El mapa se pintó de rojo: Trump, el elegido

No conocemos el Estados Unidos profundo. Ese sector de la sociedad estadounidense nos resulta ajeno. El pasado 8 de noviembre el mundo entero se llevó una sorpresa. Una muy inesperada. El triunfo de Donald Trump ha sido para muchos una hecatombe. Además, tanto para los republicanos como para los demócratas, era impensable que el resultado […]

Texto de 25/12/16

No conocemos el Estados Unidos profundo. Ese sector de la sociedad estadounidense nos resulta ajeno. El pasado 8 de noviembre el mundo entero se llevó una sorpresa. Una muy inesperada. El triunfo de Donald Trump ha sido para muchos una hecatombe. Además, tanto para los republicanos como para los demócratas, era impensable que el resultado […]

No conocemos el Estados Unidos profundo. Ese sector de la sociedad estadounidense nos resulta ajeno. El pasado 8 de noviembre el mundo entero se llevó una sorpresa. Una muy inesperada. El triunfo de Donald Trump ha sido para muchos una hecatombe. Además, tanto para los republicanos como para los demócratas, era impensable que el resultado favoreciera al candidato republicano. Todos aseguraban la victoria de Hillary Clinton. Sucedió lo contrario, por lo que asistimos a un escenario de incertidumbre en el que ni el grupo más inmediato a Donald Trump estaba preparado para ganar. Ellos mismos decían que la suerte estaba dada para Clinton. Entonces, ¿qué paso?, ¿por qué perdió?, ¿qué fue lo que no alcanzamos a percibir en todo el tiempo que duró el proceso electoral? Muchas son las explicaciones. Permítanme compartir algunas ideas que considero sustanciales y que pueden ayudarnos a entender un poco lo sucedido.

Fue un voto por el cambio. Cambio ante el hartazgo del sistema y cambio ante todo lo relativo a lo político. La sociedad estadounidense está cansada del sistema y de todo lo que representa lo establecido y el statu quo. Ya no le satisfacen los políticos de ningún partido. Pareciera que la dinámica partidista carece de toda credibilidad. El modelo democrático actual se agotó.

Es una sociedad rota. Desde antes de la crisis del 2008, el sistema conocido ya no resolvía sus requerimientos actuales. Esto ha ocasionado una falta de respuesta y satisfacción de las necesidades sociales. Urge un nuevo modelo para reconstruir a la sociedad.

No se percibió que el voto rural, el de los obreros y el de los campesinos, iba a ser para Trump. Faltó una labor de cabildeo y convencimiento con estos sectores tan importantes de la sociedad. Los demócratas pensaron que estados como Wisconsin, Pensilvania y Michigan, que tradicionalmente votaban por los azules, se mantendrían así. Les falló. Falló la campaña que conectara con la gente y que los convenciera de que la demócrata era la mejor opción.

Por otra parte, se confiaron con el porcentaje del voto adelantado de múltiples estados. Pensaron que al contar con la mayoría, ya los tenían ganados. No fue así. Les faltó hacer una labor mucho más de casa en casa, de puerta en puerta, que les asegurara la victoria.

La sociedad estadounidense no quiso votar por una mujer. No gusta el que una mujer fuerte esté a la cabeza del país. Ni hombres ni mujeres aceptaron el que Clinton los condujera. Hace ocho años perdió frente a Obama. No obstante, siguió su camino y alcanzó, en 2016, la nominación como la primera candidata mujer del Partido Demócrata. Sin duda ese solo hecho fue histórico en sí mismo. Por primera vez en la política de Estados Unidos una mujer alcanzaba la candidatura de uno de los principales partidos. No fue suficiente. Casi una década después de su primer intento, la sociedad optó de nuevo por un hombre. Pareciera que el conservadurismo de Estados Unidos es mucho más fuerte que el de otros países. Inglaterra, Alemania, Chile, Brasil y Birmania sí aceptaron el mando de una mujer. Estados Unidos no estuvo preparado para el cambio.

Además, el hecho de que el fbi atacara a Hillary la semana previa a las elecciones fue determinante para el voto de los indecisos. Al momento de estar ante las urnas decidieron en función de la campaña negativa y de desprestigio de la última semana en contra de la demócrata. Para ellos no sólo se trataba de una mujer con poder sino de una mujer corrupta.

El país vive un cambio demográfico. La población mayoritariamente joven quiere una transformación en las estructuras, cosa que llevó a los jóvenes a abstenerse o, en muchos casos, a votar por Trump. Que el candidato no representara a ninguno de los partidos políticos, el hecho de que nunca hubiese trabajado en política y que fuera completamente ajeno al Gobierno les ofreció una alternativa de cambio. Pareciera que prefirieron votar por la incertidumbre antes que favorecer la experiencia, el conocimiento, el carácter, la tenacidad y el peso de Hillary Clinton. Lo primero presenta retos. Lo segundo, más de lo mismo, y esto se rechazó.

El voto hispano no fue como se asumía para los demócratas. Al menos un 19% se fue para Trump. El escenario de este voto fue mucho más pobre de lo esperado. Pudiendo tener 27 millones de electores registrados, tan sólo se registraron 18.5, y de éstos votaron únicamente 11 millones. Casi se mantuvo el mismo número de hispanos que votaron por Obama en 2008 y en 2012. No se logró movilizar ni asegurar el voto. En esta ocasión, no definió la elección.

Del total del electorado estadounidense registrado, el 50% no votó. Un 25% votó por Donald Trump y el otro 25% por la candidata demócrata. Esto significa que el voto electoral dejó de ser representativo. Es decir, el 75% del electorado total no está de acuerdo con el candidato ganador. Sólo una cuarta parte votó por él. El sistema electoral atraviesa una crisis, pues ya no responde a la voluntad de la población y tampoco a los requerimientos de la democracia.

Ahora bien, además de los elementos anteriores, el presidente electo tendrá que enfrentar diversos retos de aquí al 20 de enero y a partir de su toma de posesión. Entre los más importantes, en el ámbito de lo interno está la reconstrucción de la sociedad. Su campaña antiinmigrante, racista, intolerante y discriminatoria no debe mantenerse más. Es urgente una narrativa incluyente, la construcción de puentes entre todos y cada uno de los grupos minoritarios. La aceptación y la tolerancia son valores que deberían prevalecer. Junto con la crisis social, Donald Trump tendrá que trabajar para convencer al 75% que no votó por él. Más allá del discurso, tendrá que ser realmente un presidente para todo el país.

Por otra parte, en materia de política exterior, importantes líderes internacionales se vieron beneficiados por el triunfo de Trump. No obstante, esto puede cambiar el equilibrio global. Las tensiones pueden incrementarse y ser altamente riesgosas.

En una primera instancia, la estrategia de poder del presidente ruso Vladímir Putin se ve muy favorecida. De haber ganado Hillary Clinton, la postura estadounidense hubiese sido completamente contraria a sus intereses. Sus objetivos hegemónicos se fortalecieron.

El Gobierno chino también se vio beneficiado dado que el horizonte con Clinton le era totalmente adverso. Hoy percibe un escenario de oportunidad y construcción de otra política global con alianzas y lineamientos muy distintos.

El Estado Islámico se está reorganizando para responder a las críticas que en campaña le hizo Trump. Su amenaza a todo lo musulmán no sólo los pone en alerta, sino que los lleva a replantear su estrategia.

Sólo con estos tres ejemplos se observa que el escenario global cambió y que el nuevo presidente de Estados Unidos tendrá que responder con inteligencia, prudencia y planteamientos específicos. De otra manera, el sistema internacional será vulnerable.

En cuanto a la relación con México, ésta no será fácil. Es urgente tener otra estrategia desde antes del 20 de enero que replantee los intereses bilaterales. La visita de Trump al país hizo mucho daño. A pesar de su triunfo, los republicanos consideran al Gobierno de nuestro país como poco serio. El tema con los demócratas es aún más grave. Para ellos, un factor importante del resultado en su contra fue la visita. Necesitamos de ambos partidos en el Congreso y en los estados para contrarrestar ocurrencias y políticas que nos perjudiquen. Con los dos se debe replantear la relación. El daño hecho tendrá repercusiones en el corto, mediano y largo plazos que hay que atacar inminentemente. A pesar de la dificultad, la Cancillería y el Gobierno actuales deberían de aprovechar los márgenes de maniobra con que se cuenta.

En una primera instancia preocupa el tema del comercio. Pensar en una renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) tiene que hacerse de una manera proactiva y para el beneficio de México. Somos necesarios para el comercio estadounidense. Más de 6 millones de empleos de Estados Unidos dependen del TLCAN. Las economías están altamente integradas y esto no se borra de un día para otro. Al contrario, se debe fortalecer y beneficiarse trilateralmente. Un aliado estratégico es Canadá, con quien el Gobierno mexicano debe sentarse a hablar. Es un momento de oportunidad para profundizar la alianza e incluir los temas que a ambos importan y que quedaron fuera en 1994.

En materia migratoria no se deben menospreciar los postulados que hasta ahora ha dicho Trump. Tampoco se debe pensar que la labor consular tradicional va a resolver la situación de emergencia. Estamos ante una emergencia. México tiene que pensar una estrategia de defensa real de sus connacionales en el exterior, mucho más allá del apoyo consular. La comunidad de los mexicanos en Estados Unidos enfrenta riesgos no vividos antes. Necesitan de toda nuestra visión, protección y apoyo.

En materia de seguridad existen canales institucionales con muy buenos resultados que se deben reforzar. Sin duda hay otros que también se podrán innovar, pero es importante rescatar los existentes.

Estos tres temas de la agenda bilateral son el eje histórico y tradicional de la relación con Estados Unidos. Sin embargo, no son los únicos. Es el momento de repensar la estrategia en todos: en materia energética, tecnológica, educativa, de infraestructura y ambiental.

Por lo que nos espera, urgen pasos sólidos, asumir los errores, una gran visión y un liderazgo que lleve a México y a los mexicanos a un escenario totalmente distinto del que se respira actualmente. EstePaís

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