El hombre detrás del presidente

Mario Vargas Llosa aborda una multitud de ideas muy dispersas en Cinco esquinas, su novela más reciente. Buena parte de la obra explora la evolución sexual de un matrimonio mediante un triángulo amoroso que parece sacado de una telenovela escandalosa. También ofrece una versión matizada y poco sentimental de la prensa, que sirve tanto de crítica […]

Texto de 18/04/17

Mario Vargas Llosa aborda una multitud de ideas muy dispersas en Cinco esquinas, su novela más reciente. Buena parte de la obra explora la evolución sexual de un matrimonio mediante un triángulo amoroso que parece sacado de una telenovela escandalosa. También ofrece una versión matizada y poco sentimental de la prensa, que sirve tanto de crítica […]

Mario Vargas Llosa aborda una multitud de ideas muy dispersas en Cinco esquinas, su novela más reciente. Buena parte de la obra explora la evolución sexual de un matrimonio mediante un triángulo amoroso que parece sacado de una telenovela escandalosa. También ofrece una versión matizada y poco sentimental de la prensa, que sirve tanto de crítica como de elogio. Es, además, una novela de misterio criminal.

Pero, ante todo, Cinco esquinas es una meditación sobre el poder, sobre quién lo ejerce, cómo lo ejerce y bajo qué límites. Esto siempre ha sido terreno fértil para Vargas Llosa; sus mejores obras, las que lo convirtieron en ganador del premio Nobel, tratan del poder, principalmente, en sistemas autoritarios. Es su primera novela sobre este tema desde el 2001, cuando se publicó La fiesta del chivo. Sus trabajos publicados en el intermedio (El paraíso en la otra esquina, Travesuras de la niña mala, El sueño del celta, El héroe discreto) tienen sus méritos, pero con Cinco esquinas, Vargas Llosa regresa al ámbito literario que conoce como ningún otro.

El nobel peruano vuelve a retratar una de sus figuras favoritas: el hombre fuerte de un gobierno despótico, en este caso, el todopoderoso Doctor, el jefe de inteligencia de Alberto Fujimori, presidente de Perú en los años noventa, y el máximo villano de la novela. Esta encarnación del poder detrás del trono aparece regularmente en sus libros. El Doctor es el heredero del Cayo Bermúdez, de Conversación en la catedral, y de Johnny Abbes García, en La fiesta del chivo.

Es un personaje lamentablemente común en el siglo XX en América Latina. Abbes García fue un hombre real, el jefe de inteligencia bajo el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo; la inspiración del Doctor fue Vladimiro Montesinos, quien ocupaba el mismo puesto bajo Fujimori; Cayo Bermúdez representa a Alejandro Esparza Zañartu, el ministro de Gobierno del otrora presidente de Perú, Manuel A. Odría. Este papel del hombre fuerte se encontró también en el Chile de Pinochet (Manuel Contreras), en el Paraguay de Stroessner (Alejandro Fretes Dávalos), entre muchos otros ejemplos.

El hombre fuerte representa una de las herramientas más poderosas de Vargas Llosa; es a través de éste que el autor pinta sus indelebles retratos del autoritarismo. El aspecto más sobresaliente de estos personajes, tanto en la vida real como en los mundos del escritor, es la facilidad con la cual recurren a la violencia extralegal, la moneda común de cualquier dictadura. El Doctor manda matar a sus enemigos; Cayo crea su fama reprimiendo a la oposición universitaria; Johnny Abbes, el más grotesco de todos, hasta apaga un cigarro en el ojo de un disidente dominicano.

Aun cuando no están matando, desapareciendo y torturando, estos hombres sacan provecho de su reputación temible. La simple capacidad para la violencia es suficiente para imponerse sobre los desafortunados que se encuentran enfrente.

Pero la violencia no es su único método para doblegar a sus enemigos; de hecho, ni siquiera es el más importante. Lo que hace realmente singulares a estos hombres de confianza es que saben utilizar la información como un arma. Ellos conocen los secretos más sensibles de los poderosos, y así los obligan a someterse. No es casualidad que una gran mayoría sean jefes de inteligencia que intervienen las llamadas telefónicas y colocan micrófonos ocultos donde les da la gana. ¿Qué mejor forma puede haber de conocer las intimidades secretas de la gente?

La historia de Cayo Bermúdez es la representación más explícita de este fenómeno: se catapulta de una posición anónima en el Ministerio de Gobierno, donde es menospreciado como un “empleadito”, al control casi absoluto del Gobierno peruano cuando consigue los “archivos ultrasecretos” que contienen “la vida y milagros de todo el Gobierno, de miles de civiles”. Con estos datos, Bermúdez empieza a manipular. Unos capítulos después, un senador comenta: “No sabía que Bermúdez tenía tanta influencia”. Luego vemos que al General Odría, teóricamente el máximo líder del país, Bermúdez “lo tiene en el bolsillo”.

Las actividades del Doctor representan una evolución natural de sus antecesores: si Bermúdez explota los secretos para tomar las riendas del Gobierno, el Doctor, que ya ejerce un control casi total sobre éste, hace lo mismo para aumentar la influencia de la administración de Fujimori sobre cada vez más sectores del país. Y su alianza con una revista amarillista le permite hacerlo a gran escala; no solamente tiene la capacidad de conocer las intimidades de sus adversarios, sino que las puede divulgar a una distancia segura.

He ahí dos grandes insights de Vargas Llosa sobre la lógica del autoritarismo: primero, un régimen autoritario aspira no solamente a matar a sus adversarios, sino a controlar a todos los que vale la pena controlar, tanto enemigos como amigos.

Por lo mismo, y en segundo lugar, la violencia en sí no es suficiente; cualquier matón puede apretar un gatillo, pero la violencia es una herramienta mucho más suave y eficaz, y más malvada cuando se utiliza en conjunto con la información. Finalmente, el sistema depende de la diseminación del miedo —tal emoción domina una tras otra escena en Cinco esquinas— para que los ciudadanos se crean indefensos contra los agentes del Gobierno.

El autoritarismo, pues, es aquí nada menos que una extorsión en grande, en la que las víctimas cumplen las exigencias del extorsionador o sufren las consecuencias. Quizá sea por eso que la extorsión por parte del crimen organizado ha aparecido como conflicto clave en varios libros recientes de Vargas Llosa; es una especie del autoritarismo que tanto le interesa, transferida al sector privado.

Otro elemento de esta visión del despotismo es que el poder se concentra más en estos tenientes que en el mismo presidente. Será por eso que Vargas Llosa, en su fascinación por el poder, ha regresado una y otra vez a ellos durante medio siglo. Abbes García es al que los dominicanos realmente temen; su jefe, Rafael Trujillo, es un viejo débil, cuya impotencia sexual refleja un poder en declive. El Doctor de Cinco esquinas ocupa el mismo papel. Por más presidente que sea Fujimori, el Doctor es el operador de la maquinaria, cosa que el autor nos recuerda en reiteradas ocasiones. Otros personajes lo etiquetan con suma reverencia y temor como “el hombre fuerte de este Gobierno”, “el verdadero patrón” del país y “el amo y señor del Perú”. En otro momento, un aliado del Doctor resume la situación: “Fujimori será el presidente, pero el que manda y hace y deshace es el Doctor”.

Una implicación obvia de la existencia de los Montesinos y los Abbes García es que los presidentes pueden convertirse en las simples cabezas de un aparato mucho más extenso, o peor aún, en los títeres de sus propios jefes de inteligencia.

Vargas Llosa suele escribir del pasado reciente, pero sus observaciones siguen siendo relevantes hoy en día. Gracias a una ola de victorias de regímenes antiliberales, desde Polonia y Filipinas, hasta el Reino Unido y Estados Unidos, el 2016 representa la culminación de años de frustración de la democracia liberal. Muchos de los síntomas que cobran vida en sus páginas han vuelto a manifestarse en la vida real.

Para empezar, el presidente orgullosamente ignorante y dominado por sus asesores es toda una moda en América del Norte. Enrique Peña Nieto no puede mencionar ni tres libros que ha leído, pero eso no impidió su elección. Y comparado con su flamante contrincante estadounidense, el presidente mexicano parece tener un doctorado en Administración Pública. Cualquier entrevista con Donald Trump deja en claro que ni sabe ni le interesa saber cómo gobernar.

El presidente del traje vacío abre espacio para que los de atrás, que sí saben de la maquinaria gubernamental, ejerzan una influencia exagerada. Claro, Luis Videgaray no es Vladimiro Montesinos, y el México de 2017 no es el Perú de Fujimori, ni mucho menos la República Dominicana de Trujillo. Pero la elección de un presidente manipulable posibilita el surgimiento de un Montesinos. Además, la trayectoria es inquietante; desde la Casa Blanca de la Gaviota hasta las brutalidades en Iguala y Tlatlaya, las manchas que suelen asociarse con dictaduras van aumentando.

Lo mismo se ve en Estados Unidos. La administración de Trump es muy joven aún, pero él entró a la Casa Blanca con un catálogo inédito de conflictos y acusaciones de corrupción. Una de sus prioridades declaradas es revolucionar las agencias de inteligencia, presuntamente para que respondan más a su agenda política. Trump derrocha elogios para Vladímir Putin y los comunistas en China, desdeña a la prensa libre y divide el mundo entre subordinados y enemigos. Todo lo anterior refleja a un presidente que sueña con apoderarse del sistema en lugar de ponerse a su servicio.

Los asesores de Trump son otra causa de alarma. Este grupo incluye a Steve Bannon, su estratega principal, quien hace unos años se etiquetó como un leninista y tiene una reputación insuperable entre los neonazis. Igual que el mismo presidente, Bannon es un autoritario operando en una democracia. Es el autor del intento fracasado de frenar la entrada a Estados Unidos de ciudadanos de siete países musulmanes. Como muchos que habitan en el ambiente trumpista, Bannon cree en la idea de una guerra de civilizaciones entre el Occidente y el resto del mundo.

La posibilidad de Bannon, por lo pronto el gurú principal de Trump, piloteando el Gobierno a través de un presidente desinteresado, es profundamente inquietante. Es un perfecto candidato para darle a una de las democracias más viejas del planeta un gran empujón hacia la pesadilla de Vargas Llosa.

Si hay un toque optimista proveniente de estas novelas es que el Doctor, Cayo Bermúdez y Abbes García fueron encarcelados, exiliados y asesinados al final de sus respectivas historias. Sus patrones políticos también cayeron. Este final común nos dice que inevitablemente la gente se cansa de tener miedo, de ser las víctimas eternas de un gran esquema de extorsión. Los autoritarios llegan al poder con una fecha de vencimiento, tanto en las páginas de Vargas Llosa como en el mundo que habitamos. EstePaís

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Patrick Corcoran es periodista estadounidense, especialista en temas de América Latina. Escribe el blog Norteando para la página web de Este País.

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