La pantomima de la corrección política (primera de dos partes)

El uso de ciertos términos puede resultar ofensivo para algunos pero no así para otros. ¿Quién determina a qué personas se está insultando con el empleo de un nombre o adjetivo? Ser políticamente correcto también tiene sus problemas.

Texto de 24/08/16

El uso de ciertos términos puede resultar ofensivo para algunos pero no así para otros. ¿Quién determina a qué personas se está insultando con el empleo de un nombre o adjetivo? Ser políticamente correcto también tiene sus problemas.

Resulta cada vez más común toparse con el fenómeno conocido como “corrección política” (derivado del inglés political correctness), cuya ubicuidad ha llegado hasta las sobremesas. El fenómeno tiene dos formas identificables. La primera es lingüística: consiste en aplicar una terminología que, según ciertas convenciones, es “adecuada” para referirse a distintos sujetos —grupos sociales, etnias, preferencias sexuales—, con el fin de evitar una discriminación supuestamente implícita de entrada en el lenguaje. La segunda es institucional y tiene nombre propio: “discriminación positiva” (affirmative action en inglés). Se define como el conjunto de acciones que incluyen a diversos sujetos que anteriormente, se supone, quedaban “excluidos” en un discurso o en una institución.

Ejemplos para ambos casos abundan hoy por hoy. La forma lingüística es acaso la vertiente más notoria de la corrección política: reemplazar “negro(a)” con “afroamericano(a)”; llamar “trabajador(a) sexual” a quien ejerce la prostitución o “persona en situación de calle” a quien no tiene hogar; escribir “persona con obesidad” para no decir “gordo(a)”, entre muchos etcéteras. Los ejemplos de discriminación positiva también sobran: otorgar el voto a un grupo (mujeres, afroamericanos, indígenas), insertar cuotas de género, permitir a alguien con obesidad modelar ropa o, incluso, fabricar parches corporales de colores distintos al beige para no “promover el racismo”.Las anécdotas abundan. Para fines de este ensayo, me enfocaré en la corrección política en su variante lingüística, pues en ella radican más problemas que en la forma institucional —la cual tampoco está exenta de ser problematizada, especialmente como óbice de la meritocracia.

El abocamiento a defender la diferencia en una izquierda rebasada en sus propuestas por la atracción del modelo neoliberal en la década de 1980 tuvo mucho que ver en la construcción de lo “políticamente correcto”.2 Glenn Loury dio a este fenómeno, desde hace más de 20 años, una prevalencia decisiva dentro de la “guerra cultural” que “reemplazó la lucha contra el comunismo como la principal área de conflicto parcial en la vida intelectual estadounidense” al término de la Guerra Fría.El lenguaje de la izquierda académica en Estados Unidos, el lenguaje mediático —en especial la influencia de la producción mediática estadounidense en el mundo— y su propagación mediante nuevas tecnologías comunicativas, han exacerbado la corrección política a niveles que, en principio, parecen exagerados pese a las intenciones “positivas” de quienes la propagan —mas no necesariamente de quienes la emplean.

No hay duda de que la corrección política en su forma actual es una invención liberal y, de hecho, estadounidense, derivada del famoso adagio de que (no) todos los hombres son creados iguales. Se puede argumentar que ya en Bartolomé de las Casas y su famoso debate con Ginés de Sepúlveda había rasgos similares, pero el contexto era otro.4 La corrección política contemporánea se ha construido, más bien, sobre los cimientos del movimiento feminista y de la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos en Estados Unidos en la década de 1960. En una palabra, se ha erigido como aditamento, incluso como escudo, de la política de identidad. La consecuencia natural de este proceso fue, según Michael Warner, “ver las cuestiones domésticas y privadas, normalmente fuera de la mirada pública, como si fuesen ahora un área legítima de preocupación común”. Esto implicaba no solo una opinión pública stricto sensu sobre temas privados, sino exigir una intervención estatal en asuntos como el divorcio, la prostitución y el aborto. Lo anterior trajo un debate más renovado que nuevo sobre lo público y lo privado, acerca de hasta qué grado lo privado está “vedado a la política”.5

Pese a sus intenciones sociales positivas, los defensores y propagadores de la corrección política no aquilatan los problemas de su campaña intensiva. Como su nombre indica, la corrección supone una relación asimétrica entre un corrector y un corregido. El primero, conforme a una serie de valores que considera deseables y universales, espera que el “incorrecto” se comporte de cierta manera, correctamente. En pocas palabras, la corrección política en su versión contemporánea es un tipo ideal. Y, como todo tipo ideal, no existe de manera acabada en la realidad ni puede ser un valor universal, pues pertenece a una visión particular del mundo —la liberal, y ni siquiera entre todos sus adeptos. Aunque haya quienes tomen los valores liberales por metas universales, no puede ignorarse ya no la relatividad de lo que se considera correcto en cada contexto social —correcto para quién y por qué— sino, sobre todo, la contradicción fundamental inherente en la corrección política en tanto que fenómeno liberal: si hay que restringir la libertad de decir lo que uno quiera, entonces ya no hay libertad; la base del liberalismo se ve alterada. Esta es —sin sorpresa— la principal crítica (liberal) a la corrección política.6

En suma, debido a su acelerada evolución en Estados Unidos, es claro que la corrección política no puede funcionar del mismo modo allí que en Perú o Nepal, ni tampoco de forma monolítica en una misma sociedad. Además de la imposibilidad de universalizarse y de la contradicción de restringir la libertad en un contexto liberal, la corrección política genera otras debilidades a quienes la emplean. Me enfocaré principalmente en analizarla mediante tres problemas: de lenguaje, de comunicación y de susceptibilidad.

La corrección política como problema de lenguaje

Uno de los principales problemas de la corrección política, incluso en su forma institucional, es el peso que concede al lenguaje. En muchos casos, el corrector canta victoria cuando el corregido emplea el lenguaje “políticamente correcto”, sin que la ovación vaya más allá. Se espera de un(a) individuo (¿individua?) que al menos pretenda “comportarse”, mas no necesariamente que crea en los valores del corrector o que los comparta. El corregido puede limitarse a simular un interés por no sonar prejuicioso en su lenguaje, pero en realidad pensar lo contrario.Sustituir “negro” con “afroamericano”, por ejemplo, no resuelve la actitud discriminatoria de quien por “afroamericanos” entienda personas “inferiores” a la raza blanca. La corrección política en su variante lingüística se queda flotando, pues, sobre las aguas de la apariencia. Es una solución superficial porque plantea un problema superficial. Lo que se busca resolver al ser políticamente correcto es la forma en que uno se expresa, pero no necesariamente el fondo. La solución lingüística de la corrección no resuelve el problema extralingüístico del prejuicio, discriminatorio o no. Los eufemismos pueden atusar, mas no subvierten el orden cognitivo.

Ludwig Wittgenstein formuló en sus Philosophische Untersuchungen (1953) la idea de los “juegos de lenguaje” (Sprachspiele), útil en este caso. El lenguaje como práctica, dice el filósofo, requiere un conocimiento previo en el que cada palabra tiene un significado, por lo que no es necesario para una comunicación efectiva definir cada palabra en una frase. Al pedir al frutero cinco manzanas rojas, dice Wittgenstein, aquel sabe ya el significado de “manzana”, y el comprador asume que el frutero elegirá manzanas rojas y no verdes, cinco y no dos. El frutero no se pregunta el significado de “rojo” y de “cinco”, sino que opera mediante el uso que les da.8 El hilo conductor del tratado es la definición del autor en el décimo y cuadragésimo tercer aforismos: el significado de una palabra es su uso,9 que varía según el juego de lenguaje, el contexto en el que se usa la palabra, “las acciones dentro de las cuales [el lenguaje] se encuentra entretejido”.10 El “acto de nombrar” no conlleva “lo que hacemos a continuación”; no está predeterminado porque carece de contexto.11 No puede haber palabras cargadas de significado fuera de un juego de lenguaje.

Para la corrección política y su fijación con el lenguaje, este es un problema fundamental. El ejemplo clásico es la palabra negro, cuya controversia ha llegado hasta México. En noviembre de 2013, la compañía Bimbo rebautizó el “delicioso panecito bañado y relleno de sabroso chocolate” llamado “Negrito”, después de 56 años, como “Nito”.12 No hubo un comunicado oficial al respecto, pero se supo que algunas asociaciones civiles consideraban el término “ofensivo” para personas “de raza negra”. La injerencia del Consejo de Autorregulación y Ética Publicitaria (Conar), del que Grupo Bimbo es miembro asociado, se listó como la causa principal. Cabe preguntarse lo siguiente: ¿hay un juego de lenguaje cuando un niño va a la tienda y pide su “Negrito” en el cual el término resulta “ofensivo”? ¿El tendero da al Negrito un significado ofensivo al recibirlo del distribuidor? ¿Grupo Bimbo busca discriminar a personas mexicanas de raza negra? Es claro que no.

La respuesta estriba en que, en los últimos años, la publicidad del producto asoció su nombre a características no de la raza sino de una parte de la cultura negra estadounidense: en el anuncio televisivo se veía a un joven con cabello esponjado (afro) caminando como rapero. Evidentemente no hay una “ofensa”, ni un juego de lenguaje en el anuncio donde esa apariencia resulte ofensiva. Hay, en cambio, el uso de estereotipos para publicitar el producto, hecho construido como “políticamente incorrecto” por un tercero. Cabe preguntarse si algún miembro de la población negra en México se sintió ofendido(a) en algún momento por el anuncio y el nombre del producto —o, para empezar, si les importa. Lo curioso es que, amén del cambio de nombre, o precisamente por ello, la empresa sigue anunciando el producto con afro, estilo rapero y “mucha onda”: el prejuicio permanece a pesar de que ya hay una corrección. Aparentemente, la corrección política triunfa, pero su victoria es pírrica. Sustituir términos no da al traste con el prejuicio.

Por otra parte, si bien es cuestionable —menos en términos morales que culturales— la construcción que la publicidad hace de los “negritos” y su asociación con el nombre del panecillo, esto poco tiene que ver con una discriminación consciente y directa. Desde hace casi 60 años, el producto se llama Negrito porque literalmente es negro al estar bañado en chocolate, mientras que el diminutivo se empleaba, al igual que en “Gansito” o “Micro Hornito”, como estrategia publicitaria para atraer sobre todo a la niñez mexicana. Suponer que el Negrito fue llamado así en la década de 1950 para ofender deliberadamente a la población negra y considerarla “inferior” sería bastante aventurado. ¿Y dónde queda el “pan blanco”, otro producto de Bimbo?

Un último punto exhibe la debilidad de la corrección política como problema lingüístico: la terminología aplicada al género, cuestión de lengua más que de lenguaje. El debate feminista evidenció cómo la visión y el discurso patriarcales construyeron la realidad como forma de dominación varonil sobre la mujer y la asignación que se le otorgó en la sociedad durante siglos. Debido a ese debate, hoy se ve como políticamente correcto, al menos en lengua española, la inclusión del artículo “las” al referirse en plural a un grupo social, por ejemplo, “las y los mexicanos” —en lengua escrita se usa “l@s”. En inglés es cada vez más normal encontrar “men and women”, donde el sustantivo adquiere más peso porque el artículo the no varía. Dejando este caso aparte, en México y otros países de habla española se configura de ese modo una corrección política distinta, más específica y con un desarrollo más intenso que la de países como Francia, donde no hay tal cosa como “les et las français(es)”, pues solo hay un artículo plural sin división de género (les), aunque nadie dice “les français et les françaises” ni “i italiani e le italiane”. Esto no es privativo de las lenguas romances: en la mayoría de las lenguas eslavas ni siquiera hay artículos. Argumentar que el número tiene género solo tiene sentido según el contexto lingüístico. Las construcciones sociales de la ofensa y la exclusión deben mucho, pues, a las particularidades de cada lengua, lo que debilita la ambición totalizante de la corrección política. 

1 “Pharmacy to Launch Plasters for Darker Skin”, The Local, 12 de agosto de 2015, http: //www.thelocal.se/20150812/pharmacy-to-sell-darker-plasters-for-darker-skin.

2 Cf. Fernando Escalante Gonzalbo, Historia mínima del neoliberalismo, El Colegio de México, México, 2015, pp. 115-140 y 175-198.

3 Glenn C. Loury, “Self-Censorship in Public Discourse: A Theory of ‘Political Correctness’ and Related Phenomena”, Rationality and Society, 6 (1994), pp. 428-461, cf. pp. 428-429.

4 Cf. Immanuel Wallerstein, Universalismo europeo: El discurso del poder, Siglo XXI, Madrid, 2007, pp. 15-46.

Michael Warner, Público, públicos, contrapúblicos, Fondo de Cultura Económica, México, 2012, pp. 31-45.

6 Loury, op. cit., pp. 435-438; Robert Manne, “On Political Correctness”, Quadrant, vol. 37, núm. 1-2 (1993), pp. 2-3.

Leaf Van Boven, “Pluralistic Ignorance and Political Correctness: The Case of Affirmative Action”, Political Psychology, vol. 21, núm. 2 (2000), pp. 267-276.

Ludwig Wittgenstein, Philosophical Investigations, Basil Blackwell, Oxford, 1986, p. 3, §1.

9 Ib., p. 20, §43.

10 Ib., p. 5, §7.

11 Ib., p. 13, §27.

12 Mauricio Hernández Armenta, “El Negrito Bimbo ahora se llama ‘Nito’”, Manufactura, 21 de noviembre de 2013, http://www.manufactura.mx/industria/2013/11/20/el-negrito-bimbo-se-cambio-el-nombre.

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RAINER MATOS FRANCO es licenciado en Relaciones Internacionales por El Colegio de México.

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