Moverse en Ecatepec: la inseguridad móvil

Con un relato a tres voces construido a partir de la antropología experimental, este artículo señala uno de los puntos críticos para la movilidad urbana de nuestras ciudades, ilustrado mediante un asalto al transporte público en Ecatepec de Morelos, Estado de México.

Texto de 08/07/19

Con un relato a tres voces construido a partir de la antropología experimental, este artículo señala uno de los puntos críticos para la movilidad urbana de nuestras ciudades, ilustrado mediante un asalto al transporte público en Ecatepec de Morelos, Estado de México.

En todas las ciudades la movilidad adquiere protagonismo en la agenda pública. Todos los días vamos de un lado a otro para realizar diversas actividades, pero ¿en qué condiciones llevamos a cabo nuestros recorridos? Esta pregunta se ha convertido en la columna vertebral de quienes enarbolan la bandera del derecho a la movilidad y, a pesar de ello, peatones, ciclistas, motociclistas y automovilistas nos movemos. Estas condiciones no son desconocidas por las autoridades de la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM), lo cual se manifiesta en el Plan Estratégico de Movilidad 2019 de la Ciudad de México al proponer que son tres los problemas principales que afectan la movilidad: la fragmentación del sistema de transporte, la ineficiencia y las inequidades sociales que profundiza. Aunque estos problemas son planteados desde la Ciudad de México, bien pueden extrapolarse a la toda la ZMVM, con sus más de 20 millones de habitantes.

Hablamos de la falta de perspectiva metropolitana, de la ausencia de mantenimiento para los distintos transportes y de una profundización de las desigualdades, una tercia que nos invita a pensar en la fluidez de los trayectos, los tiempos de traslado, las distancias recorridas, los costos del viaje y su seguridad. Sin duda la peor parte la llevan los habitantes de la periferia de la ZMVM, que necesitan recorrer largas distancias, consumir más tiempo a costos elevados y, en los recientes años, en un entorno de inseguridad nunca antes visto. Todo esto representa un reto tanto para las instituciones de gobierno como para la ciudadanía y para la relación entre ellos. En este contexto podemos replantear la pregunta inicial: ¿cómo nos movemos en contextos de inseguridad?

El propósito de este texto no es ofrecer respuestas absolutas a esta pregunta, sólo ofrece algunas pistas de lo que sucede en lugares donde la inseguridad se manifiesta. En este caso no me refiero a las calles o las casas —cada día más fortificadas con rejas, mantas amenazantes y todo tipo de objetos para mantener la inseguridad a raya— sino a lo que ocurre dentro de los transportes públicos, en aquellas situaciones donde la inseguridad se hace móvil. El relato que está a punto de leer se inscribe dentro de la antropología experimental; apuesta por el cruce de la escritura etnográfica y literaria, una técnica que considero necesaria para expandir los límites de la descripción y hacer que el lector no sólo se entere de lo que pasa en determinadas situaciones, sino que lo sienta, se conduela y, por qué no, también se indigne. En la siguiente narración, además de exponer la importancia de la experiencia para la planificación del transporte (Jirón, 2012), muestro cómo convergen en distintas experiencias —incluida la propia— el desplazamiento y la inseguridad, cómo se materializan durante unos minutos durante un asalto al transporte público para luego diluirse en la normalidad de la vida cotidiana. Así, a lo largo del texto presentaré cómo tres habitantes del sur de Ecatepec de Morelos1 interpretan y actúan en una situación donde concurren su desplazamiento y un acto de violencia (Ortega, 2014).

Regresar a casa bajo los destellos del crepúsculo

Cuando la noche asciende en los cielos de Ecatepec de Morelos cientos de personas arriban al municipio, luego de una larga travesía. Las escaleras del Metro vibran con el ascenso y descenso de los viajeros y al salir de las estaciones la mayoría aborda transportes públicos, un último paso antes de llegar a casa. Antes de subir a la “combi”,2 uno de los principales medios de transporte, los pasajeros se integran a largas filas hasta que llega su turno de viajar en los asientos disponibles. Aunque está prohibido viajar de pie dentro de estas combis, los conductores lo promueven para desahogar más rápido la fila de espera y aumentar su ingreso en cada viaje. Los asientos están distribuidos de tal manera que transportan a 14 pasajeros sentados —adelante el chofer y dos pasajeros; 11 en la parte trasera— y cuatro pasajeros de pie, 18 en total.

Aquella tarde los 13 asientos de pasajeros fueron ocupados con cierta rapidez. El conductor preguntó a los siguientes en la fila si querían viajar parados pero ninguno aceptó. Se acomodó frente al volante para emprender el camino y, al último momento, subieron tres personas con paso acelerado. Nadie le dio importancia, era algo normal. Tras cinco minutos de trayecto un pasajero, sentado en el asiento individual, con voz fuerte le dijo al chofer: “Bajo en la siguiente cuadra”. Luego, con un tono más suave, extendió su mano al pasajero de enfrente diciendo: “¿Le pasa uno por favor?”. El hombre recibió el dinero y lo pasó al conductor a través de la rejilla que divide el transporte. Después de bajar el primer pasajero uno de los que viajaban de pie inmediatamente ocupó el lugar vacío. No habíamos circulado ni 100 metros cuando el recién sentado metió la mano a su chamarra, miró a su compinche —uno de los primeros que subieron a la combi para alcanzar el asiento en la parte trasera contraria a la puerta, un lugar estratégico para vigilar a todos los pasajeros y evitar cualquier sorpresa— y sacó una pistola de su mochila.

Ese joven parecía regresar a casa desde la escuela, tenía aproximadamente 25 años, vestía pantalones azules de mezclilla, playera verde limón y tenis deportivos. Cuando entró en la combi se tomó unos segundos para elegir su asiento, se dirigió a él, abrió su mochila y sacó un libro y una chamarra gruesa que colocó sobre su cuerpo, sin importar el calor de aquellas horas. Quien dio la señal para comenzar el asalto tal vez rebasaba los 35 años, portaba pantalones negros, camisa azul, tenis negros más parecidos a calzado de vestir que deportivos y una chamarra holgada de color café. Se puso en pie y gritó: “¡Ahora sí perros, aflojen celulares y carteras!”. Aquel grito acaparó la atención del conductor y los pasajeros. Cada movimiento corporal de los asaltantes quería intimidar a los presentes. Entre gritos insultantes, empujones y señalamientos con la pistola, en menos de dos minutos ambos delincuentes habían despojado a todos los pasajeros de sus pertenencias y las habían colocado en la mochila del que parecía estudiante. El único que no fue robado fue el chofer, quien sólo seguía indicaciones como “¡Baja la velocidad!” y “¡Párate aquí!”. Una vez abajo, los asaltantes se perdieron entre las calles de la colonia Sagitario, 3ª sección.

Durante el asalto, y después de éste, distintas emociones se manifestaron en los pasajeros. Rostros enrojecidos, tal vez de miedo, impotencia o enojo, se combinaron con los músculos tensos. Algunos no pudieron disimular el movimiento involuntario de sus manos, manifestación de excesivo estrés. Los menos sólo apretaron los labios hasta formar una línea, mientras desaprobaban con la cabeza. El chofer preguntó a los pasajeros: “¿Quieren que pare una patrulla o ya nos vamos?”. “¡De todos modos ya se fueron esos cabrones, así que mejor ya vámonos!”, respondió uno de los pasajeros. Los demás estuvieron de acuerdo. El resto del recorrido fue cobijado por el silencio. Poco a poco los pasajeros llegaron a su destino, el conductor ya no les cobró y siguió su camino hasta la base para hacer fila y continuar con su día de trabajo. Al parecer el asalto había quedado atrás, pero no en el olvido de los pasajeros. Cada uno lo entendió de manera distinta y actuó en consecuencia. Pese a todo, había que continuar y llegar a casa.

Llegar a casa: los deseos de María

“¡Ahora sí perros, aflojen celulares y carteras!”. María regresó su mirada perdida en la ventana, como normalmente le gusta hacerlo cuando regresa a casa, para centrarse en el grito del hombre que apuntó la pistola hacía su rostro. “Ándale mija, muévete”, con un movimiento María apretó su monedero con la mano derecha y con la izquierda alcanzó su celular de la bolsa trasera del pantalón; ambos los echó dentro de la mochila que le pusieron enfrente. Fue la primera que entregó sus pertenencias. En cuanto obedeció, deshizo su ceño fruncido y fue como gritarles: “¡Tomen y váyanse a la chingada!”, se sintió liberada porque ya no existiría para ellos y la dejarían tranquila para enfocarse en el resto de los pasajeros. Poco a poco todos fueron despojados y María los miraba directo a los ojos. En cierta medida trataba de hacer un vínculo con ellos, una silenciosa comunidad de desvalijados, una especie de complicidad desafortunada que sólo fue correspondida por otra mujer, ubicada casi frente a ella.

El encuentro con aquella mirada fue mínimo, pero suficiente para establecer una comprensión mutua. Al instante, como si se hubieran puesto de acuerdo, ambas sostuvieron su bolso con evidente firmeza. Nadie más correspondió la mirada de María; por el contrario, cada uno buscó algún pequeño punto vacío del transporte que no los comprometiera frente a los asaltantes. Cuando los ladrones bajaron llegó el silencio, pero las miradas de ambas mujeres volvieron a encontrarse. “¡Esta gente ya no respeta!”, dijo María buscando alguna respuesta. Nadie contestó, ni la nueva conocida. María trató de recomponerse tras el asalto, recobró sus deseos por llegar a casa y descansar luego de un arduo día de trabajo y un asalto. Algunas cuadras más adelante solicitó la bajada al conductor, éste se detuvo, abrió la puerta de la combi y ella poco a poco se perdió entre las calles de Sagitario, 3ª sección.

Mirar bajo el halo de la sospecha: los ojos de Liliana

“¡Ahora sí perros, aflojen celulares y carteras!”. Liliana no le había quitado la vista de encima al hombre que subió a la combi en el último momento, así que el grito no la sobresaltó como al resto de los pasajeros. A pesar de su cansancio, estaba muy atenta a lo que pasaba alrededor. Esto se lo recomendó una amiga dos meses atrás, luego de platicarle sobre una situación parecida, también en el transporte público. Aquella ocasión, además de robarla, los rateros la tocaron varias veces para “asegurarse” que no escondiera nada. “Debes estar atenta, checa quién está junto a ti, cómo camina, cómo viste, si habla por teléfono, cómo habla, lo que dice”. Desde entonces, Liliana lleva consigo aquella recomendación como si fuera un manual, pero en ocasiones le resulta agotador salir y regresar a casa con ella a cuestas. “No se puede estar desconfiando de todas las personas que pasan junto a mí”, se decía cuando aquel hombre de la combi entró de último momento. Eso volvió a ponerla alerta.

Le pareció extraño. Por su apariencia podría pensarse que regresaba de trabajar, como la mayoría, pero al ver su rostro Liliana no notó el cansancio que acompaña a quienes habitualmente regresan a casa a esa hora. Se miraba descansado y con bastante agilidad. Además llevaba una chamarra puesta, ¿por qué si hacía tanto calor? Cuando la combi avanzó Liliana movió con disimulo su cartera y teléfono hasta el fondo de su bolso, tratando de que sus movimientos parecieran naturales. Dejó su monedero muy a la mano, con varias monedas y con un segundo teléfono de bajo costo, de aquellos que venden en los locales comerciales de cada esquina. Cuando el tipo gritó ella ya estaba preparada para darles lo que consideraba una cuota ocasional para circular.

Llegó su turno de poner sus cosas dentro de la mochila del compinche, quien sí la sorprendió pues su apariencia estudiantil. Una vez despojada sintió la mirada de otra muchacha. “Tal vez busca un poco de consuelo. Así me sentía yo cuando me asaltaron la vez anterior”, pensó. Así que la correspondió con un movimiento rápido para después sujetar lo que había escondido en el fondo de su bolso. Cuando los tipos marcaron la parada al chofer, Liliana lo sintió como una victoria. Esta vez no perdió mucho y tampoco se propasaron físicamente. Cuando preguntaron si paraban una patrulla ella fue la primera en decir que no, lo que quería era llegar a casa para descansar y llamarle a su amiga para decirle que sus recomendaciones sirvieron, quería compartir la victoria. Los demás pasajeros ignoraban esto, pero secundaron su respuesta. Cuando llegó su turno pidió bajar y la combi se detuvo. Para ese momento ya había oscurecido y Liliana se fundió en la noche.

Más allá de lo robado: los sonidos de Jesús

“¡Ahora sí perros, aflojen celulares y carteras!”. Jesús mantenía sus ojos cerrados mientras sus audífonos, que le cubrían las orejas completamente, sonaban a todo volumen. El próximo fin de semana mezclaría música en una fiesta con amigos, así que debía seleccionar muy bien las canciones. Aquel día no le habían dejado tarea, así que desde su salida de la escuela se alistó musicalmente para regresar a casa. Cada beat lo sustraía de los ruidos de la ciudad y de la gente. En su libreta trazó una tabla con dos columnas: en la primera el nombre de la canción que sonaba y en la segunda el minuto exacto en que podía fusionarla con la siguiente. “Mezclar, es una cuestión de precisión rítmica que cualquiera pretende conseguir pero que no todos logran”, pensaba orgulloso de sí. Cada que cambiaba la canción miraba a su alrededor, tratando de musicalizar el viaje. Ya instalado en la combi fue que cerró los ojos para imaginar cómo sería el final de su set para la fiesta. Sólo un momento abrió los ojos para hacer sus anotaciones. La combi se detuvo y Jesús notó que el dueño de unos tenis, más parecidos a zapatos, tomó el asiento individual. Subió el volumen al máximo y apretó los ojos, pues empezaba la siguiente canción.

“¡Dame estas chingaderas, no te hagas pendejo!”, fue la segunda frase del asaltante. Jesús no lo escuchó, así que el delincuente le arrebató violentamente los audífonos de la cabeza y los dejó caer al suelo, “¡Ándale, levántalos y mételos a la mochila!”. Entendió lo que estaba pasando y quiso desconectarlos de su celular pero ya era tarde, el segundo asaltante —el que parecía estudiante— le gritó: “¡Con todo y celular cabrón!”. “Mi teléfono, los audífonos para mezclar, ¡la fiesta, la lista, mi cuaderno!”. Cuando llegó a esta parte de su recuento mental apretó su cuaderno lo más que pudo, era todo lo que le quedaba. “Ya me chingaron la fiesta”, pensó.

Luego de ver bajar a los asaltantes, guardó su libreta en la mochila y se quedó mirando al piso. Escuchó a una señora decir: “¡Esta gente ya no respeta!”, pero a Jesús no le importó el comentario, al parecer nadie respondió. Estaba enojado, le quitaron algo más que sus cosas, se llevaron los audífonos por los que ahorró durante dos meses y la música instalada en su teléfono. Le mermaron su primera oportunidad para tocar en una fiesta. Durante el resto del camino no quiso mirar la cara de nadie, así que fijó sus ojos en el piso. Algunos se cambiaban de lugar para preparar su descenso de la combi. A pocos metros de la base le dijo al chofer “Aquí bajo”. Bajó, acomodó su mochila y miró formarse a la combi, para que el chofer siguiera trabajando. Para Jesús el día había terminado, sólo le quedaba llegar a casa, repasar su primer asalto y pensar en cómo resolver lo de la fiesta.

Hacia una reflexión final

A través de estas microetnografías he tratado de mostrar cómo un acto violento, en este caso un asalto en el transporte público, irrumpe en la movilidad cotidiana de las personas, particularmente de los habitantes de las colonias del sur de Ecatepec de Morelos. Con los relatos de María, Liliana y Jesús expongo no sólo el asalto sino la articulación de saberes, acciones y emociones involucrados en este tipo de situaciones, cada vez más cotidianas y no exclusivamente circunscritas a los límites geográficos de este municipio del Estado de México. Retomar las múltiples experiencias de movilidad en contextos de inseguridad muestra no sólo las particularidades de la periferia de la ciudad, sino también los sentimientos que emergen durante momentos determinados, indudablemente variables debido a múltiples factores. Cada quien tendrá sus zonas geográficas a evitar —en algunos casos las similitudes serán asombrosas y en otras no— pero los desplazamientos se irán acomodando y reconfigurando de acuerdo con la ocasión.

Dar cuenta de lo que ocurre ahí, en el lugar, no con una mirada lejana sino desde dentro (Magnani, 2002) es una de las principales cualidades de la antropología y con lo que dialoga, enriquece y cuestiona a los datos duros. En este caso, partir desde las experiencias muestra que la inseguridad no es algo que flota en el aire, sino experiencias que se consolidan en determinados cuerpos, interconectados y en movimiento. En cierta medida esto es lo que aprendemos y hacemos diariamente, como parte de nuestro derecho a la movilidad puesto en práctica, el cual no viene en ningún manual o plan estratégico. Este derecho emerge desde el quehacer de todas las personas, tanto de las autoridades y los grupos organizados civiles, como de quienes no están organizados. Es a estos últimos, por lo regular, a quienes menos se les pregunta o escucha. Tal vez por ahí podamos empezar. EP

Bibliografía

Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), 2015, Encuesta Intercensal 2015.

Jirón, Paola, 2012 “La importancia de la experiencia de la movilidad en la planificación del transporte. Aprendizajes de Santiago de Chile”, en Dávila, Julio (comp.), Movilidad urbana y pobreza: Aprendizajes de Medellín y Soacha, Universidad Nacional de Colombia, Colombia, pp. 23-30.

Magnani, José Guilherme, 2002 “De perto e de dentro: notas para uma etnografia urbana” en Revista Brasileira de Ciências Sociais, no. 49, vol. 17, pp. 11-29. Ortega Granados, Luis Adolfo, 2014, “Notas de campo, Ecatepec de Morelos”, ms. Secretaría de Movilidad de la Ciudad de México, Plan Estratégico de Movilidad de la Ciudad de México 2019, “Una ciudad, un sistema”, en semovi.cdmx.

Simon, Sherry y Bibeau, Gilles, 2016 “Etnografía y ficción: Ficciones de la etnografía”, en Revista de Antropología Experimental, no. 16, pp. 1-7.

Zamorano, Claudia (coord.), 2017, Ser. Catorce experiencias de vida a inicios del siglo XXI, Publicaciones de la Casa Chata, CIESAS, México.

1 Ecatepec de Morelos es uno de los 125 municipios del Estado de México y el más grande de la ZMVM, tanto por su extensión territorial (186.9 km2) como por su índice poblacional: más de 1.7 millones de habitantes. Colinda con distintas localidades del Estado de México y la Ciudad de México: al norte con los municipios de Tultitlán, Jaltenco y Tecámac; al poniente con Coacalco y Tlalnepantla de Baz; al oriente con San Salvador Atenco, Texcoco y Acolman; finalmente al sur limita con los municipios de Nezahualcóyotl y Texcoco, y con la delegación Gustavo A. Madero de la Ciudad de México (INEGI, 2015).

2 En México, se conoce genéricamente como “combi” a un vehículo motorizado, una camioneta usada para transporte público. Originalmente fue la marca fabricante de automóviles Volkswagen la que produjo un modelo con ese nombre, pero fue tal su arraigo que actualmente así se identifican varios modelos vehiculares de otras marcas.

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