Cornucopias: Los exilios interiores o las migraciones del yo

Hay toros que pasan y hay toros que embisten José Bergamín Recuerda Pablo Soler Frost que un exiliado pudiera definirse como lo hiciera James Alison (Faith Beyond Resentment, 2001): “Alguien que transita el proceso de sentirse obligado a dejar ir un yo y descubrir otro”. Y es oportuno traerlo a colación porque en estos momentos […]

Texto de 17/03/17

Hay toros que pasan y hay toros que embisten José Bergamín Recuerda Pablo Soler Frost que un exiliado pudiera definirse como lo hiciera James Alison (Faith Beyond Resentment, 2001): “Alguien que transita el proceso de sentirse obligado a dejar ir un yo y descubrir otro”. Y es oportuno traerlo a colación porque en estos momentos […]



Hay toros que pasan

y hay toros que embisten

José Bergamín

Recuerda Pablo Soler Frost que un exiliado pudiera definirse como lo hiciera James Alison (Faith Beyond Resentment, 2001): “Alguien que transita el proceso de sentirse obligado a dejar ir un yo y descubrir otro”. Y es oportuno traerlo a colación porque en estos momentos de supuesta (des)coyuntura civilizatoria, en la que se habla a cántaros sobre la libre determinación de los pueblos, se ha dejado un tanto de largo, acomodaticiamente, la observación al interior de uno mismo. Con tan sólo un ápice de autocrítica podría uno darse cuenta de que, a fuerza de pretextos tan infamantes como ridículos (la desidia, la indolencia, la fiaca, la soberbia), hemos postergado todo movimiento por eso que entendimos desde chicos como el “ahí se va” (o no hagas hoy lo que puedes hacer mañana, dentro de ocho días se lo tengo sin falta, el lunes ahora sí empiezo), hemos ejercido raquíticamente nuestra libertad individual, dejando enmohecer en los sillones raídos de nuestra inconsciencia algunos derechos, pongamos, importantes: el libre albedrío, la capacidad volitiva, lo que los viejos denominaban “ganas de ser alguien”. Y todo esto a pesar de que, como nunca, justo aquí y ahora (y curiosamente no importa cuándo ni dónde se lea esto), es que será el mejor momento de sorprendernos de la inacabada manera en que pisamos sobre este mundo, de emprender de una vez por todas la acción, comenzar a darle forma a alguna magnitud por menor que ésta sea al principio, atrevernos por fin a la “inestabilidad” del movimiento. ¿A qué acciones se hace mención? ¿A qué ejercicios sobre la posibilidad real de hacer? Claramente a los que sea (no solamente caminar, pasear, correr, leer, en fin, proseguir en el camino, propios de una actitud motivacional supina, elemental, del “sí podemos” romántico hasta ser ingenuo); atrevernos a salir de eso que ya es cliché, como la zona de confort: pensar desde otro punto de vista (es decir, atreverse a disentir), no sólo clamar por respeto sino reclamar por ello (es decir, atreverse a exigir), a armarse de una voz propia (es decir, salir del coro de la tragedia y cantar a capela y como solista) y, más caras aún, las acciones que alejen de nuestra vida a la cronología del azar (es decir, que nos ayuden a dejar de dormir, no sólo pasar sino embestir, dejar el sedentarismo y despertar). En otras palabras: hay que accionar ya, como se quiera, siempre y cuando atañan estas acciones a zangolotear el sustrato estancado en nuestro adentro, tengan que ver con el salto al vacío (recordemos la imagen de Yves Klein) y no más con nuestros viejos vicios: el papamiento de moscas, la ida de los santos al cielo, esa tontería de decir que hasta pasa un ángel cada vez que no hacemos absolutamente nada por nosotros y en donde, en todo caso, lo que pasa por ahí es el vacío de nuestra miserabilidad.

En fin, por las razones que guste, mande o invente el lector, lo cierto es que bien aplicada a nuestra conciencia, una refriega con fomentos de honestidad y sabiduría (un escaneo de virus, una auditoría, si se quiere ocupar la jerga más temida) nos avisaría que la gráfica de pastel de nuestra ética está infestada de gusanos (mediocridad sublimada, latencia apenas), en donde nuestro ego acumulado por tanto tiempo es ya una suerte de halitosis que se huele a la distancia, el humor a colonia barata de nuestra biografía no autorizada a volverse pública por vergüenza. Esto es: sucede que nos movemos en modo de piloto automático, de operación suficiente, mero planeo por las llanuras del conformismo, ese gran país en que somos reyes y vigilamos la creación, en donde todo es culpa del vecino y permanecemos invictos en aceptar alguna culpa. En otras palabras: basta de hamacas, de la suspensión (Epojé), esa bruma cadenciosa de la suspensión del todo en pos del bienestar inmediato y babeante.

Y es que se requeriría de un alto cinismo para pensar que se puede seguir siendo candil de la casa y oscuridad de la calle, que podemos seguir paternalizando, adjetivando y, según nuestro altísimo grado de objetividad, con los pulgares arriba de la estulticia cibernética, hasta revolucionando la realidad desde un teclado. Hay que desligarnos ya de la basura orgánica de nosotros mismos. ¿Cuántas veces no hemos optado por el autosabotaje? ¿Descansado en el oscurantismo narcisista, hecho el simulacro de la ayuda al indigente o indefenso, por ejemplo? ¿Cuántas veces no hemos agarrado la pata a la vaca de alguna u otra injusticia o hemos brindado únicamente de nuestras sobras, exacerbado un dato u ocultado otro a conveniencia para perjuicio de alguien, o bien inflado la nimia nota de nuestra propia vida?

Pues se trata de ello. Del llamado urgente a la acción no desde el mercadeo sino desde la decisión de vivir como se debe, mínimamente. Sin siestas, sin cuarentenas, en el cuidado de lo que sentimos y pensamos, pero ahora en movimiento, en búsqueda de sus nuevas dimensiones. ¿Hay cultura o arte sin movimiento? ¿Y por qué debería haber humanidad sin él? Hay, pues, que vivir más en la suma de la acción que en la resta del estatismo. Acaso la única resta aceptable sea contra nuestro consumismo. Porque para accionar hay que evitar los lastres. Malaventurados los que se lastran porque de ellos será el reino de los suelos. Hay que disminuir el vértigo de nuestro consumismo y transformarlo en la lentitud tan necesaria para vivir los momentos más gratos de la vida: tal vez en este ralentí aparezca un camino un tanto más iluminado y llevadero.

Pensemos, pues, en esta posibilidad: en el poder que tenemos para desacralizar las reglas tal y como nos fueron impuestas, en el poder de trastocar todo eso que concebimos como estado natural de las cosas y que es pura y simple repetición y aburrimiento, un desierto en donde ya no aparecen preguntas y las respuestas que tenemos por único repertorio han sido manidas por milenios. Far and Beyond.

Pongámonos a pensar para salir del atolladero mental: ¿Quién ostenta el poder, cómo lo ganó, por qué quiere que las cosas sigan igual? ¿Cuál es la realidad conveniente a ese statu quo? ¿Gobernarán mi vida los políticos y los partidos, manejarán mi vida (esta única que ya termina) los corporativos de pacotilla? La vida, ¿cuándo ha sido verdaderamente nuestra? ¿Y mi vida? ¿Cuándo? ¿Cuándo verdaderamente? ¿No me moveré más hacia otros caminos? ¿Permaneceré así siempre sin cuestionar(me) nada? ¿Seguiré sin moverme en el sofá mullido de mi hastío con el pretexto de que la vida es difícil y al final uno se muere? No. Hay que darse un tiempo y un lugar. He ahí el meollo: darse un lugar. Lo sabemos: ahí radica lo más vital. Abrirnos un espacio entre el imperialismo que ha decretado nuestra conciencia estancada, esa nata que gusta fijarse como centro de las cosas. Ahí, lo sabemos, como un bulbo, como una bombilla eléctrica en nuestro pecho, esta idea subyace (tener al fin un lugar claro), sobrevive, como la Poesía que aún palpita, pese a siglos y siglos de guerras, enfermedades, inanición y muerte, entre nosotros. Por ella, por la poesía de esta nueva vida que sobreviene, no seguiremos abrevando más en esa batea llena de agua puerca que es la autocompasión, regodeándonos los unos con los otros en la autocomplacencia, entre los detritos de nuestro fiasco.

Es ahora o nunca. Y descendiendo un tanto del plano metafórico, hay que accionar porque no se trata de vivir bien pero a ciegas, sino con los ojos abiertos, conscientemente, plenos, en lo que cada uno deseemos como felicidad. Entregarse sin culpas a ello será entonces una posibilidad de vida más real, una fuga del deber ser impuesto por la hipernormalización, la verdad manipulable según los intereses de los sistemas políticos, de los que imparten arbitrariamente la justicia y se roban cínicamente los bienes de su pueblo, es decir, de las codiciosas e impúdicas empresas (¿gobiernos?) que arrasan con el planeta.

Ante los muros dentro de nuestro cuerpo, exiliémonos desde adentro. Sólo así se vendrá una forma de vida que implique el saberse y sentirse vivo sobre la Tierra, el pelear contra la locura que significa arrancarse a uno la potestad de sí mismo y encarnar en el hueco del cerebro una placidez enfermiza, conforme con la desigualdad, disparidad y desequilibrio que observamos, y confundirla cada vez más con nuestra natural y humana conciencia. Exiliémonos porque, ¿qué es la vida sin la libertad de hacer (ser) lo que uno realmente quiere? Absolutamente nada. Y la “nada” es un concepto tan límite como el de “cosmos”, que más vale dejar durmiendo que portarlo en la nuca chupándole a uno la voz, la mera personalidad, la singularidad más irreductible: nuestro ser, único, con nombre y apellido, al que hay que lustrar porque hay que brillar menos en sociedad y más adentro de nosotros mismos, solos. Ante los muros invisibles, migremos, pues, hacia otro yo. Encarnemos la idea de que la ciencia, la tecnología y el conocimiento, serán siempre algo más que servicios, información e industria, y que por eso no iremos más a la trampa de la prestidigitación, a las bolas de cristal, al medievo de la mass media. No a la eternización del falso placer sino a la permanencia de un estado de gracia más pleno y triunfante, sin los nervios de no saber cómo vivir entre índices de obligaciones adquiridas desde nuestro nacimiento, confundiendo a diario la vida cotidiana con la ley del más fuerte o las leyes del mercado, el microcosmos que somos con la macroeconomía, sin saber diferenciar entre las señales de la Natura y los artilugios de la más absurda modernidad, miopes y por ello incapaces de definir entre lo que es bueno y se adecua a nuestra naturaleza y aquello que apenas nos hace sentir a gusto pero nunca embonará en nuestra triste y necesitada alma humana. Se requiere esa acción. Sólo en la acción de buscar ese nuevo yo, viejo y renacido a la vez, sabio y resplandeciente y absolutamente dispuesto al movimiento, es que se avivará el fuego de nuestro adentro, aprenderemos a ver de nuevo: a nosotros y a México.  ~



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