¿Cuál es el rostro de la lealtad?

“También está Hachiko, el akita pachón con una oreja gacha que habitó durante años en la estación de tren de Shibuya, al oeste de Tokio, esperando a que su amo volviera de trabajar. Esperó más de tres mil días en vano, pues Hidesaburo- Ueno había muerto de un paro cardiaco a muchos kilómetros de distancia.”

Texto de 23/06/16

“También está Hachiko, el akita pachón con una oreja gacha que habitó durante años en la estación de tren de Shibuya, al oeste de Tokio, esperando a que su amo volviera de trabajar. Esperó más de tres mil días en vano, pues Hidesaburo- Ueno había muerto de un paro cardiaco a muchos kilómetros de distancia.”

Mirador: ¿Cuál es el rostro de la lealtad?

Fotografía: Rodrigo Jardón, Santiago Nundiche, Oaxaca, 2016

La historia de la lealtad perruna es dichosamente vasta y comienza acaso en Grecia cuando Ulises volvió a casa disfrazado de anciano harapiento. Al verlo acercarse al palacio de Ítaca, Argos —convertido por los años de abandono en un perro ya viejísimo, tirado entre la mierda de las vacas y las mulas, casi ciego— levantó las orejas y meneó la cola en un gesto de reconocimiento. Entonces “lo arrebató la negra muerte al ver a Ulises después de veinte años”. Apenas tuvo tiempo el rey de despedirse de su amigo antes de comenzar su venganza.

     También está Hachiko, el akita pachón con una oreja gacha que habitó durante años en la estación de tren de Shibuya, al oeste de Tokio, esperando a que su amo volviera de trabajar. Esperó más de tres mil días en vano, pues Hidesaburo- Ueno había muerto de un paro cardiaco a muchos kilómetros de distancia.

     Para historias de amor, la de J. R. Ackerley y su perra Tulip. El editor británico más destacado de su tiempo se hizo en plena madurez de una pastor alemán que se convirtió —sin hipérboles— en el amor de su vida. En su libro Mi perra Tulip, Ackerley es venturoso testigo de la fisiología y las manías de su perra: basta con ver el minucioso detalle con el que describe para qué sirven las glándulas de su ano, su torpe cortejo sexual y la manera en que se cuida, al defecar, de no ensuciar sus patas traseras. Lidiar con la imprevisible conducta de Tulip es toda una hazaña, pues se trata del tipo de perro problema que aparecería hoy en un programa de César Millán: ladra como loca, muerde a quien le parezca sospechoso (todos) y se hace caca en las alfombras de sus anfitriones.

     Ackerley defiende la conducta de su compañera en parte por puro amor y en parte porque, de cierto modo, la comprende: antropomorfismo a la inversa. Cuando una mañana Tulip se interesa en un cadáver abotagado que acaban de sacar del río, la gente protesta y mira críticamente a su amo. Ackerley, en cambio, no encuentra nada malo en que la perra se acerque a olfatear al ahogado. Los seres humanos son tan arrogantes, declara, que poco les importa cortarle la cabeza a cualquier animal y torcer su rostro en un gesto sonriente para exhibirlo en la carnicería como un anuncio cómico de su propia carne. Pero cualquier supuesta indignidad cometida contra sus muertos es asunto grave. Sus muertos.

     ¿Fue la relación con Tulip, como han señalado algunos críticos, un sustituto para el afecto humano del que Ackerley parecía incapaz? En absoluto. Entre ellos hubo un amor sin fisuras y los quince años que pasaron juntos fueron, en palabras del escritor, los más felices de su vida. “Tulip era incorruptible. Era constante. Su lealtad nunca flaqueó; ella me había entregado su corazón desde el principio y seguiría siendo mío, solamente mío, para siempre”.

     No seré yo quien intente destruir eso. EP

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