Cornucopias: La resurrección mineral

Los humanos siempre hemos sido milenaristas, fatídicos, dramáticos a más no poder. Nos inventamos armagedones, pasos de la muerte, días cruciales o cataclismos en nuestra mente por cualquier cosa. Pongamos como prueba de esto la llegada del domingo. El melodrama del renacimiento, una y otra vez, hasta ver cuándo llegará ese día en que al […]

Texto de 06/01/19

Los humanos siempre hemos sido milenaristas, fatídicos, dramáticos a más no poder. Nos inventamos armagedones, pasos de la muerte, días cruciales o cataclismos en nuestra mente por cualquier cosa. Pongamos como prueba de esto la llegada del domingo. El melodrama del renacimiento, una y otra vez, hasta ver cuándo llegará ese día en que al […]



Los humanos siempre hemos sido milenaristas, fatídicos, dramáticos a más no poder. Nos inventamos armagedones, pasos de la muerte, días cruciales o cataclismos en nuestra mente por cualquier cosa. Pongamos como prueba de esto la llegada del domingo. El melodrama del renacimiento, una y otra vez, hasta ver cuándo llegará ese día en que al final comeremos saludablemente, haremos ejercicio y bajaremos de peso, dejaremos el cigarro y los vicios. La llegada de los cumpleaños, las efemérides, los ciclos de algún tipo, son el pretexto para hacer eso que debimos haber hecho hace tiempo y no pudimos o no quisimos. Y bueno, el más grande punto de inflexión que nos hemos erigido es el fin de un año y el comienzo de otro. Ésa es la oportunidad para el gran renacimiento, y es en este orden de ideas que se inscribe el presente texto, queridos amigos de la cornucopia y los placeres del vivir en el hedonismo culinario, amigos entregados al arte de la convivencia como una experiencia estética, una forma de vida.

Porque si hablaremos del agua mineral es ubicándola no sólo como un mero hidratante, sino como verdadero tiempo aire, aire líquido, fluido energético para la reintegración de nuestro cuerpo al cosmos, diáfana vitamina para la limpieza de nuestro adentro. Así es, compañeros. Porque en este nuevo año que apenas comienza, un agua mineral nunca deberá verse como un producto milagroso o un mero placebo, no. En todo caso como una pócima de júbilo, un elixir mágico, concreto y funcional, inventado por la ciencia pero certificado por la apetencia popular, que nos ha ayudado, tanto como una tortilla calientita o un pedazo de pan, no sólo luego de una gran borrachera, sino en la más apacible cotidianidad, a mantenernos de pie y continuar. Y es que si nos atrevemos a verla con otros ojos, si nos atrevemos a verla con un nuevo ahínco, nos daremos cuenta de su gran valor, su verdadero peso específico. Reflexionemos. Bien, se trata de un gusto adquirido. No sabremos bien por dónde. De pronto, nos comenzó a gustar tener burbujas en la boca mientras nos echábamos un trago. Hay viejas noticias de que fue en el año de 1740 cuando el inglés William Brownrigg, al inyectar dióxido de carbono al agua mineral, se dio cuenta de que comenzaba a burbujear. Por supuesto que la probó, y le gustó. Así de sencillo.

Varios años después, el agua carbonatada comenzó a ser embotellada con fines comerciales, pero la cosa demoró un tanto en expandirse porque al principio nadie quería probar ese líquido burbujeante, aunque se presumiera de su sabor o propiedades para su uso medicinal.

Convendría acaso fijar el nacimiento del placer por tales aguas en el uso colectivo y romántico del sifón, esos bellos recipientes con agua carbonatada en su interior. ¿De qué se rellenaban? Pues de eso que llamamos ahora “soda” por su contenido de sodio, vamos, de sales y minerales, y que en el siglo XVIII era conocida como agua de Seltz (¡tienen sentido los Seltz Soda, los Alka-Seltzer!), proveniente de la tierra, un agua fresquita pero, sobre todo, naturalmente gaseosa, que al parecer debe su nombre a un manantial existente en Selters, en Hesse, Alemania. Sí, los sifones no sólo eran funcionales o hermosos, sino que nos propinaban placer. Aún lo hacen. Los podemos ver todavía en Argentina o en Uruguay al pedir un vermú. Tenían estilo por su vestimenta de malla metálica con la que los ataviaban para evitar un accidente, dado que se trataba de recipientes llenos de agua a presión, lo que bien podía ser una bomba de gas. Ahí podríamos poner la pica para fijar el pasado del agua mineral, ya sea la de burbujas naturales o la de gas carbó-nico añadido.

Ahora bien, de aquellas tradiciones más románticas y por ello más estéticas y apreciadas (que implicaban la llegada del sifonero a casa y rellenarlo en las fábricas, lo que a su vez implicaba tiempo de espera y añoranza) del pasado —que sí que fue mejor— nos quedan las aguas minerales modernas. ¿Habrá quien se fije en éstas con el espíritu de revalorarlas y hasta defenderlas? Siempre. Deberíamos comenzar por descubrirnos, hablarnos como pares y reconocerlo abiertamente: que somos decenas de miles los adictos al agua mineral, en la que centramos nuestra resurrección. Salgamos a las plazas y digámoslo en paz y con toda soltura, sin miedo al qué dirán. Cada semana tomamos litros de agua mineral, galones de agua proveniente del subsuelo, del deshielo, de donde sea, pero con sales y burbujas para el agrado del paladar. Nos calma y nos hace sentir bien, saludables y refulgentes, y hace que nos creamos sanos y lozanos. La recordamos antigua y maja, barata y al mismo tiempo de prosapia luego de ducharnos en los baños públicos, luego de los entrenamientos en los gimnasios, de la mano de los peatones y obreros, como agua de uso pero mejorada, agua para restaurar. Comenzamos más o menos igual, tomándola con hielos y unas gotas de limón, hablándole de tú al convertirla en “suero”, pero poco a poco fuimos añorando su sabor puro. Nos gustaba pedir en los restaurantes un “Tehuacán”. Así era.

Recordemos aquellos momentos en que la gente se refería a “su Tehuacán” y todos comprendíamos de qué hablaba. De una botella de agua mineral de aquel pueblo en el estado de Puebla. Sonaba muy bien pedirlo así nomás: “Tehuacán”. (Algunos continúan esa tradición.) Y llegaba entonces a la mesa una botella, no un vaso o una lata, sino una botella más o menos vieja, con la etiqueta pintada un tanto desgastada. Por supuesto que no había envases de PET ni etiquetas de plástico o papel. Todo era de vidrio y con el logotipo inclusosobresaliendo.

Quizá sí se creó un malentendido. Porque pedir un Tehuacán, así sin más, era pedir un agua mineral con gas de cualquier marca. Por ejemplo, de Garci Crespo. Y bueno, ningún agua sabe igual. Por cierto, indagando en su historia es posible enterarnos de que fueron los empresarios José María Garci Crespo de la Vega y Carlos Silva quienes fundaron, en junio de 1928, la empresa Manantiales de Tehuacán, S.A., con el bien puesto objetivo de embotellar y distribuir agua mineral en el país. En noviembre de 1937, la compañía se convirtió en Manantiales Garci Crespo, S.A., y en 1939 abrió la primera distribuidora en el Valle de México. En 1948, don Garci Crespo abandonó la sociedad, con lo que la empresa cambió su nombre a Manantiales Peñafiel, S.A. El nombre Peñafiel, cosa interesante de saber, proviene de la roca o peña que obstruye las corrientes subterráneas, dando lugar a los manantiales. En aquellos parajes de Tehuacán, Puebla, esta peña, fiel y estoica, leal e incólume, hermosa centinela de la buena vida, colosal cancerbera de todo lo que significa el agua en nuestros cuerpos, es la que ha hecho brotar todo ese géiser de amor al que tanto debemos. Bueno, y también a doña Coatlicue.

En fin, vayamos al meollo o, mejor dicho, al ojo de agua: que los que amamos el agua mineral estamos en jauja. Porque a hay de todas partes y para todos los gustos. En cuanto al mercado nacional, la cosa es amplia y hasta sofisticada. Enlistemos. En grado cero habría que fijar primero a la Peñafiel. Por clásica. O a la Garci Crespo. Luego, muchos pondrían hasta arriba a la Topo Chico, de Nuevo León, cuyo emblema es ciertamente hermoso: muestra a una bella indígena, hija del emperador Moctezuma, bebiendo agua del manantial del Cerro del Topo Chico para curarse de un mal del que nadie ha podido encontrar una cura. Hay quien dice que el agua de esta marca tiene mucha sal. Se ve que no han probado la de Vichy Catalan, un agua mineral natural con gas carbónico añadido que emerge a 60°C. Es de las que se presu-men como mineromedicinales y que por su composición química favorecen la digestión. Es muy buena. Sobre la Topo Chico podría decirse que es perfecta. ¿Por qué no ha invadido y tomado el primer sitio de todo ante todos? Ya será.

Llegó para quedarse, también de La Huasteca de Nuevo León, el Agua de Piedra. De un sabor fino y vestido elegante. Agua de mesa con un precio más fresa pero merecido por su garbo y equilibrio. Los que hacen buches refinados la prefieren por encima de otras. Nos gustaría verla más que a la Perrier (de Nestlé, Francia) sobre las mesas mexicanas. Y no es que no sepa a nada, pero casi. Porque hay que decir que el agua mineral es agua simple con sales y gas, pero también (como dirían esas marquesinas imbéciles de la antipublicidad) con algo más. Por eso hay que asumir que para un análi-sis no tan subjetivo del gusto por estas marcas, hay que tomar en cuenta que su calidad comienza por el agua con que se hacen. De esa gama conocemos bien a la Sanpellegrino. Cómo olvidarla. Tan buena. Sabe mejor bien fría, como todas, aunque ésta vaya que pierde algo si está a temperatura ambiente. Y su diseño de etiqueta es hermoso. Como que aumenta la sed apenas verlo. Y bueno, quizá la tercer agua mineral más famosa sea La Croix. Es buena, pero podría tener más pico, ser más punk, tener más personalidad. De la Ciel no hablaremos porque, como la Canada Dry, sabe a emporio, a tarjeta de crédito, a infusión de fosa séptica pero blanqueada, a electricidad, a generación espontánea. En fin, viven encerrados otros sellos que buscan explotar con su propio gas, a su tiempo y maneras. Por ejemplo, la Skarch de la Embotelladora Aga, en Guadalajara (desde 1948), y Aguas de Lourdes de San Luis Potosí. Ricas aguas y hasta ahí.

Aman comensales mucho a las aguas por sus botellas. El nuevo modelo retornable de envase de Solán de Cabras, en España, ha causado tal impacto que, de los cinco millones de botellas producidas al año, dos o más ya no vuelven. Pero bueno, no porque el agua mineral se vista de seda, en el gusto se queda. Habrá que probar las distintas marcas y todos juntos darles cabida o reprobarlas.

Y para dar al traste con todo, ha llegado a México la firma inglesa SodaStream, que vende máquinas para hacer soda en casa. A ver qué tal. Pretende quedarse con el 6% de un mercado que estima en seiscientos millones de dólares al año. En fin, hay para todos los gustos y cada quien decidirá cuál es su agua favorita. Sparkling, soda, mineral natural con gas, vamos, aguas de diseño con sus salecitas y minerales como el magnesio, el potasio o el calcio. Para los bebedores clásicos poco interesa que de pronto inyecten burbu-jas a las aguas de diseño. Poco mueve los corazones una versión explosiva de Voss, b’ui, Zoé, VIS, BLK o demás. Nos sentimos felices por el jolgorio, el huateque bucal, el canto a un dios mineral que se celebra en nuestra boca y nos hace pensar en que todo está mejor, que vale la pena seguir en la brega, que estamos más cerca de la felicidad. Así que lo sabemos: que vengan las regaderas de agua mineral para el cuerpo y el espíritu, dejémonos llevar por toboganes de agua mineral para alaciar los problemas, canjear el maldito estrés por la más absoluta paz cerebral. EP



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