La recaptura del Chapo: ¿un éxito para Peña Nieto?

La detención —una vez más— de uno de los criminales más buscados del mundo ha llamado la atención sobre los numerosos puntos débiles de los organismos de seguridad de nuestro país. ¿Qué se necesita para tener instituciones sólidas y eficaces?

Texto de 22/02/16

La detención —una vez más— de uno de los criminales más buscados del mundo ha llamado la atención sobre los numerosos puntos débiles de los organismos de seguridad de nuestro país. ¿Qué se necesita para tener instituciones sólidas y eficaces?



La recaptura de Joaquín “el Chapo” Guzmán el pasado 8 de enero ha sido calificada como un éxito del Gobierno de Enrique Peña Nieto (se señala, entre otras cosas, el heroísmo de las fuerzas armadas, cuyo saldo fue blanco salvo por un solo marino herido). Pero esta aprehensión deja más preguntas que respuestas sobre el apropiado funcionamiento de las instituciones de seguridad en México. Lo primero y más importante que tenemos que preguntarnos es por qué esta captura tomó seis meses, cuando la anterior demoró más de una década. Esta diferencia sugiere una falta de interés y seriedad por parte de las instituciones de seguridad, o incluso una colusión con narcotraficantes. Es cierto que en años recientes el nivel de profesionalismo de las instituciones de seguridad se ha elevado, pero todavía existen dudas importantes sobre el compromiso de los elementos policiacos. Prueba de esto es que no se usaron las fuerzas civiles, por ejemplo la nueva Gendarmería, para la captura. Es difícil de creer que alguien pueda esconderse en un país como México durante 14 años mientras es buscado activamente por las autoridades. Aún más, resulta realmente vergonzoso que el actor Sean Penn pudiera contactar al Chapo antes que el mismo Gobierno mexicano.

Esta operación de captura, como la anterior, fue llevada a cabo con la asistencia del FBI, por lo que las autoridades mexicanas merecen ser reconocidas por dejar a un lado su nacionalismo. Pero por otra parte, la ayuda recibida señala que existe una debilidad en cuanto a inteligencia y equipo de vigilancia de alta tecnología (drones).

Otra inquietud importante es por qué —con todo el supuesto entrenamiento del personal de seguridad mexicano— seguimos utilizando al Ejército y la Marina para asuntos de seguridad pública cuando, por ejemplo, el propósito de la Gendarmería era reemplazar a las fuerzas armadas en este tipo de operaciones. Además, en los tres últimos sexenios se han realizado esfuerzos para que las instituciones policiacas manejen los asuntos de seguridad interna sin la ayuda de las fuerzas armadas, lo que a la fecha no se ha podido lograr.

Lejos de ser un logro, la captura del Chapo demuestra una falla en las instituciones de seguridad del país. La violencia ocasionada por el narcotráfico permanece y miles de personas mueren cada año, mientras las instituciones de seguridad siguen siendo incapaces de lidiar con el problema.

Sería incorrecto argumentar que la causa de este problema es que toda la policía es corrupta. La crisis se debe, en mayor medida, a la gran variabilidad en términos de capacitación de las autoridades policiacas. Se supone que la Gendarmería era la solución: 50 mil elementos bien entrenados que podrían responder a situaciones difíciles como la fuga del Chapo. Por el contrario, lo que tuvimos fue una unidad trunca de aproximadamente 5 mil elementos cuyo propósito no es claro.

Por lo tanto, después de cuatro sexenios seguimos dependiendo de las fuerzas armadas para lograr el trabajo que deberían hacer la policía y las fuerzas civiles de seguridad. Peña Nieto reconoció este problema cuando propuso el mando único, un plan que centralizaría la policía a nivel estatal. Lo que se necesita es ir más allá de las 32 unidades estatales y formar una policía nacional, eliminando por completo las más de 2 mil diferentes corporaciones policiacas. Esta policía necesitaría tener distintas divisiones, por ejemplo, una policía de contacto que patrulle las calles, una unidad de fuerzas especiales para operaciones tácticas difíciles y, obviamente, una división de asuntos internos para “vigilar a quienes vigilan”. Un modelo parecido es la Policía Federal de Colombia, implementada en los años noventa, que ha tenido un éxito inédito en el control de la violencia. México necesita algo parecido pero con una diferencia importante: la Policía Federal de Colombia está bajo el mando del Ejército, mientras que la nueva Policía Federal mexicana tendría que ser totalmente independiente de las fuerzas armadas.

Pararse frente a la opinión pública en son de triunfo ha sido una acción precipitada del gabinete de seguridad. El Gobierno de Peña Nieto debió haber sido más humilde y discreto, sobre todo si se considera todo el trabajo que aún se tiene que hacer para lograr un “México en paz”. Aplicando a nuestro contexto las palabras de Winston Churchill en referencia al Día D, la recaptura del Chapo no fue el principio del fin, pero sí el fin del principio en la lucha contra el narcotráfico. 



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