Cornucopias: Mes del amor y la verdad

En el casi mito, estado de gracia que pudiera ser el amor, acompañado por los de tu sangre, tu familia, desde el origen de tus tiempos. Porque esa sopa de fideos en casa de la abuela, el cerdo adobado que tanto te gusta, las milanesas de cuando chiquito y hasta una comida cualquiera al llegar […]

Texto de 21/02/19

En el casi mito, estado de gracia que pudiera ser el amor, acompañado por los de tu sangre, tu familia, desde el origen de tus tiempos. Porque esa sopa de fideos en casa de la abuela, el cerdo adobado que tanto te gusta, las milanesas de cuando chiquito y hasta una comida cualquiera al llegar […]



En el casi mito, estado de gracia que pudiera ser el amor, acompañado por los de tu sangre, tu familia, desde el origen de tus tiempos. Porque esa sopa de fideos en casa de la abuela, el cerdo adobado que tanto te gusta, las milanesas de cuando chiquito y hasta una comida cualquiera al llegar al hogar azorado, aterido o asoleado, con olor a gasolina y tareas de álgebra, te reconstituyen. Esas comidas luego de jugar en el patio, de vacaciones al lado de una alberca, fueron un abrazo y una cascada de sensaciones que te mantuvieron blindado, al menos compacto, y hacen las veces de tu escudo de educación sentimental, principio de identidad, patrimonio cultural intangible y, al mismo tiempo, concretísimo. Esa tortilla frita con crema, esas albóndigas en chipotle, tlacoyitos, molito verde, “están” de alguna manera entre tu mente y la realidad más gentil o macabra, entre tu pecho y tu espalda, en ti.

O en ese otro sendero de la amistad, compincheamiento de arroz y frijoles como gueto elegido que son los amigos, con unas palomitas, unas pinchurrientas papas adobadas y, más tarde ya de fiesta, mediante una infinita retahíla de caguamas. Porque con los amigos también comimos y revivimos en forma de hamburguesas y pizzas, comida chatarra, en verdad casi pura porquería, en autos y tardeadas y uniones y separaciones, sumidos en el tuétano de las tristezas y las alegrías. Y si de amantes hablamos, ya fuera con una barra de chocolate partida a la mitad, frente al televisor, viendo un churro joligudense o cine de calidad. Eso daba igual, pero siempre, eso sí, clavados en el número dos. Dos o tres películas, dejarse arrastrar por las series paranormales, parasubnormales, en pijama, limpísimos o en estado salvaje, porque eso es lo menos importante: ahí, entre palomitas y harta pasta, en el sofá o en la cama, las palabras y los silencios se acomodaron como quisieron, pasaron y pasaron las horas y los amores, los primeros traumas, temores del corazón en el tema de hacer un dos. Dos como unos huevos rancheros, unos molletes, las partes de un bisquet cubiertas con mermelada. Y en donde lo más importante, y vaya cómo, fue abastecerse de provisiones, la comida para hacer o para llevar y, más importante, muy parecido a lo que sucede con los alimentos, como la sal y el azúcar para el paladar, el saber estar. Porque la cocina es tiempo y saber cocinar significa saber habitarlo, comprenderlo. He ahí el reto en la vida o en la cocina. No perder de vista que lo que vaya pasando, el tiempo medido entre los aviones que pasan, las luces de los autos desde la ventana, ir por cigarros y fumarlos, caminar por tamales o pambazos, sacar al perro a que haga, acumula un flujo invisible de estampas que, tarde o temprano, lejos de ser meras fijaciones químicas en el cerebro, memoria frígida, un seco y polvoriento acervo, son tú mismo. Es más, hasta esos cafés y panecillos en las funerarias, pastitas intragables que calan con

su resabio de muerte, la más cruenta desesperación, ese café tan frío como el agua de deshielo, eso de haber llegado a casa luego de enterrar a nuestros muertos, atreverse a un bocado de torta fría, caldo frío del diablo y de todos los infiernos congelados, con los hermanos, con las tías, los amigos, los seres queridos, fueron poco a poco pasaderos, hasta seguir aquí.

Porque no hay de otra sopa. Estamos tatuados por la comida, por la creación del dos. O del cuatro y el seis, el ocho o el diez, el par. Porque uno es lo que no cuenta. Hay que maridar. Trabajar pero vivir. Hacer arte pero también vida misma. Cansarnos pero también reponernos, ponernos como se nos hinche la gana a cada par. ¿O comer de pie te gusta? ¿Cuántos años llevas así, comiendo en el precipicio, todo rápido y frío, plástico y raquítico, como correteado, sin respiro? ¿Te atragantarás la vida entera en el silencio de la hora violeta? ¿Vas a cenar con la música mecánica y letal que prodigue el motor de tu refrigerador? ¿El ruido de fondo de las moradas contiguas? ¿Pasará por ahí de nuevo la denigración, el paso falso continuado? ¿Siempre recalentado? ¿Qué vas a hacer? ¿No habrá nadie con quien te hagas una fondue, estrenes traje lindo o un bello vestido? ¿Puros huevos divorciados, ropavieja, picadillo de pobre, manchamanteles de lágrimas, por metaforizar con algo? ¿Cuándo regresarán las botellas a tu champañera? Porque dejarse ir por las sendas del solipsismo no tiene nada que ver con saber cocinar o no. Religar, aliñar más es lo que necesitas. El relato, claro. Historias pasadas por el cernidor, cocinadas a fuego lento, historias horneadas un buen tiempo por el horno de tu cabeza, también pechito de ternera, un nuevo baño maría para tu rala existencia. ¿O cerrarás el changarro de plano? ¿Cobarde colgarás el delantal, te inventarás, grieguito apolíneo, tú que hiciste las fiestas de todos los Bacos, levantaste historias formidables por todo lo alto? Vamos, ¿no irás de nuevo, niña divina o loco de atar, a darte en forma de comida en la cima, fortificante como un cuadro, un paseo en barco, un poema estridentista? Pues no tendrías derecho. De ninguna manera. Debes sentarte de nuevo a comer con quien amas o a buscar el calor, el tizón de ese otro a quien amar con verdad. Invitarlo a cocinarte y cocinarle su arte de amar. Porque eso es lo que hiciste y debes hacer: amar. Aunque lo hayas olvidado, puesto ahí, embarrado debajo de los cacharros. Ésa es tu perfecta cocción, tu punto de cocimiento, tu manera mejor de estar. Ama, pues. No estamos hablando aquí de lo difícil que es vivir. Díselo a una niña de Tanzania. A una jovencita de Corea del Norte que quiera cantar en su grupo de rock. Tú eres un acicaladito, más o menos todo para ti, todo a la boca peladito, y eso que has vivido. Eso, pues, lo que hacías es lo que harás; lo de amar, claro, lo harás de nuevo y mejor. Habrá que levantar el relato con Royal. Porque no hay comida sin relato y no sabremos nunca qué cautiva más. Si los humores y los sabores o las historias que se congregan en nuestro andar. Qué importa. No más la guarecencia, no más eso de agarrarse de la querencia, que las paredes que oyen sólo tus lamentos sean los únicos testigos de tu pensamiento. Habrá que preparar la vida, ponerla en su lugar, aplicarle su mise en place.

No. Saldrás de nuevo a la calle de tus sentidos idos. A sentir el amor de los febreros, pero también de los marzos y los abriles, aunque te digan las tierras baldías que se trata del mes más cruel. Para recordarte que vivir a tope es el primer reglamento de tu nuevo instructivo, bello e indestructible. Que comer acompañado en una mesa, pan y agua así sea, será siempre una dicha y un mar salvaje. Que comiendo esto o aquello, pero siempre con el relato como cereza hasta arriba, espumoso o explosivo, terso o violento, es que se reúnen las almas gemelas. Que estando así, mancuernando, machihembrando, como cucharitas de plata los amantes, acurruanidando o como sea que inventemos en libertad decirle a esto que haremos entre todos y para siempre, seremos menos grises. Harina fina, mil hojas, destilados cristalinos dispuestos a llegar a donde sea que esté nuestro rostro perdido. Y sólo nos motivará ese viaje. El trepar por todos los árboles, tragarse todos los frutos prohibidos, cortar las manzanas podridas de la razón capitalista y bancaria, y entregarnos al placer. Viajar, pues, por todos los caminos o apenas por uno, pero por partida doble, en donde habrá decenas, cientos, miles de momentos para los más suertudos y menos viejos, para adentrarnos en nuestros cuerpos, eso que nunca, en verdad que casi nunca, hemos conocido. Y decir cuerpo aquí es decir sesos, vísceras, intestinos y glándulas, todo ese patrimonio cultural, vivo o muerto, que somos. Ese total que somos y portaremos con gracia, llevaremos a cuestas como plomos, plomadas de construcción identitaria, que traeremos con nosotros como se pueda pero gustosos de vernos en un espejo de cuerpo completo, para acometer los viajes al mundo el ochenta por ciento de nuestras vidas y no el veinte restante tirados en la cama. Seremos miserables o bailarinas en la barra, cucharones o mangas dadoras de poesía.

Eso. Comeremos y beberemos todos de este nuevo instructivo del dos, de los pares y su eterno maridaje, por el que antepondremos la vida al trabajo aniquilador, la cultura misma al incomible mundo del arte, tan menudito, cada vez con más espinas y menos carne. ¿Por qué todo debe ser arte?, ¿debiera ser arte aunque haya nacido como gyōza, como dumpling, cosa vaporosa y misteriosa? Menos arte y más parrillas, menos alienaciones y más corchos saliendo como Sputniks hacia el Hudson o el Usumacinta. En la India o la Argentina. Ocoyoacac o Tultitlán. Queremos vernos felices, sanos y lozanos, claro, pero más rellenos y capeados por una gloriosa revolución sensitiva, estofando nuestro interior. Porque nos hace falta calentarnos, meternos una revolcada, una manoseada, una salteada o toreada rutilante, salpimentarnos de pies a cabeza. Debemos convertirnos en un buen guisado, un potaje hirviendo de pura vida golosa. Y ahí dentro de la gran cacerola, la madre de todas las ollas, las medias naranjas, guayabas y tostadas. Eso. Somos en todo caso grandes y bellos vegetales, legumbres pirotécnicas porque se entiende que este nuevo instructivo hecho para el amor y la amistad es sobre todo un renacimiento. Un trato entre uno y uno mismo, unos con otros, como un salpicón de amor y amistad, una ensalada de coditos, un vuelve a la vida al portador, un cuerno de la abundancia del saber ser y saber estar. Comer arrejuntados, arreculados, todos los ahítos, glotones, gulosos, en aproximación salvaje a lo que nos rodea, con la humanidad que aún nos subyazca, a cuatro hornillas prendidas.

Ya lo saben. Partido el queso de la suerte nos iremos en un tris, nos evaporaremos de este pocillo-mundo. Un accidente en carretera, un resbalón en la tina, un gañote obstruido de bocadillos como gordo de película, en fin, cualquier nimio pero certero Armagedón. Y para cuando eso suceda convendría tener bien lleno el itacate de memorias, lonchas de agitaciones, raciones completas de recuerdos, de estampas, relatos como hemos quedado, lo más tridimensionales, sinestésicos, picantes y grasosos del enorme restaurante del querer.

Escucha. Ya estamos en febrero, mes de la vendimia más asquerosa, la confusión corporativa y mercadotécnica del corazón. Y para ésa ni tienes ni quieres boletos. Anda, toma esos ropajes. Aféitate. Hazte de nuevas especias, nuevos ingredientes para sazonarte. Afila la pica y sal de nuevo a cazar la presa de tu más alta delectación. Tú mismo, en compañía de otro, claro, asumidos como un entero. Dos de dos en un mismo sendero. ¿A qué hora nos comemos? EP

 

 



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