El avance del populismo

Uno de los libros emblemáticos sobre el populismo, el de Ghiță Ionescu y Ernest Gellner, comienza así: “Un fantasma se cierne sobre el mundo: el populismo”.1 Desde luego, es la paráfrasis del inicio del Manifiesto del Partido Comunista escrito por Marx y Engels. Lo curioso del asunto es que la obra de Ionescu y Gellner es una compilación […]

Texto de 17/02/17

Uno de los libros emblemáticos sobre el populismo, el de Ghiță Ionescu y Ernest Gellner, comienza así: “Un fantasma se cierne sobre el mundo: el populismo”.1 Desde luego, es la paráfrasis del inicio del Manifiesto del Partido Comunista escrito por Marx y Engels. Lo curioso del asunto es que la obra de Ionescu y Gellner es una compilación […]

Uno de los libros emblemáticos sobre el populismo, el de Ghiță Ionescu y Ernest Gellner, comienza así: “Un fantasma se cierne sobre el mundo: el populismo”.Desde luego, es la paráfrasis del inicio del Manifiesto del Partido Comunista escrito por Marx y Engels. Lo curioso del asunto es que la obra de Ionescu y Gellner es una compilación de un seminario celebrado entre el 19 y el 21 de mayo de 1967 en la London School of Economics, época en la que, dicho con honestidad, el populismo no estaba en boga, sino más bien, el comunismo. Eran los tiempos de la Guerra Fría.

La frase de Ionescu y Gellner se adelantó 50 años. Hoy el populismo sí está proliferando en todo el mundo: en una gran cantidad de países los partidos populistas están ganando terreno; en otras naciones, incluso, candidatos populistas han conquistado el poder. La confirmación de lo que ocurre ha sido la victoria de Donald Trump, el 8 de noviembre, en las elecciones presidenciales de Estados Unidos.

I. El Partido de la Independencia del Reino Unido

El antecedente inmediato de la victoria de Trump había sido el referéndum en el Reino Unido con el que ganó la opción conocida como brexit. En ello jugó un papel decisivo el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP, por sus siglas en inglés).

El perfil de este partido muestra lo que ha sido la figura de muchos partidos populistas de derecha en Europa: fue fundado en 1993, permaneciendo durante algún tiempo en la marginalidad. Se presentó, primeramente, como una organización contraria al incremento de los impuestos, favorable a la política económica neoliberal y políticamente conservadora. En las elecciones parlamentarias de 1995 obtuvo tan sólo el 1% de los votos; diez años después llegó apenas al 2.2%, y en 2010 alcanzó un modesto 3.3%. Realmente, los éxitos se ubican en las elecciones europeas cuando obtuvo el 16.1% y el 16.5% en 2004 y 2005, respectivamente. En los comicios de 2014 este partido ganó 24 escaños en el Parlamento europeo (una cifra mayor que todos los partidos británicos).

El discurso populista y nacionalista le funcionó al UKIP. El engrosamiento de sus filas se debió a que los antiguos adherentes laboristas (izquierda) desertaron y se fueron con los populistas y nacionalistas. Si los primeros apoyos sociales del UKIP fueron de gente de la tercera edad con una educación básica y que habita en áreas rurales o pequeños poblados, luego, aparte de los obreros laboristas, se agregaron personas de estratos sociales con mejores ingresos, niveles educativos más altos y que viven en áreas urbanas. Estos nuevos grupos habían resentido el efecto del neoliberalismo promovido por Margaret Thatcher.2

Sin embargo, la culpa de la baja de su nivel de vida no se la achacaron al neoliberalismo, sino a la integración del Reino Unido a la Unión Europea (UE) y a la inmigración que comenzó a ser evidente a partir de 2004. Ese sentimiento de insatisfacción fue capitalizado por el UKIP. En ese año, ocho naciones del Este europeo, incluidas Polonia y Hungría, junto con los países bálticos, se integraron a la UE. De acuerdo con las reglas establecidas por la UE, el Reino Unido pudo haber apelado a los siete años de transición para evitar el flujo inmediato de inmigrantes desde esas naciones, pero el entonces primer ministro Tony Blair optó por no acogerse a tal normatividad. El caso es que, para 2015, el número de inmigrantes en el Reino Unido se había elevado a 600 mil. Este hecho fue determinante para que el UKIP, encabezado por Nigel Farage, y el brexit triunfaran en el referéndum celebrado el 23 de junio del año pasado. De hecho, como lo ha puesto de relieve John B. Judis, la clave del éxito de Farage fue vincular el tema de la pertenencia a la UE con el problema migratorio.3 Este líder condujo la campaña del referéndum de una manera populista típica, o sea, poniendo a la gente en contra del sistema político. El 20 de mayo de 2016 declaró en rueda de prensa: “Es el orden establecido, son los ricos, es lo multinacional, son los grandes bancos, son las pocas personas a las que les ha ido de maravilla en los últimos años las que quieren que las cosas sigan igual, en contra del interés del pueblo”.4

Conviene señalar que Farage renunció a la dirigencia del UKIP el 4 de julio de 2016. Dijo que ya había cumplido el objetivo para el cual había encabezado a su partido. Fue un triunfo de la gente real.5 Ésa no fue la única consecuencia de la victoria de los ultraconservadores: el resultado del referéndum también provocó la dimisión del primer ministro David Cameron (Partido Conservador) y el ascenso de Theresa May al mando del Gobierno inglés.

II. Francia: El Frente Nacional

La subsecuente prueba electoral que deberá pasar el populismo europeo se ubica en Francia. La primera vuelta, para elegir al presidente de la República, se realizará el 23 de abril y, si ninguno de los competidores alcanza el 50% más uno, deberá llevarse a cabo la segunda vuelta el 7 de mayo. El populista y derechista Frente Nacional (FN) es un serio aspirante a llevarse la victoria. Suma el descontento social contra la inmigración, contra el fundamentalismo islámico, contra el terrorismo que ha golpeado duramente a ese país. A todo esto, Marine Le Pen, hija del fundador de ese partido, Jean-Marie Le Pen, ha podido añadir a la clase obrera del norte y a las provincias católicas del sur.

No obstante, debemos tomar en consideración que ya en 2002, el FN llegó sorprendentemente a la segunda vuelta, es decir que, para poder entrar a la elección en un segundo balotaje, tuvo que ser una de las dos opciones más votadas. En ese caso, la segunda vuelta la disputaron Jean-Marie Le Pen y Jacques Chirac. Para evitar que la ultraderecha llegara al poder, los socialistas de Lionel Jospin apoyaron al centro derecha; el resultado fue que Chirac obtuvo 82% de los votos; Le Pen se quedó con tan sólo el 18%. En Francia hay una especie de “bloque nacional en defensa de la República” que ha funcionado en anteriores ocasiones para detener a la ultraderecha; muchos esperan que en estas elecciones de 2017 también se ponga en marcha ese bloque por la República.

Para entender al actual FN hay que señalar que Marine Le Pen ha roto con algunos de los temas más radicales y espinosos que su padre había enarbolado. Por ejemplo, Jean-Marie había dicho que el Holocausto había sido un simple detalle en la Segunda Guerra Mundial;6 en cambio, su hija, al tomar el mando, inmediatamente condenó lo ocurrido en los campos de concentración nazis y dejó en claro que el racismo y el antisemitismo no eran bienvenidos en su organización.

Jean-Marie nunca escondió su simpatía por el régimen de Vichy, es decir, por el Gobierno fiel a la ocupación de los nazis en Francia, y se mostró contrario a la resistencia encabezada por el general Charles de Gaulle; Marine se declaró favorable a De Gaulle y contraria a la Francia de Vichy. Debido a esta controversia, Jean-Marie terminó siendo expulsado del FN en agosto de 2015.

Respecto del tema migratorio, Marine ha hecho algunas precisiones: no se trata de condenar a todos los migrantes, sino a quienes no respetan el laicismo o el secularismo del Estado francés; ella no está de acuerdo con prácticas religiosas, políticas o culturales en la esfera pública.7

Para dirigir su campaña presidencial de 2011, Marine designó a Florian Philippot, un joven egresado de la Escuela Nacional de Administración (institución de élite de la cual se han graduado, entre otros, presidentes como Valéry Giscard d’Estaing, Jacques Chirac y François Hollande). Muchos consideraron a su programa de gobierno como cercano a los socialistas o socialdemócratas europeos. Ese programa incluye: un plan de reindustrialización, grabación fiscal de las operaciones bursátiles, límites a los intereses en las tarjetas de crédito, límites a los préstamos bancarios, oposición al corte del gasto social, oposición a la privatización de los servicios públicos, defensa de los derechos del consumidor, equidad en la calidad de los servicios de salud, rechazo al intento por parte de la
UE de imponer un plan de austeridad, rechazo a la dictadura del mercado, combate a la inseguridad y a la pobreza. Le Pen insiste en que éste no es un programa de un partido de derecha, sino un programa de carácter nacional, del pueblo contra las élites.

Es curioso y no carente de significado que los partidos populistas le estén quitando votos pero también ideas a los partidos de izquierda. El caso emblemático es, otra vez, Francia. François Hollande, al llegar al poder en mayo de 2012, prometió controlar a los banqueros y reducir la tasa de desempleo, así como hacer caso omiso al programa de austeridad impuesto por la UE. No obstante, todo eso fueron buenos deseos. Lo que hizo fue dar generosas concesiones fiscales a las clases altas y establecer cortes al gasto social. A esto lo llamó pacte de responsabilité (pacto de responsabilidad). La respuesta electoral a estas medidas no se hizo esperar: los socialistas franceses perdieron, en las elecciones municipales de 2014, 113 ciudades.

En las elecciones al parlamento europeo el FN obtuvo el primer lugar con un 24.85%, los conservadores de la Unión por un Movimiento Popular (UMP) se quedaron con el 20.8% y los socialistas con un lejano 13.98%.

Como dijo Éric Zemmour, columnista de Le Figaro y autor de un exitoso libro titulado El suicidio francés: “La élite francesa quiere poner al país en la mejor parte del imperio europeo; los trabajadores desean mantener en pie la nacionalidad francesa; la élite aspira a que sus compatriotas olviden a la vieja Francia; hay una guerra entre la élite y el pueblo; 70% del pueblo francés quiere una solución contra el islam y los extranjeros, pero 70% no quiere que el Frente Nacional llegue al poder”.8 Cuando la gente piensa en el Frente Nacional —sigue diciendo Zemmour— tienen miedo de que sobrevenga la guerra civil, miedo a que termine la democracia y temor
a la incompetencia.

III. España: Podemos

El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) tiene el indudable mérito de haber sentado las bases del desarrollo económico y social de ese país, pero también se le puede achacar el haber caído en la corrupción y el desprestigio. Tras 14 años en el poder, en 1996 vino la alternancia: el Partido Popular (PP) tomó el mando en la persona de José María Aznar y allí permanecieron los conservadores hasta 2004. Su programa de gobierno incluyó la clásica fórmula neoliberal: el congelamiento de los salarios de los servidores públicos, la elevación de los impuestos, la reducción del gasto público y un programa de privatizaciones de empresas estatales. A Aznar se le vino encima la crisis de desempleo y un problema de credibilidad producto de los atentados terroristas del 11 de marzo de 2004. El Gobierno español y el PP quisieron echarle la culpa, con fines electores, a la eta. Lo cierto era que los atentados habían sido cometidos por fanáticos islámicos.

El electorado puso término al Gobierno de Aznar y eligió a José Luis Rodríguez Zapatero del PSOE. Este líder de izquierda rehabilitó las políticas de bienestar y aumentó el salario mínimo. No obstante, presionado por la crisis global, en 2010 tuvo que aumentar los impuestos y fijar cortes al gasto público. El 15 de mayo de ese año aparecieron los “indignados”, que se plantaron en la Plaza del Sol de Madrid. El movimiento se extendió a 57 ciudades de España. El eslogan de la lucha fue: “No somos ni de derecha ni de izquierda, venimos del fondo y queremos llegar arriba”. Y, ciertamente, llegaron hasta arriba porque desbancaron a Rodríguez Zapatero propinándole al PSOE la peor derrota jamás sufrida por esa organización. En las elecciones generales de noviembre de 2011, Mariano Rajoy, del PP, se convirtió en el nuevo jefe de Gobierno.

En 2013 el desempleo escaló al 26.3%. Había que darle algún desfogue al descontento social y a las energías acumuladas. Así nació el partido Podemos, encabezado por jóvenes egresados de la Universidad Complutense, específicamente, de la carrera de Ciencias Políticas. Como cabeza del grupo, Pablo Iglesias, exmilitante de las juventudes comunistas y de Izquierda Unidad. A su lado, Carlos Monedero e Iñigo Errejón, quienes jamás escondieron sus vínculos con Hugo Chávez. Posteriormente saldría a la luz que Monedero fue pagado generosamente por Chávez.

Entre las cosas que conviene destacar de Podemos y su grupo dirigente está su adhesión ideológica al trabajo de Ernesto Laclau y su esposa Chantal Mouffe. Al respecto, Errejón escribió: “La reciente iniciativa política en nuestro país no hubiera sido posible sin la confirmación intelectual y la enseñanza del proceso de cambio en América Latina y sin comprender el papel del discurso, el sentimiento común y la hegemonía con la que estamos claramente en deuda respecto del trabajo de Ernesto Laclau”.9

Lo que Laclau y Mouffe sostienen es que las viejas categorías que usó la izquierda como “clase obrera” y “socialismo” son obsoletas y tienen que ser sustituidas por el proyecto populista. El conflicto político debe ser orientado a poner en pie de lucha al “pueblo” contra la “élite” para instaurar una “democracia radical”. Ésa debe ser la nueva frontera política. Los dirigentes populistas son los verdaderos representantes del pueblo, no aquellos que han sido elegidos mediante las leyes y las instituciones convencionales de la democracia liberal.10

Entre las características que Laclau señala como propias del populismo están: la presencia de un líder que se identifica con las masas movilizadas, la apelación al antielitismo, la crisis de la representación mediante las leyes y las instituciones propias de la democracia liberal, la ubicación de un enemigo, la formación de una “cadena de equivalencias” (es decir, de intereses y demandas que van conformando al sujeto histórico llamado “pueblo”), y la conceptualización de la política como un conflicto irreducible entre bandos opuestos.11

Es más, Mouffe, explícitamente en su libro On the Political (Thinking in Action), desafía a la concepción conciliadora de la democracia liberal y adopta esa posición conflictivista de la política enarbolada por el ideólogo del nazismo Carl Schmitt.12 Y esa perspectiva la traslada al horizonte populista del que Podemos se siente muy ufano.

Por eso resulta sorprendente que los españoles hayan votado en tan alto porcentaje por una organización con estas características. Es decir, en las elecciones generales de 2016 el PP obtuvo el 33.03%, el PSOE, el 22.66% y la coalición Unidos Podemos, el 21.10%, mientras que la agrupación Ciudadanos tuvo el 13.05%.

IV. Polonia: el partido Ley y Justicia

Los casos que hemos presentado hasta aquí son ejemplos de partidos populistas que no han tomado el poder. El siguiente ejemplo, el de Polonia, es el de un país en el cual el partido Ley y Justicia ya está desplegando el dominio populista. Ganó las elecciones el 25 de octubre de 2015.

Es ilustrativa la advertencia que hizo el ministro Andrzej Rzepliński en el discurso de despedida, pronunciado el 19 de diciembre de 2016, al dejar el cargo como presidente del Tribunal Constitucional. Dijo que el partido que actualmente está en el mando, está debilitando sistemáticamente el equilibrio de poderes y contraviene las sentencias emitidas por las cortes. Amenaza a la prensa libre y también a las instituciones de la República. Así, el país se “encamina a la autocracia”.13

Recordemos que con muchas dificultades y sacrificios, Polonia dejó el comunismo y construyó la democracia. Lo que hoy está sucediendo significa un retroceso. Las reformas promulgadas por el partido nacionalista de derecha Ley y Justicia (vaya eufemismo) han fortalecido al Poder Ejecutivo. El presidente de la República o jefe de Estado es Andrzej Duda; la primer ministro o jefa de Gobierno es Beata Szydło; pero el poder real lo tiene el líder del partido dominante, Jarosław Kaczyński. La estrategia para echar atrás a la democracia consiste en ejercer la censura sobre los medios de comunicación; evitar que las organizaciones civiles reciban fondos y apoyos del exterior para que no puedan ejercer la labor de vigilancia y crítica sobre el Gobierno; quitarle facultades a los miembros del Poder Judicial, y disminuir la independencia de la corte constitucional, como han hecho ya, según quedó dicho líneas arriba. Los antiguos jueces están siendo removidos y, en su lugar, están siendo nombrados jueces afines al nuevo régimen.14

Con todo y la represión que ejerce el régimen populista, las manifestaciones de protesta continúan. Por su parte, los legisladores de la oposición han expresado su preocupación y descontento en ambas cámaras del Parlamento.

El Tribunal Constitucional tiene especial relevancia en Polonia porque representa la fuerza de la ley y, por tanto, es el último reducto del Estado de derecho. Por esa razón se ha vuelto el principal objetivo político del partido dominante. Kaczyński ha llamado a la Corte: “el bastión de todo lo que está mal en Polonia”, por obstruir lo que él concibe como “la voluntad popular”.15 La última irrupción del Gobierno contra el Poder Judicial ha sido la creación de una serie de leyes, desde el Congreso, que debilitan la función de supervisión que la Constitución les asigna a los jueces.

Tal desprecio hacia las leyes y hacia los derechos civiles ha generado una crítica no sólo de Rzepliński y otros polacos demócratas, sino también de la Comisión Europea, el Consejo de Europa y la Organización para la Seguridad y la Cooperación
en Europa. El cuerpo ejecutivo de la UE ordenó a Polonia desechar los cambios que afectan a la Corte.16 Y es que el artículo 2 del Tratado de la Unión Europea señala que la democracia y el Estado de derecho son inseparables; uno no puede existir sin el otro.17

Recordamos a Polonia, entre otras cosas, por la heroica lucha brindada por el sindicato Solidaridad (en polaco, Solidarność), encabezado por su líder Lech Wałęsa. Esa lucha, registrada a principios de los años ochenta, fue fundamental para doblegar al autoritarismo soviético que se vino abajo en 1989. En ese año se abrió un horizonte esperanzador para los países del Este europeo al liberarse del yugo estalinista y adoptar la democracia liberal. Ahora resulta que el autoritarismo regresa por sus fueros bajo el ropaje del populismo.

Convengamos, pues, en que el populismo, ya sea de izquierda o derecha, está avanzando. Aquí hemos dado unos cuantos ejemplos. Los populistas han aprovechado el sentido general de insatisfacción, el descontento contra las élites gobernantes, el rechazo a los inmigrantes y la globalización. En poco tiempo han modificado las coordenadas políticas.

Se ha vuelto una frase trillada decir que “vivimos tiempos de cambio acelerado” para significar muchas cosas. Lo que debe precisarse es que esa rápida transformación, en el terreno de la política internacional, está afectando seriamente a la democracia. Eso es grave porque la construcción de la democracia, en la época contemporánea, ha sido uno de los mayores avances de la civilizción.  EstePaís

NOTAS

1 Ghiță Ionescu y Ernest Gellner, Populismo: sus significados y características nacionales, Amorrortu, Buenos Aires, 1970, p. 7.

2 John B. Judis, The Populist Explosion: How the Great Recession Transformed American and European Politics, Columbia Global Reports, Nueva York, 2016, PP. 135-136.

3 Ibid., p. 137.

4 Ibid., p. 138.

5 Jan-Werner Müller, What is Populism?, University of Pennsylvania Press, Filadelfia, 2016, PP. 21-22.

6 Ibid., p. 37-38.

7 John B. Judis, op. cit., p. 144.

8 John B. Judis, op. cit., p. 151.

9 Ibid., PP. 122-123. El libro de Ernesto Lacau es On Populism Reason, Verso, Londres, 2007.

10 Jan-Werner Müller, op. cit., p. 29.

11 Ernesto Laclau, op. cit., PP. 9-10 y p. 74.

12 Chantal Mouffe, On the Political, Routledge, Londres-Nueva York, 2005, PP. 9-10.

13 The New York Times, 21 de diciembre de 2016.

14 Jan-Werner Müller, op. cit., p. 45.

15 Ibid., p. 30.

16 The New York Times, 21 de diciembre de 2016.

17 Jan-Werner Müller, op. cit., p. 58.

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JOSÉ FERNÁNDEZ SANTILLÁN es profesor del Tecnológico de Monterrey (CCM). Discípulo y traductor del filósofo italiano Norberto Bobbio. Ha sido Fulbright-Scholar-in-Residence en la Universidad de Baltimore (2015); profesor visitante de la Universidad de Georgetown (2013), e investigador visitante en la Universidad de Harvard (2010). Entre sus libros se encuentra Política, gobierno y sociedad civil, Fontamara, 2013. Fue miembro del consejo editorial de la revista Este País. Es investigador nacional nivel III del SNI.

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