Cornucopias: de la vida y otras cosas. Dos contra el mundo: Loren y Mastroianni

Habría que, hartos ya del peso muerto (los quehaceres hogareños, los pendientes con los jefes en el trabajo, los terribles datos en los espacios noticiosos que tiñen todo entre amarillo y rojo), subirse a la máquina del tiempo y viajar por momentos más gloriosos. Buscar, por ejemplo, en la historia de un mes como éste, […]

Texto de 24/09/16

Habría que, hartos ya del peso muerto (los quehaceres hogareños, los pendientes con los jefes en el trabajo, los terribles datos en los espacios noticiosos que tiñen todo entre amarillo y rojo), subirse a la máquina del tiempo y viajar por momentos más gloriosos. Buscar, por ejemplo, en la historia de un mes como éste, […]

Habría que, hartos ya del peso muerto (los quehaceres hogareños, los pendientes con los jefes en el trabajo, los terribles datos en los espacios noticiosos que tiñen todo entre amarillo y rojo), subirse a la máquina del tiempo y viajar por momentos más gloriosos. Buscar, por ejemplo, en la historia de un mes como éste, para refrescarnos. Septiembre, veamos, mes en el que vieron la luz dos gigantescos faros: una pequeña hija de madre soltera, Sofia Villani Scicolone, luego Sofía Loren (en la bella Roma, el 20 se septiembre del 1934), y nada más ni nada menos que Marcello Vincenzo Domenico Mastroianni (el 28 de septiembre de 1924, en un pueblito de Lacio), niño que después, en la Segunda Guerra Mundial, escaparía de un campo de concentración nazi.

Sí que sería un bello viaje el repasar con ellos los grandes momentos de aquella vida hecha de película. ¿Y por qué no? ¿No es acaso su cine una suerte de cuarto oscuro para suspendernos por un tiempo de la realidad, ese recuadro despegado del vértigo del mundo en que nos dejamos llevar por la maravilla de la ensoñación, la pura fantasía, la licencia para crear nuestra propia irrealidad? Ya lo creo. El cine para sublimar el fardo de lo concreto, el cuarto de juegos en que fuimos y, cuando queremos, somos felices todavía. ¿Quién puede decir con orgullo o sin vergüenza que no fue tocado (y quiero decir atravesado, herido en el pecho de nuevo romanticismo, muerte amorosa o pathos estruendoso) por la magia de Loren y Mastroianni? De seguro nadie que vaya diciendo que está vivo sobre el planeta.

Y es que si el cine nos echó a la bolsa desde 1895 con la llegada de aquel tren de los Lumière, con el Charlotte de Chaplin haciendo su danza de panes sobre la mesa, la luna de Georges Méliès recibiendo aquel cohete hecho de poesía, Loren y Mastroianni son los héroes estafetarios de aquella posibilidad de liberación de nuestra máquina de soñar. Habría pues que viajar para reconocer nuestra educación sentimental, verlos ahí en el plató de los grandes directores del mundo, recordar su grandeza, su glamour, su majestuosidad. ¿Quién puede olvidar a Marcello de la mano de Federico Fellini en La dolce vita (1960), 8 ½ (1963) o Entrevista (1987)? ¿O bien en La noche, de Michelangelo Antonioni (1961), La gran comilona, de Marco Ferreri (1973) o El extranjero, de Luchino Visconti (1967)? ¿Quién no recuerda a Sofía Loren en Dos mujeres (Vittorio De Sica, 1960), que le valiera, por cierto, su primer Oscar y la Palma de Oro en Cannes, su actuación en Esa clase de mujer, de Sidney Lumet (1959), en Arabesco, de Stanley Donen (1966), o en El Cid, de Anthony Mann (1961)?

Pero sobre todo, y más querido para este viaje a la nostalgia, en este ilusorio viaje de escapismo al universo de la mentira mejor dicha en que vivimos a través de otros, lo que queremos es verlos juntos. Poco recordamos si Loren comenzó en los fotoromanzi, en los concursos de belleza que tanto ganaría, si terminaría casándose en México con Carlo Ponti, su productor y padre de sus hijos. Tampoco si Marcello se casó por primera vez con Floriana Clarabella, si tuvo a la hermosa Chiara con la inigualable Catherine Deneuve, o si cayó rendido ante la belleza de Faye Dunaway, de quien se dijo también se había enamorado. En el cuadro de nuestra memoria figuran sólo ellos dos. Para siempre. No se nos hace verlos con Jean-Paul Belmondo o Anita Ekberg, no Anouk Aimée o Maximilian Schell y tantos y tantas actrices más.

¿Quién puede dar la espalda a las películas en que sumaron una fuerza e hicieron las veces de poción mágica para untar no nuestros cerebros sino nuestros deseos? ¡Qué recuerdos los que nos llegan con su luz! En Una jornada particular (Ettore Scola, 1977), La bella molinera (Mario Camerini, 1955), Los girasoles (Vittorio De Sica, 1970), Matrimonio a la italiana (Vittorio De Sica, 1964), La mujer del cura (Dino Risi, 1971) y hasta Prêt-à-Porter (Robert Altman, 1994), en que se homenajea a la mítica pareja con una escena del cuento filmado treinta años antes en Ayer, hoy y mañana (Vittorio De Sica, 1963).

Y en un cine, por lo menos el italiano de ese momento, de tintes naturalistas si no es que de acendrado resabio neorrealista, que situaba a la pareja, ésta la más querida, representante de todas las existentes, la simbólica de Occidente, como una partícula, una burbuja resistente a la vorágine de situaciones que se paran frente a los humanos como antiprograma. A saber y resolver: el infierno de la guerra (cualquiera que ésta sea), la irremediable pobreza ante la agresividad del sistema capitalista, la violenta realidad del fascismo y la política que en verdad no gobierna sino que mínimamente asesina, los atavismos propios de la fe católica, la incomprensión cabal de la modernidad a toda prisa, en fin, la imposibilidad casi natural de éxito o progreso, del mínimo orden o sosiego en tal estado alterado de las ecuaciones que conforman la cotidianidad de los mortales.

Ahí iban y van ellos de la mano, representando a una mezcla de todos sus personajes, pobres, avejentados, ajados pero no por ello tullidos o disminuidos en su capacidad amatoria, no sólo supervivientes sino pujantes, armados por su mera manera de ver el mundo, con el amor más terrestre y puro como herramienta para despertar cada mañana, en un planeta colapsado por una guerra interminable que se muta todo el tiempo y confunde nuestra mirada. Y por si fuera poco, todo ello envuelto en un carácter que con fiaca tildamos de latino y se revolvió entre ellos, a través de actuaciones siempre tan sutiles pero extrañamente afectadas, y en ese idioma italiano tan caro, que pareció haber nacido del centro de su misma vida fílmica, vertido desde la misma Cinecittà a los espectadores en las butacas de todo el orbe (con forma de sus consabidas cuitas y francachelas, gesticulaciones en retahílas por demás intoxicantes), acompañando su música con otras y entre ellas, la magia de Nino Rota.

Los dos, ahí, en su oficio de hacer creíble que algo de brillo es posible, por la misma belleza de la existencia, un acto de poesía gratuita en un mundo en que pareciera, de las afrentas, la más prohibida. Por eso es que este viaje al pasado grita: ¡Que vivan de nuevo Marcello y Sofía! No como estereotipos, sino hasta como prototipos, quizá, de lo que pueden los amantes al entregarse en el arte. Los dos juntos, como aquella noche mágica de 1993, en que entregaron a Fellini el Oscar por su trayectoria: grandes los tres entre los grandes. ¿Cómo no podría ser así?

En 1991, Sofía Loren, a quien se suele mentar como la “Marilyn Monroe italiana”, recibiría su segundo Oscar por su trayectoria vitalicia. Ya sabíamos que se trataba de una de las grandes actrices de todos los tiempos y una de las últimas leyendas del cine clásico, no sólo de Hollywood sino del mundo, con todos los premios en todos los festivales: David de Donatello, Globos de Oro, Leones de Oro. Y bueno, no es verdad que Marcello se haya ido en 1996 por culpa del monstruo conocido como cáncer. Recordémoslo como el mismo Mandrake, un cuerpo de cientos de vidas que se dejara filmar en libertad por otros tantos magos: Louis Malle, Roman Polanski, Giuseppe Tornatore, Nikita Mikhalkov y hasta Manoel de Oliveira. La Loren y él, él y la Loren, son ya eternos. Dos del pasado contra el futuro, que pareciera cada vez más desasido de lo humano: tieso, seco, congelado, turbio. Lo sabemos: nunca morirán. Nos esperan como porteros de sus películas, dejándonos pasear por esos bellos caminos, pueblos, viejas casas de la Europa encendida, ésa que nos enseñara a mirar la vida en veinticuatro fotogramas por segundo, allí ambos como embajadores del cinematógrafo, anfitriones de brazos abiertos que nos invitan de vez en cuando a platicar sobre la tristeza y la alegría, esas cosas que, ahora resulta, también conforman eso que llamamos nuestra vida.  ~

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