El poder seductor de Muhammad Ali

Yo he estado prisionero por más de cuatrocientos años Muhammad Ali No quiero que me llamen por mi nombre porque este no me pertenece. Ahora sé que a los esclavos, tan negros como yo, se les asignaba al nacer el nombre de su amo; sí, con todo y apellido. Ahora elijo yo: “Soy Muhammad Ali, […]

Texto de 23/07/16

Yo he estado prisionero por más de cuatrocientos años Muhammad Ali No quiero que me llamen por mi nombre porque este no me pertenece. Ahora sé que a los esclavos, tan negros como yo, se les asignaba al nacer el nombre de su amo; sí, con todo y apellido. Ahora elijo yo: “Soy Muhammad Ali, […]

El poder seductor de Muhammad Ali

Yo he estado prisionero

por más de cuatrocientos años

Muhammad Ali

No quiero que me llamen por mi nombre porque este no me pertenece. Ahora sé que a los esclavos, tan negros como yo, se les asignaba al nacer el nombre de su amo; sí, con todo y apellido. Ahora elijo yo: “Soy Muhammad Ali, un hombre libre”. Soy forastero en mi propio cuerpo, en mi barrio, en mi estado, en mi país. Soy exiliado, ajeno a una cultura que me desprecia, que me dice “tú no eres de aquí, tú no perteneces, porque eres negro”. ¡Qué bien hice en tirar la medalla olímpica al río! Por un instante me la creí. Pensé que al ganar la medalla todo iba a cambiar, que el apartheid y sus barreras raciales se rendirían ante mis proezas en el deporte, ante la rapidez de mis puños, ante mi pericia para derrotar al enemigo con una precisión matemática. Por eso bailo en el ring, porque en los confines del cuadrilátero las cadenas de la esclavitud tienen la consistencia de un chicle: son elásticas, inocuas; tanto, que dejan de someterme a los deseos del “otro”, de “mi amo”.

Soy negro pero hermoso; qué digo, hermosísimo. “I am the prettiest thing that ever lived!”, he proclamado. Albergo la perfección en mi anatomía y en mi rostro, como aquellas esculturas romanas. Soy un homenaje viviente al cuerpo humano: musculoso, con piel brillante color azabache, con mis piernas fornidas que bien podrían sostener a la Unión Americana. Algún día dije: “Soy América. Soy la parte que ustedes no reconocen, pero acostúmbrense a mí. Negro, seguro de mí mismo. Engreído, es mi nombre, no el de ustedes; mi religión, no la de ustedes”.

Tengo un rostro perfecto. Una nariz que da balance a mi cara y unos labios que invitan al mundo del pecado. Soy poseedor de una mirada rabiosa, terrorífica, que da miedo. “¿Y quién sería tan osado de ponérsele al brinco a un hombre como yo, con mis puños, mi rapidez y mi certeza para aniquilar al más poderoso de los adversarios?”.

Bajo el influjo de mi belleza, quien me mira se hechiza, pierde la coherencia, rompe el hilo que hilvana sus palabras. ¡Soy la perfección en un mundo imperfecto! Ahora soy el amo porque someto y esclavizo a quien me contempla, porque nadie puede apartar su mirada de mi rostro sin pensar para sí mismo: ¡qué bello es este hombre!

Siempre tuve rabia por dentro. Mamaba todos los días la injusticia, y con ella la leche de la rebeldía. Siempre he tenido una necesidad vital de insubordinarme ante el poder, de despreciar el sometimiento, aun en el terreno del boxeo. Mis entrenadores, desesperados, decían que yo hacía todo mal, que seguía las reglas al revés, pero que toleraban mi rebeldía porque obtenía buenos resultados. Esa furia que me ha hecho peligroso para el sistema me ha transformado en un inquisidor insaciable. Lo cuestiono todo. Para mí ningún orden es sagrado, incluyendo el divino. De niño pregunté, hilarante, a mi madre: “¿Por qué Dios es blanco, por qué la Virgen, su señor Padre y toda la corte celestial también lo son?” Pronto supe que los negros iríamos al cielo a servirles “leche caliente con miel” a esos cabrones, que estaríamos alojados en los establos del cielo, mientras que ellos —los blancos— permanecerían sentados “a la diestra de Dios Padre”. También supe que la ley de la dominación de la raza blanca sobreviviría tanto “en el cielo como en la Tierra”, como dice la Biblia.

Siempre fui habilidoso con las palabras. Las hago cantar, bailar al ritmo del punching bag. “I don’t worry about the fight, I worry about the flight” (“no me preocupo por la pelea, me preocupo por el vuelo”), dije para describir mi enorme miedo a volar. Las palabras me dan poder. Apoyadas por mi inteligencia e ingenio puedo lograr lo inimaginable: escupir en los rostros de quienes me han llamado “nigger” y lograr que se arrodillen ante mí, sintiéndose afortunados de haberlo hecho. Es la dominación perfecta, la que se logra con la anuencia del dominado. “I am the greatest!”, me ufano.

Soy chistoso, jacarandoso y muy simpático. Arranco con mi verborrea ingeniosa y desafiante carcajadas al más racista de los racistas. Tengo cientos de dichos famosos. El que más me gusta es: “Float like a butterfly, sting like a bee” (“flota como una mariposa, pica como una abeja”).

Mi sentido del humor derriba murallas sociales, desarma al más poderoso de mis enemigos. La palabra también me permite suturar fisuras, rellenar las cuarteaduras causadas por el terremoto del racismo; con ella puedo remediar la injusticia y reivindicar al “Black Power”. “Con frecuencia me río de mí mismo”.

Pero aun en las peores batallas, nunca dejé de ver a mis adversarios como padres de familia, como personas que merecen llegar vivos a casa. Por eso terminaba mis combates rápido, lo antes posible, para causarles el menor daño. “Soy el más grande”. Me lo dije incluso a mí mismo, cuando no sabía que lo era. Lo tuve que gritar a los cuatro vientos “para ser el espejo agigantado, donde más tarde se mirarían mis hermanos”. “El boxeo es solo un trabajo. La hierba crece, las aves vuelan y yo le pego a la gente”.

Dicen que recibí 29 mil golpes en la cabeza y gané más de 75 millones de dólares. El cuadrilátero que me dio la libertad se convirtió en mi tumba. En esta ocasión el enemigo fue implacable.

Antes de morir recordé mi frase favorita: “El boxeo es un montón de hombres blancos viendo cómo un hombre negro vence a otro hombre negro”. Y le agregué mi epitafio: “Aquí yace un bello hombre negro que flota como una mariposa, pica como una abeja y cuya cabeza recibió 29 mil golpes”.

Antes de poner punto final a este “Homenaje” me preguntaba si este deporte no nos otorga a todos nosotros la condición de ser acusados también por asesinato.  

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VERÓNICA NAVARRO BENÍTEZ es socióloga. Ganadora de la Beca Leo Rowe que otorga la OEA, ha realizado labores de investigación y docencia en México, Norteamérica y África. Actualmente es defensora de los derechos humanos de las mujeres en la organización civil Mujeres Aportando a Mujeres.

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