Los cuentos de Guadalupe Dueñas: una visión particular del mundo

Tipos inmóviles es la columna mensual de Claudia Cabrera Espinosa, escritora que obtuvo el Premio Ciudad y Literatura José Emilio Pacheco 2019.

Texto de 11/06/20

Tipos inmóviles es la columna mensual de Claudia Cabrera Espinosa, escritora que obtuvo el Premio Ciudad y Literatura José Emilio Pacheco 2019.

La figura de Guadalupe Dueñas es desconcertante desde sus más elementales datos biográficos. Su fecha de nacimiento, generalmente situada en 1920, ha sido rectificada en épocas recientes, y aparece como “ca. 1910” en la edición de sus Obras completas del Fondo de Cultura Económica (2017), admirable trabajo a cargo de Patricia Rosas Lopátegui con una introducción de Beatriz Espejo, escritora e investigadora veracruzana que realizó una entrevista a Dueñas en 1966 para la revista Kena

La infancia de Guadalupe, nacida en Guadalajara, Jalisco, y de ascendencia española y libanesa, fue pródiga en eventos extraños: Mariquita, una de sus catorce hermanos, murió a los pocos días de nacida, y su pequeño cuerpo acompañó a la familia dentro de un frasco durante mucho tiempo; su padre cazaba gatos que luego ellos comían —cocinados con una receta sabrosísima, escribe Espejo—, y desde muy joven estuvo interna en el Colegio Teresiano de Morelia, en donde la cercanía de las monjas y una religiosidad exacerbada la convencieron de que su vocación era la de ser santa. 

Esta serie de vivencias y otras más —como la acumulación de zapatos en su casa por un negocio impróspero del padre o un tigre agazapado debajo de su cama— llevaron a Guadalupe a definir su literatura como realista, pues como ella afirmó: “En mis cuentos no existe la fantasía”. Es decir, que sus relatos están basados en su propia circunstancia y, si acaso, en sueños que posteriormente cobraron forma de creaciones literarias. 

Su obra se caracteriza por una sensación de orfandad y desamparo, la cual, irónicamente, encuentra su origen en la enormidad de su núcleo familiar. Dueñas vivió con sus tías y tíos (monjas que salían del convento por temporadas y sacerdotes), quienes la dejaban sola creciendo como un naranjo en medio del patio, pala

Su primer libro de cuentos, Tiene la noche un árbol (1958), contiene veinticinco relatos, casi todos con una mujer como protagonista o narrados por una voz femenina y, en muchos casos, infantil. Pareciera el reclamo de una niña a quien todos han abandonado y que tiene mucho que decir. Refiriéndose a su hermana Mariquita, por ejemplo, escribe: “Decidimos enterrarla en el jardín. Señalamos su tumba con una aureola de mastuerzos y una pequeña cruz como si se tratara de un canario”, líneas que revelan lo siniestro como parte de su cotidianidad. 

El estallido de un sapo ante un grupo de niños, la presencia de un moribundo en la casa y los ojos de un Cristo llagado y negro son otras de las visiones que Dueñas guarda en su memoria y que ella convierte en historias no fantásticas, sino suyas, como si se tratara de la escritura de un diario alucinante poblado de entes y anécdotas imposibles. 

Cuando la niña crece, se enfrenta a las vicisitudes de la vida adulta: la complejidad de enviar una carta por correo, el temor provocado por una araña, un intento por apuntarse a clases de literatura y el deseo de aprender a cantar para dedicarse al doblaje de las sirenas, pues hay algunas “que han envejecido, ya no pueden cantar; entonces, como no pueden alquilar a otras sirenas […] pues pagan los servicios de quien se los presta”. Todo ello con una prosa franca y una curiosa mezcla de ingenuidad, humor y malicia. 

La soledad de la narradora se percibe en cuentos como “Conversación de Navidad” —un diálogo entre una mujer y su amante, un hombre casado—, o en “Topos uranus” —sobre una chica que se refugia en el aroma de las fragancias y los jabones que posee para protegerse de la maldad de sus compañeras y disimular su pobreza—. Sobre este aislamiento, la escritora confesó durante la entrevista realizada por Espejo: “Nunca pude lograr amistades verdaderas ni con hombres ni con mujeres ni con perros. Estoy absolutamente sola por dentro. Tan sola que toda mi necesidad afectiva se vuelve literaria”. 

Los perros y muchos otros animales son algunos de los pobladores de sus cuentos y dan título a varios de ellos: “El sapo”, “La araña”, “Los piojos”, “Mi chimpancé”, “Digo yo como vaca”, “Canina fábula” y “Las ratas”. La mayoría son bichos, alimañas, criaturas poco agraciadas, y en el último de estos relatos se lee: “En los hocicos arrastran despojos de pelo, tiras de pellejo, residuos de tripas que vomitan empalagadas […] Pasean por su imperio dueñas de la muerte; calvas y malignas se burlan de los hombres condenados a servir de pasto para su hambre eterna”. 

El caso de “Digo yo como vaca” es distinto al resto, pues se establece una metáfora del mamífero con el género femenino. En sus líneas se vislumbra en la narradora una afectación rumiante que extiende a sus congéneres: “Si hubiera nacido vaca estaría contenta. Tendría un alma apacible y unos ojos soñolientos […] Con la mente hueca viviré sin culpa […] Pero yo siempre estaría inmóvil, solemne, ídolo de la siesta infinita mientras mis mandíbulas rumiaran suavemente la eternidad de la tarde”. 

En los textos de Dueñas, entre anécdotas aparentemente inocuas e incluso infantiles se inserta, muchas veces con ironía o mediante símbolos, una postura ante el papel de la mujer en la sociedad de su época. Una postura algunas veces firme y transgresora, y otras veces más bien resignada y sufriente, pero siempre exhibiendo un descontento y un rechazo al estado de las cosas. 

Otro de los temas ineludibles al leer con detenimiento la obra de la autora jalisciense es el social. A pesar de los vaivenes que haya podido tener su economía familiar, su acomodada posición resulta innegable. Su madre era prima de Miguel de la Madrid, expresidente de México, y las residencias de Guadalupe oscilaron entre la ciudad de Guadalajara, los colegios teresianos de Morelia, la casa de unos parientes en Los Ángeles y una vivienda en la Ciudad de México, frente al parque de los Viveros, en sus últimos años. El contraste entre esta mujer perteneciente a la élite cultural capitalina —junto con Emma Godoy, Dolores Castro, Juan José Arreola y Julio Torri, entre otros— y su entorno no pasa desapercibido en sus cuentos. Algunos de los más significativos al respecto son el ya aludido “Las ratas”, “Roce social” y “La buena vecindad”.

En el primero, la narradora escucha la historia de un hombre mientras éste le bolea los zapatos. Él discurre sobre su pasado como velador en el Panteón de Dolores y ella observa sus ojos desiguales, sus manos pequeñas que “recuerdan el vientre de las iguanas”, su breve estatura. Percibe que “Despide vaho de orines de caballo y un persistente olor a niebla que inquieta a los propios árboles”. Tras este breve examen, la protagonista afirma: “Pero esta cosa habla, y lo que dice es más desagradable aún que la cara que tiene que llevar por el mundo”. El hombre describe a las ratas de los cementerios, que pelean hambrientas por defender su porción de carne. Cuando él termina su labor, ella le da una moneda y procura que los dedos de él no toquen su mano perfumada. Aunque un “pobre bolero” soltado al final del cuento denota un dejo de empatía hacia las clases bajas, el rechazo y la repugnancia que la protagonista demuestra hacia él son flagrantes. La reflexión final de la narradora es que su piel también será devorada por los roedores, la tragedia de la vida, pero sus observaciones acerca de su interlocutor son sobrecogedoras. 

“Roce social”, incluido en No moriré del todo (1976), comienza de la siguiente manera: “Veo frente a mí a los que abordan el autobús, los contemplo fascinada mientras conduzco mi propio automóvil, ajena a la soberbia de mi prosperidad”. Más adelante, alude a sus “satisfacciones mezquinas por subir a tiempo, ahorrar una espera o alcanzar un buen sitio”. Se refiere a “este mundo aparte”, y se infiere la gran distancia que la separa de ellos, de esa masa que disfruta pequeñas victorias, y se incluye a sí misma, en ese aislamiento social, dentro del núcleo de los “ricos”. Reflexiona sobre la pobreza mientras rumia su propia miseria personal y finalmente afronta directamente a la otredad: “El otro es únicamente el que obstruye la carrera de mi automóvil, quien lo ensucia, quien lo desea”. 

Cabe aquí preguntarnos por la intencionalidad del relato. En la época actual, ningún escritor osaría referirse a los menos privilegiados con estas palabras y el cuento sería tachado de políticamente incorrecto. Dentro de la obra de 

Guadalupe Dueñas, nacida, como ella lo expresó, en una familia “chiflada”, encerrada en colegios de monjas y criada por unas tías religiosas y sumamente conservadoras, recluida en un hogar siniestro y con pocas posibilidades de abrirse camino como escritora (publicó su primer libro a los cuarenta y siete años), puede apreciarse cierta honestidad, no tan abundante en estos días, y quizás, hasta una envidia genuina de quienes disfrutan el tacto de una mano en el transporte público: “Las piernas se inclinan, se expanden, pretenden el roce alto del muslo. Los dedos llegan tibios y espantados, y parecen reposar y figurar una esfera”. ¿Recuerda o imagina la autora? Las últimas líneas apuntan también en esta lastimera dirección: “Soy quien ve a los demás y desea, a veces, amarlos”. 

Finalmente, en “La buena vecindad” una mujer rubia y optimista observa desde su mansión a un grupo de menesterosos sin ropa —un desnudo con poca vitalidad, inexistente “más cerca de lo vegetal”— que acumula objetos brillantes. Piensa de inmediato que necesitan a alguien que los administre y nace en ella un deseo de servirles “de tesorera y madre”. Se atreve a bajar a aquella Babel y a ayudarlos en su empresa, y ellos la aceptan, pero poco a poco van descubriendo sus verdaderas intenciones. 

En la obra de Guadalupe Dueñas se combinan lo ominoso, lo subversivo y una irónica ternura. Algunos de los cuentos son aparentemente triviales e incluso frívolos, pero en ellos se vislumbra una soledad profunda en busca de un asidero y la dolorosa conciencia de una falta de pertenencia a un grupo. En su narrativa breve también hay muestras de arrepentimiento por amores no correspondidos oportunamente (“Una carta para Absalón”) y otros que no lograron llegar a buen puerto (“Judit”, “La señorita Aury”). El motivo del aislamiento de una mujer guapa e inteligente, que trata de comprender el mundo desde una perspectiva personal —llena de cuestionamientos y temores—, seguirá siendo un enigma, pero nos quedan sus relatos y ensayos para poder descifrarla y disfrutarla. EP

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