Las mujeres en Este País

En el marco del aniversario de Este País, la autora hace un recuento de los muchos y diversos textos que se han publicado en este espacio sobre el tema de la mujer y la desigualdad de género.

Texto de 23/04/16

En el marco del aniversario de Este País, la autora hace un recuento de los muchos y diversos textos que se han publicado en este espacio sobre el tema de la mujer y la desigualdad de género.

Las mujeres en Este País  

El número 300 del aniversario 25 de la revista Este País bien merece una breve mirada a la manera en que, en una buena parte de sus casi 300 ediciones, se han abordado los asuntos relativos a la participación de las mujeres en los diferentes ámbitos socioeconómicos y las dificultades que enfrentan para superar los obstáculos que les presentan los prejuicios atávicos, la discriminación y la falta de oportunidades para lograr dicha participación.

El tema más recurrente ha sido el de la salud reproductiva. Se dedicó un número de la revista a la discusión del aborto, en donde se incluyen argumentos encontrados sobre la despenalización, un análisis de las cifras de la incidencia del aborto en México y el aborto en el contexto de los derechos humanos. Pero también se abordan los resultados del estudio de la salud reproductiva de las mujeres desde una perspectiva interdisciplinaria que tiene el objetivo de proponer la extensión y mejoramiento de los servicios médicos, así como conocer y transformar las profundas desigualdades de la salud que hay entre hombres y mujeres y entre generaciones.

Otro tema de relevancia es el de la participación política de las mujeres. Entre las y los diferentes autores se ha analizado el significado social e histórico de las mujeres y la política. Se han utilizado diferentes encuestas y otras fuentes de información para hacer un recuento de las mujeres en los distintos niveles de Gobierno, así como de la importancia de la participación de estas en la toma de decisiones a pesar de las dificultades que enfrentan para lograr dicha participación.

La educación y el trabajo de las mujeres han sido temas recurrentes a través de los años. Se ha puesto énfasis en el aumento del nivel de la participación de estas en la educación formal; sin embargo, se ha mostrado el insuficiente impacto que esto tiene en sus oportunidades de empleo en campos dominados por los hombres, como las ciencias y la tecnología. Se ha analizado también el importante papel que pueden jugar los profesores para promover la equidad de género en la educación.

En el tema del trabajo se han hecho varios análisis basados en las cifras de la Encuesta Nacional de Empleo del inegi de diversos años, y se ha observado la creciente participación de las mujeres en el mercado de trabajo, aunque no precisamente en el empleo formal. La proporción más grande de mujeres se encuentra en el sector informal y en actividades que, aunque no son necesariamente las menos remuneradas, son las que requieren menor calificación y están menos protegidas en relación con la seguridad y los esquemas de salud. Hay referencias señaladas al trabajo no pagado que realizan en su mayoría las mujeres en los hogares y predios familiares. También se ha analizado la situación de las mujeres jornaleras y su participación en las organizaciones campesinas, particularmente el papel del programa Solidaridad en la organización comunitaria de las mujeres trabajadoras en zonas rurales.

Una especial atención se le ha dado a los temas de desigualdad y discriminación y sus efectos en campos como la sexualidad y la violencia hacia las mujeres. Se ha hecho especial mención de la misoginia que se manifiesta en campos del deporte, especialmente en uno de los más populares en nuestro país: el fútbol, donde el hombre “es figura central y protagónica y las mujeres son vistas como un objeto de sumisión y consumo”. Solamente el monto de los recursos técnicos y financieros que se destina en este campo para unos y otras da cuenta de la magnitud de la discriminación.

En diferentes números de la revista se han analizado temas que se refieren a las necesidades específicas de las mujeres, como el acceso a la vivienda y la propiedad de esta, cuestión que no ha sido atendida adecuadamente por las políticas públicas, las cuales deberían enfocarse en los distintos tipos de mujeres: solteras, viudas, divorciadas, mayores, etcétera, que son quienes por lo general se encargan del cuidado de la familia. En las políticas de vivienda se requiere un enfoque que implique la participación de las mujeres y que garantice su seguridad jurídica, independientemente de su estado civil o edad.

La política de población se ha puesto en tela de juicio cuando se analizan los cambios en la fecundidad, los programas fallidos de planificación familiar, el incremento del embarazo adolescente, la falta de programas de educación y, en general, los medios para que las mujeres dispongan de recursos que les permitan tomar decisiones sobre el tamaño de sus familias.

También se ha tratado un tema particularmente polémico porque involucra conceptos que todavía están en discusión en los campos de distintas disciplinas: la genética y la sociedad. Este constituye un tema por demás relevante puesto que se utiliza como una de las premisas para la conceptualización del género.

No vamos a entrar en detalle en cuanto a las discusiones sobre la construcción de una categoría como el género. Ya las aportaciones pioneras para el caso de México hechas por Marta Lamas1 y Teresita de Barbieri,2 así como por otras científicas de las ciencias sociales, que posteriormente han colaborado con la revisión crítica de los elementos más importantes para su validación y han producido literatura relevante para el tema.

Nuestro propósito es que partiendo de los análisis publicados por la revista y de las evidencias que estos presentan en relación con la desigualdad y discriminación hacia las mujeres en distintos campos de la sociedad, particularmente en la toma de decisiones, revisemos, con base en el concepto de género, cuáles son los avances y los retos que se presentan para superar dichas desigualdades.

¿Quién decidió que las niñas se visten de rosa y los niños de azul? ¿Es una cuestión de género?

En los últimos años, particularmente a partir de los esfuerzos de los movimientos feministas, de mujeres de la sociedad civil y de algunos organismos internacionales interesados en promover acciones que erradiquen la desigualdad entre hombres y mujeres, se dio un avance relevante en las ciencias sociales en la medida en que estas incorporaron los estudios sobre la mujer que buscan explicar dichas desigualdades. Para esta búsqueda se creó una categoría social denominada género, que ha llegado a ser una de las contribuciones teóricas más significativas de los feminismos contemporáneos.

Autoras feministas nos advierten que el género aparece como explicación en El segundo sexo, de Simone de Beauvoir, pero que es solo hasta los años setenta que el término se utiliza en el discurso feminista y en las ciencias sociales con un significado propio y con una acepción específica. Posteriormente, en los años ochenta, tanto los proyectos de desarrollo de algunas agencias internacionales de cooperación como las académicas feministas de América Latina irrumpen en las políticas públicas incorporando la llamada “perspectiva de género”.

Para los años noventa, prácticamente todas las disciplinas sociales han incluido el género como temática emergente; la sociología, la economía, la historia, la antropología, han discutido no solo las cuestiones teóricas relacionadas con el concepto, sino también las empíricas para analizar al género en contextos muy diversos.

En el transcurso de los años noventa es difícil encontrar seminarios, congresos o encuentros cuyo objetivo se oriente a analizar la manera en que afectan a hombres y mujeres los problemas económicos, sociales, históricos, etcétera, en los que no se incluyera un punto de discusión para abordar las cuestiones de género.

La temática ha tenido un impacto incluso en el Plan Nacional de Desarrollo (PND) del actual Gobierno que señala como su objetivo general “llevar a México a su máximo potencial”. Para lograrlo se establecen cinco metas que se alcanzarán a través de tres estrategias: (1) democratizar la productividad; (2) un Gobierno cercano y moderno, y (3) perspectiva de género.3

Sin embargo, esta difusión del género no necesariamente ha implicado que en los contextos en donde se utiliza le den contenido, ni se aclara a qué se hace referencia; más bien, lo frecuente es que se refiera al comportamiento entre uno y otro sexo, analizado e interpretado como valores distintos de una misma variable independiente, pero no se le da el contenido de una construcción social, como, por ejemplo, de los efectos de la desigualdad entre hombres y mujeres en la producción y reproducción de la discriminación que se manifiesta evidentemente en los ámbitos de la familia, el trabajo, la educación, la política, etcétera.

Aunque en este artículo no hablaremos con detalle de la construcción de esta categoría, es necesario establecer un punto de partida esclarecedor que delimite los términos sexo y género, puesto que la polémica no ha estado ausente. Por ejemplo, es frecuente que en los programas sociales gubernamentales se diga que para cumplir con la estrategia de género del PND se atiende a un determinado número de hombres y mujeres, pero no se explicita cuáles son las acciones —o cuál su resultado— que se incorporan para superar la discriminación de las mujeres en el campo, o bien cuáles son las necesidades de las que se ocupa el programa.

En este proceso de construcción del concepto no hay divergencias para reconocer que el sexo es un hecho biológico, producto de la diferenciación sexual de la especie humana. Con base en el aspecto de los genitales se asigna el género, femenino o masculino. La persona que recibe a la o el recién nacido da un vistazo a la zona genital y dice si es niña o niño.4

Por otra parte, la experiencia señala que la identidad de género se comienza a adquirir en la infancia, al mismo tiempo que el lenguaje.5 Los infantes empiezan a tener idea de que se es niña o niño, a elegir sus juegos según su identidad, a elegir su ropa color de rosa, en el caso de las niñas, o azul en el de los niños, etcétera, aunque todavía no reconozcan la existencia del pene o la vagina. En la medida en que una niña asume que pertenece al ámbito de lo femenino y un niño al de lo masculino, se va estableciendo poco a poco la identidad de género, la cual, una vez asumida, difícilmente se modifica.6 El papel o “rol” de género que se personifica desde la temprana infancia tiene su fundamento en las normas y costumbres de una determinada sociedad, donde las diferencias de edad, clase social y etnia también marcan diferencias en los diversos papeles a representar. Por consiguiente, estas normas y costumbres pueden ser diferentes según el grupo social del que se trate y pueden haber sufrido cambios en las distintas etapas de desarrollo o procesos históricos.

En resumen, aunque hay divergencias en la conceptualización del género, el punto de partida para estas líneas puede ser el de las coincidencias:

• Es un concepto de carácter histórico y social relacionado con los papeles o roles, identidades y valores que se atribuyen a lo femenino y a lo masculino, y que se internalizan mediante el proceso de socialización;

• Se le considera una construcción social e histórica, y como tal puede variar de un grupo social a otro, así como de una época a otra;

• Es un concepto relacional porque se manifiesta en la medida en que las personas se relacionan.

Cabe destacar que independientemente de estas variantes hay un elemento que ha persistido sin cambios significativos en cualquier ámbito cultural o época, y es el que corresponde a la división sexual del trabajo, reconocida como originaria y fundamental: las mujeres paren a los hijos, y por consiguiente son las encargadas de su cuidado.

A partir de esta división, lo femenino se identifica con lo maternal y lo doméstico, y lo masculino con la fuerza y la provisión para la familia. Por lo general ambos atributos se consideran “naturales”, cuando en realidad son características socialmente construidas que no están determinadas biológicamente.

Así pues, el género viene a ser un conjunto de prácticas, símbolos, representaciones, normas y valores a partir de los cuales los diferentes grupos sociales interpretan las diferencias sexuales y determinan lo que debe ser una mujer y lo que debe ser un hombre. De manera que para aplicar un enfoque de género, en el ámbito de nuestra sociedad, se requiere partir de ciertas premisas:

• Reconocer que se genera a partir de una relación social, porque nos muestra las normas que dictan las relaciones entre hombres y mujeres;

• Reconocer que el género no es una categoría independiente, sino que adquiere su forma a través de su intersección con otras relaciones de poder;

• Que las relaciones de poder que se dan entre los géneros, en general son favorables a los hombres y discriminatorias para las mujeres. Estas relaciones atraviesan todo el entramado social y se articulan con otras relaciones sociales como las de clase, etnia, preferencia sexual, religión, nacionalidad, etcétera;   

• Que se debe hacer de manera transversal porque se articula con otros factores, como la edad, el estado civil, el nivel de educación, etcétera;

• Que se debe plantear como una propuesta de inclusión, ya que las problemáticas derivadas de las relaciones de género encontrarán solución cuando incluyan cambios para mujeres y para hombres.

Una de las limitantes que han enfrentado las diversas disciplinas para conceptualizar el género es la falta de información empírica relevante. Afortunadamente, en las ciencias sociales se han podido dar avances sustantivos, particularmente en los temas relacionados con la educación, el trabajo, la desigualdad, etcétera, debido principalmente a los avances de la producción estadística en los últimos años.

Tanto en el ámbito de los organismos internacionales como en el de los países, las fuentes de información han sido cuestionadas y revisadas desde la perspectiva de género, en relación con la forma en que se materializan los conceptos y los métodos estadísticos, sus marcos muestrales, su levantamiento, sus clasificaciones, su análisis e incluso sus publicaciones, las cuales no mostraban el detalle necesario, y a veces ni la desagregación por sexo de los datos que permitieran hacer un balance entre la situación de las mujeres y la de los hombres en los campos que cubrían las diferentes fuentes de información.

En el Cuadro mostramos un ejemplo que confirma el cambio sustantivo que se relaciona con el tema del trabajo. Tradicionalmente en los censos o encuestas de empleo la primera pregunta que se hace a la o el entrevistado para ubicarlo en la fuerza de trabajo es la que se presenta en el Cuadro.

Si el entrevistado contestaba que “no” en la primera pregunta, pero marcaba alguna de las opciones a, b, c, se le clasificaba como “Población Económicamente Activa”. Si contestaba que “no” y marcaba alguna de las opciones d, e, f, g, se le clasificaba como “Población Económicamente Inactiva”.

Lo que sucede en un ámbito de discriminación contra las mujeres es que cuando se pregunta a las personas si trabajan o no, tanto los familiares como las mujeres mismas contestan: “NO, yo (ella) no trabajo(a), me (se) dedico(a) a las labores del hogar”. Es decir, se considera que la labor del hogar no es trabajo. Pero no es solo esto, sino que quedan también ocultas todas aquellas actividades que cotidianamente llevan a cabo las mujeres y que no son remuneradas, particularmente en el caso de las mujeres campesinas, quienes ayudan en las labores del campo y se ocupan del cuidado del ganado y los animales de corral, e incluso muchas veces se dedican a la venta de estos animales o sus productos, como leche o huevos, sin recibir ninguna retribución. Una actividad económicamente activa, al ser realizada por mujeres no se cuenta como trabajo, sino como parte de las “labores del hogar”.

En la actualidad, y en gran medida por las presiones de los estudios de género sobre la producción de estadísticas del trabajo, se pide mayor información a las y los entrevistados. Asimismo, se han modificado las clasificaciones con el fin de rescatar tanto esta actividad económica oculta de las mujeres como el trabajo sin remuneración que realizan, en su mayoría, mujeres.

El diseñar políticas relevantes para continuar con el avance de las mujeres requiere de información pertinente, lo que implica que se hagan modificaciones en la recolección de información de temas como salud, fecundidad y migración, entre otros. Los requerimientos del empleo han cambiado, los flujos migratorios se han feminizado y los desastres naturales han aumentado, y las mujeres también juegan papeles relevantes en estos nuevos escenarios, particularmente en el último caso, pues son ellas quienes cargan con los costos de los conflictos sociales y domésticos. Es decir, la información tiene que reenfocarse frente a estos cambios y, sobre todo, lograr que la situación de las mujeres sea suficientemente visible y cuantificable para diseñar acciones que cubran los criterios de igualdad para todos los miembros de la sociedad.

Asimismo, se han agregado nuevas temáticas que aportarán elementos para este análisis de género, tales como las estadísticas de uso del tiempo que vendrán a complementar, en especial, a las estadísticas relativas al trabajo, y a darle un mayor sentido a todo el entorno que rodea a esta vital y compleja actividad que hacemos los seres humanos para nuestra realización personal y para la obtención de los medios de subsistencia de nosotros y nuestras familias.

El espacio que ofrece Este País sigue resultando relevante para analizar los costos socioeconómicos de la discriminación contra las mujeres, así como el avance de las acciones para superarla. 

1 Marta Lamas, “La antropología feminista y la categoría ‘género’”, en Ludka de Gortari (coordinadora), Nueva Antropología. Estudios sobre la mujer: problemas teóricos, núm. 30, Conacyt/UAM-I, México, 1986.

2 Teresita de Barbieri, “Sobre la categoría género. Una introducción teórico-metodológica”, Debates en sociología, núm. 18, 1993, pp. 145-169.

3 Plan Nacional de Desarrollo.

4 DIF, La perspectiva de género, 1997. Aunque no se descarta que haya casos particulares que se prestan a confusión por una alteración en los genitales —si bien esto no es la norma—, son los que apoyan los resultados de líneas de investigación que aseguran que la asignación y adquisición social de una identidad es más importante que la carga genética, hormonal y biológica (Robert J. Stoller, “A Contribution to the Study of Gender Identity”, International Journal of Psycho-Analysis, núm. 45, 1964).

5 Ib.

6 Tampoco vamos a entrar en el complejo análisis de los cambios de identidad de género.

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GUADALUPE ESPINOSA es consultora independiente. Trabajó en el Área de Población del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, en la División de Estadística del Secretariado de Naciones Unidas en Nueva York y como directora regional del Fondo de Desarrollo de Naciones Unidas para la Mujer (Unifem).

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