Daniela Tarazona y la narrativa de lo inusual en Latinoamérica

Tipos inmóviles es la columna mensual de Claudia Cabrera Espinosa, escritora que obtuvo el Premio Ciudad y Literatura José Emilio Pacheco 2019.

Texto de 27/03/20

Tipos inmóviles es la columna mensual de Claudia Cabrera Espinosa, escritora que obtuvo el Premio Ciudad y Literatura José Emilio Pacheco 2019.

El presente siglo ha sido testigo del surgimiento de una narrativa femenina latinoamericana caracterizada por presentar la realidad de una manera subversiva y transgresora. En algunas ocasiones, las autoras acuden a lo fantástico para plantear situaciones opresivas o angustiantes mediante hechos sobrenaturales y, en otras, se valen de estrategias discursivas complejas para retratar escenarios inquietantes. Algunos relatos de este tipo parten de la cotidianidad y la intimidad, pero en algún momento algo se disloca, se tuerce, y se revela una trama perturbadora; otros crean desde el comienzo un mundo propio cuyas leyes son totalmente ajenas al nuestro. Entre sus principales exponentes se encuentran las argentinas Samanta Schweblin y Mariana Enriquez, las ecuatorianas María Fernanda Ampuero y Solange Rodríguez Pappe, la boliviana Liliana Colanzi y las mexicanas Cecilia Eudave, Bibiana Camacho y Daniela Tarazona, entre otras. 

La antología Insólitas (Páginas de Espuma, 2019), coordinada por Teresa López-Pellisa, es ilustrativa de la fuerza de la narrativa femenina no mimética. Presenta un conjunto de relatos extraordinarios, fabulosos, inexplicables. Algunos son fantásticos y, en ellos, se recrea nuestra realidad “para destruirla y quebrarla a partir de la introducción de un fenómeno imposible que nos inquieta y nos angustia”. En el caso de los maravillosos, no se plantea un conflicto con nuestra idea de realidad, pues se trata de universos novedosos. Esta antología ha procurado alejarse del término “fantástico femenino”, acuñado por Anne Richter en 1977, según el cual en este tipo de narrativa abundan elementos como “lo mitológico, la locura, la maternidad, el mundo interior, lo irracional y la fusión con el entorno natural”. Resulta evidente —o debería resultarlo— que no es necesaria la distinción entre lo fantástico femenino y lo masculino, aunque a veces haga falta abrir espacios para la literatura escrita por mujeres. Insólitas incluye, además de algunas de las autoras ya mencionadas, a la colombiana Laura Rodríguez Leiva, las argentinas Ana María Shua y Luisa Valenzuela, la uruguaya Cristina Peri Rossi, la cubana Daína Chaviano, las mexicanas Amparo Dávila y Raquel Castro, la salvadoreña Jacinta Escudos y las españolas Patricia Esteban Erlés, Cristina Fernández Cubas, Pilar Pedraza y Elia Barceló, entre otras. 

Otras antologías de literatura no mimética escrita por mujeres son Alucinadas (Palabaristas, publicación anual desde 2014), dedicada a la ciencia ficción; Terroríficas (Palabaristas, 2018), editada por María Jesús Sánchez y Nuria C. Botey; I Premio Ripley. Relatos de ciencia ficción y terror (Triskel Ediciones, 2019); Macabras. Antología de terror con un par de ovarios (Maluma, 2018), compilación coordinada por Tamara López; Poshumanas y Distópicas (Libros de la Ballena, 2018), dos volúmenes coordinados por Lola Robles y Teresa López-Pellisa que incluyen relatos de escritoras españolas de ciencia ficción. Este listado evidencia que, si bien las escritoras latinoamericanas están presentes en el panorama internacional de la literatura no realista escrita por mujeres, existe una carencia de este tipo de compilaciones elaboradas en nuestro continente. No obstante, investigadores de diferentes latitudes han dedicado una buena cantidad de estudios a la literatura de lo extraño creada por autoras de Latinoamérica. 

Carmen Alemany, de la Universidad de Alicante, emplea el término de “narrativa de lo inusual” para referirse a textos que reflejan una realidad cotidiana accidentada y abrupta en la que los personajes no encuentran su lugar en el mundo. Se trata de un “discurso híbrido y permeable […] que oscila entre las fronteras de lo fantástico y lo real difuminándose sus límites”. La investigadora incluye en esta categoría, resultante de la posmodernidad y más amplia que lo puramente fantástico, a las mexicanas Daniela Tarazona, Cecilia Eudave, Paulette Jonguitud, Adriana Díaz Enciso y Lourdes Meraz, además de algunos relatos de Guadalupe Nettel, Karen Chacek, Verónica Gerber y Brenda Lozano. Como afirma Alemany: “Todas ellas forman parte de un mismo contexto sociocultural y comparten semejantes preocupaciones estéticas que contribuyen a una escritura en la que se han perpetuado mecanismos como la fragmentariedad, la intertextualidad, la reescritura y la reinterpretación de textos canónicos o la metaficción. Amén de otros rasgos como la tendencia a la prosa poética o la hibridación entre la ficción y los elementos autobiográficos. Historias escritas, la mayoría de ellas, desde la primera persona; una narrativa de índole personal que experimenta episodios esquizoides, desdoblamientos y elucubraciones y que se manifiesta desde la subjetividad.” 

Daniela Tarazona (Ciudad de México, 1975) es autora de las novelas El animal sobre la piedra, publicada en México por Almadía (2008) y en Argentina por Entropía (2011), y El beso de la liebre (Alfaguara, 2012). Es especialista en la obra de Clarice Lispector y en 2011 fue reconocida por la Feria del Libro de Guadalajara como uno de los veinticinco secretos mejor guardados de América Latina. 

Su primera novela, escrita con el apoyo de una beca de Jóvenes Creadores del Fonca, durante 2006, narra en primera persona —a lo largo de dieciocho capítulos y un epílogo— la historia de Irma tras la muerte de su madre. Desde el comienzo del libro se anuncia un hecho extraordinario: una metamorfosis. Y la narradora confiesa desde las primeras páginas: “No quiero estar en mi cuerpo, me pesan las manos como las garras maltratadas de un animal tras el esfuerzo de buscar alimento. Mi vista no percibe el brillo de los colores. Esta tarde escuché dentro de mí una voz que no era mía”. 

Estas sensaciones vienen acompañadas de una novedosa percepción del mundo, espasmos, fuertes impresiones emocionales y una mayor elasticidad en las extremidades, y la narradora termina fascinándose por las oportunidades que le brinda su estado. Al asumir su nueva realidad, y sin dejar de pensar en la muerte de su madre, se dirige al aeropuerto y huye. Ha decidido ser feliz, afirma. 

La narradora refiere su llegada a un sitio junto al mar y el alivio por haber llegado a su destino. Una vez ahí, relata las transformaciones que sufre —en el tamaño de sus ojos, el color de su piel, la desaparición de sus rodillas— alternándolas con los recuerdos de su vida pasada: los últimos días de su madre; algunas cuestiones sobre su hermana, quien: “crió dentro de sí misma aves que le rompieron las vísceras a picotazos”. Y la trama se vuelve un ir y venir de una piedra en la playa a la casa de Lisandro, su nuevo compañero, un hombre que se vuelve su amigo y quien tiene un oso hormiguero como mascota. Pilar Morales, investigadora de la UACM, apunta que, desde el primer capítulo de la novela, titulado “Anunciación”, la protagonista de El animal sobre la piedra “se opone al reto bíblico cuando se transgrede un comportamiento femenino reconocido (aceptación y subordinación) para dar paso a una historia en la que una mujer toma la decisión de salvarse y eso implica la aceptación de una metamorfosis que la convertirá en una especie de reptil”. 

Este carácter subversivo de la protagonista también está presente en la segunda novela de Tarazona, El beso de la liebre. Ésta narra la historia de Hipólita Thompson, enviada a la tierra de los hombres bajo ciertos designios de Dios, quien la ha dotado de un corazón poderoso y de una serie de capacidades sobrenaturales: suspensión aérea, heridas que sanan al instante, una carencia de las necesidades biológicas, telequinesis y, la más importante, la inmortalidad. 

En las páginas que cuentan las aventuras de esta superheroína se describe cómo va descubriendo sus facultades y cómo logra sobreponerse a todas las adversidades salvo a una, que se convertirá en su talón de Aquiles: el amor. A lo largo de sus andanzas, en medio de una guerra, Hipólita se enfrentará con una diversidad de personajes y situaciones y dará cuenta de una serie de injusticias —que procurará remediar—, algunas de ellas relacionadas con la desigualdad de género y la violencia hacia las mujeres. En uno de estos episodios se narra: 

“Encontró una niña de brazos en los brazos de una niña mayor. 

—Es mi hija —le dijo la mayor, e Hipólita se internó en los ojos de la mujer y entendió que aquella pequeña era hija del abuso.

 El abuso. 

El padre dentro de la cama de sus hijas. 

Silencio. […] 

Hipólita regresó a su casa. No emplearía sus poderes porque aquella historia se repetiría una y otra vez. Y los hijos de los hijos de aquella mujer y aquel padre volverían a hacer lo mismo. Nada podría impedirlo.”

Tarazona construye en sus novelas protagonistas fuertes y decididas que deben abrirse camino en un mundo en ocasiones hostil dominado por los hombres. Uno de los personajes de El beso de la liebre, el emisario, quien es el medio de comunicación con Dios de Hipólita, le advierte: “Si tu fuerza se incrementa, los hombres querrán doblegarte, les parecerás una amenaza. El horror que les produce una mujer que logra subir a la copa de los árboles es el horror ante la serpiente”. 

El camino de Hipólita no está libre de decepciones, pues muchas veces sus talentos y habilidades no son suficientes para subsanar el mal que envuelve el mundo distópico planteado en la trama. El beso de la liebre es una historia de tropiezos e intentos que deben comenzar desde cero, en ciertas ocasiones desde la misma infancia, a causa de una alteración de la temporalidad. La novela, a caballo entre lo fantástico y la ciencia ficción, es una narrativa del fracaso y de la resiliencia que demuestra el género femenino en distintas partes del mundo, con la diferencia de que las mujeres de carne y hueso, al morir, no pueden curar sus propias heridas y revivir como Hipólita Thompson. 

De acuerdo con Pilar Morales, en la narrativa de Daniela Tarazona: “La construcción de personajes femeninos misteriosos y sobrenaturales sirve […] como vehículo para nombrar lo impensable a partir de la representación del cuerpo femenino, pero también para referirse a ‘la invasión de los territorios, lo ajeno, las expulsiones, la prisión que es el cuerpo, los choques que conducen al deseo de la fuga’”. Tanto en El animal sobre la piedra como en El beso de la liebre las metamorfosis de las protagonistas, por su cualidad de imposibles, significan una irrupción en lo real y revelan su carácter fantástico. Son metáforas de un deseo de superación y de un afán por sobreponerse a los estándares de lo femenino en un mundo cambiante. Ambas son excelentes muestras de la calidad de la novelística contemporánea en nuestro país y señalan a Daniela Tarazona como representante de una narrativa de lo inusual que está dejando huellas profundas alrededor del mundo. EP

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