Drama en series. Mad Men: la ciencia ficción del pasado

Columna mensual

Texto de 17/01/17

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Si Proust, Balzac y Chéjov estuvieran vivos y escribieran una serie de televisión, esa serie sería Mad Men. Proust, porque el espacio en el que transcurre la historia es el tiempo (la década de los sesenta en la vida de una agencia de publicidad); Balzac, por el exhaustivo retrato del ascenso social de los protagonistas, y Chéjov, porque en el centro del drama está el mundo emocional de personajes dedicados a reprimir sus emociones. Proust, Balzac y Chéjov ya no existen, pero por suerte tenemos a Matthew Weiner (1965). Criado en Los Ángeles, se tituló en Literatura, Filosofía e Historia en la Universidad del Sur de California; no le bastó y agregó un máster en Cine y Televisión. Empezó como empezamos todos: cesante. Dicho en sus propias palabras: “El negocio del espectáculo se veía tan impenetrable que, eventualmente, dejé de escribir. Empecé a mirar tv todo el día y a estar tirado. Mi madre me llamaba para que llevara a mi cuñado al aeropuerto. Me sentía la persona más inútil y sin valor del mundo”. Sin lugar a dudas, el contraste “Indiferencia / Reconocimiento”, sufrido en carne propia, fue la semilla que dio vida a los personajes centrales de Mad Men: Donald Draper (Don) y Peggy Olson. Dos sujetos dramáticos que despliegan una lucha heroica contra destinos aplastantes: en el caso de Don, la miseria y la marginalidad; en el caso de Peggy, la mediocridad y el machismo. El binomio “Don / Peggy” es una unidad de alto contraste, muy sólida: Don lucha de manera oscura; Peggy, luminosa. Don escapa del pasado; Peggy va hacia el futuro. Don tiene sex appeal; Peggy tiene spiritual appeal. Don lucha desde arriba (es el director creativo que se convierte en socio); Peggy lucha desde abajo (es la secretaria que se convierte en directora creativa). Aunque opuestos, ambos luchan contra lo mismo: la indiferencia.

La época de la indiferencia de Weiner dio frutos cuando se incorporó al equipo de guionistas de la serie cómica Becker (cbs, 1998-2004), centrada en las vicisitudes de un médico misántropo lleno de quejas y amarguras; resultó la pluma ideal. Fue por esos años cuando escribió el primer capítulo de Mad Men; se lo mandó a David Chase, creador y productor de Los Soprano (hbo, 1999-2007). Éste quedó impresionado con el texto e incorporó a Matt a la serie, quien resultó más que prolífico: escribió doce guiones, fue productor ejecutivo de las últimas dos temporadas y ganó dos premios Emmy. Cerrado ese ciclo, Weiner presentó Mad Men a hbo, que con total ceguera, la rechazó para beneplácito de amc (American Movie Classics), un canal de paga especializado en programar cine de calidad, que en esos momentos daba sus primeros pasos como productora. El lema de la amc, “Story matters here” (“aquí la historia importa”), resultó una mina de oro: sus primeras dos producciones fueron Mad Men Breaking Bad (2008-2013), dos de las mejores series de todos los tiempos.

En amc las historias que importan siguen la “regla de las tres O”: tienen que ser Originales, Orgánicas y Oscuras; es decir: que nadie las haya visto, que sean capaces de crecer y que escondan algo.

Mad Men es Original porque nunca antes una serie de época había sido definida como “ciencia ficción del pasado”. En palabras del propio Weiner: “Así como la ciencia ficción usa un mundo futuro para tratar temas que nos preocupan en la actualidad, Mad Men utiliza el pasado para tratar temas que nos preocupan hoy y que no discutimos abiertamente”. Si se habla de ciencia ficción y de los sesenta es imposible no pensar en Star Trek (1966). La referencia puede parecer ajena a una serie como Mad Men, pero es válida porque la agencia de publicidad Sterling Cooper & Partners juega un rol parecido al del explorador Enterprise, una suerte de oficina intergaláctica. El Enterprise viaja por los confines del universo así como Sterling Cooper & Partners lo hace por los confines del capitalismo.

Muy al estilo de Star Trek, en Mad Men el mundo está hecho de interiores, casi todo sucede con luz artificial; el exterior es una ventana. La ausencia de música enfatiza la sensación de encapsulamiento; sólo suenan las cosas pequeñas: pisadas, sábanas, puertas, encendedores, cubos de hielo, máquinas de escribir, ascensores: es la música de los interiores, el tiempo atrapado que avanza. Tanto aquí como en la serie futurista sesentera se entrecruzan coloridos personajes de mundos distintos, que aparecen y desaparecen, se actualizan y transforman. En el caso de Mad Men los mundos son estamentos: el mundo de arriba, de los dueños; el mundo intermedio, de los empleados, y el mundo de abajo, el de la miseria y la guerra. En el mundo de arriba hay figuras notables: el viejo Bertram Cooper, socio fundador, estupenda combinación de pragmatismo y misticismo; Roger Sterling, socio fundador, un don Juan perenne, campo de batalla del placer y el deber (casi siempre gana el placer). El mundo intermedio está poblado por creativos, ejecutivos y secretarias, unidos por un espacio común (la oficina), una causa común (la empresa) y sexo común (los deseos reprimidos de una sociedad conservadora). Por último, el mundo de abajo: el pasado de Don Draper, su infancia, adolescencia y juventud en un escenario de miseria y brutalidad, no está hecho de relaciones sino de situaciones. Al igual que en Star Trek, no todo puede suceder dentro del Enterprise, hay mundos desconocidos que se deben explorar. Para un mad man, esos mundos son la familia y la amante, en una sola palabra: la mujer. Es el mundo de las vidas privadas (íntima es toda la serie), de las crisis por las decisiones mal tomadas y de la violencia de una sociedad machista que empieza a sufrir fisuras. El conjunto genera escaramuzas, batallas y guerras, nunca la paz.

Mad Men es Orgánica (la segunda O) porque en el centro de su sistema hay una antítesis clara, potente y activa “Artificio / Realidad”, capaz de detonar muchos conflictos. Esta antítesis es también el eje del mundo de la publicidad, especializado en convertir la realidad (un producto) en artificio (una marca). “Artificio / Realidad” es una antítesis dramática, es decir, los elementos opuestos están unidos por una relación de causa/efecto, por ejemplo: la falsa identidad de Don (artificio) lo lleva a encontrar una familia real en la viuda del soldado al que suplanta (realidad); pero también la “realidad” puede causar el “artificio”, por ejemplo: para escapar de la guerra de Corea (realidad), Richard “Dick” Whitman se hace pasar por Don Draper (artificio). En Mad Men, “artificio” significa mentira, ilusión, evasión, negación, estereotipo, matrimonio y vida; “realidad” significa dolor, sentimiento, envidia, indiferencia, ambición, amante y muerte. Puestos en dos columnas y conectados unos con otros, resultan las coordenadas dentro de las cuales toman forma los múltiples conflictos de la serie. “Artificio / Realidad” es más que una antítesis que detona conflictos en la historia; sus dos elementos resultan ser, al mismo tiempo, el principio y el final de la historia, misma que comienza en el artificio biográfico de Don y termina con la realidad asumida: “Artificio / Realidad” abarca la obra en su totalidad, es la superantítesis. La historia crece de manera armoniosa porque está dotada de un principio orgánico: hay unidad en la diversidad, que es lo que Aristóteles consideraba bello.

Mad Men también avanza de manera orgánica gracias a la disposición de binomios de alto contraste que trascienden a lo largo de las temporadas. Por ejemplo: dos gerentes en pugna, Pete Campbell y Ken Cosgrove, tienen trayectorias que se mueven en sentido opuesto: Pete va de la oscuridad a la luz; Ken, de la luz a la oscuridad. La competencia que se genera entre ellos trasciende y se convierte en un punto de referencia en el maremágnum dramático de Mad Men. Igualmente sucede con el binomio femenino que conforman Peggy (a quien ya describimos) y Joan Harris. Joan es el estereotipo de la secretaria sexy, condescendiente, servicial, discreta y manipuladora. Peggy empieza como subalterna de Joan, pero gracias a su talento y firmeza se convierte en creativa y llega a tener su propia oficina frente a las narices de Joan, quien, desconcertada, descubre un universo paralelo: el de la mujer autónoma. Cómplices y desafiantes, progresan juntas a lo largo de las temporadas y hasta el final.

Hay otros binomios importantes: Campbell / Don; Roger / Joan; Don / Betty (primera esposa de Don), y más. Weiner los maneja con la maestría del compositor sinfónico: a partir de elementos limitados logra un mundo de alcances ilimitados.

La tercera O dice que las buenas historias tienen que tener un lado Oscuro. Don Draper es un exitoso publicista que trabaja en Madison Avenue (es un mad man): formal, fornido, varonil, impecable. Ofrece el aspecto de un Clark Kent. Incluso viene de otro planeta, muy distinto a Krypton, llamado Miseria (del capitalismo) y Brutalidad (de la guerra). Cargar con el peso de la doble identidad lo vuelve impenetrable, frío, un iceberg: jamás muestra todo lo que hay. Pero el pasado toca a la puerta, aparece un miembro de la familia que abandonó. La realidad se impone al artificio, el tormento de ser descubierto se apodera de él. Don se trastorna. Mad deja de ser Madison y empieza a ser locura, no la del que pierde el juicio, sino la del que pierde piso, aquél que siente que la realidad se deshace bajo sus pies. Dicho como eslogan publicitario: detrás de un gran hombre, hay un mad man. Don experimenta el vacío; el miedo a caer lo perturba, entra en un periodo de enorme confusión; se ve obligado a reconstruir la realidad con pedazos rotos, tal como sucede en Vértigo (1958)el clásico de Hitchcock al que se le rinde tributo en los créditos iniciales.

Sobre Mad Men se podría escribir un libro entero. Lo histórico, lo social y lo psicológico son tres pilares que Matt Wiener trabajó minuciosamente; sobre ellos construyó un edificio con un estilo que, si hubiera que darle un nombre, podría ser “arquitectura del contraste”. Mad Men está contrastado con excelencia, desde la estética del título: el Mad en rojo y el Men en negro: se trata de una historia de pasiones controladas, de ilusiones que parecen reales; un relato femenino (suave, delicado, aterciopelado) de un mundo machista y brutal, retrato de una época que dejó traumas en esa sociedad. No en vano los niños que vieron por televisión el asesinato de Kennedy y escucharon por radio que Estados Unidos era blanco de misiles soviéticos, terminaron haciendo el cine de terror de los años ochenta. ~

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ERNESTO ANAYA OTTONE, chileno naturalizado mexicano, es guionista y dramaturgo. Autor de nueve obras de teatro, entre ellas Las meninas (Premio Nacional de Dramaturgia Oscar Liera 2006), Maracanazo (por el 50 aniversario del CUT/UNAM) y Humboldt, México para los mexicanos. En 2015 fue profesor de dramaturgia en la Escuela Mexicana de Escritores. Escribe y dirige la serie animada en red Catolicadas.



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