La experiencia moderna de leer a Cervantes

El legado de Miguel de Cervantes parece incuestionable. Su obra cumbre, el Quijote, es, nada más y nada menos, que la primera novela moderna. No obstante, aceptamos ésta y otras generalizaciones sin un real cuestionamiento, y sin comprender de manera compleja y problemática las razones de su canonización. Lo que es peor, su consagración irreflexiva traiciona, […]

Texto de 17/01/17

El legado de Miguel de Cervantes parece incuestionable. Su obra cumbre, el Quijote, es, nada más y nada menos, que la primera novela moderna. No obstante, aceptamos ésta y otras generalizaciones sin un real cuestionamiento, y sin comprender de manera compleja y problemática las razones de su canonización. Lo que es peor, su consagración irreflexiva traiciona, […]

El legado de Miguel de Cervantes parece incuestionable. Su obra cumbre, el Quijote, es, nada más y nada menos, que la primera novela moderna. No obstante, aceptamos ésta y otras generalizaciones sin un real cuestionamiento, y sin comprender de manera compleja y problemática las razones de su canonización. Lo que es peor, su consagración irreflexiva traiciona, en muchos sentidos, los significados íntimos de la obra. De aquí que resulte pertinente preguntarnos en qué residen la vigencia y modernidad de Cervantes.

La modernidad

Los primeros registros de la palabra modernitas son del siglo v, cuando fue usada por los cristianos para deslindarse del pasado pagano: “soy moderno en cuanto no soy del ayer”. Así, la modernidad implica una diferenciación con un pasado que se reconoce ya como tal. No obstante, sobre todo a partir del siglo xix, este concepto tiene una especificidad histórica. Ser moderno no sólo se refiere a la relación temporal con el ayer; es una particular visión de mundo o, en palabras de Marshall Berman, una particular experiencia.

La modernidad privilegió la racionalidad y la objetividad. El pensamiento aprendió entonces a leer la realidad bajo dichos supuestos. Esto derivó en la construcción de un pensamiento crítico que encuentra su realización en el futuro, y en la transgresión su más clara expresión. También significó la pérdida de consistencia de la realidad a partir de la desfuncionalización de los valores que le dieron coherencia a la imagen del mundo medieval. Lo moderno supuso, pues, la cancelación del relato en el que el hombre va de la mano de un solo Dios a lo largo de un único camino. Es el escenario en el que “todo lo sólido se desvanece en el aire”. El protagonista de La nueva Eloísa, de Rousseau, descubre en la ciudad, al explorar las calles de París, la inminencia de lo moderno, de ese universo en que “lo bueno, lo malo, lo hermoso, lo feo, la verdad, la virtud, sólo tiene una existencia local y limitada”. Podemos concluir entonces, junto a Baudelaire, que “la modernidad es lo transitorio, lo fugaz, lo contingente, la mitad del arte, cuya otra mitad es lo eterno e inmutable”.

Si bien esta modernidad tuvo su expresión concreta y sistemática hasta finales del siglo xviii con el final del Antiguo Régimen, el preludio lo encontramos varios siglos antes. En el Renacimiento se descubren los primeros rasgos que terminarán por caracterizarla. En esa primera etapa no se tiene conciencia de ella. Se avista un nuevo mundo al que todavía no se le da nombre. Es necesario acuñar las palabras y los formatos que le den cabida y lo expliquen. Y ese “vocabulario”, en efecto, se inventó: inexploradas formas artísticas —la novela tal y como la conocemos—, inquietantes concepciones del cosmos —los universos paralelos de Giordano Bruno— o bien, propuestas políticas inéditas —la organización de los estados modernos— inauguraron el continente sobre el que esa experiencia se hizo posible.

La novela

En El arte de la novela, Kundera afirma: “no me siento ligado a nada salvo a la desprestigiada herencia de Cervantes”. El novelista contemporáneo ve en el Quijote la expresión primera de la tradición desde donde produce su obra, tradición que identifica como moderna. De tal manera, la historia de las ideas y la del arte han identificado en Cervantes, Shakespeare, Velázquez, Giordano Bruno o Descartes una línea de pensamiento y una experiencia de mundo que varios siglos después se llamó moderna; que varios siglos después supimos nuestra.

En el amanecer de la modernidad está, entonces, Cervantes. Los novelistas ingleses le dieron seguimiento inmediato a esa tradición, en particular los más extravagantes. Henry Fielding basó su Joseph Andrews en la ironía. Si ésta, como señala Pere Ballart en Eironeia, desmantela verdades convenidas, el relato la aprovecha para expresar incertidumbre. Por su parte, Tristram Shandy, de Laurence Sterne, se funda en la fragmentación y la incompletud. La novela parece jamás dar comienzo y no tener nada en claro. Es fragmentaria, absurda y a veces insensata, características que preludian mucho de lo que fue el arte del siglo xx. Pues bien, ambas obras señalan como su antecedente más directo el modelo cervantino. Así, los novelistas ingleses desde el siglo xviii no tuvieron duda en reconocer al Quijote como el momento inaugural de su tradición, que vería en el siglo xix su esplendor.

La crítica

En 1914, Ortega y Gasset publica sus Meditaciones del Quijote. Declara el filósofo que el texto cervantino “lo sentimos tan cerca, por lo menos, de nuestra más profunda sensibilidad, como puedan estarlo Balzac, Dickens, Flaubert, Dostoyevski, labradores de la novela contemporánea”. En su Teoría de la novela de 1917, Georg Lukács ve en el Quijote el primer ejemplo de este género, capaz de expresar la descomposición de la realidad, la caducidad de lo heroico, el alejamiento de Dios y el individualismo. Unos años después, en 1925, Américo Castro saca a la luz El pensamiento de Cervantes. El investigador ubica al autor en su siglo: como un conocedor del humanismo, de los géneros en boga y al tanto de las discusiones artísticas e ideológicas del momento. Vuelve obsoleta la idea romántica de un Cervantes poseído de un genio inconsciente de sus proezas. Por si fuera poco, Castro encuentra como característico de la obra de Cervantes el “perspectivismo”; esto es, la capacidad para representar una visión de mundo polifónica, oscilante y relativa.

Hasta este momento, en términos generales, se lee a Cervantes como precursor de la modernidad literaria. No obstante, con la llegada del franquismo, la crítica y la investigación filológica verán a Cervantes a través de los lentes de lo nacional, lo tradicional y lo erudito. La obra del alcalaíno parecerá cada vez menos cosmopolita a partir de estas lecturas.

Por poner un ejemplo, Dámaso Alonso, en plena década del sesenta, admite que el Quijote y el Lazarillo dan inicio a la modernidad a partir de la confluencia entre la ficción y el realismo, pues ve en este último el factor que detonó la nueva forma literaria. Sin embargo, explica dicha característica como un elemento estrictamente nacional. Así, escribe frases como las siguientes: “En el siglo xvi no hay novela realista más que en España”, o bien “En fin, en él [Cervantes], pequeño cauce tan local, tan atado a la tierra nativa, del realismo español, españolísimo y localista aún, se abre en vastedad de océano. Y se vierte y se derrama en la noche cósmica, inmenso anhelo hacia Dios”.

Esa visión, en muchos sentidos, se generaliza. Por los mismos años, el argentino Juan Bautista Avalle-Arce, en su edición a Los trabajos de Persiles y Sigismunda, interpreta la obra póstuma de Cervantes como representación literaria de los más íntimos empeños contrarreformistas. No obstante, investigaciones más recientes señalan que esta obra usa sistemáticamente la simulación, el engaño y el relativismo, cualidades que hablan de una interpretación de mundo disonante y cuestionable.

Tiene razón Julio Hubard en su artículo “Hablarle en necio”, publicado en Letras Libres el año pasado a propósito de las obras de Cervantes y Shakespeare. En este texto, el autor señala el celo académico y burocrático que rodea al Siglo de Oro, mismo que no permite la cercanía contemporánea. Advierte también lo poco que se lee a Cervantes más allá del Quijote. Además, mientras los lectores de Shakespeare han sabido hacer suya la obra del dramaturgo, los hispánicos han hecho de su Siglo de Oro un museo demasiado venerable. ¿Por qué las producciones españolas clásicas mantienen este halo de oficialismo e institucionalidad cuando hace un siglo Ortega y Gasset y Lukács vieron en la obra cervantina la expresión cabal de lo moderno con todo y sus más inquietantes implicaciones? ¿Por qué el Siglo de Oro se deja leer a veces de forma tan contrarreformista, tan local, tan antimoderna? Ese dinamismo inglés que señala Hubard y ese halo hispánico anquilosado, ¿no son más bien fruto de interpretaciones sembradas a posteriori que han calado en nuestra percepción de la tradición?

La antimodernidad

Junto a Lukács, Ortega, Unamuno y Castro, había una vertiente mucho más académica y conservadora. A finales del xix y principios del xx, la crítica y la Academia Española estaban representadas por Marcelino Menéndez y Pelayo y por Francisco Rodríguez Marín. Este último representó la versión más erudita y positivista de la filología española. Con el régimen franquista, estas visiones fueron privilegiadas y oficializadas.

A este respecto, es un lugar común pensar que, en términos generales, el fascismo es antitético a la modernidad. En su libro Modernismo y fascismo, Roger Griffin desmonta esta suposición y afirma que el fascismo es una variante de la modernidad, pues da lugar a la renovación y aspira a un futuro inédito. Esto queda de manifiesto en la manera en que el fascismo italiano abrazó el funcionalismo arquitectónico, las artes plásticas modernistas o la vanguardia poética. Por su parte, el fascismo alemán dio la espalda al tradicionalismo cultural y al cristianismo histórico y, dada su radicalidad política, planteó, a su muy particular modo, una revolución.

Éste no es el caso del franquismo, el cual supuso la vuelta a los valores de la que se suponía era la España más real, la más honda, incluso, la más rural, la menos cosmopolita y problemática, la que no es polifónica. Con el paso de los años, uno de los más grandes logros del régimen fue la despolitización de la sociedad. La Iglesia vio en la Guerra Civil una nueva cruzada, en la que el anarquista, el liberal o el demócrata fueron identificados con el infiel. El texto de Conxita Mir, incluido en el libro Morir, matar, sobrevivir. La violencia en la dictadura de Franco, señala que “en España, la violencia de guerra fue seguida de otra mucho más sistemática, calculada y persistente, puesto que durante largo tiempo el régimen que la alentó siempre tuvo, en palabras de Josep Fontana, ‘el objetivo de reprimir y contener, nunca de asimilar y pacificar’”.

En ese contexto, lo que no está plenamente alineado al régimen franquista es, entonces, “antiespañol”. Y con ello, la modernidad resultó “antiespañola”. Desde esta perspectiva, no resultan raras las lecturas canónicas de Dámaso Alonso o Joaquín Casalduero. Tampoco extraña el privilegio que se le dio a la filología de herencia positivista. Más vale hablar de Cervantes desde sus antecedentes que a partir de sus insolentes herederos, la novela moderna occidental.

Cervantes, Quevedo, Shakespeare o Velázquez crearon el universo estético que configuró nuestra sensibilidad, ese universo lleno de equívocos, de ironía, de contradicción, de acordes disonantes, de descarnado realismo. De aquí que no sea casualidad que el Renacimiento y el Barroco conquistaran para las artes plásticas la perspectiva, y para la música, la polifonía. Más allá de la erudición y los aparatos críticos que puedan resolver o entorpecer nuestras interpretaciones, la relectura de Cervantes cuenta con lo más importante: nuestra propia experiencia de la modernidad. Es decir, volver a Cervantes puede ser, sí, una arqueología, pero es también autoreconocimiento.

La obra cervantina, completa

Hasta este momento todo lo dicho parece incumbir casi exclusivamente al Quijote y, en menor medida, a las Novelas ejemplares. Ésa es otra deuda. El teatro cervantino, el Viaje del ParnasoLa Galatea y Los trabajos de Persiles y Sigismunda son obras que han sido aparatosamente subestimadas. Cervantes tiene un importante antecedente literario sobre el que brotó el nuevo género: La CelestinaEl LazarilloEl Crotalón, los libros de caballerías, la nouvelle italiana, y un largo etcétera. Pero el resto de su obra es también un ensayo de la modernidad. La Numancia es la apuesta por un teatro moldeado a partir de la tragedia griega, misma que apenas se estaba redescubriendo y valorando. Esto significa que hace suyo el pathos que reconocemos como parte del teatro moderno. El Viaje del Parnaso se ha considerado casi como un diccionario de poetas de la época. Pero es también una obra descabellada y sin precedentes hispánicos, los mejores poetas del orbe y el autor mismo emprenden una batalla contra la mala poesía, a bordo de barcos hechos de versos y con libros como armas. El autor se autoparodia y satiriza la pedantería. Así, termina por ser un canon construido desde lo irónico. La Galatea da inicio con asesinatos y pesquisas casi detectivescas dentro de un género caracterizado por el lirismo y el idealismo. Es decir, Cervantes parece desestabilizar todo lo que toca.

Caso aparte merecen las obras dramáticas que publicó hacia 1615. Por ejemplo, en el entremés La cueva de Salamanca, nada de lo que dicen los personajes es cierto. Todo es simulación. Una mujer llora la partida de su marido para que éste la considere virtuosa. En cuanto el esposo parte, la mujer prepara un convite para recibir a su amante, con su criada como cómplice, mientras el esposo va contándole a su compañero de viaje la suerte de tener una esposa tan inocente. Entre los participantes de la fiesta no hay ninguna real comunicación, sólo la disposición al placer. Un estudiante pobre e ingenioso termina participando. El marido regresa de improviso. Para salvar la situación, el joven universitario asegura tener dominio de las artes mágicas. Con lo único que cuenta, y con eso basta, es con el poder de la palabra. Hace aparecer, frente al esposo, los alimentos para un banquete y unos demonios, con la salvedad de que tienen la apariencia de vecinos reconocidos, esto para no asustar a los presentes. Todos terminan participando del banquete: demonios, amantes, vecinos, marido, esposa, criada y estudiante. En este apresurado resumen, se puede dar cuenta de las expresiones del deseo, en particular el femenino, el despliegue de virtuosismo verbal, el individualismo, la relatividad, el perspectivismo. En otras palabras, la modernidad y sus entrañables contradicciones.

Resulta posible y hasta necesario sabernos lectores privilegiados de Cervantes en cuanto a que nuestra humanidad fue inventada en su obra. No sólo fue Shakespeare su artífice, como afirma Bloom. La modernidad que nos configura nació dentro de estas coordenadas culturales: es Shakespeare y Cervantes, junto a Rabelais, Lope o Marlowe. De aquí que, trescientos años después de la muerte del escritor, Ortega y Gasset haya podido criticar el racionalismo cartesiano usando a don Quijote como ejemplo del héroe tragicómico fragmentado —el hombre—, y como representación del vicio de confundir la realidad con el deseo. Esto nos permite reconsiderar y poner distancia frente a la descomunal historia crítica del cervantismo, y, en algunos casos, desconsiderarla. Es necesario en esta conmemoración concebir la obra cervantina en su conjunto, y comprenderla como un proceso y como un diálogo en el que nuestra experiencia tiene voz. ~

* Este texto forma parte de la investigación para la tesis doctoral del autor.

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RICARDO JOSÉ CASTRO GARCÍA ha trabajado como profesor, editor, escritor y corrector en instancias privadas y gubernamentales, y vendió discos en el Tianguis del Chopo. Actualmente cursa el doctorado en El Colegio de México. Cuenta con publicaciones a cargo de la UNAM, la Universidad de São Paulo, la Universidad de Navarra y El Colegio de México. También es músico.

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