital es una herramienta muy poderosa: tiene la información necesaria para quien la busca, pero también es un espacio hostil y violento. Las identidades disidentes necesitamos lugares seguros, representaciones dignas, voces que nos recuerden que no hay nada malo en quienes somos; necesitamos democratizar el acceso a la información y exigir el cumplimiento de nuestros derechos. 

Mi historia ha tenido un progreso positivo, pero no es la realidad de la mayoría; a eso me refiero al decir que soy privilegiada y no hay nada de malo con reconocerlo, pero el aceptarlo implica cuestionarnos: ¿por qué lo tengo?, ¿qué puedo hacer para ayudar? Y eso incomoda, duele.

Hoy me desempeño como comediante, artivista, diseñadora y post-productora; esto significa que las plataformas digitales son mi herramienta de trabajo. De alguna forma, represento una “figura pública”; lo que hace que mi voz tenga más alcance del que nunca había tenido personalmente, un privilegio más que debo usar con conciencia. Como lo dije al inicio, no hay día que no reciba agresiones e insultos en Twitter, Facebook, Instagram o Tik Tok; si yo con información, un contexto seguro y mucho trabajo interior hay días en los que eso me llega a afectar, ¡imaginen cómo es para personas que se encuentran en el camino de adquirir estos conocimientos y contenciones!

La expectativa de vida de las personas trans en México y Latinoamérica es de 35 años. ¿No es esto aterrador y preocupante? Los crímenes de odio, la falta de políticas de salud y la presión social encabezan las estadísticas.  Probablemente para la mayoría suene ajeno a su realidad, pero ahí es donde entra la empatía: necesitamos reflexionar sobre todas las vidas de las comunidades vulnerables; es un trabajo en conjunto, por el bien común.

“Los crímenes de odio, la falta de políticas de salud y la presión social encabezan las estadísticas. Probablemente para la mayoría suene ajeno a su realidad, pero ahí es donde entra la empatía: necesitamos reflexionar sobre todas las vidas de las comunidades vulnerables; es un trabajo en conjunto, por el bien común”.

No les miento: en el proceso de escritura de este texto he llorado múltiples veces, he recordado y me he puesto a pensar qué hubiera pasado si las condiciones de mi presente y de mi pasado fueran diferentes. No puedo imaginar el dolor que atraviesan mis hermanas, hermanos y hermanes trans; lo único que puedo hacer es abrir mi corazón y ofrecer mi existencia para intentar transformar el futuro.

Hoy, no sabía cómo comenzaría este ensayo ni lo que escribiría, pero tomé el último sorbo de mi café y lo supe. Entré al baño, me quité la pijama, abrí la llave de la regadera y, antes de meterme a bañar, me miré al espejo desnuda, sin maquillaje, aún modorra… Nuevamente sonreí: esta soy yo, con mi corporalidad como es, con mi esencia humana llena de contradicciones, con mis ganas de sentir; soy válida sin necesidad de que alguien más me valide, pero con la responsabilidad de validar la existencia de los demás seres. Sólo soy yo, al igual que el resto. EP

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