El progreso está vacío

Frente a quienes disfrutamos de los privilegios que con frecuencia se atribuyen al progreso, sus víctimas nos cuestionan sobre los valores que lo han impulsado y sus consecuencias sobre las sociedades y el planeta.

Texto de 10/01/19

Frente a quienes disfrutamos de los privilegios que con frecuencia se atribuyen al progreso, sus víctimas nos cuestionan sobre los valores que lo han impulsado y sus consecuencias sobre las sociedades y el planeta.

Hay palabras que gozan de una acogida generalizada y son de una claridad meridiana. Son palabras que operan sobre todo en lo privado, como “amistad”, “amor” y “fraternidad”. Se entienden a la primera y generan un consenso inquebrantable en su favor, pero no todo en el diccionario es tan sencillo. Las cosas se complican, por ejemplo, cuando se pasa de lo privado y familiar a lo público y político. Aparecen entonces palabras que pueden gozar de un férreo consenso en torno a su significado, pero que están envueltas por la polémica sobre su conveniencia. Así son la libertad o la igualdad: todo mundo conoce lo que son, pero no todos las aceptan de buen grado. En lo político surgen también otras que operan a la inversa, sobre cuya conveniencia hay un consenso más o menos universal, pero cuyo significado despierta duros enfrentamientos. El progreso es así.

Se trata de una de esas palabras que en realidad están perfectamente huecas y se llenan de sentido en contextos muy específicos. El diccionario de la Real Academia Española lo define como la “acción de ir hacia adelante”, o como “avance, adelanto, perfeccionamiento”, y como tal lo deja a merced de las circunstancias y de la carga que se le quiera dar en cada sitio y en cada tiempo. Lo único que nos dice esa definición es que el progreso consiste en cambiar de posición yendo hacia adelante, pero no aclara qué dirección es ésa. En esto la humanidad se parece a Alicia —la del País de las Maravillas— cuando se vio delante del gato de Cheshire. Igual que nosotros hoy, la niña no sabía a dónde quería ir, pero tenía clarísimo que quería estar en cualquier otro sitio. En el libro de Lewis Carroll le preguntó al felino sonriente:

—¿Podría, por favor, decirme qué camino debo tomar para irme de aquí?

—Eso depende en gran medida de a dónde quieras ir— dijo el gato.

—No me importa mucho…— dijo Alicia.

—Entonces no importa qué camino tomes— dijo el gato.

—…siempre que llegue yo a alguna parte— añadió Alicia como explicación.

El sólo moverse de la situación presente nos parece a todos un objetivo a lograr y por eso el progreso como tal se elogia de entrada, pero no hay consenso sobre qué rumbo hay que tomar para, efectivamente, ir hacia adelante. Para algunos, el progreso es una tarea simple, aunque titánica, y consiste en imponer la “modernidad” tecnológica e ilustrada, en hacer valer el dominio de la humanidad —particularmente, el dominio de Occidente— sobre todo el planeta. En América Latina encuentran su modelo, entre otros muchos, en Santos Luzardo, el protagonista de Doña Bárbara, la novela de Rómulo Gallegos, quien proclamaba soñador: “el progreso penetrará en la llanura y la barbarie retrocederá vencida”. Como él, imaginan la Tierra entera como un paraje cercado y ordenado, en donde la naturaleza crezca bajo la tutela del hombre y no a su capricho, donde se acepten las jerarquías y las normas occidentales como las únicas adecuadas.

Frente a ellos —o más bien pisoteados y bajo sus botas—, las víctimas de esa visión del progreso alzan sus voces para reventar el consenso sobre sus virtudes. Son quienes gritan y recuerdan que esos supuestos avances han cobrado millones de víctimas y que ese progreso, más que un movimiento ascendente o hacia adelante, es un paso en la dirección equivocada. Como explicó la escritora india Arundhati Roy, la lucha en torno a lo que “comúnmente se conoce como progreso” es “en muchos sentidos una batalla vieja y familiar, cuya historia ha ocurrido por siglos en todos los continentes del mundo y ha tenido un desenlace más o menos similar: las corporaciones siempre ganan”, los pueblos indígenas son arrasados y se destruye el medio ambiente del que dependemos todos.

En contraste con esta visión del progreso, desde la izquierda (esa porción del espectro político que ha centrado sus objetivos en resolver la cuestión social y las demandas de los movimientos sociales, como la describió recientemente Carlos Illades) se ha defendido otra forma de entenderlo, una que ve el único destino legítimo —y con ello, la única dirección hacia la que verdaderamente se progresa— en la construcción de una sociedad justa y libre. Como explicó hace una década Fernando Savater, “será progreso cuanto favorezca un modelo de organización social en el que mayor número de personas alcancen más efectivas cuotas de libertad: es decir, son progresistas quienes combaten los mecanismos esclavizadores de la miseria, la ignorancia y la supresión autoritaria de procedimientos democráticos”.

De esta concepción del progreso se adivinan con facilidad sus opositores. Quienes gozan de grandes privilegios se niegan a perderlos; quienes se sienten amenazados por la libertad de todos defienden su derecho a imponerse; quienes recelan de los desacuerdos que surgen con la democracia impulsan el retorno al autoritarismo. Son esos, por ejemplo, quienes desde el México de principios del siglo XIX protestaban contra la constitución liberal de Cádiz llamándola “anticristiana” o, como dijo Carlos María Bustamante, obra de “impíos, herejes y libertinos”. Son también esos que en nuestro país seguían llamando “descalzonados” a los indios hasta hace apenas unos años, y que luego protestaron por la aprobación de modificaciones a la Constitución y de leyes que abrirían la puerta para acabar con su exclusión.

Estas son apenas dos de las visiones de progreso que se pueden asumir, muy distintas y absolutamente contrastantes, sobre todo ahora que vemos las consecuencias del progreso “modernizador”, por llamarlo de alguna forma. Mientras las izquierdas han entendido el progreso como el impulso de las libertades y el combate a las injusticias, los modernizadores han impulsado un progreso que genera mayor desigualdad y que ha provocado una crisis ambiental global que hará empeorar sustancialmente la calidad de vida de todos, pero especialmente —y de forma marcadamente injusta— la de los más pobres.

A la vista de estas dos concepciones opuestas del progreso, es curioso que haya quien piensa que nadie parece dudar que vivimos inmersos en un proceso de progreso continuo. Una posible razón para esta ceguera es que los poderosos han conseguido invisibilizar a sus víctimas, al grado de que ni siquiera haya espacio para ver la posibilidad del disenso sobre las virtudes de eso que ellos entienden como progreso. Una más es que se mantenga un optimismo sobre los avances de la humanidad que, hoy por hoy, cuando la ultraderecha cosecha tantas victorias, parece muy alejado de la realidad. Otra más es que se habite una torre de marfil o, como la describió Peter Sloterdijk, “un palacio de cristal” a salvo de la historia y de sus víctimas, que impide ver al resto del mundo.

En todo caso, ambas concepciones de progreso parecen estar en crisis. Hemos descubierto que nuestros avances contra la pobreza se diluyen si no van acompañados por el combate a la desigualdad y en eso nuestros progresos económicos saben a poco. La ola de gobiernos autoritarios que arrasa desde Estados Unidos hasta Brasil e India ha puesto en riesgo nuestros pasos adelante en materia de democracia, al tiempo que el auge del racismo y la homofobia amenazan con dar al traste con el progreso en materia de libertades. El cambio climático amenaza con terminar incluso con nuestros avances tecnológicos más sólidos y echar por tierra y por mar la infraestructura que era símbolo del progreso y la modernidad. Como escribió recientemente y desde la izquierda la británica Zoe Williams, “la historia se parece menos a un arco que tiende hacia la justicia y más a una serie de ciclos: de la ilustración y el progreso, tras un colapso, una guerra o un desastre, de vuelta a la superstición y al autoritarismo”.

Quizá lo único que nos quede sea asumir plenamente el disenso sobre lo que significa el progreso y renunciar a ese término que ha mostrado ser tan engañoso. Quizá si hablamos abiertamente de intereses y propuestas concretas y sólo evaluamos su carga de valor en un debate democrático y abierto que renuncie a las mayúsculas lograremos salir de ese tiempo de retrocesos. Y a lo mejor eso es progresar verdaderamente. EP

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