Hojeando librerías

Con música de elevador, en el limbo de lo simultáneo y del absurdo, La Murci espera en su cueva-librería. La moronga es el blog de La Murci y forma parte de los Blogs EP

Texto de 09/07/20

Con música de elevador, en el limbo de lo simultáneo y del absurdo, La Murci espera en su cueva-librería. La moronga es el blog de La Murci y forma parte de los Blogs EP

Esta cueva que habito, ¿está abierta o cerrada? Puedo percibir una luz al final del estrecho y prolongado túnel, ¿es la entrada? ¿Veo gente allá afuera? La cueva que habito, ya lo saben, es una librería. Pero la librería, ¿opera? ¿Está abierta? ¡Es la librería de Schröedinger! ¿Abierta o cerrada? ¿Operativa o inactiva? Es difícil saberlo. Lo cierto es que de pronto cuando menos lo espero hay lectores aquí adentro. Guardan entre ellos una extraña distancia, temerosos. ¡Y también conmigo! Pero, ¿qué hacen aquí? ¿Quién los dejó entrar? No puedo verles las caras, están enmascarados. Pero, ¿estuvieron aquí? Han desparecido, tan sigilosamente como entraron, salieron. ¡Lectores fantasmas!

Es un extraño limbo, una existencia prácticamente virtual. (Es que ahora principalmente hago ventas en línea, soy casi una hacker). Inspirada, decido poner música. Escucho, vía Internet (casi hacker, insisto) una compilación de Muzak de los setenta y recuerdo cómo el paisaje comenzó a plagarse de centros comerciales vacíos, hace unos años. La musiquita vacía recorriendo los pasillos, bordeando los escaparates que nadie ve, por encima del linóleo sin pisarse.

Para distraerme abro las redes sociales (¡también habito ese limbo de almas en penitencia!) y descubro que no una sino dos librerías cerraron durante la semana pasada. Ambas con peligrosa cercanía. ¿Qué pensar al respecto? No hay mucho que pensar, en realidad. Una anunció su cierre desde el año pasado –por las rentas absurdas de la zona aburguesada donde se encontraba. ¿La otra? Me imagino que ocurrió algo similar: una incapacidad contagiosa y generalizada para la organización en contra de los rentistas. Bello mundo.

Mientras tanto, esta columna que escribo, ¿es leída? ¿Importa? Si no es leída, ¿cae un árbol en el bosque? ¿Me importa? Qué extraño este duro deseo de durar. Pero es lo que hay. Debo seguir, hay que seguir, no puedo seguir, voy a seguir. ¿Iba así?

Extiendo mi garrita y encuentro un libro. Está cerrado, como la librería. En potencia de ser abierto. Si hojeo el libro, ¿realmente lo abro? Tengo la sensación de que así es como nos encontramos, como hojeando el mundo, en diagonal, sin ganas reales de volver a él. No hay mucho allá afuera que sea interesante, pienso a veces. Pero en otras ocasiones el zapping mental me recuerda que también hay una felicidad en la vitalidad.

Así que decido salir de la cueva, con las precauciones necesarias. Y descubro que mientras algunas librerías de barrio han cerrado, algunos supermercados de libros, en cambio, han abierto. También aquí descubro que hay algunos lectores fantasma. ¿Pero es así? No, más bien son un grupo de jovencitos que han decidido, a esta hora –es mediodía, voy de incógnita-, echarse una botanita en la cafetería de este supermercado de libros. Para no dejar, compro un par de libros y regreso volando a mi cueva. Tal vez, no lo sé, me atreva a seguir pensando.

Por ahora me limito a abrir, de nuevo, las ventanas que dan a las noticias y leo que en algunos estados de los EEUU, donde abrieron demasiado pronto las librerías tuvieron que volver a cerrarlas, en un movimiento como de un gran yoyo inmunológico. Una voz me susurra en la oscuridad: “nada sucede, nadie llega, nadie se va, es terrible”. EP

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