CORNUCOPIAS: Fin de año y el porvenir

A los amantes, únicos sobrevivientes A punto de declararse, tal como vamos, el comienzo de la muerte de la naturaleza, en el atisbo nada lejano del estertor de lo humano tal y como lo habíamos imaginado (basta calar en la fuerza del terrorismo y los caprichos de las nuevas guerras, los neonacionalismos y de su seno […]

Texto de 22/12/17

A los amantes, únicos sobrevivientes A punto de declararse, tal como vamos, el comienzo de la muerte de la naturaleza, en el atisbo nada lejano del estertor de lo humano tal y como lo habíamos imaginado (basta calar en la fuerza del terrorismo y los caprichos de las nuevas guerras, los neonacionalismos y de su seno […]



A los amantes, únicos sobrevivientes

punto de declararse, tal como vamos, el comienzo de la muerte de la naturaleza, en el atisbo nada lejano del estertor de lo humano tal y como lo habíamos imaginado (basta calar en la fuerza del terrorismo y los caprichos de las nuevas guerras, los neonacionalismos y de su seno el racismo y su afán de exterminio, el machismo global y de su cuño el feminicidio a lo largo y ancho del globo), convendría de una vez sentenciarnos como seres confinados, encarcelados lo mismo en una suerte de mito de “la caverna” de Platón, que en la absurda retahíla de un Sísifo moderno. En el primero, porque pareciera que estuviéramos condenados a sopesar la vida como un vislumbre de sombras. Como si la intermediación tecnológica, el frenético ritmo de los medios de comunicación y la casi nula comandancia de nuestra vida constituyera nuestro universo “real” y no ficticio. Esas sombras: el trabajo arduo, la competencia para establecerse en uno u otro estatus social, el deber ser impuesto por la ideología del capitalismo, constituyen una suerte de ley natural inmarcesible. Nos parecen hasta encomiables porque ello es lo único que nos atrevemos a conocer. Pensamos que si intentáramos ir más allá, sufriríamos grandes afectaciones al buscar “la luz del sol” con los ojos abiertos, descubrir la belleza del cosmos, la experiencia estética. Así el desorden de las cosas, los espíritus libertarios (los filósofos, los poetas, los artistas, los revolucionarios, sean cocineros, magos, deportistas), todos aquellos que buscaran zafarse de las cadenas, se atrevieran a sobrepasar los miedos y sufrir el dolor del “exterior” de la burbuja en que nos hemos encarcelado, emanciparse espiritualmente al cometer un salto al vacío (recordemos la épica imagen de Yves Klein), representarían apenas un grupo de idealistas, locos y desgraciados. Pobres estúpidos.

Y por si fuera poco, dentro del inane sinfín de un mito de Sísifo contemporáneo (como lo advirtiera sabiamente Albert Camus), porque como aquél (sin importar que haya sido un bandido o el más sabio, virtuoso o profundo de los mortales) pareciera que fuimos castigados por los dioses (llamémosles políticos o empresarios, publicistas, líderes de opinión, falsos profetas de la vida moderna) a realizar por la eternidad un infierno de trabajos forzados, a cargar una y otra vez el peso muerto de una piedra hasta la cúspide para dejarla caer desde la cima, una y otra vez, día con día, perdiendo la brújula de lo medular: el amor entre pares, la consecución final de un espacio en que se equilibre nuestro ser individual y social: la paz individual, la estabilidad emocional.

Ahí a lo que hemos llegado: a concebirnos como naturales explotados de esos dioses mundanos (el dinero y la ambición a la cabeza), supeditados al juego de sombras y a cargar con el fardo, el peso muerto de nuestros deseos insatisfechos por el resto de nuestros días. Y peor: porque todo este sendero de miserias se pasará con grave sufrimiento (ansiedad, depresión, angustia, pánico), justo porque sabemos que obramos mal, tenemos aún conciencia de lo que estamos haciendo o dejando de hacer: entumecernos, tajarnos, inhabilitarnos para ser felices.

Habría, pues, que preguntarnos: Trabajar sí, ¿pero para qué? ¿Para meramente acumular dinero? ¿No olvidamos ya la salud de nuestro espíritu, nuestra mente e incluso, ya en un arrebato de abyección, el contrato con nuestro cuerpo? ¿Y no es que desoyendo el llamamiento de la alegría nos hundimos cada vez más en la desgracia? ¿No debiéramos traducir cualquier trabajo en dicha como sea que la entendamos? Es necesario recabar fuerzas para sublimar el peso de la roca, reescribir el manual de la dicha en contra del sinsentido, la construcción de un nuevo contrato social. Salir de la caverna, evitar el sedentarismo, ir hacia el sol, olvidar el teatro de sombras. Caminar: comprender que somos parte del todo en movimiento, acercarnos a eso que queremos. Y ya que los gobiernos nos han olvidado, huir nosotros de la oscuridad pero también sacar a otros de sus fauces, recuperarnos a nosotros mismos porque familiares y amigos serán siempre la argamasa de lo construido. ¿Cuántos de ellos lloraron por lo que pensamos cierto y poco a poco se fueron adhiriendo, asimilando, cumpliendo de nuevo a rajatabla las labores diarias de prevalencia del encono, el escarnio, el individualismo?

La arena de nuestro reloj es cada vez más fina, se agota el agua de la clepsidra: no tenemos tiempo que perder. Hay que cultivar tomates y ajos y vides: no amistades. Las buenas se dan silvestres o no se dan. No hay que andar como una bestia arando, talando y quemando por ellas. Olvidémonos ya del avaro, del tacaño, del marro, del amarrado. No se brindan, no se abren: especularán siempre en el darse. Lejos también hay que apartar a los mediocres, ya que, desde su mirada, no valdrá ningún despunte: todos seremos iguales. Y como sucede que pocas cosas nos entusiasman, nos provocan, nos soliviantan y nos inventamos patrañas para seguir en el spleen, en la procrastinación, flotando en la alberca de la cobardía y la soberbia, habrá que despertar por medio del placer. El placer como antiprograma de la roca. El placer y el amor. Convertirnos en Orfeos y Eurídices que tengan como único deseo caminar —cueste lo que cueste y entre los caminos más estrechos— juntos, para retomar la vida con una nueva política del cuerpo que ponga en el centro la autopropinación del placer, y que subordine otros actos superfluos de la vida al paseo, al viaje, al comer y beber con iguales y desiguales. Por el mero regalo de estar: de reunirnos a conversar, a preparar los alimentos del espíritu y el cuerpo, pasarlos por tiempo, ritualizarlos, cocerlos al fuego lento de la memoria y la conciencia de lo que representa estar vivos. Así es que se reescribirá nuestro relato. Y es que es necesaria la creación de un cuadrante filosófico en que nos movamos con soltura: permanecer en el mundo de las ideas, en el topus uranus solamente (ese escenario ideal en que los arquetipos son perfectos y los paradigmas son una cosa absoluta y eterna), no constituye ya una salida en los tiempos que corren. Ese mundo en donde todo es elevado y perfecto hace mucho daño. Es necesario plantear un mundo en el que nosotros mismos comandemos los ritmos según nuestra escala, nuestra potencia, y no seguir con la retahíla de conductas heredadas de modelos ajenos, externos, rapaces y hasta violentos.

Brindemos por esa vida nueva, copados de pan y vino, sabiendo que en cualquier momento la salud nos abandonará y, como escribiera Nezahualcóyotl, nos iremos borrando del planeta. Brindemos por nuestros padres y hermanos, por nuestros amigos y compañeros. Comamos, riamos y bebamos con los amados: estamos vivos y aún —no sabremos nunca por cuánto tiempo más— de la mano. Ésta es la vida y no otra. Estamos sobre de ella. Y ese animal sacrificado, ese platillo creado por el corazón más que por las manos, menor o mayor, pobre, fino o sólo rebuscado, es la representación de un símbolo: el de estar aquí y ahora, el de haber sobrevivido nuestra sangre a lo largo de los años.

En el centro un pavo, una pierna de cerdo, un pedazo de pescado, eso no importa, sea acaso un pollo rostizado o un caldo magro, es lo de menos, debemos de parar el dolor, la sensación de indefensión, el sentirnos enfermos y extenuados. Ese pedazo de pan con aceite, ese dulce que preparó tu gente, las lágrimas que han de arrebatarnos por tratarse de un símbolo profundo y no sólo de algo que va a alimentarnos, es lo verdaderamente importante. Las palabras, las miradas, los abrazos, los mimos, porque a fin de cuentas lo que terminamos por comer es a nosotros mismos, y lo que en verdad se prende no son el horno o el caldero, sino una suerte de fuego nuevo.

Así, lejos de las cavernas de sombras, de rocas subiendo y cayendo de las cuestas, podremos ver cada fin de año, cada meta cumplida, cada ciclo difícilmente recorrido, apenas como el rizo de un largo devenir, nuestro regalo a la poesía: nuestro poema. Un mirador desde el que veremos el paisaje con humildad: la curvatura de los golfos, la mar brillante, la belleza de nuestros barcos zarpando, es decir, nuestra propia verdad, nuestro propio bien, la belleza que cada quien quiera, y acaso sean caras de una misma moneda: la de nuestro compromiso vital como seres vivos sobre la Tierra. Tal vez así, luego de tanto golpe, podamos al fin plantarnos y sonreír, vernos a los ojos y decir: esta noche es buena, se viene el fin de año y luego el recomienzo: el porvenir.  EP



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